Al otro lado del Uritorco – Las puertas del cielo

Escrito por
| 57 | Dejar un comentario

AL OTRO LADO DEL URITORCO

LAS PUERTAS DEL CIELO

―Una nueva crónica bizarra―

 

Por

Fernando Jorge Soto Roland*

INTRODUCCIÓN

 

 

Era la tercera vez que visitaba lo que dan en llamar Las Puertas del Cielo, un rincón moderadamente alejado a la vera de la Ruta 17 ―del otro lado del cerro Uritorco, viniendo desde Capilla del Monte― y uno de los tantos destinos del turismo esotérico local.[1]

Es un lugar ideal para observar el atardecer y, según dicen los guías más osados, el sitio perfecto para contactarse con extraterrestres y ver ―en directo― la luminosa, etérea, interdimensional y mística ciudad de ERKS (una invención producto de la imaginación del gurú rosarino Ángel Cristo Acoglanis, a principios de la década de 1980).[2]

En el primer viaje, realizado en 2015, fuimos (con Verónica, mi esposa y compañera de aventuras) conducidos por un “contactado” que decía ser discípulo de Triguerinho, el famoso gurú brasileño fallecido el año pasado. En aquella ocasión estuvimos muy cerca de que los Hermanos Superiores se materializaran ante nosotros. Pero hubo un problema: no teníamos la vibración adecuada, ni la preparación “álmica” para que ello sucediera. Nos quedamos con las ganas. Tal vez por ese motivo lo intentamos otra vez al año siguiente, guiados por un supuesto descendiente de comechingones y famoso constructor local de pirámides energéticas. Se presentó, además, como un gran conocedor de la flora del Valle de Punilla, guía titulado y acendrado investigador de los misterios capillenses. Por fortuna, gracias a él, el legado de don Pedro Romaniuk seguía vivo.

Tampoco en aquel viaje pudimos ver nada. A cambio de semejante visión pasamos una hora junto a una chamán uruguaya de nombre Alondra quien, tras sortear con éxito su cojera al alcanzar la planicie donde finalmente nos detuvimos, lanzó unos mantras en irdín (el idioma cósmico que también inventara Acoglanis) para poder encontrar las entradas por las que ―mentalmente― ingresaríamos a Erks.

Nadie de los presentes (unos diez) lo consiguió. Ni siquiera el puntero láser que tenía escondido el guía en su bolsillo pudo indicarnos el camino; viéndome en la penosa situación de revelarle a una señora, muy compenetrada en el tema, que lo que había visto brillar en la oscuridad no era un intraterrestre que nos visitaba.

Aquel crepúsculo, eso sí, resultó maravilloso.

 

Dice el refrán que no hay dos sin tres. Por eso, en enero de 2020, a un lustro exacto del primer intento, me dejé llevar por la invitación que me hiciera el gran astrofotógrafo santafecino Ariel Maderna.

¿Se abrirían, por fin, las Puertas del Cielo?

Febrero 2020

Buenos Aires

UN VIAJE A LO EXTRAORDINARIO

 

A Ariel Maderna lo conocí en Capilla del Monte a principios de 2019, cuando coincidimos al alojarnos en unas hermosas cabañas a los pies del Uritorco. Rápidamente advertimos que teníamos una afición en común: el misterioso mundo de los ovnis. Él, desde una perspectiva que se combinaba a la perfección con sus otras dos pasiones, la astronomía y la fotografía. Yo, desde un punto de vista histórico y sociológico. Más desangelado y escéptico. En definitiva, dos miradas que se arrimaban sólo en algunos puntos. En otros, estábamos a un universo de distancia.

Yo no creo en la presencia, ni en la existencia, de extraterrestres en nuestro planeta. David Vincent no consiguió convencerme. Ariel es más condescendiere en ese aspecto, aunque está muy lejos de ser un creyente acrítico; de los muchos que abundan en el mercado capillense, capaces de tragarse, como si fuera dogma de fe, cualquier relato referente al tema. Su conocimiento de la bóveda celeste (a la que fotografía con supina maestría) le impide ver naves donde sólo hay satélites, aviones o fenómenos naturales identificados por la ciencia. No resulta un tipo fácil de engañar. Por eso, cuando en enero último me invitó a que lo acompañara a las Puertas del Cielo en remís, acepté sin pensarlo dos veces. El sólo hecho de verlo hacer magia con su cámara de fotos hacía que valiera la pena otro viaje.

 

Me pasó a buscar terminando la tarde. Vero decidió quedarse. Sus dos experiencias previas en el sitio habían saciado su cuota de curiosidad. Me despedí de ella, subí al auto y conocí a Flavio Olmedo, un amigo que acompañaba a Ariel (el tipo más parecido a Illya Kuryakin que he visto en toda mi vida). Tras la presentación de rigor, Osvaldo ―el chofer― hizo lo propio con un leve movimiento de cabeza, sin soltar el  volante y con cara de muy pocos amigos.

Pocos minutos después nos desplazábamos a toda velocidad por la Ruta 38 hasta empalmar con la provincial 17. El Uritorco quedó detrás de nosotros primero; y a la derecha algo más tarde.

Aquel viaje estuvo matizado por un tsunami de quimeras. Y el epicentro de todas ellas estaba en el lugar del conductor.

 

En Capilla del Monte la delgada línea que separa la verdad de la mentira es trasvasada a diario, cuando de turismo esotérico se trata. Historias maravillosas se cuentan en cada mesa de café, en cada hostal, en cada reunión de amigos. Viajes astrales, curaciones milagrosas y visitas a la ciudad intraterrena de Erks, se mezclan con las experiencias de los que dicen ser contactados y los encuentros (casi naturalizados) con seres de luz, duendes, gnomos y demás entidades feéricas. Sin olvidar, claro, a los malévolos “grises”, a los reptilianos y otras razas alienígenas que se pasan el rato alterando el sentido “normal” de realidad de la gente.

El turismo alternativo (que va mucho más allá de lo ultraterreno, como es obvio) vive y se sostiene de esas historias. Los visitantes las consumen con gusto. Las disfrutan. La mayoría se las creen. Es que, cuando uno paga por ello, resulta ridículo convertirse en un Houdini refutador de trucos en pleno tour. Lo mínimo que se le exige a un guía de la zona son cuentos maravillosos. En definitiva es lo único que podrán ofrecer. Después, de regreso ―ya en casa― y a la hora de relatar las experiencias acumuladas a familiares y amigos, vendrán las adaptaciones y agregados personales que convertirán esas historias en sucesos aún más raros y fuera de lo común. Es sólo cuestión de tiempo para que las propias mentiras y exageraciones se terminen convirtiendo en anecdóticas verdades.

 

Aquel atardecer de enero de 2020 yo sólo buscaba un cielo diáfano para observar, un firmamento estrellado y la experiencia de Ariel al momento de captarlo con su máquina. Pero mis compañeros de viaje querían, además, otra cosa.

―Decime, ¿conocés de hechos extraños por la región? ―le preguntó Maderna al remisero. ―¿Alguna vez viste algo raro?

El conductor lo miró de soslayo. Enarcó la ceja derecha y, tan serio como se había mantenido hasta entonces, respondió sin que se le moviera un músculo de la cara:

―Decenas de veces. Incluso estoy escribiendo un libro sobre eso.

En otra oportunidad hubiera encendido la grabadora del celular para registrar todo, pero hacía más de 20 días que estaba en Capilla y ya empezaban a saturarme los “bolazos” que la gente contaba.

Flavio “Kuryakin” Olmedo lo acicateó, como un banderillero a un toro bravo:

―¿Ah, sí? ¡Que interesante! ¿Viste ovnis?

―¡Naves! ―aclaró con vehemencia y un tono neutro de voz. Después, engolándola y con cierto aire de autoridad, se lanzó a relatar algunas de las historias más descabelladas que oí en los muchos días que llevaba en el valle de Punilla.

El realismo fantástico colonizó todo el habitáculo del coche y para cuando tomamos la ruta 17, teniendo a nuestra izquierda el inmenso Cerro Pajarillo, ya habían desfilado por la lengua del conductor naves madres, orbs, gnomos y hasta una Madonna (la cantante) contratando con las Anchorena el ingreso al Uritorco para celebrar en su cima extrañas ceremonias paganas.

La verdad sea dicha, no había nada nuevo bajo el sol. Historias semejantes ya me habían sido contadas con anterioridad. Pero el público siempre se renueva. Ariel y Flavio mostraron interés y eso produjo un efecto catalizador en el chofer. Fue como si parte de la mitología local resultara invocada por un médium y Osvaldo se convirtiera en el canal idóneo para transmitirla.

 

―Ese de ahí es el cerro Pajarito o Pajarillo ―empezó. ―En los años ’80 bajó una nave en aquella ladera que se ve allá. Dejó una huella enorme. Fue la que hizo famosa al pueblo. Yo vine hasta acá al día siguiente.

―¿Sí? ¡Qué interesante! ―exclamó uno de mis compañeros. ―¿Y qué viste?

―La huella. Pero de lejos.

―¿No subiste?

―No se podía.

―¿Cómo que no se podía? ―intervine.

―No. Era imposible pasar. Toda esta zona ―aseveró, señalando con la mano el camino de tierra que se extendía por delante nuestro― estaba cerrada. Bloqueada. Era gente de la NASA. Acá mismo me frenaron y obligaron a regresar por donde había venido.

―¿La NASA?

―Sí. Y el Ejército. Después me comentaron que también había soldados norteamericanos en la zona cargando “cosas” en camiones. Se llevaron todo a Estados Unidos.

Ni Stanley Kubrick hubiera sido capaz de organizar semejante encubrimiento.

Por enécima vez ―aunque ahora en primera persona― el cuento de la NASA interviniendo en la zona salía a la palestra.

Se sabe que la historia es una leyenda urbana claramente instalada. Una mentira atractiva, repetida mil veces, en éste y en otros casos en los que se vieron supuestos ovnis involucrados. La NASA nunca buscó nada en el Pajarillo. Jamás pisó Capilla del Monte. Ni siquiera los primeros promotores de la huella en 1986 (el intendente y el secretario de gobierno de entonces) hicieron referencia a tan extraordinaria presencia en sus primeros informes oficiales. Pero nada de eso importa demasiado. El cuento echó raíces y no son pocos los que siguen divulgándolo, sin evidencias de ningún tipo.

De igual modo, hay “investigadores” (muy poco serios, por cierto) que también refieren sobre el deambular de Hombres de Negro (MIB, Men in Black) por el Uritorco y zonas aledañas. Incluso, si nos vamos atrás en el tiempo, se habla de expediciones nazis buscando un místico bastón de mando comechingón o el mismísimo Santo Grial.[3]

Claro que lo más novedoso de aquella tarde de enero, dentro aquel remís, en camino a Puertas de Cielo, fue el tener como conductor a una persona que había sido interceptada por una organización que nunca “profanó” esa zona de Córdoba.

Pero aún faltaban las cerezas más interesantes del postre.

 

Llegamos a nuestro destino cuando el sol empezaba a perderse detrás de las sierras. El cielo despejado anunciaba una noche por completo estrellada.

Bajamos del auto y ascendimos a un pequeño promontorio, coronado por una cruz.

A lo lejos, el cerro Colchiquí o Charalqueta, escenario de legendarios enfrentamientos entre españoles y comechingones, parecía apuntar hacia arriba, como si su cima fuera un dedo gigantesco y sagrado. Todo el Valle de Ongamira ―o Valle de Erks para los más crédulos― se desplegaba a nuestros pies.[4]

 

Girando, dándole la espalda al valle en cuestión, se expandía otro inmenso territorio repleto de elevaciones más bien bajas. Un terreno ondulante y abierto, salpicado por pequeños bosquecitos aislados. En el horizonte, a medida que la luz natural se desvanecía, empezó a notarse una luminosidad de color ocre y forma alargada cuya intensidad aumentaba a medida que caía la noche.

Hacia esa dirección dirigió el remisero su atención.

―Por allá aparece Erks ― dijo sin inmutarse.

Ariel preparó el trípode de su maquina de fotos. Flavio y yo nos contentamos con nuestros celulares.

―De allá viene las luces ―insistió el chofer con sus manos en los bolsillo.

 

Resultaba raro. ¿Cómo era posible que Osvaldo se tomara con tanta calma un acontecimiento que, de comprobarse cierto, revolucionaría la historia de la humanidad? ¿Acaso es algo común y corriente ver emerger de las sombras una ciudad intraterrestre habitada por alienígenas de toda la galaxia?

Por lo que supimos, nuestro conductor ―devenido en guía espiritual― no hablaba una sola palabra en irdín (el idioma cósmico), ni tuvo el deseo de mantrear para convocar a los Hermanitos Superiores. Se mantuvo estaqueado en un rincón del promontorio, mirando el horizonte, hasta que decidió volver a contar con más detalles algo que nos había adelantado durante el viaje.

―Hace unos años ―dijo― traje a este preciso lugar a una parejita. Es en donde vimos lo que les comenté.

Ariel le pidió que repitiera la historia.

Habló de una luz, de “algo” ovalado, oscuro por dentro, que había aparecido en aquel hermoso valle recorrido por pequeñas paredes de pirca de supuesto origen comechingón (véase fotos de arriba). Dijo que flotaba casi al ras del suelo, iluminándolo a su paso.

―Primero lo divisamos de lejos, pero se nos fue acercando hasta que paró ahí mismo, en ese arbolito que está enfrente de nosotros (unos 40 metros). Tenía como estrellitas brillando todo alrededor y adentro, al principio oscuro, se veía un muñequito que iba corriendo. El otro muchacho que estaba conmigo también lo vio y me dijo: “¡Mirá cómo corre el muñequito!”. Se quedó unos 10 segundos flotando en el lugar y así, como tímidamente, empezó a girar despacito, iluminó todo el piso y flotando se fue alejando hasta desaparecer a lo lejos. Lo raro fue que al momento de tenerlo tan cerca sentimos frío. Lo investigué. Me dijeron que era la energía que “eso” emanaba. ―Detuvo el relato por un segundo y agregó: ―Vine de nuevo como seis meses más tarde para ver si lo veía de nuevo. Y apareció otra vez. Pero allá abajo. Flotaba y se perdió. Misma forma, mismo color.

 

No quise indagar nada. Giré sobre mis talones y me quedé mirando el paisaje que se difuminaba en las sombras. Debió advertir mi incredulidad. Tal vez la NASA tenía una explicación racional a lo sucedido. Yo no.

 

Finalmente, la noche impuso su febril e imaginativa perspectiva. Las constelaciones inundaron la bóveda celeste (que para entonces de celeste no tenía nada). Empezó a hacer frío. La altura determinaba la temperatura. 1200 metros, según nuestro guía y relator.

Ariel ya tenía la máquina de fotos instalada y quería capturar, como es lógico, a la ciudad de Erks.

―Aquello que está allá ―dijo Osvaldo señalando una hilera de luces en el horizonte― es la ciudad de Jesús María y  las otras, de la derecha, un pueblo que creo se llama Sarmiento.

 

Pero las referencias a una geografía exclusivamente de origen terrestre empezaron a difuminarse y lo inmaterial empezó a copar la escena. Cuando menos lo imaginamos, el remisero señaló un par de luces en el horizonte y sentenció:

―Allá están. Son Ellos.

―¿Aquello es Erks? ―inquirió Maderna con poco entusiasmo, al tiempo que apoyaba el ojo derecho en la mirilla de su máquina

―Sí. Las luces de Erks. Mirá como se prende y apaga. Son Ellos ―insisitó Osvaldo.

Ariel permaneció unos minutos observando en silencio. Finalmente levantó la cabeza, me miró de soslayo y dijo:

―Esas luces que decís son parte de la ciudad. Posiblemente un camión que se mueve o una torre cuya luz titila por efecto atmosférico. Se ve bien clarito. Vení, miralo vos.

Recién cuando el chofer se asomó por el visor pudo advertir que lo que tenía ante él no era una Kodak Fiesta sino una cámara profesional, de cientos de miles de pesos, adaptada para captar profesionalmente las constelaciones más invisibles del firmamento. Un “maquinón” con visión nocturna capaz de ver en pena oscuridad los detalles menos pensados.[6]

 

A partir de ese momento el remisero se llamó a un prudente silencio. No volvió a emitir palabra. Sus historias terminaron. Se hizo a un lado y escuchó la lección de astronomía que nos diera Ariel por espacio de una hora, mientras sacaba las fotos más maravillosas de la Vía Láctea que yo haya visto tomar en toda mi vida.

 

PALABRAS FINALES

 

Regresamos sobre nuestros pasos.

Bajamos, iluminados por los celulares, hasta la base del promontorio en el habíamos estado sacando fotos. Sorteamos el alambrado que ―inútilmente― obstaculizaba el ingreso (Puertas del Cielo es propiedad privada) y salimos a la ruta.

Había dos combis estacionadas. Sus ocupantes estaban en una ceremonia con cuencos tibetanos a metros del lugar, pero fuera del alcance de nuestra vista. Un par guías adormilados los esperaban al volante.

Algo más adelante, una pareja tomaba mate a oscuras, apoyados sobre el capot de su vehículo. Los saludamos de camino al remís.

―Fresco, ¿no? ―dije al pasar.

El hombre sonrió y se prendió a la bombilla. La mujer me miró.

―Está frío, sí ―respondió, subiéndose el cuello de su campera. ―Pero esto es impagable. ¿Se dieron cuenta la cantidad de naves que se ven?

 

Me subí al auto.

El viaje de regreso a Capilla transcurrió, casi, en absoluto silencio.

Estaba cansado.

Realmente cansado.

 

Febrero 2020

 

* Profesor en Historia por la Facultad de Humanidades de la UNMdP (Argentina).

[1] El camino que debe seguirse para llegar a las Puertas de Cielo es tomando hacia el Norte por la Ruta Nacional 38 durante 7 kilómetros, para luego desviarse hacia el Este, empalmando la Ruta Provincial 17 (de tierra) en dirección a Los Terrones y las Grutas Ongamira, internándonos en la conocida Quebrada de Luna, para luego entrar en el valle de Ongamira propiamente dicho. Tras recorrer un total de 23 kilómetros, desde el cruce las rutas nombradas, se llega al paraje que nos convoca.

[2] Véase: De Filippi, Sebastiano, La Ciudad de la Llama Azul. Luces y sombras sobre el cerro Uritorco, Editorial Biblos, Buenos Aires, 2018.

[3] Véase del autor: “Las evanescentes expediciones nazis al Uritorco” en Revista Todo es Historia y Revista La razón Histórica: Revista Hispanoamericana de historia de las Ideas políticas y sociales. Disponible en Web: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6334620. Y “El Misterioso Dique Los Alazanes” en Calaméo. Disponible en Web: https://es.calameo.com/books/00540601824267f497123

[4] Aunque el “verdadero” Valle de Erks sea la Quebrada de Luna.

[5] Véase. Conspiraciones. Disponible en Web: http://conspiraciones1040.blogspot.com/2018/08/tres-esferas-transparentes-con-figuras-adentro-por-encima-del-lago-okanagan-canada.html

[6] A modo de ejemplo diré que, al rato de haber llegado al promontorio, y estando rodeados de la oscuridad más densa, por la ruta en la que habíamos llegado, arribaron dos combis con turistas. Eran parte de una de las tantas ceremonias nocturnas de “sanación” a través de cuencos tibetanos que se venden en Capilla. Desde lo alto, con la maquina de fotos, podíamos observarlos como si fuera pleno día.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas