Helena y Eme

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Sin que ella lo sepa, María y José esperan detrás de una cortina. Esas son las reglas. Sólo pueden mirar desde allí. Les dijeron que es inminente la llegada de Eme. Sin embargo, ya hace varios minutos que la esperan. El cóctel de ansiedad, miedo y tensión, parece haber detenido el tiempo.
Helena, espera tendida en la cama. Su blanca piel impecable y un suave olor a colonia, visten su cuerpo desnudo y paciente. Sobre ella, una suave tela insinúa sus pechos y toda su voluptuosidad femenina. Su brazo derecho atado. Sus ojos cerrados. El resto de su cuerpo espera inmóvil. María y José se miran y aprietan aún más, sus manos transpiradas.
Algo enrarece el ambiente. Es Eme, que se aproxima taconeando por el pasillo. Se detiene en la puerta y entra a la habitación. Camina hacia la cama y observa a Helena quien, al sentir su presencia, casi mecánicamente, abre los ojos y luego los cierra. A verla, Eme sonríe, descubriendo levemente sus estéticos dientes blancos, casi saboreando todo su cuerpo antes de siquiera tocarlo.Eme, espera la hora. Mira el reloj y mira a Helena. Así, una y otra vez hasta que llega el momento exacto. Un movimiento involuntario, descubre los pies de Helena, dejando ver sus uñas pintadas de rojo. Eme las ve, mira nuevamente el reloj y todo se precipita. Prepara el escenario y despliega sus artes. Ya es la hora. Mientras María y José esperan el momento, Eme mira fijamente a Helena y entra en su cuerpo. Helena abre los ojos y arquea su columna, disfrutando del mágico trance después de tanto tiempo de esperar. Turbados, José y María llaman a otro hombre que está “haciendo guardia” en la puerta.  Entra a la habitación, sujeta a Helena de la otra mano y toma suavemente su cuello, como buscando su latido. Una brisa fría lo estremece. Siente detrás suyo una presencia, pero gira y no ve nada ni a nadie. Confundido, vuelve su mirada a Helena y sale corriendo.Sin que nada la distraiga, Eme penetra cada poro de Helena, haciéndose más grande, más poderosa. expandiendo todo su ser, mientras el cuerpo de Helena es cada vez más liviano. Y en ese exacto momento, Helena finalmente se libera. Entonces, el trabajo ya está hecho.  Alguien con ropa blanca entra corriendo a la habitación con un aparato blanco con cables, y coloca dos planchas una a cada lado del pecho de Helena. Eme, ya lo vio millones de veces y sabe que eso nunca remedia su paso. Descarga a descarga, observa los esfuerzos inútiles del cuerpo retorcido. Sale de la habitación y taconeando como vino, atraviesa el pasillo escuchando el llanto desgarrador de José y María, que no advierten que la Muerte, les pasó por delante.

Trinitahescribe.blogspot.com

Comentarios

  1. Mabel

    31 marzo, 2020

    Muy buen relato. Un abrazo y mi voto desde Andalucía

  2. The geezer

    1 abril, 2020

    Estimada Trinita: Había leído otros relatos tuyos y sabía que me gustaban, pero ya no me acordaba por qué. Me ha encantado este ejercicio tan inteligente, que nos tiene en vilo, sin comprender…¡gracias por compartir! Genial.
    Saludos
    César

  3. TrinitaH

    1 abril, 2020

    @the geezer Cesar. Gracias por tu comentario. En verdad hace tiempo que no subo nada. Ahora, la cuarentena me mantiene entretenida, escribiendo y encontrándome nuevamente con ustedes.
    Un gran abrazo

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