El nuevo gen: ¿ciencias o letras?

Escrito por
| 15 | 4 Comentarios

Desde pequeños nos han inculcado que, al crecer, tendríamos que elegir entre ser gente de letras o de ciencias. A muchos de nosotros, incluso, han llegado a imponernos, de un modo u otro, qué rama deberíamos elegir, haciéndonos creer que seríamos personas inútiles si eligiéramos la otra, ya que no habíamos nacido para eso, es decir, no está en nuestra sangre.

Últimamente podemos apreciar la existencia de un nuevo gen en el ser humano, o al menos eso nos hacen creer. Estoy hablando del gen de las ciencias y las letras, cuya supuesta función en el cuerpo humano es la de clasificarnos en gente de ciencias o de letras. Pero, ¿existe realmente ese gen? ¿O es únicamente una ilusión creada por los estereotipos y las normas no escritas, o sí, de la sociedad actual?

La mejor manera de encontrar respuestas a este tipo de preguntas es observar la naturaleza. Pero, ¿qué es la naturaleza? ¿Qué es este mundo que nos rodea? En la RAE podemos encontrar varias definiciones de este concepto, una de las cuales afirma que la naturaleza es el principio generador del desarrollo armónico y la plenitud de cada ser, en cuanto tal ser, siguiendo su propia e independiente evolución. Bien, quedémonos con la palabra armonía. Un conjunto armónico, una composición compacta. Conjunto de todo lo que existe y que está determinado y armonizado en sus propias leyes, también nos dice la RAE. Conjunto, este es otro concepto realmente importante y relevante en cuanto a este tema. ¿Por qué?, os preguntaréis.  Porque un conjunto está formado por distintos elementos que, teniendo sus diferencias, forman, unidos, un mismo compuesto, mundo, conjunto o como queráis llamarlo.

Forman algo. Todos ellos juntos. Y, si nos paramos a pensar, ese algo resulta ser mucho más grande que cada uno de los elementos por separado. De hecho, ¿qué son esos elementos por separado? ¿Son capaces, acaso, de formar un mundo cada uno? ¿Forman varios mundos distintos? ¿O se unen para crear algo mucho más grande, maravilloso e increíblemente rico en cuanto a variedad?

En este universo podemos observar cuántos elementos existen, todos ellos formando un mismo mundo, todos ellos en paz y armonía, tan distintos, pero al mismo tiempo tan cercanos los unos a los otros….  Podemos observar los planetas, los diferentes seres vivos y cómo se relacionan entre sí, conviviendo, pero al mismo tiempo teniendo, cada uno de ellos, sus peculiaridades. Si es así cómo actúa el mundo, la naturaleza… ¿quiénes somos nosotros para ir en su contra… para decidir que separar los elementos y hacer de ellos dos mundos aparentemente antagónicos es lo mejor?

Exacto, no tenemos derecho a hacerlo. Pero, aún así, lo hacemos. Perjudicándonos a nosotros mismos y tapándonos los ojos ante mundos nuevos e increíbles que no nos arriesgamos a explorar. Llevemos esta idea a la realidad, al enfrentamiento que existe entre las humanidades y las ciencias e intentemos combatirlo.

A continuación vamos a ilustrar todo este mundo de posibilidades con uno de los mejores ejemplos que existen: los intelectuales del siglo XVI, personas que decidieron seguir su intuición y su razón y se arriesgaron a fusionar los distintos campos de estudio e investigación que existían, gente que vio la belleza en lo distinto y lo variopinto y que decidieron saciar su sed de conocimiento y su curiosidad por todo tipo de estudio e información sobre este universo. Uno de los ejemplos más claros y conocidos de estos intelectuales es el anatomista, arquitecto, paleontólogo, artista, botánico, científico, escritor, escultor, filósofo, ingeniero, inventor, músico, poeta y urbanista Leonardo da Vinci, un hombre cuyos logros se siguen elogiando cinco siglos tras su muerte.

Entre los estudios de este intelectual encontramos muchos sobre la anatomía, el dinamismo y la forma, estudios en los que debía emplear la ciencia y al mismo tiempo utilizaba su gran capacidad de observar en profundidad y dibujar con absoluta precisión. También mostró interés por otros temas como los fósiles, descubrió los principios de la dendroecología (el uso de los anillos de crecimiento de los árboles para determinar su edad y las variaciones climáticas que han experimentado a lo largo de su existencia), anticipó conceptos que la paleobiología sólo ha establecido en el siglo XX, describió de forma precisa y correcta el funcionamiento de las válvulas cardíacas, realizando dibujos realistas e increíblemente avanzados de ellos, estudió los procesos y las leyes que rigen la luz y el sonido y, en manuscritos como el Códice atlántico describió lo que hoy conocemos como tercera ley de Newton: «A cada acción corresponde una reacción igual y opuesta», entre otros muchos descubrimientos y obras que realizó.

Los renacentistas mostraron interés por casi todas la ciencias y las artes, demostrando que es posible fusionarlas. Es más, esto nos puede llevar a plantearnos cuestiones, de carácter tanto filosófico como científico, como… ¿qué relación existe entre las ciencias exacta y experimental y las artes y humanidades? ¿Acaso es posible encontrar cierta similitud entre lo objetivo y lo subjetivo? ¿Es necesario, quizás? Si somos seres humanos, personas con opiniones e ideas propias, ¿por qué deberíamos separar lo que llamamos ciencia de lo que consideramos como algo simplemente filosófico, subjetivo o incluso relativo? ¿Por qué muchos de nosotros tenemos la creencia de que deberíamos tener una fe ciega en lo primero y nunca fiarnos de lo último? ¿Acaso no existen, para las personas, conocimientos innatos y otros adquiridos?

¿Sería siquiera posible la existencia de este mundo tal y como lo conocemos hoy en día si no estuvieran tan íntimamente relacionados el arte y la ciencia?

Pongamos unos ejemplos. Los descubrimientos científicos sobre la anatomía del cuerpo humano que hicieron intelectuales como Leonardo da Vinci necesitaron de un talentoso artista para representarlos acorde a la realidad, y el hecho  de que podamos realizar divulgaciones filosóficas y opiniones subjetivas se debe, entre otras cosas, al funcionamiento de nuestro cerebro y de las neuronas y distintos elementos que existen en él. Además, esas reflexiones suelen seguir un orden lógico, exponiendo sus argumentos y razonándolos, aunque sea subjetivamente. En definitiva, se sigue un orden, una lógica que relaciona ambos aspectos de este universo: la ciencia objetiva y la ciencia humanística y subjetiva.

Por lo tanto, ¿por qué nos limitamos tanto a la hora de experimentar este mundo? Cierto es que gran parte de la culpa de esto lo tiene nuestro sistema educativo y las creencias que existen en nuestra sociedad, pero eso no significa que no tengamos poder ni control sobre nosotros mismos y que no podamos vivir una vida explorando lo que hay entre las ciencias y las humanidades.

Si observamos el funcionamiento de la educación y el trabajo en la sociedad actual nos damos cuenta de lo siguiente: el sistema nos obliga a elegir entre ser personas de ciencias o de letras, como si naciéramos con ello, como si existiese ese gen, y esa elección comienza a los catorce años. Sí, ¡catorce! En el período de transición de tercero a cuarto de la ESO vemos que ya empiezan a dividirse las clases en ciencias o letras, aunque la división más radical la observamos, primero en bachillerato, y más tarde en la universidad. Pero, ¿es realmente capaz una persona de catorce o quince años decidir la rama a la que se quiere dedicar y que determinará su educación y trabajo durante el resto de su vida?

Muchos de nosotros nos preguntamos si es incluso posible la combinación de dos cosas aparentemente distintas, y cuáles serían las consecuencias suponiendo que lo conseguimos. ¿Qué resultado podríamos obtener de la unificación de ambos elementos? ¿Tener nuestra atención puesta en muchas cosas y, por tanto, estar perdidos en la vida? ¿No tener nuestro futuro asegurado y claro ante nuestros ojos? Lo cierto es que, aunque estos son pensamientos que a muchos de nosotros se nos vienen a la mente cuando reflexionamos sobre este tema, no tiene por qué ser cierto lo que afirman. ¿Por qué? Es muy simple: el miedo. El miedo nos paraliza y nos prohíbe seguir hacia adelante y tomar riesgos. Tenemos miedo a fallar, pensamos que no seremos capaces de lograr tantas cosas y ser buenos en todas ellas o simplemente nos dejamos llevar por la ideología difundida en la sociedad.

«Pero… gente como Leonardo da Vinci eran genios, ¿no? Nosotros no somos como ellos. No tenemos las mismas cualidades y jamás las tendremos. Solo somos personas… normales, ¿no es así?». Estas son ideas que acechan las mentes de muchos de nosotros, haciéndonos creer en el gen de las ciencias y las letras. Pero, solamente vamos  a preguntarnos una cosa: ¿es realmente cierto eso de que no somos capaces porque no los somos o es porque creemos que no lo somos y, por lo tanto, ni siquiera nos damos a nosotros mismos la oportunidad de intentarlo?

Además, me gustaría mencionar que los renacentistas y todos aquellos que se dedicaron a explorar el mundo que existía a su alrededor sin ningún tipo de barreras, aunque fueron unos verdaderos intelectuales y eran personas que poseían una inteligencia admirable, seguían siendo personas. Seres humanos. Y nosotros también lo somos. Así que no deberíamos dejar en ningún momento que la creencia de que nosotros, de alguna manera, somos inferiores a ellos nos invada. También deberíamos tener en cuenta que, en la actualidad, generalmente, todas las ciencias, tanto exactas y experimentales como artísticas y humanísticas, poseen una amplitud bastante mayor a la que poseían los mismos campos de conocimiento en épocas pasadas, lo cual hace imposible la dedicación de manera profunda y profesional a muchos ámbitos del conocimiento hoy en día. Pero, ¿esto podría sonar algo contradictorio con respecto a lo dicho anteriormente, no?

Lo cierto es que no podemos aspirar a vivir exactamente como lo hacían los intelectuales del siglo XVI, ya que el tiempo cambia las cosas, y, desgraciadamente, hoy en día tenemos un sistema en el cual es necesaria la especialización en un número limitado de campos de estudio y trabajo, aunque eso no significa que no podamos combinar nuestro lado artístico y creativo con el científico y el objetivo. Así que podemos, y quizá debemos, dejar de lado el nuevo gen y hacer más caso a nuestra intuición y a nuestra razón. ¿Por qué no?, dirán estas últimas. Y no es que no haya gente que lo haga, que fusione sus capacidades en ámbitos totalmente distintos, rompiendo el sistema que nos fue inculcado… o más bien la apariencia de ese sistema, porque, en el fondo, esas personas que juntan su creatividad y su conocimiento científico son las que acaban teniendo más éxito en esta sociedad en la que vivimos. ¿Por qué? Porque deciden romper los estereotipos y saltarse las normas no escritas del sistema para seguir el camino de su intuición y descubrir, o más bien vivir, una de las más maravillosas verdades que existen en este mundo: lo íntimamente unidos que pueden estar distintos elementos, sin llegar a perder sus esencias particulares, creando así la gran armonía que reina sobre este universo.

 

 

Comentarios

  1. Luis

    10 febrero, 2020

    No creo mucho en esas chorradas semi intelectuales que pretenden explicar todo con el tema de la genética pura y dura, como tú. Un gran texto, lúcido y ameno. Un saludo y mi voto!

  2. Mabel

    10 febrero, 2020

    Muy buen texto. Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

  3. Leen

    15 febrero, 2020

    ¡Muchas gracias! Un abrazo desde Ceuta =)

  4. Leen

    15 febrero, 2020

    Tienes razón, Luis. Creo que la genética influye en algo, pero muy poco. ¡Muchas gracias y un saludo!

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas