La tarta

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—      No, esto no ha quedado muy bien. – masculló Colby, mirando el resultado de sus esfuerzos. Luego, su mirada se dirigió a la pantalla de su Tablet, en donde se veía lo que debería haber conseguido y frunció el ceño.

No se parecían en nada.

—      Está claro que la repostería no es lo mío. – suspiró.

Esa semana era el cumpleaños de Jon y quería sorprenderle con un pastel de fresas casero. No se le ocurrió mejor manera de hacerlo que siguiendo un tutorial de YouTube, pero el resultado final no fue lo esperado. Su pastel y el del video no se parecían en absolutamente nada.

No, eso era un desastre que no tenía nada que recordara a un pastel.

Y la cocina parecía una zona de guerra, llena de harina y masa por todas partes. ¿Cómo había llegado ese pegote al techo?

—      ¿Cómo has hecho para manchar el techo? – escuchó preguntar a su pareja, haciéndose eco de sus pensamientos. Se giró para verlo y Jon hizo una mueca, aguantando la risa. – ¿Y cómo has hecho para tener tú más harina encima que la que has usado en…? ¿Qué se supone que es esto?

—      Un pastel de fresas. Era para tu cumpleaños.

Los ojos celestes de Jon brillaron y se mordió los labios, en un intento de no soltar la carcajada como deseaba hacer. Abrazó a Colby por la espalda y colocó la barbilla en su hombro, observando el estropicio que el otro llamaba pastel.

—      Al menos lo has intentado pero la repostería no es lo tuyo, Col.

—      No, no lo es. – Colby se estremeció ligeramente al notar los labios del otro en su cuello, besándole.

—      Uhm… sabes dulce. – el castaño gimió, cerrando un instante los ojos al sentir la lengua de su pareja lamer su cuello.

Jon apretó su abrazo, mordiéndole en el hombro para luego hacerle girar y quedar los dos cara a cara, con Colby apoyado en la encimera. El rubio sonrió, limpiando una mancha de harina con sus dedos de la nariz de su pareja.

Colby tenia toda la cara con manchas de harina y masa. Incluso su melena castaña tenía rastros de su estropicio.

—      ¿Cómo puedes ser tan inteligente para unas cosas… – preguntó, dándole un pequeño beso en la punta de la nariz. – …y tan torpe para otras? – Colby le dedicó una sonrisa inocente. La misma sonrisa que componía cuando rompía algo y su madre preguntaba quién de los tres había sido.

—      ¿Qué puedo decir? No soy perfecto. – dijo, acariciando su mejilla y manchándole de harina también antes de besarle en los labios.

El beso, que empezó tierno, se fue tornando más y más apasionado, con Colby suspirando al separarse para poder recobrar el aliento. Jon le cogió con fuerza de la cintura y lo levantó a pulso, haciéndole sentarse en la encimera. Su pareja le miró, divertido y curioso, dejándose hacer cuando el otro empezó a sacarle la camiseta sin parar de besarle. Se estremeció al sentir las manos callosas de Jon acariciando su espalda desnuda.

Se apresuró a quitarle al otro la suya, casi rompiéndola en su prisa. Jon se colocó entre sus piernas, acercándose todo lo que le era posible y le mordió con suavidad el lóbulo de la oreja antes de susurrarle al oído:

—      Para mí siempre vas a ser perfecto. – y añadió con una risita. – Aunque me manches de harina.

—      Puedo ayudarte a limpiarte, si quieres. En la ducha. – se ofreció Colby, bajando de la encimera y alejándose un par de pasos.

Pero Jon le detuvo cogiéndole de la mano y tiró de él, atrayéndole hacia su cuerpo y volviendo a atraparlo contra el mueble.

—      Tentador, pero… la ducha está muy lejos y no sé si puedo esperar para lo que quiero.

Colby soltó una risita que se convirtió en un largo gemido cuando su pareja empezó a acariciarle sobre el pantalón. Jon ya estaba bajándole la cremallera cuando el teléfono sonó, haciendo que los dos soltaran un gruñido de frustración.

Jon sacó su teléfono móvil del bolsillo trasero de sus vaqueros y contestó, apoyando la frente en la de su pareja, sin dejar de acariciarle.

—      ¿Sí? – gruñó. Colby le vio morder una maldición al escuchar la respuesta a su saludo. – ¡Oh, hola, mamá! No, no estábamos haciendo nada, no interrumpes. ¿Qué ocurre? – el castaño susurró un «¿Qué demonios?» aguantando la risa.

Su pareja gimió por lo bajo y dejó de tocarle, haciéndole un gesto muy explícito.

Ni ducha, ni encimera, ni nada.

—      Dúchate. Viene mamá de visita. – masculló, guardando su móvil. Colby rio por lo bajo. – Si, si… ríete. Viene con las tías.

—      ¡No! ¡Con las tías, no!

—      Lo siento. Quieren ver el piso. Están muy molestas porque no pudieron verlo la última vez que vinieron.

Jon le dio un leve empujoncito, en dirección al baño. Colby maldijo por el camino pensando en sus tías y su molesta costumbre de darle pellizcos en las mejillas. Bueno, a lo mejor tenía suerte y conseguía que Jon le protegiera de ellas, pensó mientras abría el grifo del agua caliente.

Si ponía cara de pena…

 

(Relato con los personajes de mi próxima novela, Lobos. Este relato también está narrado en el podcast La vida es burra, en Ivoox, el episodio 3)

 

Comentarios

  1. Mabel

    6 febrero, 2020

    Muy buena historia. Un abrazo Eva y mi voto desde Andalucía

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