Una experiencia inolvidable

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Prometí a mi hija que algún día le narraría como fue su nacimiento. Cuando se van a cumplir trece años del ¿feliz? acontecimiento, cumplo mi promesa. Algún detalle puede estar modificado por el paso del tiempo, pero otros los tengo tan vívidos como si hubiesen sucedido ayer mismo.

 

Cuanto nació mi hija ya teníamos dos niños. Me hacía mucha ilusión asistir al parto porque no había conseguido entrar en ninguno de los anteriores. Así que me aposté ante la puerta del paritorio con la bata verde que me habían dado, unas pantuflas de gasa y una cosa hortera en la cabeza similar al gorrito de ducha. Me mostré bastante borde para que no se olvidaran de mí como en las anteriores veces. Entendía que no les gustase a las matronas la presencia de los maridos, pues suelen estorbar más que ayudar, alguno requiere él más atención que la propia parida. Aun así, estaba decidido a entrar, era mi última oportunidad de asistir a un parto, más aun siendo el de mi propia hija. Y resultó un evento inolvidable, pero no por lo yo esperaba. Gritaba desde el pasillo en dirección a la puerta por la que habían metido a mi mujer después de horas de dilatación para que no pasasen de mí. Salió la matrona a llamarme la atención.

-Tranquilícese y cállese. Ya le avisaré en el momento adecuado.

¡Y vaya si me llamó la atención! Sobretodo por su tamaño, calculé que superaba el metro ochenta de estatura y probablemente tenía más de un metro de hombro a hombro. Por supuesto, me callé. Ya no tenía tan claro que quisiese entrar a cualquier precio.

Por fin, volvió a salir y me hizo una seña para que pasase.

Observé el paritorio. Mi mujer abierta de piernas sobre los estribos gritaba desesperadamente. La matrona manipulaba lo que parecía ser la cabeza del bebe que asomaba. ¡Me asombró el tamaño! Y la enfermera viejecilla, flaca y bajita, parecía tener más de setenta años, algo que me resultó de lo más extraño. Me ordenaron que me colocase a un lado de la cama y agarrase la mano a mi mujer. Hice todo lo que me mandaban. ¡Como para negarle algo a aquella matrona salida de un ring de lucha libre! Mi mujer parecía no enterarse de nada, sólo gritaba, no creo que fuese consciente de que yo estaba allí, ni que le agarraba la mano. Traté de animarla, pero la verdad es que no podía quitar ojo a la vieja enfermera que parecía perdida por la habitación, sin tener muy claro cuál era su función. En un determinado momento la matrona echo la mano a un lado palpando la mesa de su derecha y no encontró lo que buscaba.

-¿Dónde está el instrumental?

La enfermera se sorprendió.

-¿Hacía falta? Ahora lo traigo.

La matrona puso cara de malas pulgas y le espetó.

-No se preocupe, ya lo cojo yo.

Fue a buscarlo, lo puso en la mesa y siguió intentando extraer la cabeza del bebe, que parecía resistirse a salir. Mi mujer gritaba cada vez más. Noté que la matrona empezaba a desesperarse. Me sentía inútil mientras la tensión iba en aumento.

De pronto, aquella enorme mujer se puso de pie y también se puso a gritar.

-¡Quieres dejar de berrear y hacer fuerza, coño! Se te van todas las fuerzas por la boca. ¡Cállate y empuja!

Reconozco que me lleve un enorme susto y reaccioné de una forma más bien extraña.

¡También me puse a gritarle a mi mujer!

-¡Ves, ya te lo decía yo! Deja de gritar y haz fuerza, que si no la niña no sale.

Y así estuve unos minutos, echándole la bronca a mi esposa, que por suerte, creo que no se enteró de nada.

En medio de esa situación esperpéntica e irreal parece que la cosa avanzó y oí decir a la matrona.

-Ya tengo la cabeza, voy a hacer “la maniobra” para que salgan los hombros.

Nunca olvidaré la escena. Aquel gigante de bata blanca agarró la cabeza del bebe con ambas manos, se agacho y con un rictus de fuerza extrema giró los brazos al tiempo que tiraba hacía si en la posición que se adoptaría un leñador escocés en el juego de la soga. Por un instante pensé que o le arrancaba la cabeza al bebe o tiraba a la parida de la camilla.

Pero no. Casi en décimas de segundo todo el cuerpo estaba fuera. Mi mujer dejó de gritar, pero no porque no doliera, si no por cansancio, no podía más. Mientras sostenía a la niña, que no emitió ningún sonido, le cortó el cordón umbilical y dio una orden más a la viejecilla.

-Póngale el calmante.

Añadido al tubo del suero que mi mujer tenía en el brazo, había un catéter para administrar fármacos, que se movía en el aire a mi lado. Hacia él se dirigió la enfermera con una jeringa de considerables dimensiones. Antes de ese momento me había parecido que la vieja temblaba un poco, pero no le di importancia. Fue en ese instante cuando me quedó claro que la vieja enfermera tenía ¡Parkinson! No conseguía acertar con la entrada del catéter y tuve que esquivar varias veces la aguja para que no me clavase a mí. Por un momento me vi tirado en el suelo por culpa del calmante.

Ante la imposibilidad de la mujer para acertar con la vía de plástico y el miedo a que me lo pusiese a mí, decidí ser yo quien le agarrase la sonda y la mano para evitar males mayores.

El efecto fue instantáneo y mi mujer se relajó. Pude aprovechar para observar a mi hija, que seguía sin emitir ningún sonido, pero que ya abría unos enormes ojos. Con el pelo negro cobalto largo y de punta como un puercoespín. El cráneo deformado por el esfuerzo del parto, parecía cualquier cosa, menos bonita. De hecho, meses después, una amiga, al verla, la comparó con un gremlin, y creo que acertó de pleno, aunque en aquel momento yo era incapaz de definirla, y sólo alcanzaba a pensar “Joder, que cosa más fea”. Con los años a mejorado mucho físicamente, hasta convertirse en un proyecto de mujer igual de peligrosa que las demás. (De gremlin sólo conserva la mala hostia).

Le faltó tiempo a la matrona para echarme del paritorio. Me despedí de mi mujer que empezaba a ser consciente de lo que ocurría a su alredor, y salí. Pero ya en el pasillo di media vuelta y volví a entrar.

-Quisiera agradecerle que me haya permitido asistir al parto. Muchas gracias.

Me fulminó con la mirada.

-Lárguese de una vez.

Mi última mirada fue para la viejecilla que tenía un instrumento en cada mano y las miraba sin saber qué hacer con ellas. Inconscientemente eche mano al brazo donde casi estuvo a punto de ponerme el calmante, sin entender qué coño hacía aquella enfermera vieja y con Parkinson en un paritorio.

Poco después, paso por mi lado, en el pasillo, de camino a planta, la cama que empujaba un bedel transportando a mi mujer, junto con la niña. Ella sonreía irradiando felicidad mientras abrazaba aquel “feto”.

Nunca mejor dicho.

 

 

Comentarios

  1. The geezer

    29 febrero, 2020

    Había escuchado algunos relatos, pero nunca con tanta crudeza y humor !! Gracias, me has tenido enganchado del todo como esa señora a tu bebé!
    Saludos
    César

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