Inframundo y Modernidad: demonios, vampiros y malditos /La epidemia de vampirismo

Escrito por
| 19 | 2 Comentarios

Hacia mediados del siglo XVIII, una curiosa proliferación de historias acerca de muertos que, salidos de su sus tumbas, se dedicaban a hostigar la existencia cotidiana de los lugareños, se extendió por Europa Central y Oriental. El abad Agustín Calmet, sabio benedictino, se dedicó a compilar en dos tomos todas las noticias que pudo. Aunque pretende ser objetiva, la mirada de Calmet no deja de ser crédula, e incluso arrastra a curiosas especulaciones entre la idea de resurrección, según la teología, y la vuelta a la vida de un muerto que sale de su tumba sin intervención divina. Oros religiosos, como Feijóo, siguiendo la posición oficial de la Iglesia, que en esto coincidían con el movimiento ilustrado, consideraron vulgar superstición e ignorancia la creencia en vampiros. Reconocidas autoridades de la ciencia, como el médico Gerhard van Swieten intentaron explicar científicamente el fenómeno. Voltaire fustigó ell tratado de Calmet como contribución a los males que la civilización debía superar y cuestionó a la Sorbona por gastar esfuerzo y dinero en publicar cosas así. Lo cierto es que a lo largo de todo el siglo XVIII el interés por los revinientes del este de Europa no cejó. La epidemia de vampirismo no tine que ver sólo con historias acerca de vampiros, sino, además, con el modo en que el tema ocupó a escritores, religiosos y científicos. Para cuando ya entrado el siglo XIX, el romanticismo abra las puertas al vampiro literario, el mundo moderno ya contaba con una larga tradición al respecto. Siguiendo el espíritu ilustrado y en un denodado esfuerzo por desmantelar el circulo vicioso de mito y superstición que definitivamente debía superar la civilización de la razón y el progreso, Santiago Collin de Planci publica en 1803 su Diccionario Infernal. Allí recoge una amplia serie de definiciones relativas a ese inframundo de la superstición en medio del cual emerge la era de la razón y de la filosofía de la historia. Dicho trabajo no se ocupa de un análisis ni de una investigación erudita sobre este asunto. Sin embargo sus datos, referidos a las más diversas áreas geográficas y aspectos temáticos, son ilustrativos del ambiente cultural en que la civilización humana ha de iniciar su camino al mundo de la ciencia y el progreso. Salvo por algunas escuetas menciones, el vampirismo, propiamente dicho, no es el tema predominante. No obstante, existen muchas referencias a seres y tradiciones demoníacas que coinciden con vampirismo.

Brucolacos o vroucolaques es el nombre que los griegos daban a los vampiros o espectros de los excomulgados. Sobas-munusinos o chupadores de sangre, son una especie de vampiros entre los quojas. Lemurianos son otra especie de vampiros, que aparecen en la ciudad de Roma tras la muerte de Remuriano a manos del fundador Rómulo. Golos son espectros de la especie de los vampiros propios de las creencias del Próximo Oriente. Relatos como Las mil y una noches versan sobre estas creencias. Lamia se llamaba la reina de Libia que despanzurraba a las mujeres embarazadas para comerse sus fetos. De ella deriva el nombre de lamias o demonios que se encuentran en los desiertos bajo la forma de mujeres con cabezas de dragón en el extremo de los pies.

Inseparable de lo mortal e infernal a que siempre está asociado lo diabólico, en contraposición con lo eterno y celestial, el vampirismo forma parte de la expansión de la cosmogonía cristiana a lo largo de la historia; abreva en sus prácticas y creencias propias, o que ésta ha incorporado como suyas, en torno la condición mortal del hombre histórico. Así, por ejemplo, y según lo indicado por el mismo Diccionario Infernal, la idea de que un vampiro muere atravesándole el corazón se encuentra en Aarón, mago griego de la época del emperador Comneno, dedicado a la nigromancia y condenado a muerte tras encontrarse en su poder la figura de un hombre atado de pies y con el corazón traspasado por un clavo. Abrahel es un súcubo que nos recuerda a la Carmilla de Sheridan Le Fanu o la Brunilda de Raupach, y que en 1581, en la aldea de Dalhem, sobre el Mosa, se le apareció al pastor Pierront bajo ia forma de una doncella que él deseaba y con la que hizo el amor; luego le entregó una manzana para su hijo que, al comerla éste, cayó muerto. Prometió revivirlo si el pastor la adoraba, y entonces el joven revivió poseído y murió al cabo de un año.

La mutua atracción sexual entre el vampiro y sus víctimas nos remite la definición de cópula de Collin de Planci: dícese que los brujos y brujas se unen carnalmente en sábado con el Diablo, el que adquiere formas distintas para cada sexo. Igualmente nos recuerda la clásica escena de culto al diablo, según la cual los brujos le adoran por su nombre el sábado en una ceremonia que consiste principalmente en besarle el trasero, humildemente y de rodillas. Lo que a su vez nos remite a la soberbia del vampiro basada en el control total de sus víctimas. ¿Y es que acaso toda víctima de un vampiro no es lo que normalmente, desde el punto de vista de la religión oficial, se conoce como poseído? Hay también elementos que han pasado a ser propios del vampirismo y que, sin embargo, se encuentran en diversos usos y costumbres, como en el caso, por ejemplo, del culto a la sangre. Así, dice también Collin de Planci que los jambrianos y jamnesios son brujos egipcios que cambiaban el agua del Nilo en sangre. Adorado por los ammonitas, Moloch es un demonio rodeado de las lágrimas de las madres y de la sangre de los niños. Schumnios, de los kalmukos, son hadas maléficas que nos remiten a la vampiresa: se alimentan de sangre humana y a veces toman la forma de mujeres hermosas, pero con aire muy siniestro y mirar pérfido. Cuatro colmillos de jabalí salen por lo común de sus bocas. En cuanto a muertos salidos de la tumba, Platón afirma que Ebroer, hijo de Zoroastro,.salió de la tumba doce días después de haber sido quemado en una hoguera y contó muchas cosas sobre la suerte de los buenos y malos en el otro mundo. Los manes son dioses de los difuntos que presidían las tumbas. Al respecto, Ovidio refiere que en una peste muy violenta, se les vio salir de los sepulcros y vagar errantes por la ciudad y los campos, dando horrorosos aullidos. Según el Diccionario Infernal Jamanbuxias son monjes que en Japón, siguiendo las órdenes del Diablo, roban los cuerpos de los muertos y los resucitan, y que la adopción del color negro para el luto se basó en la creencia de que los muertos ingresaban al reino de las sombras. Naclefaro era el navío infernal que los celtas creían construido por las uñas de los muertos y cuya misión era llevar a Oriente los genios del mal. Lo que nos recuerda que Drácula sale de Transilvania para invadir la Europa Occidental con similares propósitos. Los ivangianos o brujos de las islas Molucas que desentierran los muertos y se los comen nos recuerdan a la necrofílica Aurelia de Hoffmann. Con mayor o menor intensidad, los rasgos del vampirismo se encuentran en los más diversos espacios y culturas desde la antigüedad. Lo que lo hace moderno es la forma que adquiere en el marco de la religiosidad cristiana y la modernidad. Como veremos en lo sucesivo, es su vinculación con la concepción de la muerte y el alma de la escatología cristiana, así como lo determinante que es, en su configuración literaria, su naturaleza eminentemente aristocrática y el pasado histórico de la sociedad burguesa, lo que define al vampiro moderno.

Por último, y para terminar con esta revisión rápida y general de las raices del vampiro moderno, vale la pena citar una muy sugestiva referencia del Diccionario Infernal de Collin de Planci que ilustra de modo elocuente el espíritu de ese inframundo del que el mito vampírico es tributario. Se trata de Urbano Grandier, cura de San Pedro de Ludún, quemado en la hoguera en el siglo XVI como castigo por endemoniar su parroquia al tenor de la siguiente declaratoria de principios:

Nos, el muy poderoso Lucifer, secundado de Satanás, Belzebut, Leviathán, Elimi, Astarot y otros, hemos aceptado en el día de hoy el pacto de alianza de Urbano Grandier, que se nos entrega; y le prometemos el amor de las mujeres, la flor de las doncellas, el honor de las monjas, las dignidades, los placeres y riquezas; fornicará cada tres días; la embriaguez le será gustosa; cada año una vez nos ofrecerá un homenaje firmado con su sangre; hollará con los pies los sacramentos de la iglesia y nos dirigirá oraciones. En virtud de este pacto, vivirá veinte años feliz en la tierra de los hombres, y vendrá luego entre nosotros a maldecir a Dios. Hecho en los infiernos en el consejo de Demonios. Han firmado Lucifer, Belzebut, Satanás, Elimi, Leviathán, Astarot. Visado con la signatura y sello del maestro diablo y de los SS. príncipes de los demonios. Contraseña BAALBERITO, Secretario.

(Este documento se encontró en los archivos de Poitiers y además, está citado en Historia de los diablos de Ludún, por SaintoAubin y en El verdadero P. José, por Richer, 1715).1

Placer y lujuria, profanación y maldición de lo sagrado, sangre y muerte. De todo cuanto ha de conducir a las puertas del infierno cristiano participa ese cadáver animado que, luego de muerto y sepultado, emerge de su tumba. En su versión modernista y acabada, el vampirismo, pues, es una suerte de subgénero en un mundo infernal y demoníaco en el que predominan las más diversas fuerzas del mal que se oponen a Dios y sus designios, así como al correcto comportamiento que, en tanto que criatura y pecador, ha de seguir el hombre para salvarse y recuperar el paraíso perdido. En su forma más moderna y occidental, el vampirismo emerge del cristianismo. Pese a la negativa oficial de la iglesia moderna de reconocerlo como creencia legítima, el vampirismo sirve a su fines, pues el vampiro es criatura de un cristianismo moderno que, en el acto mismo de su creación, se convierte en su antídoto. Toda la historia de Drácula no es más que la reivindicación de la ciencia y la fe cristianas como baluartes del imperio inglés y la Europa moderna. Por eso sólo los símbolos cristianos -la cruz, la hostia, las sagradas escrituras y la oración-, y otros algo más universales como el ajo y las estacas filudas, sirven para contrarrestarlo. Al ser parangonado con el demonio, el vampiro es una suerte de ángel caído. Lo cual le asigna una alcurnia metafísica de la que se enorgullece la falaz criatura, de la misma manera que lo hacen los niños ricos mala conducta que, pese al descarnado odio que guardan por sus aristócratas padres, disfrutan de su poder, influencia y prestigio. En realidad, desde este punto de vista, el vampirismo no está socavando el reino de Dios, como los héroes literarios que luchan contra el infame afirman, sino compitiendo con él y, en consecuencia, apuntalándolo.

Y es precisamente un cristiano, sabio benedictino y abad de Sénones, quien, a mediados del siglo XVIII, con su Tratado sobre Vampiros, hará una de las mayores contribuciones a la expansión del mito. Fue ésta una obra de investigación y recopilación de gran divulgación para la época y que se convertiría en rica fuente para la configuración del vampiro literario del siglo XIX. En dicha obra comienza Calmet afirmando que cada época y cada país tiene sus temas y sus peculiares objetos de atención que lo ocupan, y señalando que a fines del siglo XVI y comienzos del XVII no se hablaba en su región, Lorena, mas que de brujos y brujas. Lo cual ha dejado de ser hace mucho tiempo, asegura. Y a esto agrega que, con la filosofía de Descartes, se ha comenzado a despreciar la filosofía antigua y no se habla más que de experiencias físicas, de nuevos sistemas, de nuevos descubrimientos. Del mismo modo que, no más apareció Newton, y todos los espíritus se han puesto de su lado. Ahora, su propio siglo, el de las Luces, tiene entre sus propios temas y objetos de atención, uno que Calmet describe de la siguiente manera:

En este siglo, desde hace alrededor de unos sesenta años, una nueva escena se ofrece a nuestra vida en Hungría, Moravia, Silesia, Polonia: se ve, dicen, a hombres muertos desde hace varios meses, que vuelven, hablan, marchan, infestan los pueblos, maltratan a los hombres y los animales, chupan la sangre de sus prójimos, los enferman, y, en fin, les causan la muerte: de suerte que no se pueden librar de sus peligrosas visitas y de sus infestaciones, más que exhumándolos, empalándolos, cortándoles la cabeza, arrancándoles el corazón o quemándolos. Se da a estos revinientes el nombre de upiros o vampiros, es decir, sanguijuelas, y se cuentan de ellos particularidades tan singulares, tan detalladas y revestidas de circunstancias tan probables, y de informaciones tan jurídicas, que uno no puede casi rehusarse a la creencia que tienen en esos países, de que los revinientes parecen realmente salir de sus tumbas y producir los efectos que se les atribuyen.2

Hasta entonces, asegura el autor del tratado, la historia de la humanidad, en cualquier lugar que se le considere, no ha conocido nada semejante. Ciertamente, y de modo muy raro, se han presentado casos similares. Pero jamás nada tan cotidiano y tan marcado como las historias que se cuentan sobre los vampiros de Polonia, de Hungría y de Moravia. Y aquí hace Calmet una observación interesante, según la cual, muy al contrario de lo que afirman tales historias, la antigüedad cristiana creía que la incorruptibilidad de un cuerpo era más bien síntoma de santidad y de la protección de Dios a la que la persona en vida se había hecho merecedora.

Lo más importante y significativo de la obra de Calmet es que pone en evidencia lo que podría considerarse una auténtica epidemia de vampirismo en las más diversas regiones de Europa, citando testigos que describen sus estragos, por ejemplo, entre los años 1700 y 1702, en Micono, pequeña isla del archipiélago de las Cícladas en el Egeo; o en Hungría, en 1720, cuando un grupo de ciudadanos de Krislova solicitó a las autoridades austriacas la exhumación e incineración del cadáver de Pedro Plogojowitz, que, después de muerto. deambulaba por la ciudad chupando la sangre del cuello de sus víctimas, quienes morían irremediablemente días más tarde. Casos similares se presentaron en muchas otras regiones, y aunque muchas veces las autoridades se negaban a las prácticas de destrucción de cadáveres, a la postre habían de ceder, como única manera de detener el mal. Calmet no afirma ni niega con precisión nada en relación con los casos de vampirismo. que se limita a relatar en sus más elocuentes detalles y de los que ofrece los más nutridos testimonios. Pero en su posición de erudito y representante de la institución eclesiástica, es consciente de que se enfrenta a un tema muy peliagudo y altamente polémico para la época:

Me propongo tratar aquí el asunto de los revinientes o vampiros de Hungría, Moravia, Silesia y Polonia, aun con riesgo de ser criticado sea cual sea la manera en que yo me comporte: los que los creen verdaderos me acusarán de temeridad y de presunción, por haberlos puesto en duda, o incluso haber negado su existencia y su realidad; los otros me echarán en cara haber empleado el tiempo en tratar esta materia, que pasa por frívola e inútil en el espíritu de muchas gentes de buen sentido. De cualquier manera que se piense, yo me sentiré satisfecho de haber profundizado una cuestión que me ha parecido importante para la religión: pues si el retorno de los vampiros es real, importa defenderlo y probarlo; y si es ilusorio, es por tanto de interés de la religión desengañar a los que los creen verdaderos, y destruir un error que puede tener muy peligrosas consecuencias.3

Otro dato significativo de la obra de Calmet y su impacto en el ambiente intelectual y literario de la época es el modo en que el extraño y terrorífico fenómeno del que se ocupa se concentra, fundamentalmente, en la Europa Oriental, de donde, hacia finales del siglo XIX, provendrá, precisamente, el más afamado de los vampiros literarios, como lo es el conde Drácula, fruto del éxito editorial de la novela de Bram Stocker. Al respecto, la obra también nos ofrece lo que será la definición por excelencia del vampiro como personaje:

Los revinientes de Hungría, o vampiros, que son el principal objeto de esta disertación, son unos hombres muertos desde hace un tiempo considerable, más o menos largo, que salen de sus tumbas y vienen a inquietar a los vivos, les chupan la sangre, se les aparecen, provocan estrépito en sus puertas y en sus casas, y, en fin, a menudo les causan la muerte. Se les da el nombre de vampiros o de upiros, que significa en eslavo, según dicen, sanguijuela. Uno no se libra de sus infestaciones más que desenterrándolos, cortándoles la cabeza, empalándolos, o quemándolos, o traspasándoles el corazón.4

Ante la epidemia de que se ocupa este el tratado, el espíritu ilustrado respondía calificando el vampirismo de mera superstición. La justicia póstuma, aplicada mediante ejecuciones de los supuestos vampiros con estacas, decapitación e incineración del cadáver. debía ser prohibida, por ser una práctica irracional, reñida con el decoro, la moral y las buenas costumbres, como otras igualmente supersticiosas, tales como la cacería de brujas y actividades similares. El mismo Calmet, que en ningún momento niega la posibilidad de que los vampiros existan, será cuestionado por el español. Fray Benito Feijoo5 -otro benedictino- para quien los testimonios sobre vampiros en Hungría, Moravia, Silesia, Polonia, Grecia y las islas del Egeo no son más que burdas patrañas para consumo de ignorantes.

…El vampirismo, para el fraile gallego, no es solo efecto de la ilusión, sino también del engaño. Ello conduce a Feijoo a considerar el hecho de la mentira social con no poca profundidad en unos luminosos párrafos de su carta que no tienen desperdicio: «Ya en otras partes he advertido que, siendo tan común la inclinación de los hombres a la mentira que dio motivo al santo rey David para proferir la sentencia de que todo hombre es mentiroso, omnis homo mendax, esa inclinación es mucho más fuerte respecto de aquellas mentiras en que se fingen cosas prodigiosas y preternaturales, porque hay en esas narraciones cierto deleite que incita a la ficción más que en las comunes y regulares. Aun sujetos que en éstas son bastantemente veraces, ya por el placer de ser oídos de los circunstantes con una especie de admiración y asombro, ya por la vanidad de que en alguna manera los particulariza y eleva sobre los demás haberlos el Cielo escogido para testigos de cosas que están fuera del curso regular de la naturaleza, caen en la tentación de mentir en éstas, aunque veraces en las de la clase común y trivial» 6

En 1755 un nuevo caso de vampirismo escandalizo a la corte vienesa, cuando, a un mes de su enterramiento, ciudadanos de Hermesdorf desenterraron el cadáver de Rosina Iolackin, tenida por vampiro que atacaba a los lugareños. Hallando el cadáver incorrupto y siguiendo la costumbre generalizada, fue decapitado e incinerado. A partir de este caso, el holandés Gerard van Swieten, médico personal de la emperatriz de Austria, María Teresa, y reformador de la universidad de Viena a tono con las premisas de la Ilustración, produjo un informe médico, suscrito por la comunidad científica y en el que intentaba explicar la muerte que se imputaba a los vampiros por las epidemias y el fenómeno de los cadáveres incorruptos a la ausencia de oxígeno. Al igual que en los comentarios de Feijoo, en este informe se equipara el tema del vampirismo al de la brujería y hechicería de tiempos anteriores, en los que cada quien veía en su vecino un hechicero y una bruja en aquella mujer que despertaba su deseo. En virtud de lo cual se concluía que el vampirismo no era otra cosa que una superstición que acarreaba prácticas bárbaras y sacrílegas que debían ser erradicadas.

Lo único que parece quedar claro de este proceso de vulgarización de las leyendas y fábulas centroeuropeas sobre los vampiros en el siglo XVIII es que el vampirismo es, en principio, un tema esencialmente religioso, específicamente vinculado a los conceptos fundamentales del cristianismo y con los que, sin embargo, no siempre es consecuente, ni guarda una relación lógica. En este sentido, el vampirismo es ambiguo y contradictorio. La idea del muerto vivo encierra contradicciones insalvables. Así, por ejemplo, el mito nos indica que es propio del vampiro la carencia de alma, cuando, según la escatología cristiana, la muerte es la separación de cuerpo y alma y, por lo tanto, lo más natural es que ese muerto salido de la tumba, como cualquiera, tampoco la tenga. Luego ¿qué distingue a este muerto vivo del resto de los muertos? ¿Qué tiene de especial esta carencia de alma? Ésta y muchas otras preguntas se hace Calmet en su tratado:

En el supuesto de que los vampiros resuciten verdaderamente, se puede formar al respecto una infinidad de dificultades. ¿Cómo se hace esta resurrección? ¿Se hace por las fuerzas del reviniente, por el retorno de su alma a su cuerpo? ¿Es un ángel o un demonio el que lo reanima? ¿Es por orden o permiso de Dios que resucita? Esta resurrección ¿es voluntaria de su parte y de su elección? ¿Es para mucho tiempo, como la de las personas a que Jesucristo ha vuelto a la vida, o la de las personas resucitadas por los profetas y por los apóstoles? ¿O es solamente momentánea y por pocos días o por pocas horas, como la resurrección que S. Estanislao operó en el señor que le había vendido un campo, o aquella de que se habla en la vida de S. Macario y de S. Espiridión, que hicieron hablar a unos muertos simplemente para que diesen testimonio de la verdad, y después los dejaron dormir en paz, a la espera del día del juicio final?

Desde el comienzo pongo por principio indubitable que la resurrección de un muerto verdaderamente muerto es efecto de la sola potencia de Dios. Ningún hombre puede ni resucitarse, ni devolver la vida a otro hombre, sin un visible milagro. 7

Voltaire se burla de todo ello. El vampirismo no merece para él más que una irónica mención, que se extiende en un corto comentario hecho a la sazón en el Diccionario Filosófico. Allí Voltaire inicia un artículo sobre el tema refiriéndose, como Calmet, al nuevo siglo que se abre a las luces de la razón y la ciencia. Pero, muy a diferencia de éste, lo hace sorprendido de que, pese a ello, aún persista la extendida creencia en la existencia de cadáveres salidos de la tumba para succionar la sangre de los vivos, y de que el tratado del benedictino haya sido objeto de tanta divulgación:

¿Es posible creer en la existencia de vampiros en pleno siglo XVIII, después del reinado de Locke, Saftesbury, Trenchard, Collins y sus sucesores Alembert, Diderot, Saint Labert y Duclos? Por increíble que parezca, el reverendo benedictino dom Agustín Calmet imprimió y reimprimió la historia de los vampiros con aprobación de la Sorbona.8

Destaca Voltaire el llamativo hecho de que el fenómeno se concentre en las regiones centrales y orientales del continente europeo y que no haya vampiros en Londres o París. Respecto a lo cual comenta irónicamente:

Confieso que en esas dos urbes hubo agiotistas, comerciantes y hombres de negocios que chuparon a la luz del día la sangre del pueblo, pero no estaban muertos, sino corrompidos. Esos verdaderos chupópteros no vivían en los cementerios, sino en magníficos palacios.9

Igualmente, Voltaire ironiza respecto al tipo de polémica que acarrea el tema del vampirismo, desde el punto de vista de la doctrina:

La gran cuestión que se suscitó entonces fue averiguar si aquellos vampiros resucitaron por propia virtud, por el poder de Dios o por el poder del diablo. Los grandes teólogos de Lorena, Moravia y Hungría hicieron públicas sus opiniones y su ciencia.

Así como desde el punto de vista jurídico, con lo que aprovecha de dirigir un tiro por elevación a la institución eclesiástica:

Todavía se discute la grave cuestión de si puede absolverse al vampiro que murió excomulgado. No soy teólogo bastante profundo para decidirlo, pero yo lo absolvería, porque cuando debe decidirse entre dos partidos dudosos, debe uno inclinarse por el más benigno.

https://cartapacioweb.blogspot.com/

1Collin de Planci. Diccionario Infernal. p. 51

2Agustín Calmet. Tratado sobre los vampiros. Traducción de Lorenzo Martín del Burgo. Seguido de las Reflexiones Críticas del Padre Feijoo. Prólogo de Luis Alberto de Cuenca Edita: Reino de Cordelia, www.reinodecordelia.es. P. 24. Y respecto a la influencia de esta obra, comenta Luis Alberto de Cuenca en el prólogo: Cuando Dom Calmet redactó este primer manual de Vampirología —el segundo tomo, ofrecido en esta edición, es el que se ocupa propiamente del tema vampírico— quizá no fuera consciente de que estaba iniciando, en pleno Siglo de las Luces, una corriente subterránea y oscura que amenazaba con prestigiarse mucho en años posteriores. La obsesión por lo sombrío, por lo nocturno, por lo irracional, por lo «gótico», alcanzaría pronto a la más rancia aristocracia británica: The Castle of Otranto, cuyas primeras copias salieron de los tórculos de Strawberry Hill en las Navidades de 1764, sería el primer fruto literario de esta nueva sensibilidad que tendría en su autor, Lord Walpole, y en sus sucesores Mrs. Radcliffe, Clara Reeve, M. G. Lewis, Beckford, Maturin y tantos otros, cultivadores literarios de excepción.

3Agustín Calmet, Op Cit. p. 25

4Idem. p. 27

5Cartas eruditas y curiosas, editado por vez primera en Madrid, en 1753.

6Agustín Calmet, Op Cit. Prólogo

7Agustín Calmet, Op Cit. p. 32.

8Voltaire. Diccionario filosófico. P 119

9Voltaire. Op Cit. P 119- 120

 

Comentarios

  1. Luis

    25 marzo, 2020

    Muy buen texto, Óscar, irónico, escéptico y cómico en ocasiones: de humor vitriólico. Disolvente de opacidades y de neutralidades. En fin, me gustó. Un saludo cordial y mi voto!!

  2. Cartapacio

    27 marzo, 2020

    Ya sabes, Luis. Acaso se trate de una causa perdida, como suele ser la lucha por la conciencia, la inteligencia y el buen gusto. Pero es el tipo de tema harto desvirtuado por su popularidad y, particularmente, por la mediática moderna y el cine, que terminó por hacer del vampiro literario ese manso degradado y mediocremente heroico característico de la clase media estadounidense. Sin embargo, el tema ha tenido un valor y relieve en la historia de la literatura lo suficientemente digno y significativo como para que pase por debajo de la mesa y que no es justo que desaparezca tras el telón de la ignorancia instituida. En fin. Gracias por tu comentario.
    Un abrazo,
    Oscar

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas