El funeral de mi esperanza

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Hundido en aquel sillón mientras observo una lámina de asbesto, mis ideas, el destino y las pesadillas me atormentan hasta las lágrimas. Necesitaba saber en dónde se encuentra la verdad  mucho antes de que la locura me muestre un falso pasaje; necesitaba respirar el cálido aroma de tu cuerpo mientras exhalaba  una memoria  que pintara tu camino de regreso. Aun no logro encontrar el medio por el cual podría asegurar a mi alma tu total bienestar, la certera tranquilidad lejos de aquellos pensamientos que no son tuyos. Fue así, como el sueño comenzó su eterno espejismo, intentando relajar mis extremidades a pesar del recuerdo de mi desdicha. Agazapado en la sombra de mi propio infierno, caminaba hacia el vacío donde se repetía una y otra vez el eco de mis errores. Danzaban a mi rededor los lamentos de aquella perdida, mezclados  con murmullos, rizas, sollozos e insultos. Dentro de mí, en aquel falso descanso se reunían mis sentimientos, cada uno encaminado al velorio de un antiguo colega, aquella dichosa esencia la cual siempre dependió de ellos y que nuca notaron.

Congregados en aquella habitación de pésimo estado llamada conciencia, juzgaban las grietas en las paredes y la pintura gris mezclarse con la tenue llama de las velas. Cada uno de sus pasos se acompañaba por el vulgar sonido de un suelo agrietado, mientras el aroma a humedad se mezclaba con el perfume de flores marchitas. Portaban trajes en colores pasteles, cada invitado huía de aquella respuesta que aún no se atrevían a reconocer y clamaba una mísera memoria de la muerte.

-¿Quién ha sido?- Preguntaba la felicidad  anhelando una respuesta que la mantuviese lejos. Entrelazando los dedos de vez en cuando y cubriendo su boca frente a cada uno de los que abordaba, mientras tanto, el sudor resbalaba por su frente al creer que todos le mentían.

-¡Se burlan de nosotros! ¡Todo es una maldita mentira!- Negaba el amor sentado en un rincón abrazando sus piernas y cubriendo su rostro con las rodillas, dejando ver esporádicamente unos ojos desorbitados e hinchados. Solía enmarañar su cabello al volver a llorar, lamentándose como aquel chiquillo que imploraba unas palabras de alivio.

La tristeza caminaba de un lado a otro sonriendo, dejando escapar pequeños suspiros mientras miraba el techo en busca de sus recuerdos. Lo mismo de siempre – se decía-, pero esta vez no mirare a ninguno; aun no se percatan que yo sigo en aquella encrucijada en la que dos demonios me disputan. Agachó el rostro, miró el suelo y profirió una maldición. Caminó decididamente hacia una mesa situada al centro de aquel lugar, en su camino encontró al amor sollozando de aquella forma tan patética, tomo una copa y brindo en honor de del olvido.

La desesperación llego en su peculiar retraso, resbalando y cayendo al suelo al intentar detenerse. Miro hacia la entrada de mi conciencia, mantuvo su vista fija en aquel ataúd, en aquella caja de madera destellante por el lacar y el barniz. Se apoyó en su rodilla derecha y nuevamente se puso en pie, caminó desinteresada e ignorando a cuantos estaban a su rededor, sería absurdo perder el tiempo observando caretas maquilladas, sonrisas burlonas o lamentos que no eran capases de expresar nada. Palidecía mientras se acercaba, un perfil familiar lentamente se iba desenvainando por encima de aquella caja. De frente, la razón lo miraba a él y sus colegas, ignorando completamente aquel féretro a lar de apoyar las manos en aquel conjunto de tablas. Horrorizada, la desesperación   observo el retrato de la muerte en el rostro de aquella niña que siempre jugaba alrededor de todos, con sus irritantes saltos y esa sonrisa que lo justificaba todo. No pudo evitarlo, vomito la realidad, sus recuerdos y el presente; todo aquello no era más que irónico y esporádico.

La rabia hacía tiempo que había llegado, fue quien menos importancia tomo a la razón de aquella reunión. Danzaba con un cigarrillo en los labios y una copa en la mano derecha, giraba en un mismo punto mientras dejaba derramarse el alcohol. El entorno le era patético y no encontraba razón para las caras largas y las quejas absurdas. ¡En honor a ella! -grito al alzar la copa. De la señorita que por fin han notado todos ustedes, de la estúpida niña que nos deja más espacio para ignorarnos. Todos ustedes no significan nada.

¡Cállate! -Grito el amor al escuchar aquellas aberrantes palabras-. Tú fuiste quien menos estuvo a su lado, por lo menos muestra un poco de respeto frente a su cuerpo y nosotros. No la conociste y ni siquiera te tomaste la molestia de ayudar cuando estaba moribunda, implorando ayuda mientras rogaba por aquel idiota.

Mira quién lo dice -contesto la rabia irónicamente-, el pelele que cree resolverlo todo con un beso. No necesitaba que cada uno de ustedes me mirara para poder estar a su lado, yo fui el primero en recibirla cuando llego aquí mientras vagaba inocente. Fui yo, aquel que tomo su mano por primera vez y la cobijo con un abrazo. Fui yo, aquel que la guió entre los escombros de lo que solíamos ser y quien le dio su nombre. Y ahora míranos a todos, anhelando un milagro y ella recostada, muerta e indiferente. Así que evita decir más tonterías, pocos fuimos los que tuvimos la oportunidad de pasar un momento a su lado y revivir nuestras razones.

 

CONTINUARÁ…

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