EL HOMBRE POLILLA (MOTHMAN) DE CAPILLA DEL MONTE

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EL HOMBRE POLILLA (MOTHMAN)

 DE CAPILLA DEL MONTE

Por

Fernando Jorge Soto Roland*

 

Desde el estreno del filme El Mensajero de la Oscuridad (The Mothman Prophecies, Mark Pellington, 2002), protagonizada por Richard Gere y basado en el libro Las Profecías de Mothman (1975), escrito por el heterodoxo investigador forteano John Keel, el Hombre Polilla pasó a tener una relevancia internacional que no tuvo en su origen.

Sus espeluznantes apariciones más allá de los límites de Point Pleasant, West Virginia, Estados Unidos (pueblito que lo viera nacer a los medios en noviembre de 1966), lo han convertido en un “ciudadano del mundo”. Una criatura archiconocida, emparentada con otros seres feéricos, cuyas denuncias retroactivas han moldeado el imaginario otorgándole no sólo profundidad histórica, sino una omnipresencia planetaria, muy a pesar de los celos expresados por los habitantes de Point Pleasant, quienes sienten haber perdido el privilegio de ser los únicos depositarios del monstruo.

En pocas palabras, tras el film de 2002, las noticias sobre el Mothamn se esparcieron como reguero de pólvora. Revistas de misterios, series y documentales de televisión, páginas de Internet, incluso un festival (en 2003) y un museo (en 2005) le devolvieron al Hombre Polilla la relevancia que había tenido a mediados de la década de 1960. Pero esta vez su presencia se expandió, como el coronavirus, por diversas partes del mundo. Ucrania, Chile, México, Uruguay, Venezuela, la ciudad de Chicago en EE.UU. y, como no podía ser menos, la República Argentina, se convirtieron ―entre otras regiones― en los nuevos nichos de la bestia. De este modo, una ecología imaginaria, producto de necesidades insatisfechas, miedos y el deseo de maravillas, colocó a nuestro amigo con alas por todo el orbe.

Fue el precio que debió pagar por su fama.[1]

 

 

UN “POSIBLE” ANTECEDENTE REGIONAL

 

Hace cuatro años, en un artículo titulado Bajo la Sombra del Uritorco, hice referencia al tema de este apartado.[3]

Refresquemos un poco la memoria.

 

En agosto de 2015 una noticia por demás rara irrumpió en los portales periodísticos de Internet. “Una extraña criatura sobrenatural” había hecho acto de presencia en Quilino, un pequeño pueblo del norte cordobés, a sólo 128 kilómetros de Capilla del Monte.[4]

Con 6500 habitantes, Quilino (Departamento de Ischilín), un tanto aislado y con una larga tradición folclórica que lo hiciera famoso entre aquellos que han investigado el imaginario y el patrimonio intangible de Argentina, se clavó en el mapa y no fueron pocos los que, a través de la noticia, supieron de su existencia.

Los titulares de los diarios, entre el 11 y 13 de agosto, hicieron mención a un “ente” misterioso que, en menos de una semana, fue mutando de “fantasma femenino” (Dama de Blanco) a “bulto”, “sátiro”, “ángel, “sombra”, para finalmente anclarse en un enigmático “hombre con alas”. Así, el“Hombre Alado de Quilino” convocó la opinión de funcionarios locales, policías, sacerdotes, especialistas en casos raros, periodistas y vecinos. Pasado ese lapso, desapareció tan abruptamente como había aparecido.

 

La cercanía con Capilla del Monte me llamó la atención y lo dejé consignado en un trabajo previo.[5] La influencia de la mística capillense en las zonas aledañas es enorme; y los casos de Cuchi Corral, Puertas del Cielo y Los Terrones, son buenos ejemplos de ello.

Pero, ¿qué relación realmente podía existir entre el monstruo de Quilino y los insólitos fenómenos del Uritorco y Capilla del Monte?

No tuve respuestas hasta que, en enero de 2016, en un viaje a la región, entré en contacto con un librito (autopublicado) en el que se hacía expresa referencia a un “ser alado” muy semejante al mencionado en los diarios. Además, el testigo no era otro que el propio autor de la obra. Como hemos dicho antes, a los testimonios de este tipo (los que describen encuentros con entidades extrañas, sean del lugar que sean) hay que tomarlos con pinzas y nunca como sucesos objetivos. A menos que se quiera incursionar en el imaginario como si éste fuera un dato de la realidad material.

La obrita en cuestión, Reto Uritorco[6], un rejunte de datos recortados y pegado de diferentes fuentes, carente de análisis y seriedad académica, dedica ―en un “capítulo” de cuatro hojas― unos pocos renglones a la leyenda de “El Hombre Polilla”.[7]

¿Qué tenía que ver Mothman con el Uritorco? ¿Acaso había antecedentes de este personaje en el Valle de Punilla?

Según el autor del librito, .[8]

Recordemos que en los ambientes esotéricos, todo puede relacionarse con cualquier cosa.

La idea de la que se parte es siempre la misma. Es la que usan curanderos y chamanes, contactados, guías de turismo y piramidólogos: la extraordinaria condición de “vórtice energético” que posee el Uritorco.

Este argumento ha sido usado para explicar casi todo. Desde la aparición de ovnis, la existencia de Erks, las pérdidas temporales (producto de abducciones alienígenas), la teletransportación (sí, leyó bien, como el capitán Kirk de Viaje a las Estrellas), hasta el ingreso de “entidades ajenas a nuestra dimensión”.[9]

Así es como entramos de lleno en el mundo del Hombre Polilla de Capilla del Monte y sus regiones aledañas.

Convengamos que el Mothman es un bicho difícil de catalogar. Tal vez por ese motivo sea pasto tanto de criptozoólogos (buscadores de monstruos como el Yeti, Chupacabras o Pie Grande) como de ufólogos New Age, al punto de quedar íntimamente relacionado con la aparición de ovnis y Hombres de Negro. En muchos de los casos denunciados, los avistamientos de naves extraterrestres se dan momentos antes (o después) de que Mothman despliegue sus alas.

Este aparente maridaje permitió que algunos escritores dieran un salto cualitativo (total no cuesta nada) sentenciando que algunos de los monstruos de la criptozoología serían “mascotas” alienígenas utilizadas para vigilarnos.[10] Ergo: si en el Uritorco hay energías y platos voladores, esa polilla humanizada no podía dejar de aparecer en algún momento.

Y apareció.

 

“En la primavera de 2011 tuve la oportunidad de filmar una entidad similar a la que refieren los relatos de Point Pleasant (…). Dicho suceso tuvo lugar segundos después de ver tres esferas que se desplazaban por el cielo, en sentido contrario, sobre el patio de mi casa.”[11]

 

En resumidas cuentas, parecería que el “eje energético” que va de Quilino al Uritorco daba signos de una actividad paranormal, renovando y actualizando la fauna imaginaria regional y abriéndole las puertas a este nuevo personaje alado, que nos retrotrae a los “Antiguos” extraterrestres de los relatos de H. P. Lovecraft (deformes, con alas y sin tecnología de punta).

 

DESEMPOLVANDO VIEJAS Y OLVIDADAS HISTORIAS

 

La Ruta Provincial 17 (R-17), aquella que en uno de sus tramos atraviesa la mítica Quebrada de Luna y conduce (viniendo desde Capilla del Monte) a Los Terrones y a las Grutas de Ongamira, es ―desde 1986― uno de los trayectos (todavía de tierra) más espiritualizado y misterioso de la geografía cordobesa.

A su vera es factible encontrar establecimientos en los que se rinden culto a la Virgen María; vertientes de aguas curativas; centros de meditación que reúnen a contactados  de todo tipo (convencidos y mentirosos); miradores desde donde ―se dice― es posible observar la evanescente ciudad intraterrena de Erks; tanto como antiguos y poco probables centros ceremoniales de origen comechingón (habitantes originarios de la región antes de la conquista peninsular) o comunidades New Age que buscan alcanzar la “totalidad” con la Naturaleza, canalizando las energías que pululan por doquier. Pero, más allá de este rico mosaico de rincones y personajes, hay una formación geológica, una elevación archiconocida a nivel mundial, denominada Cerro del Pajarillo, en la que ―según reza la leyenda local― una nave de origen extraterrestre dejó, en enero del ´86, una inmensa “huella”; principal responsable de todas las historias que se desgranaron a partir de entonces.

La “Marca” o “Huella” del Pajarillo se constituyó, así, en la más importante promotora del turismo alternativo que le da de comer ―hoy― a toda la región.

Ovnis, extraterrestres e intraterrestres, seres feéricos, duendes y criaturas elementales se conjugan con urbes místicas, Hermanos Superiores del Cosmos y demás personajes (terrestres ellos) que son dignos de una novela surrealista, escrita colectivamente y en la que muchos creen sin el menor atisbo de crítica.

En pocas palabras, la R-17, devenida en recurso turístico desde hace poco más de 37 años, hizo del patrimonio intangible que la alimenta un excelente y lucrativo negocio, evidente durante los meses de verano o vacaciones de invierno; que es cuando decenas de combis, remises y taxis, repletos de visitantes, son puestos a rastrear las “pruebas” que evidencian la presencia de “fuerzas superiores” en la zona (sean éstas alienígenas o paranormales).

Toda una geografía imaginaria, exacerbada, inventada y explotada por ejércitos de guías de turismo (muchos de ellos sin escrúpulos) capaces de embolsar buenos dividendos terrenales, exhibiendo “humo” al por mayor.

El proceso que explica cómo se llegó a esta situación ―en menos de cuatro décadas― es por demás interesante, tanto desde el punto de vista histórico como sociológico. Como es de prever, se requirió de que se conjugaran varios factores a la hora de explicarlo (que lógicamente exceden el espacio de este breve artículo). Pero, una cosa lo vuelve especialmente atrayente: la imposibilidad ―hoy por hoy― de volver al punto de largada. La bola de nieve ya se mueve por impulso propio y no hace más que crecer, temporada tras temporada. El universo mágico de Capilla del Monte resulta ―ya― un tren fuera de control y, por más escollos que le pongan en el camino, el fenómeno capillense difícilmente cambie de rumbo.

Es en el contexto que acabamos de describir de donde podemos seguir rescatando historias increíbles, que aderezan el imaginario local y regional convirtiendo a la zona en única y original en más de un sentido.

Un escenario perfecto para el Hombre Polilla.

 

El origen del siguiente evento está todavía en proceso de averiguación, de allí que no estemos autorizados a dar los nombres y apellidos reales de sus protagonistas (que ni yo mismo conozco todavía). La investigación local, a cargo del periodista capillense Fernando Diz ―quien muy generosamente me refirió el caso en enero del 2020― sigue en marcha. La verdad sea dicha, es una suerte contar con su amistad y confianza dado que, como residente estable del pueblo, Diz es un inagotable e imprescindible repositorio de datos e historias, por demás ricas, para todo aquel que se interese por la neo-mitología y creencias de la región.

Sus contactos con los habitantes de Capilla del Monte y su formación profesional le han permitido, en los últimos 30 años, desentrañar más de un fraude, caracterizar críticamente (o no) a los gurús locales y poner sobre la mesa temáticas que, a la distancia, muchas veces resultan difíciles de conocer o aprehender convenientemente. A Fernando han acudido (y sigue acudiendo) ufólogos, directores de cine, productores de televisión, investigadores independientes y simples curiosos, amantes de los misterios capillenses (como es mi caso).

 

El siguiente testimonio fue recogido por Diz hace unos 8 o 10 años atrás; es decir que los supuestos eventos habrían ocurrido, aproximadamente, entre los años 2008 y 2010.

Mi intensión, a la hora de poner por escrito esta historia, es la de conservarla para el recuerdo colectivo, junto a las otras que circulan en el mágico contexto de Capilla del Monte. En otras palabras, lo que busco es entablar una lucha frontal contra el olvido, teniendo siempre en cuenta las rebuscadas artimañas a las que nos tiene acostumbrados la memoria. Siempre maleable y acomodaticia.

 

Pero, ¿qué fue lo que ocurrió?

Todo empezó al anochecer, en una ruta polvorienta y solitaria (la R-17), cuando dos familias buscaban ―en tanto conducían sus respectivas camionetas 4×4― el camino que las llevaba de regreso a Capilla del Monte.

Venían circulando una detrás de la otra, manteniendo entre seis y diez metros de distancia. Tenían los focos de los vehículos encendidos y una velocidad promedio de 80 kilómetros por hora.

Era un viaje normal. Como tantos otros. Conocían el camino. Todos, vecinos de la zona. Los de la camioneta de atrás, dueños de cabañas, dedicados al hospedaje de turistas, eran cuatro. El matrimonio (él monje zen, ya fallecido) y dos hijos varones, menores de edad. Ninguno de ellos estaba preparado para lo que iba a ocurrir, en el trayecto que conducía a las Grutas de Ongamira.

Contaron que en determinado momento, de modo totalmente inesperado, observaron como “algo” (que venía de arriba) se colocaba sobre el techo de la camioneta que encabezaba la marcha.

Era una figura negra, de grandes dimensiones. Por unos segundos, los faros delanteros de la camioneta rezagada, la iluminaron. Entonces, la “cosa” dio un salto y se abalanzó hacia el parabrisas. Pero, antes de impactar contra él, desplegó unas  inmensas alas oscuras, que volvieron a elevarlo por encima del vehículo.

El pánico dentro de la camioneta no se dejó esperar y, en tanto el conductor daba un violento volantazo y clavaba los frenos, todos creyeron escuchar ruidos extraños en el techo de la 4×4.

La camioneta corcoveó. Se apartó del eje que seguía en la ruta y detuvo su marcha a un costado.

Cuando los ánimos de la familia se calmaron, todos se asomaron al exterior, sin poder ver nada. La criatura ya no estaba, pero conservaban en las retinas el aspecto extraño que creyeron identificar.

No era un cóndor, le dijeron a Diz.

Era más grande y tenía forma humanoide.

 

Desconozco si los  testigos hicieron referencia explícita al Mothman de la leyenda yanqui. No lo creo. Por la escueta descripción que le brindaron a Fernando, muchos podrían llegar sospechar que estamos, efectivamente, ante el famoso Hombre Polilla (atribuyéndole una identidad que los viajeros de turno ―en principio― nunca le dieron).

Aún así, creo necesario apuntar dos cuestiones, que considero relevantes.

Por un lado, la gran semejanza al evento inaugural denunciado en West Virginia en 1966 (en el que Mothman persiguió a un automóvil que viajaba alta velocidad en camino solitario, en las inmediaciones al río Ohio). Por el otro, el hecho de que el incidente cordobés ocurrió (¿sic?) algunos años después del estreno de la película El Mensajero de la Oscuridad (2002).

 

¿Qué fue lo que en verdad vieron? ¿Qué los asustó tanto, al punto de ―casi― producirse un accidente? ¿En qué fecha exacta o aproximada ocurrió la anomalía? ¿Qué interpretación le dieron? ¿Qué creyeron que fue “aquello”? ¿En qué parte exacta del la ruta se dio el encuentro? Y, finalmente, ¿estaban influenciados de alguna forma por los medios de comunicación, la Internet y, muy especialmente, por el cine?

 

Hasta tanto la mujer que viajaba en la camioneta de atrás (actualmente ex-vecina de Capilla del Monte) dé su consentimiento para volver a hablar sobre el tema, es muy probable que nunca tengamos las respuestas.

De todas maneras, aún sin disponer de los detalles finos de lo sucedido, sabemos que ―por sí solos― los testimonios son insuficientes, y que en el rubro del rumor y la leyenda (urbana o rural) importa más el relato en sí mismo; así como el circunstancial zeitgeist imperante en aquellos días.

 

Reconozcamos que con mucho menos, enjundiosos sabios de la ufología han escrito libros enteros, aparándose en la intangibilidad propia de estos temas. Aún con la mitad de renglones que me demandó relatar lo acontecido, “autoridades del mundo de misterio” elucubraron especulaciones pretendidamente sesudas y muy alejadas de la hipótesis extraterrestre (en franca decadencia dentro de la intelectualidad ufológica).

Esas alambicadas interpretaciones, que buscan darle a la temática un marco de seriedad académica (pero sin dejar de creer en fantasías extremadamente poco probables), suelen escudarse detrás de asociaciones con nombres y siglas rimbombantes, al tiempo que recurren a mayores misterios para desentrañar otros que, a la postre, resultan ser menores.

Como señaló el gran investigador e historiador de la ufología, Sergio Sánchez Rodríguez en Pasaporte a Ovnilandia: el remedio, peor que la enfermedad.[12]

 

Estas temáticas dan para todo. Las disquisiciones derivadas podrían llenar estantes completos de una biblioteca. Alimentando las fantasías, desatendiendo los errores de percepción y luchando por mantener el deseo infinito de habitar en un mundo maravilloso. Un mundo en el que todo se mezcla dentro de una espesa sopa imaginaria, romántica, redituable y entretenida.

 

 

 

Buenos Aires

Abril de 2020

(Acosados por la pandemia)

 

 

 

 

Nota. Queda pendiente la eventual entrevista a la principal testigo con vida del evento. Oportunamente, y en caso de poder concretarse la charla, informaremos al respecto.

 

 

 

 

 

* Profesor en Historia por la Facultad de Humanidades de la UNMdP (Argentina).

[1] Al respecto véase los siguientes artículos del autor: El Hombre Polilla (1966-2016). 50 años sobrevolando el imaginario, Revista la Razón Histórica, 36.11. Disponible en Web: https://www.revistalarazonhistorica.com/36-11/. Regreso a Point Pleasant. Mothman: la restauración de la leyenda. Disponible en Web: https://issuu.com/fernandojorgesotoroland/docs/regreso_a_point_pleasant-mothman. El Hombre Polilla (Mothman) y su permanente reinvención. Disponible en Web: https://www.monografias.com/docs114/hombre-polilla-mothman-y-su-permanente-reinvencion/hombre-polilla-mothman-y-su-permanente-reinvencion.shtml. El Mothman de Chicago. Disponible en Web: https://es.calameo.com/books/0054060189d7905b20258.

[2] Piotti, Martín, Reto Uritorco. El legado, Sol Rojo Editora, Córdoba, 2014.

[3] Véase: Bajo la sombra del Uritorco. Disponible en Web: https://www.coursehero.com/file/16235821/BAJO-LA-SOMBRA-DEL-URITORCO/

[4] Para noticias sobre el fenómeno referido, véase: “Terror en Córdoba por la aparición de un fenómeno Paranormal”. Disponible en Web: http://noticias.terra.com.ar/argentina/terror-en-cordoba-por-la-aparicion-de-un-fenomeno-paranormal,eb28bebdd38d34d9acc6a0368ff4ffa2su4hRCRD.html .”Pueblo cordobés conmocionado por la presencia de ente con poderes sobrenaturales”. Disponible en Web: http://m24digital.com/2015/08/13/pueblo-cordobes-conmocionado-por-la-presencia-de-un-ente-con-poderes-sobrenaturales/.

[5] Véase: Soto Roland, Fernando Jorge, La construcción de monstruos. Medios, miedos y rumores en el norte cordobés. Disponible en Web: http://www.monografias.com/trabajos106/construccion-monstruos-medios-miedos-y-rumores-norte-cordobes/construccion-monstruos-medios-miedos-y-rumores-norte-cordobes.shtml

[6] Piotti, Martín, Reto Uritorco. El legado, Sol Rojo Editora, Córdoba, 2014.

[7] Piotti, M., op.cit., “El Hombre Polilla” pp. 31-37.

[8] Nota: Martín Piotti es instructor de yoga y artes marciales. En una nota periodística se autodefinió como “contactista”, es decir, “una persona que busca una comunicación con seres de otro orden, otra galaxia, otro plano dimensional”. Es también el responsable de un término que desconocía: “sincrodestino”, con el cual explica las “acciones causales que obedecerían a los Propósitos Superiores de los No Identificados”, es decir, las entidades energéticas con las que dice haber tenido contacto. Para una mejor y más pormenorizada radiografía de Piotti, véase: Los No Identificados. Disponible en Web: http://www.hoydia.com.ar/magazine/12980-los-no-identificados

[9] Piotti, M., op.cit, pág. 31.

[10] Recuerdo un capítulo de la serie de televisión “El Hombre Nuclear” (década 1970) en la que Pie Grande (Big Foot) era, justamente, eso: un críptico manejado por alienígenas. No hay nada nuevo bajo el sol. Convengamos que las brujas del siglo XVII, estudiadas y perseguidas por los demonólogos de la Iglesia, fueron un tanto más humildes al respecto: se conformaron con simples gatos y sapos.

[11] Piotti, M., op.cit, pág. 37-38.

[12] Sánchez Rodrigues, Sergio, Pasaporte a OVNIlandia (lecturas de ufología crítica), Emege Comunicaciones, Santiago de Chile, 1999.

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