La soga (revisitada) – Capítulo X de X

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Anteriormente…

Larry, que había invertido la escasa media hora que se tardaba en llegar al condado durmiendo, entreabrió los ojos, con la intención de agradecer al carpintero haber tomado, según él, la decisión correcta, cuando en la distancia, observó destellos de rojo y amarillo emerger a espaldas de la colina, donde se asentaba la mansión de los Raznovich. Sus peores temores se confirmaron.

La casa estaba ardiendo.

—Larry… —le llamó Michael la atención, preocupado— Han sido los viejos.

Al amparo de uno de los flancos de la colina, presenciaron a todo el gremio de la tercera edad rodeando la casa, de la que emergían enormes llamas por zonas dispares. Marcel comandaba a los incendiarios, situado en el centro de la comitiva y avivando a esta a no cejar en su empeño, lanzándolos hacia la puerta principal con linternas de aceite encendidas. Enfurecido por el grasiento líquido salpicado contra la madera, el fuego se levantó, devorando la puerta entera y apuntado peligrosamente hacia la base de la segunda planta.

Larry cerró los ojos, esta vez, no por el habitual agotamiento. Cerca de la quema, había dos patrullas de policía.

También estaban ardiendo. 

Salieron despacio del coche, amparados por la oscuridad. Podían escuchar a los viejos, orgullosos de tan iluminada hazaña, cantar los mismos versos que antes dedicaban a sus hijos perdidos.

Dejad de llorar, descansad en paz,

Que tan corta vida corta os llene de felicidad eterna.

¡¡¡Leeeejos del lago, leeeejos del lago

manteneos lejos del lago!!!

Ya estaba Michaels dispuesto a volver al hospital cuando se dio cuenta, demasiado tarde, que había perdido de vista a Larry. Lo encontró yendo directo a la casa. En su estado, era una cucaracha para los calzados de unos viejos que en su convencimiento estaban dando carpetazo a la agonía de Narrow Oaks, y que desde luego, no iban a moverse de allí hasta verla reducida a cenizas.  

Larry había completado la mitad del trayecto cuando un nuevo colapso le hizo desfallecer. Tal vez se tratara del gesto más coherente desde que se le ocurrió escaparse del hospital, que teniendo tan cerca a sus ya declarados enemigos, con antorchas en una mano y el otro puño cerrado por si el fuego fallaba,  resolvió pensar las cosas dos veces.

Y mientras ponía en orden su conciencia, el coche de Michaels se lanzaba directo a la casa. Todos los viejos lo vieron. 

Michaels trató de alejarlos mediante embestidas con el coche. Solo consiguió un éxito a medias. Marcel permaneció en su sitio, convocando a todos los que ya enfilaban colina abajo, para hacer lo mismo que Michael: lanzarse contra él. El viejo cabecilla, que además de obstinado y amargado no tenía un pelo de tonto, se quedó allí, contemplando cómo el fuego se las ingeniaba por buscar el camino más rápido con el que abordar la segunda planta, tras dejar la primera convertida en un amasijo de carbón, vigas, hormigón y madera ardiendo.

Un golpe inesperado en la cabeza lo tumbó en el acto. 

Libre de obstáculos, y confiando en que Michaels pudiera apañárselas solo, Larry buscó un punto de la casa al que el fuego aún no hubiera atacado. El capricho del azar quiso que lo descubriera en aquel ventanal reparado por Michaels días atrás, el mismo que los viejos rompieron, y que de nuevo volvía a romperse.

Ya dentro, Larry se vio obligado a arrastrarse, no solo por los colapsos que anunciaban un fallo cardíaco: el humo le estaba robando espacio al oxígeno, dejando tras su estela una sensación de agobio y ahogamiento insoportables. Una lámpara estalló en mil pedazos delante de sus propias narices. Sobre sus piernas cayó una cortina ardiendo. La tos descontrolada aceleraba el ritmo del corazón, pero Larry siguió arrastrándose, directo a la sala de estar.

La pared de madera donde colgaba el cuadro de los Raznovich se tambaleaba medio consumida por el fuego. Sin la sujeción necesaria, el cuadro había caído al suelo. Medio encogido, medio serpenteando, con la mano ensangrentada por la lámpara rota, Larry se encaró al cuadro caído, y al único varón adulto que aparecía en él.

—¡Dime qué querías ocultar, canalla, dímelo, dímelo!

Volvió a desplomarse. Cualquier aspiración hacía que los pulmones demandaran el doble de aire, obligando al corazón a latir más rápido. Era el fin, un triste final para un escritor involucrado en una maldición cuya historia se estaba escribiendo sola…

El fuego ya invadía toda la casa, y las llamas arremetían unas con otras por penetrar primero en la sala de estar. El escritorio donde repasaba los bocetos de su último relato se retorcía entre llamas. No había forma alguna de salir vivo, y si seguía dentro más tiempo, moriría asfixiado, quemado por el fuego, o de un infarto. Había hasta para elegir.

Entonces, observó el pesado cuadro volcado.

Desde esa perspectiva, la pequeña esterilla bajo la silla rústica donde la Sra. Raznovich estaba sentada, no parecía tanto una esterilla.

—Una trampilla…

«Quería acabar la obra antes de finalizar la semana, por lo que se ofreció él mismo en ayudarme con el pavimento para ir más rápido. Le bastó con un par de consejos sobre albañilería… se desenvolvía muy bien».

Michaels afirmó no haber supervisado el trabajo de Gabriel, ajeno, por tanto, a lo que realmente pretendía hacer. Sacando fuerzas de donde no las había y reteniendo el máximo oxigeno posible, localizó aquel pisapapeles con el que los viejos se entendieron con el ventanal, y lo estrelló contra el parquet donde presuntamente la Señora Raznovich había posado junto a su familia. Golpeó una y otra vez, hasta abrir una brecha.

Bajo ella, se descubrió el suelo original, y la realidad oculta tras el efecto óptico de una esterilla. Valiéndose del pisapapeles, Larry rasgó el suelo hasta delimitar la superficie de la trampilla.

Tosiendo hasta demoler su cabeza en cientos de pinchazos agudos, Larry agradeció de nuevo que Gabriel, probablemente presa del nerviosismo de sus últimos momentos, se olvidara de cerrar la trampilla con llave. La levantó, y un golpe de aire seco y fétido le estalló en la cara.

Unas escaleras descendían hasta un nivel inferior.

«Todos los niños estaban allí, apretados contra la puerta cerrada, en aquella especie de sótano tenebroso y lóbrego, escuchando los alaridos de dolor del crío y presenciándolo todo sin poder hacer nada…”.

Larry cerró la trampilla tras él. Ganaría algo de tiempo deteniendo un poco el avance del fuego. La sensación de no tener que tragar más humo le proporcionó la energía necesaria para recorrer un estrecho pasillo lóbrego y oscuro, tanto, que chocó contra una superficie fría y robusta, haciéndole caer por enésima vez. 

Desde el suelo, contempló una pesada puerta de acero. 

Y la observó abrirse sola, lentamente, cuando hubiera jurado que estaba cerrada a cal y canto. Casi nada le sorprendía ya; no le iba a quedar tiempo en vida para convencer a nadie… Presa del desfallecimiento, Larry accedió al sótano de la casa, que tan cuidadosamente había ocultado el maestro para que nadie hubiese dado cuenta de él durante todos esos años.

Algunas de las bombillas situadas en una viga de hierro que recorría el techo del recinto se encendieron, probablemente accionadas mediante algún mecanismo enganchado a la apertura de la puerta. La luz emitida era tenue y solo acentuaba el ambiente tétrico y herrumbroso del sótano. El crujido de las escaleras advertía de lo peligroso que era mantenerse mucho tiempo sobre ellas, y las cortinas de polvo, que parecían llevar más luz que las viejas bombillas, iluminaban recuerdos y vestigios del pasado entremezclados con la mugre y el aire enrarecido.

Como vio que ya no podía moverse más, Larry se sentó en el mismo suelo, y allí se quedó sin hacer otra cosa salvo escuchar los latidos de su corazón, cada vez más irregulares y pausados, algo que no le proporcionaba más sosiego que sentir el paso de su últimos segundos.

Entonces, sus ojos presenciaron cómo de la oscuridad frente a ellos aparecía una luz que no procedía ni de las bombillas ni del polvo resplandeciente. La luz se quedó quieta, iluminando un objeto que había permanecido oculto.

Una bañera.

Acto seguido, la luz comenzó a desplazarse hacia arriba, se detuvo frente a una de las vigas y siguió su recorrido a lo largo, hasta detenerse de nuevo, delante de una especie de cuerda gruesa atada a ella.

De ella pendía un cuerpo corrompido.

Y a sus espaldas, la misma luz caprichosa que comenzaba a mostrar signos de desvanecimiento por la forma como parpadeaba, alumbró otras formas y diversos cuerpos de igual apariencia mugrienta, cubiertos de polvo y telarañas, amontonados unos encima de otros. Larry aspiró profundamente.

Huesos.

De repente, los gritos de los niños volvieron a manifestarse.

«Libéranos, libéranos, vuelve y libéranos».

Golpes huecos, intensos y secos, le hicieron desviar la cabeza hacia la bañera.

Y en la escalera, volvió a verla otra vez.

La sombra.

Las bombillas daban fe de su parsimonioso arrastre desde el primero hasta el último de los escalones, y conforme iba descendiendo, las bombillas se fueron apagando, ocupando su oficio de testigo el amenazador crujir de una madera que nadie pisaba.

Larry, con la cabeza reposando en el suelo, certificó cómo la sombra se deslizaba por la bañera y se detenía delante suyo, cómo se alzaba lentamente, arrebatando brillo al polvo y removiendo gravilla del suelo en una espectacular metamorfosis.

Frente a él, se materializó Gabriel.

El aspecto fantasmal del maestro solo acrecentaba la palidez y amargura de una vida destrozada y consumida por su propia locura. Daba igual que sonriera porque hacía tiempo que los dientes se habían despegado de las encías, poco importaba que entrecerrara los ojos para infringir pavor porque estaban demasiado profundos tras las cuencas de un rostro que no tenía muy claro si enseñar piel o cráneo…

Pero Larry no sentía pavor, sino lástima y desesperación.

Las voces continuaron gritando, los golpes sordos en la bañera no cesaban, pero a Gabriel nada de eso parecía importarle. Muy despacio, levantó el brazo y señaló a Larry, ¿o más bien apuntaba al fondo?

Entonces, Gabriel le dijo algo, algo que ya había oído en las visiones, que por aquel entonces no pareció importante al tacharlo de alucinaciones propias de una enfermedad descontrolada.

Larry se levantó, apretando la mano fuertemente contra su pecho y arrastrando los pies, y miró adonde Gabriel apuntaba. 

Un golpe de aire desconocido movió la soga. Esta danzó como una serpiente.

Larry se volvió a Gabriel, y con más suspiros que verbos, hizo un gesto de asentimiento, sonrió y respondió a sus palabras.

—Este es el final.

Larry se desplazó lentamente hacia la soga.

Los golpes cesaron, sumiendo a la bañera en el silencio.

Las voces de los niños dejaron de oírse.

Y Gabriel mostró una perversa sonrisa de triunfo y liberación.

Tras apagar el incendio, los bomberos y la policía hallaron el sótano, y en él, un montón de huesos y dos cuerpos. Los forenses certificaron que los huesos correspondían a los niños desaparecidos de Narrow Oaks decenas de años atrás,  junto al antiguo maestro Gabriel Raznovich.

El otro cuerpo pertenecía al escritor Larry Cupcake. 

Este pendía inerte, colgado de una soga.

Marcel y los viejos fueron detenidos como responsables del incendio. Un examen médico declaró que padecían enajenación mental, por lo que el juez decidió ingresarlos en un hospital psiquiátrico.

En menos de un año, todos fallecieron. 

La policía había encontrado también un segundo acceso al sótano que conducía a un depósito de contención del agua del lago, sumergido este por el nivel del agua. 

Tanto el canal como el depósito estaban inundados.

El equipo forense descubrió hematomas en algunos de los cráneos de los niños, como si hubiesen sido golpeados contra un objeto compacto y sólido. Algunos de los huesos que conformaban el cuello estaban rotos. El análisis de los restos de sangre seca adherida en la superficie de la bañera confirmó que los niños habían sido ahogados por el propio maestro, y que tras su fechoría,  supuestamente se suicidó ahorcándose.

Al no existir pruebas que justifiquen un asesinato, se desconocen las razones de la muerte del escritor Larry Cupcake. 

En la arboleda donde los viejos se reunían para cantar y calmar las voces de los niños, se levantó un cementerio donde los restos de los niños fueron enterrados. 

Sobre la colina donde se asentaba la mansión de los Raznovich, ahora hay una pequeña escuela.

Los restos de Gabriel Raznovich y su esposa fueron incinerados, al igual que Larry Cupcake. Al no encontrarse parientes vivos que reclamaran su cuerpo, sus cenizas fueron esparcidas en el lago.

Un detalle llamó la atención a los investigadores del caso. Ted Raznovich, el hijo adoptivo de Gabriel Raznovich, no se encontraba entre los restos de los niños asesinados.

Desde entonces, nadie volvió a escuchar gritos, suponiendo que realmente hubiesen sido escuchados alguna vez.

EPÍLOGO

El maestro ahogaba a los niños en la bañera, con la misma frialdad que si partiera un tronco con el hacha, sin importarle si el cuello que clavaba en el fondo pertenecía a un varón o hembra, al hermano de otro, o hijo único, mientras que los siguientes se escondían, aterrados, conscientes de que aún así era inútil, en aquellas zonas donde predominaba la oscuridad, puesto que, a excepción de la bañera. el sótano carecía de mobiliario. 

Solo Teddy, el hijo adoptivo de aquel que ya tenía más de asesino que de padre, fue capaz de apartar a un lado el miedo, y aprovechando el estado de locura de Gabriel, que tan entretenido le tenía en el arte de hundir las cabezas bajo el agua tibia y sucia de la bañera, logró abrir la puerta del canal que conducía al depósito de contención del lago.

Desde el otro lado de la portezuela, Teddy trató por todos los medios de llevarse a alguno de sus amigos con él, pero ninguno podía moverse. El miedo había paralizado sus músculos. No le quedó más remedio, cuando Gabriel se dio cuenta de lo que se proponía hacer, que cerrar la puerta tras él y huir solo, deslizándose por el canal descendiente al lago. No se detuvo un solo segundo en respirar, ni siquiera redujo el ritmo de sus pasos aún cuando dejó de oír los gritos de furia de su padre que le ordenaban volver.

Alcanzó extenuado el depósito de contención. Lo había recorrido tantas veces que se lo sabia de memoria. Abrió la manivela que bloqueaba la entrada de paso de agua y para su fortuna, el depósito no se inundó. El nivel de agua del lago se hallaba por debajo de la altura del mismo. Solo tenía que saltar, caer al agua, y salvaría su vida, pero solo de las manos carniceras de su padre. Abajo le esperaban las fuertes corrientes que no tuvieron contemplaciones para llevarse a su madre cuando esta se zambulló en el lago para salvarlo.

Con la lección bien aprendida, Teddy saltó, y procuró no alejarse demasiado de los desfiladeros, allí donde podría ofrecer la mayor resistencia posible a las corrientes, sujetándose a la piedra afilada. No contó con el resto de los peligros como la noche fría y húmeda helando las aguas embravecidas hasta el límite de la hipotermia, pero el riesgo valía la pena, ya que Teddy prefería morir a manos suyas que a las del padre.

Con el corazón latiendo a trescientos por hora alcanzó la ribera donde las cimas eran menos escarpadas y altas, hasta dar paso a colinas más suaves donde la gravilla mojada y afilada cedía el terreno a la hierba verde y blanda. Llegó a la carretera, pero esta vez su ángel de la guarda no iba a estar tan pendiente. 

No había ningún vehículo circulando. 

Solo le quedaba seguir corriendo. Calado hasta los huesos, agotado y cada vez con mayores dificultades en respirar, Teddy se alejó del lago y del condado, mientras que la sombra de Gabriel, que una vez fue su padre y mentor y ahora se había aliado con el diablo, le seguía, implacable, inclemente, deslizándose por todos los sitios donde sus pies ensangrentados dejaban huella.

Caminó y corrió casi dos horas hasta que en la distancia divisó las luces de una edificación. Al aproximarse, comprobó que se trataba de un orfanato.

Recorrió los últimos metros a la puerta arrastrándose como una serpiente. Teddy estaba tan destrozado que ni siquiera tenía fuerzas para auparse y aporrear la puerta. Un infarto que ya estaba tardando en manifestarse absorbió la poca energía que le quedaba, el corazón se detuvo y Teddy resultó muerto.

Pero no murió del todo. 

Abrió los ojos y se encontró rodeado de desconocidos, y muchos de ellos, mujeres ataviadas con idénticas vestiduras. Una de ellas, la que parecía llevar la voz cantante, no dejaba de preguntarle por su nombre, su procedencia, sus razones para aparecer moribundo delante de la entrada del orfanato, y quién le había dejado en tan lamentable estado. Sin embargo, no fue capaz de responder a nada. No recordaba nada más allá de su reciente despertar.

El olvido, argumentaron los médicos, era la expresión vulgar de una pérdida de la memoria, pero lo olvidado no desaparece del todo: subyace sepultado en el inconsciente. El niño sufría un olvido llamado psicológico, caracterizado por la pérdida de recuerdos de la infancia. Alguna especie de represión debía ser la causa de tal pérdida, encargada por el instinto de supervivencia de tapar todo rastro de cualquier recuerdo que produjera malestar o dolor. 

Aquella mujer que no había encontrando ninguna respuesta a sus preguntas era la directora del orfanato, una monja superiora a la que los niños llamaban cariñosamente Mamah. 

Como nadie apareció para reclamar la potestad ni respondió a la desaparición del niño, Mamah llegó a un acuerdo de adopción con la justicia y las asistencias sociales, acuerdo que en esencia no hacía otra cosa sino velar por la seguridad y el bien de un niño cuyo pasado le había sido arrebatado. Se quedaría con el niño hasta que apareciera alguien que lo reclamara como legítimo, o alcanzara la mayoría de edad. 

Mamah se encariñó con él más que con ningún otro, sabedora de que había llegado medio muerto al orfanato y que viviría con la carga de un daño en el corazón que la resurrección no había sanado, pero orgullosa de que la responsabilidad de la nueva oportunidad que le había sido brindada recaían sobre ella. 

Tanto Mamah como el resto de las monjas aceptaron de buen grado el apodo con el que los otros niños fueron identificando al recién llegado, teniendo en cuenta su debilidad por las magdalenas caseras(1). Tanto, que terminó inspirando su apellido oficial.

Pero del nombre se encargó Mamah.

Le llamó Larry.

FIN

(1) Magdalena en inglés es Cupcake. 

 

Comentarios

  1. gonzalez

    29 mayo, 2020

    Amigo, Agaes, me puse al día! Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

  2. Agaes

    29 mayo, 2020

    Gracias!!! Espero que estés bien!! Un fuerte abrazo!!!

  3. MadreMar

    30 mayo, 2020

    Hola Agaes. Después de un tiempo, me alegro mucho pasarme otra vez por Falsaria para descubrir con sorpresa y agrado el capítulo X de La soga. Una prosa ágil y muy bien entretejida, la tuya y desde luego, un final sorprendente, por lo que al personaje principal se refiere. No comento más aquí para no hacer spoiler.
    Un abrazo. Lourdes

  4. Agaes

    31 mayo, 2020

    Gracias, Lourdes!!! Bienvenida de nuevo, eso sí que es una alegría!!! Besotes!!!
    Antonio.

  5. Lore

    22 junio, 2020

    Hola Agaes,voy leyendo tu novela,que me deja llena de intriga,me gusta y mi voto.

  6. Agaes

    23 junio, 2020

    Gracias, Lore!!! Espero que te divierta, besos y abrazos!!! Nos leemos!!!

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