Una visita a la playa

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—  ¿Adónde vamos?

Max y Nicky intercambiaron una mirada cómplice antes de sonreír a Kenny.

—  Es una sorpresa. – contestó el más joven.

Kenny gruñó, haciendo una mueca de decepción y miró por la ventanilla del autobús al que le habían forzado a subir los hermanos.

Estaban en Los Ángeles, hospedándose en un motelito cerca del centro. Era su primera visita a la ciudad y Kenny deseaba ir a ver el Teatro Chino y el Paseo de las Estrellas, como cualquier turista. Pero los otros dos le habían empujado hasta el autobús y no habían dicho hacia dónde se dirigían.

Solo se reían cuando les preguntaba.

Unos minutos después, el paisaje fue cambiando ligeramente, de edificios altos y carreteras atestadas de coches a una zona más residencial, con casas bajas, jardines y calles anchas.

Pronto empezó a llegarle un olor muy peculiar, que se mezclaba con el de flores exóticas y los gases de los coches.

Olor a sal.

Curioso, Kenny intentó ver algo más de lo que se veía por la ventanilla y empezó a vislumbrar el reflejo azulado del mar en el horizonte.

Sus ojos brillaron emocionados y se volvió para ver a los otros dos leones, que le sonreían satisfechos por su reacción.

Kenny nunca había visto el mar y no había tenido oportunidad de ir a la playa. Un poco de lejos, meses antes de conocer a Max y Nicky.

Su sueño, cuando aun pensaba en hacer la excursión, era dejar el norte y viajar al sur, buscando tierras cálidas y huir del frio. Visitar la playa y bañarse en el mar era uno de sus deseos desde que era pequeño.

El autobús se detuvo y los tres salieron, con Max a la cabeza, que llevaba un mapa para guiarles. No tardaron en llegar al paseo marítimo de Venice. Kenny parecía un niño pequeño, sonriendo ampliamente y observándolo todo con ojos brillantes de alegría.

Los otros dos rieron divertidos al ver al mayor correr por la arena hasta la orilla para poder meter los pies en el agua.

Una hora después, tras colocar sus toallas y comer unos bocadillos que había comprado Nicky antes de salir, Kenny estaba tumbado boca abajo en su toalla, disfrutando del calor del sol californiano.

Era mucho mejor de lo que había imaginado.

El agua estaba templada. Su piel tenia restos de sal pegados mezclados con la arena y a su nariz llegaba una mezcla de olores maravillosos, como coco, bronceador, mar y flores que le relajaron, acunándole junto al sonido de las olas rompiendo en la arena. Notó a alguien colocarse a su lado y abrió los ojos, perezoso. Sonrió al ver a Max tumbado a su lado, mirándole.

—  ¿Te ha gustado tu sorpresa? – le preguntó el moreno, con una sonrisa tierna. Kenny deseaba besar esa sonrisa. Fueron tantas las ganas que no pudo evitar alargar la mano y acariciarle la mejilla.

—  Me ha encantado. Gracias por hacer esto. Siempre he querido ver la playa.

—  Lo sabemos.

El cabello de Max se había rizado a causa de la sal y la humedad, haciendo que las ganas de Kenny de besarle aumentaran.

Nicky estaba en la orilla, hablando con un grupo de chicos de su edad y su risa les llegó con claridad a sus oídos. Los dos se giraron para mirarle mientras el pequeño les hacia un gesto y se marchaba con el grupo de chicos hacia el paseo.

Con el pequeño fuera de la vista, Kenny se incorporó y se colocó sobre Max, inclinándose para besarlo con pasión en los labios, gimiendo cuando este le instó a profundizar el beso.

Kenny adoraba los besos de Max, desde el primero que compartieran. Ese día se volvió aun más adicto a su sabor, mezclado con la sal y el sol.

No quería dejar de besarle jamás, pero la necesidad de respirar les obligó a separarse. Ambos se miraron con los ojos brillando de deseo y algo más a lo que Kenny no se atrevía a poner nombre aún.

—  Si esto es lo que voy a ganarme cada vez que te lleve a la playa, soy capaz de hacerte una casa a la orilla. – dijo Max, lamiéndose los labios. Kenny rio, divertido.

—  No necesitas llevarme a ninguna parte para esto. – le susurró, besándole de nuevo con la misma pasión. – Solo tienes que pedírmelo y lo haré encantado.

Max sonrió, cogiéndole del rostro, sus pulgares acariciándole las mejillas con dulzura.

—  Mi Kenny… – murmuró, antes de volver a besarle.

 

Comentarios

  1. Mabel

    13 marzo, 2020

    Muy buen Cuento. Un abrazo Eva y mi voto desde Andalucía

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