Apareció tasajeada

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«Hay que salir a la calle sin cuerpo… 
Las ropas provocativas desatan al monstruo» Carlos Monsivais

 

El peso histórico del sexismo y las resignaciones que impone hacen de la violencia machista ejercida sobre el género femenino un obstáculo infranqueable del proceso democrático. Y sin embargo en los discursos, editoriales, marchas y redes sociales apenas se reconoce el ultraje, hasta que aparece la víctima tasajeada. Así, la violación, el derecho de pernada del machismo, se consideró hasta hace unas décadas «natural» porque —el razonamiento de Pedro Páramo— sacaba a flote lo teatral de la resistencia a la «seducción de la fuerza».

Desde hace 20 años hay protestas y movilizaciones en México y en otros países por los asesinatos de más de cuatrocientas adolescentes y jóvenes en Ciudad Juá­rez. En el intento de frenar esta matanza y ajusticiar a los responsables han fracasado las administraciones del PAN, del PRI y de PRIMOR. Al principio, los gobiernos del cambio optaron por el regaño a las víctimas; ya en 2004 un procurador de Justicia denuncia a estas personas violadas, torturadas, estranguladas o tasajeadas, porque «algún motivo die­ron» o porque «provocaron a los criminales con su estilo de vida, vestimenta exótica o incitante insinuación».

¿Son los asesinos de Juárez, Q.Roo, Tlahuac, Celaya, Apatzingan, Aca, Ecatepec y Morelos, un grupo o una epidemia de serial de terminators? ¿Se contagian los pa­trones de exterminio allende el Bravo?

Las interpretacio­nes se subordinan a las soluciones puntuales de los ca­sos (Fatima), lo que ocurre por excepción, y siempre entre denuncias tumultuarias por la ferocidad o tortura del caso. Sorprende la inconsecuencia de los investigadores y de las fiscalías especiales o venales y perturba el fracaso de las denuncias y las movilizaciones de los Comi­tés de Madres y Mujeres Solidarias de las Víctimas, de las Comisiones de Derechos Humanos (omisas de mero trámite), etc. La consecuencia es que la violencia cancela la libertad de movimientos de las mujeres, subraya la condición de vulnerabilidad y excita las tendencias exterminadoras del machismo vindicativo y retroglodita.

¿Y qué hay detrás de la sospecha de una morosa o inconsecuente acción judicial?

a) La ubicación de Juárez impregna el imagi­nario colectivo de situaciones marcadas por la marginalidad fronteriza alejada de la ley. No es sólo la pesadilla del narcotráfico y la pornografía criminal con el mercado de poderosos consumidores a la vista, sino la noción de comunidades un tanto provisionales, que giran en torno a la posibilidad o la imposibilidad de cruzar la frontera. Esta fantasía primaria, en sí misma deleznable, apunta a la «naturalidad» con la que se mira a la epide­mia de muertes. Mientras que en la CDMX el fenómeno es el contrario: saturación de agencias e instancias judiciales desbordadas por la incompetencia, la complicidad o el mercado criminal compitiendo por la mostruosidad de los clientes, el morbo que genera los casos, y por la multiplicidad policiaca y sus mafias con placas de impunidad.

b) La tecnología para matar. Para los traficantes de la muerte la vida humana no tiene valor. Sean niños, mujeres, migrantes o ancianos. Con la circulación creciente de armas y em­pleos del ramo, es fácil matar y es aún más fácil morir de muerte violenta. Los enfrentamientos de narcos y mafiosos con chapa y la contención por las autoridades desata una guerra visible (conteo de muertos) entre hombres armados. La invisi­ble es el poder de impregnación o de corrupción de la voluntad homicida, bajo una premisa:

»Si me han de matar mañana, mato a muchos de una vez».

Si ya se tienen las armas, las hormonas y las ganas, ¿por qué no usarlas? Es un tiro al blanco de Feria.

Las figuras incitantes están a la vista: los trajes de luces y los meneos, provocan: ergo, el minotauro embiste.

c) Una muerta puede ser un acontecimiento gigantesco, así las conclusiones sean tan nimias como las de Colosio en 1994; o la Niña Fatima hoy; o la Señora Ingrid ayer; o el Serial de Coatzacoalcos; o las Morgues ambulantes de Zapopan, pues centenares de mujeres asesi­nadas en todo México amplifican la monstruosidad. No es, como insisten los fundamentalistas desde Bucareli, que la educación laica —la garantía civilizatoria— genere valo­res relativos e inductores; la indiferencia ética proviene del modo en que la demografía política regionaliza la fatalidad y se com­prueba en Juárez ayer, y hoy, en la zona metropolitana de la CDMX. La expresión: «las muertas de Juárez», lo dice todo. Se desconoce el vínculo de las per­sonas con las tragedias: la relación del entorno con los seres ultrajados y sus familias. De las víctimas nada más se extraen datos funerarios, pero nada se habla de los maquiladores de pornografía criminal o la trata de blancas o la desarticulación de los roles sexuales para la explotación del Uni-Table business.

d) Al situar por demasiado tiempo la noticia en la nota roja, no en la primera plana, como corresponde, el papel de los medios masivos ha sido determinante. La televisión les ha concedido la importancia de un fenómeno «de moda» o de normalidad consuetudiraia en las Web-redes, tanto como a la pederastía y a los manejos subjudice del gober-precioso y sus compinches de la mezclilla poblana (Gamboa Padrot), en contra de heroicos periodistas como Lidia Cacho y, al hacerlo, pone de relieve la otra culpabili­dad: la de las víctimas y sus deudos, las que ni muertas se defienden por la indolencia y el valemadrismo pervalecientes.

En Juárez, Coatza, Tijuana y la CdMx no sólo son mujeres de la vida airada, son en elevada proporción trabajadoras de la maquila, del outsourcing mafioso-partidista, pro­venientes de familias de escasos recursos. Mujeres pobres es el término peyorativo para los seres no contabilizables. Las que figuran en los maniobras electorales, a quienes se les califica de «muy manipuladas pero estan hasta en las Camaras»; los ediles las toman en cuenta tres días al año y, en el caso de las madres solteras, su autono­mía es calificada por el tradicional machismo de «actitud pro pecami­nosa usable».

¿Cuántas veces, en los sermones públicos sólo se considera familia a la formada por el padre, la madre, los hijos, las redes de la parentalia y el DIF?

Los crímenes de odio se dirigen contra una persona y lo que representa y encarna. Los más notorios última­mente son los dirigidos contra las ancianas y los homo­sexuales, agravio histórico que cada año registra en Méxi­co decenas de víctimas, incluida la violencia intrafamiliar y el suicidio (Aguascalientes notable) como fórmula de escape a la frustración, el desempleo y la violencia de vida generada por la desigualdad social y la enajenación del sentido de la existencia

¿Y qué provoca el odio? La palabra la tienen los psicó­logos, sociólogos, psiquiatras y expertos videntes de la vida comunitaria, pero en gran medida son las sensaciones de omnipotencia e impunidad ante los malosos y desarraigados del crimen —sin consecuen­cia de pena capital para el criminal— las que auspician el fenómeno.

In-stricto-sensu, los de Ciudad Juárez son crímenes de odio porque los asesinos se vengan de sus resentimientos, de su lugar ínfimo en la sociedad, de la falta de reconocimien­to, de la orfandad cotidiana de valores que den sentido y significado a su vida. Entonces desquitan su impotencia ánimica y sexual al asumir ese poder de vida y muerte sobre otra persona.

En la CDMX, el acinamiento, la saturación del espacio vital, la pugna por la territorialidad, la mafiosidad de la familia, el barrio, la raza y las fachas del oficio intercomunitario mercadeable y tóxico. Todo el machismo contenido se vierte contra las vícti­mas cuya culpa merecedora es su «disponibilidad para el consumo» en una urbe donde la cosificación de la vida desplaza el respeto a la muerte.

El odio es una construcción social que se aba­te una y otra vez contra los que no pueden evitarlo por­que no tienen poder. Y si por añadidura, las investigacio­nes judiciales, de oficio y de mercado, retroceden oficiosamente frente a la impunidad del poderoso, la justicia se ahogará en las som­bras de la indolencia, la incompetencia o la inconciencia social.

Hoy las mujeres deben saltar a la palestra y mostrar que han llegado a la madurez intelectual, educativa y erofísica, para defenderse a si mismas y llevar de la mano, en igualdad de circunstancias, a sus congéneres varones.

No en valde ellas los parieron, los educaron y les dieron la fortaleza para afirmar su masculinidad, su bonhomia, al lado de ellas. Las ministras, las jueces, las legisladoras, las ejecutivas, las maestras y académicas, las profesionistas, las trabajadoras, las jefas de familia –el mujerío– deben mostrar su empoderamiento ahora y para siempre.

Reestablezcan la pena de muerte para los feminicidas… ¡Y de alli, pa´real!

 

CORTEX

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