La “Kolcharización» de la realidad ―A propósito de la serie “Kolchak: El Rondador Nocturno”―

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LA “KOLCHAKIZACIÓN” DE LA REALIDAD

―A propósito de la serie “Kolchak: El Rondador Nocturno”―

Por

Fernando Jorge Soto Roland*

 

 

Karl Kolchak es un personaje de ficción ideado por el escritor Jeff Rice y llevado a la pantalla de televisión por la empresa ABC en septiembre de 1974. Protagonizado por Darren McGavin, este desalineado reportero de investigación (siempre portando su característico sombrero de paja y vistiendo de claro) enfrentó, durante 20 semanas consecutivas, a los monstruos y criaturas más bizarras del imaginario televisivo. Si bien en su momento no tuvo el éxito que se esperaba, las numerosas repeticiones de sus episodios terminaron convirtiéndola en una serie de culto (de la que me confieso fan).

A casi 46 años de su estreno, y de manera un tanto solapada, su influencia sigue presente.

 

En el multifacético universo de la “misteriología” ―área por demás difundida en todos los medios imaginables― hay una premisa que, de tanto repetirse, alcanzó el status de dogma: “Los misterios no deben resolverse jamás”.

La idea es que  tienen que quedar abiertos. Pendientes en un limbo de ambigüedades que admita no sólo nuevos misterios, sino conspiraciones encargadas de ocultarlos. Aún cuando alguien crea resolverlos desatendiendo la tensión emocional que generan, esta interferencia racionalista será rechazada y/o soslayada a fin de conservarlos. Los misterios no deben morir. Siempre sacarán fuerza necesaria para diversificarse y crecer. Centenares de revistas, libros, programas de radio y televisión, dependen de ello.

 

Kolchakizar la realidad implica alimentar una mirada crédula del mundo, desafiando los límites que el conocimiento empírico establece a través de sus leyes y yendo más allá de la experiencia directa de las cosas. La kolchakización requiere de “mentes abiertas” a sucesos improbables y de una actitud ofensiva contra el escepticismo. Dentro de sus parámetros imaginarios, fantasía y realidad se mezclan; siempre en pos de mantener vigente y bien en alto sólo a la primera de ellas. Podría decirse que parapetarse ante el mundo como lo hizo Carl Kolchak nos lleva hacia una modernidad marginal. Hacia una periferia de la razón, en la que vampiros, hombres-lobo, extraterrestres, fantasmas, espíritus y malévolos chamanes capaces de convertirse en pájaros, interactúan con nosotros como los duendes, gnomos, seres elementales, ángeles y demonios, lo hacían en la Edad Media. Kolchakizar no es otra cosa que naturalizar y aceptar como verdaderas a todas esas criaturas y, al mismo tiempo, adquirir ―por el solo hecho de creer en ellas― el doble rol de hereje y mártir.

 

En este universo del misterio, en el que cada rincón esconde algo escandaloso, tenebroso o potencialmente maligno, y en donde fuerzas oscuras y desconocidas operan ante la ignorancia de los simples mortales, las sombras no son meras sombras, sino las crepusculares guaridas de seres feéricos, daimónicos, sobrenaturales, capaces de poner patas para arriba todo los que creíamos cierto. También en ellas se camuflan los Grandes Poderes del conspiracionismo, revelados únicamente por solitarios guerreros que, como Kolchak, se juegan su buen nombre y honor en pos de una “Verdad” que muchos niegan.

 

El mundo kolchakizado es uno en el que los sucesos inusitados son moneda corriente y las  pruebas incontrastables brillan por su ausencia. Las anomalías son la regla y se mantienen inalterables. Irrefutables. Intactas ante las arremetidas de la razón. Las noticias más extravagantes se consumen como su nada raro ocurriera, convirtiéndose así en las bases identificables de muchas leyendas contemporáneas. En pocas palabras, sin el amarillismo y sensacionalismo de la prensa difícilmente hubieran existido (hoy) los platos voladores, los vampiros y las decenas de monstruos que parecen habitar en nuestro planeta. Ufólogos acríticos, criptozoólogos imaginativos y parapsicólogos fantasiosos contribuyen ―por supuesto― en la distribución y venta de esos relatos (que entregan, tras alambicadas y falaces hipótesis, a un público ávido de recibirlos).

Con reporteros como Carl Kolchak el mundo de los medios se impregnó de realismo fantástico. No es casual que muchos “especialistas en misterios” sean, justamente, periodistas. La transferencia de las fantasías al orden de la realidad encontró en los reportajes y artículos de los medios masivos el canal más directo y efectivo para llegar a todo el mundo (tanto a integrados como a apocalípticos).

 

Ha sido en las hemerotecas en donde germinaron muchos de los mitos actuales. Las leyendas urbanas y la neo-mitología que matizan nuestros desangelados días encuentran, en las resquebrajadas y amarillentas páginas de diarios y revistas antiguas (aunque no tanto), el aval y el prestigio necesario para que la difusión se exhiba con cierta autoridad y crédito. Desde el Hombre Polilla de Point Pleasant, pasando por los primeros “platos voladores” de Kenneth Arnold y el evento de Roswell, el Bigfoot de los bosques norteamericanos o el Yeti del Himalaya ―sin nombrar las decenas de trasgos, duendes, espectros, brujas y abducidos el imaginario―, todos encuentran en el periodismo kolchakizado la fuente primordial a la que aludimos.

 

Reportajes y crónicas repletas de imaginación y morbo, sin más sustento que el relato mismo, son los responsables de haber instalado una pauta pareidólica de lectura del mundo, a la que adhieren colectivos enormes de seres humanos. Todo ello aderezado con conspiracionismo, motivaciones secretas y/o místicas que, como decía Alberto Breccia, sólo tienen en el fondo a “un gordo en camiseta”.

 

De haber existido fuera de la ficción, Kolchak nos habría legado un significativo número de artículos y grabaciones. Un verdadero Archivo X con decenas de expedientes repletos de casos raros cuya no publicación, seguramente, hubiera alimentado algunas dudas y un alud de credulidad (fundado sólo en esos documentos). Las sospechas de ocultamiento oficial (recodemos cuán censurado estaba por la policía, el gobierno y su propio editor) dejarían de ser meras especulaciones, convirtiéndose de la noche a la mañana en una innegable verdad. Grupos poderosos serían los responsables del escamoteo de información sufrido por la ciudadanía.

No es casual que, a principios de la década de 1990, aquella vieja e inquietante serie de terror de los ´70 se convirtiera en el Alma Mater de una de las series más taquilleras de la historia: Los Expedientes Secretos X, de Chris Carter. Producción que ha sido tomada y considerada, por grupos en extremo crédulos, como fuente de auténticos de casos de la vida real.

 

Cuando Kolchak: El Rondador Nocturno (The Nigth Stalker) se puso al aire en septiembre de 1974, duró apenas una sola temporada (20 episodios). Según dicen, muchos fueron los factores que atentaron contra su mantenimiento en la pantalla chica; el cansancio de Darren McGavin (que cumplía el doble rol de actor principal y productor); la dificultad de montar un episodio semanal con muy bajo presupuesto y, finalmente, la imposibilidad de mantener el interés de la audiencia que, como era de esperar, terminó cansándose de un esquema que sólo le brindaba “un monstruo diferente cada siete días”. La originalidad es un bien que se agota rápido y los guiones, entretenidos al principio, resultaron repetitivos y tediosos hacia el final (marzo de 1975).

Sin la necesaria profundización en la vida del personaje principal (como es tan común en las series de la actualidad), Kolchak tenía sus días contados. De todos modos durante más de un año (si consideramos los dos telefilmes que la antecedieron), la serie ocupó un espacio que nadie antes había llenado: el del terror televisivo.

Creo que el mundo está de nuevo preparado para recibir a Kolchak, aún a costa de tener que competir con un elevado número de producciones que tienen al terror como tema y a los cazadores de monstruos como héroes (en mi opinión insulsos frente a la arrolladora simpatía de Darren McGavin).

 

Las sombras siempre tendrán al Carl Kolchak como aliado y enemigo, al mismo tiempo. Como generador de historias extraordinarias, potenciador de tramas insólitas y promotor de lo sobrenatural y lo monstruoso. El personaje ayudó a definir el imaginario social de la segunda parte del siglo XX, reactivando antiguas leyendas y mitos, al darles la cuota de cotidianeidad que necesitaban. Kolchak nos acercó a los monstruos clásicos de un modo más reconocible, permitiendo una mayor identificación del público con ellos, combinando lo viejo con lo nuevo. Autos, tecnología, estacas y balas de plata (por citar sólo unos ejemplos).

Las criaturas del mal resultaron más reales al contextuarlas en la moderna Chicago de los ´70. De hecho, cualquiera podía toparse con una de ellas en sus oscuros callejones urbanos.

 

Kolchak, como Fox Mulder (X-Files), quería creer. Su lucha interna contra el escepticismo no resultó ser demasiado intensa. Se convencía rápido ante la más mínima manifestación de lo imposible. Naturalizaba las anomalías. Las transformaba en algo interesante, rico y divertido. Al finalizar cada episodio daban ganas de correr a una biblioteca (no había Internet por entonces) a indagar mas sobre el tema tratado en ese capítulo.

Es que lo extraño terminaba materializándose en cada entrega y, como lo hiciera Charles Fort a principios del siglo XX, Kolchak nunca lo condenaba al ostracismo. Lo asimilaba a su mundo particular, a su acontecer diario. Kolchak fue, a no dudarlo, un reportero forteano. Un John Keel de la pantalla chica.

 

En una época como la nuestra, influida por una New Age portadora, entre otras cosas, de un manifiesto irracionalismo, no son pocos los que vuelven a preguntarse “qué es la realidad”, tratando de imponer por lo bajo un aparente nuevo paradigma, más laxo, líquido y abierto, en el que la kolchakización adquiere un status más aceptable, convirtiéndose en el medio idóneo para denostar las posturas materialistas que tanto desprecian.

Monstruos, seres interdimensionales, extraterrestres y fantasmas ―los mismos que Kolchak perseguía en la tele― empiezan a ser vistos como manifestaciones de abstractas entidades (de las que nada sabemos) las cuales, por intermedio de las criaturas misteriosas antes señaladas, pretenderían hacernos volver a una vida más espiritualizada y cercana a la naturaleza.

No sé si el reportero de marras se hubiera animado a tanto.

 

Cuando en el discurso lo imposible se vuelve factible y las alambicadas especulaciones ocupan el lugar que la ciencia le exige a las pruebas concretas, las fantasías difuminan la frontera existente entre la incredulidad y las creencias más delirantes. Es entonces cuando el legado de Kolchak irrumpe imponiendo una cosmovisión maravillosa y habilitando miedos y esperanzas en igual medida.

 

Sombras, oscuridad, distancia, temor y extrañeza son los ingredientes fundamentales de este proceso que hemos dado en llamar kolchakización. Un pararse ante el mundo observando sus aspectos liminales, indefinidos, misteriosos. Con ello la realidad cotidiana, conciente, concreta, se vuelve permeable a posibilidades infinitas. Rompe con la estabilidad ontológica que refiere el materialismo y permite que cualquier cosa sea considerada “ciudadana del mundo”. Incluso las que son producto de la imaginación literaria o la simple mentira.

 

Carl Kolchak (McGavin) era un tipo simpático, inteligente. Atraía. Convencía. Entretenía. Él era el show, mucho más allá del bajo presupuesto de la serie y el deplorable maquillaje de algunos de los “monstruos invitados”.

Algo similar pasó (pasa) con el Realismo Fantástico y la lectura alternativa que propuso. Atrajo la atención de millones de personas, sabiendo explotar sus temores, ansiedades, sueños e ignorancia. Los convenció de la existencia, no sólo de un pasado ficticio ―en el que alienígenas y criaturas extrañas de todo tipo interactuaban con el hombre― sino también de un presente encantado y maravilloso, en donde seguía siendo posible toparse con seres extraordinarios. Los entretuvo (y entretiene) con especulaciones desafiantes y una mirada de la realidad “floja de papeles”, mal maquillada, en más de un aspecto burda, pero intrigante, misteriosa e imaginativa.

 

Kolchak, kolchakizó a muchos. Desafiló la navaja de Occam. Fue la punta de un iceberg que, asomándose en la primera mitad de la década de 1970, denunció y anunció ―junto a los falsos documentales de entonces y libros de tendencias alternativas― la poca confianza del hombre en sí mismo, en su ciencia y lógica. Representó un síntomas más del lento cambio cosmovisional que parecería nos está llevando a convivir, sin aparentes contradicciones, con fantasías y quimeras en un universo en el que cada vez más personas prefieren oír unicornios cuando sienten el trotar de simples caballos a la distancia.

 

 

 

LECTURAS COMPLEMENTARIAS EN INTERNET

 

 

·     Dawidziak, Mark, Jeff Rice, creador de ‘The Night Stalker’, tuvo una enorme influencia en el entretenimiento de terror (apreciación), 1 de enero 2019. Disponible en Web: https://www.cleveland.com/tv-blog/2015/08/jeff_rice_creator_the_night_stalker_had_an_enormous_influence_on_horror_entertainment.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

* Profesor en Historia por la Facultad de Humanidades de UNMdP (Argentina).

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