El hombre tortilla. Capítulo 1

Escrito por
| 68 | 4 Comentarios

Capítulo 1

 

Neo Tenoch: Iztacal: Aeropuerto de Neo Tenoch

Julio 1016-II

 

   La ventaja de tener sentidos aumentados le permitió vislumbrar un poco de Neo Tenoch desde el avión, era difícil sino imposible creer que hacía varios siglos ese conjunto de tierra sobrepoblada fue mayoritariamente un terreno lleno de agua con una majestuosa isla en el centro, epítome y orgullo del Imperio azteca/mexica.

   Juan no era su verdadero nombre, pero era el nombre más común en México y si quería pasar desapercibido en ese país, necesitaba ser muy común. Algunos de sus rasgos le dificultaban el propósito, principalmente su altura de más 1.80, su delgada complexión atlética y sus ojos verde claro; era un joven adulto atractivo. Por otro lado, a su favor tenía el color de su piel, el cual se camuflaba perfecto con el de cualquier mexicano bien tostado por el Sol. También tenía facilidad para crecer un buen vello facial y ya tenía un mes cuidando un discreto bigote y barba que a Juan le parecía muy apropiado para el lugar que pretendía convertir en su nuevo hogar. Su ropa, pensó, era la de cualquier joven de su edad, solo un pantalón azul de mezclilla, tenis de suela baja y una sudadera de tela delgada. En su tierra natal, su cabello solía ser corto como el de un militar, pero ahora había crecido lo suficiente para poder peinárselo como el hombre del billete de veinte pesos: Benito Juárez, un buen mexicano de origen indígena que llegó a presidente, según investigó Juan.

   Al aterrizar el avión, el muchacho se emocionó y sintió extrañamente que ya estaba en casa. <<El aeropuerto se ve bien, muy limpio y muy grande. La gente parece tener una vibra positiva. Es un buen presagio, eso creo>>, pensó Juan mientras entregaba sus documentos en los diferentes puntos de revisión para ingresar al país. El muchacho esperaba que fuera la última vez que alguien lo asociara con el nombre escrito en el pasaporte. Todos los mexicanos que saludaron a Juan al darle la bienvenida al país, lo recibían con una gran sonrisa y mientras más avanzaba, más sincera era la sonrisa que él devolvía. Finalmente, tomó su mochila y le dedicó una gran y feliz mueca a boca abierta a la regordeta mujer de piel bronceada que le atendió en la casa de cambio dentro del aeropuerto, ella le devolvió el gesto y le deseó unas buenas vacaciones.

   <<Vacaciones>>, reflexionó Juan mientras salía del aeropuerto. No le gustaba mentir, por eso no dio las gracias a la amable mujer; tampoco le gustaba ser descortés, así que dio igual su nula reacción, de todos modos, se sintió como un grosero. <<Mal comienzo>>, pensó.

   El joven salió a la calle e inmediatamente el encanto de una metrópoli de primer mundo se desvaneció al ver el asfalto desgastado, los muchos autos, en su mayoría viejos, y el cielo gris que desde el avión brillaba azul como ningún otro. No por eso Juan se decepcionó, por el contrario, se sintió satisfecho y más cómodo <<Creo que podré encontrar a quien ayudar aquí>>, se dijo motivado.

   Desde semanas antes de llegar al país, el joven entusiasta había investigado a través de internet todo lo que pudo sobre México y Neo Tenoch, su historia, sus costumbres, sus lugares de mucho y poco interés, sus problemas socioeconómicos y lo que más le interesaba: sus Héroes.

   Evidentemente aún se sentía perdido, pero tenía ideas muy claras sobre lo que tenía que hacer en sus primeros días en la capital. Comenzó a deambular arbitrariamente y sin saberlo en dirección a Nizah, la ciudad vecina de Neo Tenoch, mucho menos glamorosa y mucho más pequeña. Juan sabía que el oriente del llamado Valle de México, constituido por Neo Tenoch y las ciudades que la rodeaban, estas últimas pertenecientes al Estado de México, eran la zona más peligrosa y más pobre del conglomerado urbano, era una suerte que el aeropuerto se situara justo en esos lados. <<Extraña situación, el aeropuerto tal vez debería estar en el poniente, en la zona rica de la ciudad o en el centro, en donde están los grandes puntos de interés>>, reflexionó para sí mismo.

   El estómago de Juan le daba vueltas por la mezcla de sensaciones que tenía. Se sentía extrañamente a gusto ahí, la gente era muy enérgica en sus movimientos, en sus expresiones y hasta ahora todos le habían tratado excelente, esa amabilidad parecía ser típica de los mexicanos para con el visitante extranjero, según decían miles de comentarios en internet.

   Por otro lado, también se sentía como un invasor y un pedante, simplemente pretendía llegar y comenzar a salvar gente, gracias a sus habilidades recién adquiridas, pero ¿qué le daba derecho a hacerse el héroe? Neo Tenoch era una de las ciudades más peligrosas del mundo, lo mismo o peor se podía decir de los poblados vecinos en el oriente como Nizah, Chálico Lake y EKTP. El confundido joven se motivaba pensando en que los héroes mexicanos podían ocupar más ayuda y él estaba dispuesto a brindarla.

   El glamour de una vida heroica también lo impulsaba. Le sentaba de maravilla estar en las tierras de legendarios vigilantes del pasado como El Chapulín Colorado y El Santo. También se sentía emocionado y nervioso de ser contemporáneo de héroes de talla mundial como Estandarte de la Victoria, Medievo y ObsiDiana. Sin embargo, el muchacho se creía indigno de llegar a tierras extranjeras y ofrendar sus servicios al necesitado, cuando en su propio país, con su propia familia y amigos había fallado tan miserablemente.

   <<No debo pensar de esa manera, aquí podré ayudar, comenzar de nuevo y redimir mis pecados. Dios mío, me siento como un cliché. Si alguien quisiera narrar mi historia, seguro la empezaría a escribir a partir de hoy, ojalá sea algo digno de contar. Haré que sea digno de contar>>, reflexionó con ánimo y esperanza.

   Al poco rato de caminar, Juan se adentró en Nizah, esa zona en particular de la ciudad era conocida como Dark Nizah, por ser la parte más peligrosa de la misma, básicamente la boca del lobo.

   Neo Tenoch, según los mapas y lo poco ya visto por Juan en persona, no tenía ni ton ni son en cuanto a la estructura de las calles y avenidas pues el crecimiento desmedido de la población no permitió diseñar adecuadamente la mayor parte de la ciudad. Por el contrario, Nizah era una metrópoli relativamente nueva; con poco más de cincuenta años, gozaba de una planeación simple y muy efectiva. Todas sus calles y avenidas formaban rectángulos perfectos, una sola avenida recorría toda la ciudad y esta avenida era atravesada por otras avenidas y calles que a su vez recorrían la ciudad también, siempre en línea recta. Debido a que en tiempos aztecas todo Nizah fue parte del gran Lago de Texcoco, no se podían construir actualmente edificios altos por la inestabilidad del suelo quien parecía no entender que ya no era un lago, por lo que las inundaciones eran frecuentes en épocas de lluvia.

   Nizah era una localidad especial; grafitis en las paredes, baches en el suelo, semáforos descompuestos, vagabundos en las aceras, perros en jaurías cada dos calles y casas de ladrillo gris sin recubrir adornaban toda la ciudad. Juan nunca había visto nada así y no le incomodaba, pero sabía que, de no tener sus poderes, estaría muy inquieto de caminar por esos rumbos, aun siendo medio día. Sin embargo, había belleza en el paisaje, pues, a donde quiera que mirara, muy a lo lejos, se presentaban cerros, montañas, volcanes, colinas y montes de distintos tamaños. No había un pedazo del horizonte que no estuviera adornado con esa extraña cordillera que encerraba el valle. Juan solo conocía el nombre e historia de dos de esas montañas: la majestuosa y blanca Iztaccíhuatl y su amante, el humeante Popocatépetl, la legendaria pareja de volcanes que tiempo atrás fueran seres humanos, ahora convertidos en montañas inmortales por bendición de los Dioses aztecas en celebración de su trágico amor.

   Tras poco más de una hora caminando a buen paso, Juan llegó a una glorieta en las dos más importantes avenidas de Nizah: Pantitlán y Mateos. Un extraño monumento de color rojo, de unos cuarenta metros y con forma de cabeza de coyote se imponía en la intersección de ambas rutas. El coyote representaba a Nezahualcóyotl, un antiguo gobernante o tlatoani de Texcoco, un reino aliado de la extinta Tenochtitlán. Nizah, el nombre de la ciudad, derivaba etimológicamente de Neza. Bajo el enorme coyote rojo, se presentaba majestuosa una estatua del propio monarca, un hombre robusto, de rasgos fuertes y mirada inteligente. Con escaza, pero bien adornada ropa, llena de lo que parecían plumas, piedras preciosas y finas telas, aunque era difícil adivinarlo, dado que, a pesar de la viva pose de la figura, era solo un monumento y no una persona real. Juan se sintió intimidado por el porte de Nezahualcóyotl, sin saber muy bien por qué. Tras un segundo análisis, el chico miró extrañado el rostro de la figura y acto seguido sacó su cartera para corroborar con asombro que el hombre en el billete mexicano de cien pesos era el mismo que imponente y sabio se inmortalizaba en la estatua. En el papiro se leía el siguiente poema en letras pequeñas, presumiblemente escrito por el propio Nezahualcóyotl.

Amo el canto del zentzontle

Pájaro de cuatrocientas voces

Amo el color del jade

Y el enervante perfume de las flores

Pero amo más, a mi hermano el hombre

   Juan no era adepto a las artes en general, no las entendía mucho, pero había algo en el poema que lo emocionó y lo confundió <<Me pregunto si rimará en su idioma original>> pensó.

   Tras salir de su trance reflexivo, el muchacho se mostró confundido y preocupado por su ubicación. No quería tildar a México de ser un país lleno de estereotipos, pero tras mirar su entorno cayó en cuenta de que alrededor de toda esa glorieta había varios mariachis con instrumentos, camionetas y hermosos trajes ofreciendo sus servicios. No pudo evitar reír ante la situación. Su fino oído buscó música, pero parecía que ninguno de aquellos artistas estaba dispuesto a rasgar la cuerda si no había un pago de por medio. Había una extraña tristeza en varios de esos regordetes y bien vestido músicos.

   Mucho investigó Juan sobre la capital, pero poco sobre las ciudades vecinas y tras recapacitar, prefirió abandonar la idea de permanecer en el Estado de México en pos de encontrar la manera de entrar a tierras más “conocidas”. Se acercó a un vendedor de periódicos y revistas y le preguntó la dirección para volver a entrar a Neo Tenoch y salir de Dark Nizah, el vendedor le informó que para salir de Dark Nizah solo tenía que cruzar la avenida Mateos, puesto que del otro lado de la glorieta comenzaba White Nizah, la parte más acaudalada y ligeramente menos peligrosa de la ciudad. Juan dio un vistazo rápido y falló en reconocer alguna diferencia apreciable entre un lado y otro. El vendedor continuó hablando y le dijo que siguiera la avenida Mateos en dirección a su derecha, el suroeste, y tras caminar pocas calles ya estaría en Neo Tenoch. Juan le sonrió agradecido y le compró el diario más barato que encontró: ElExplícito. Realmente no le interesaba leerlo, pero quiso agradecer el buen gesto del vendedor, además de gozar el curioso placer de usar ese dinero tan ajeno para él.

   Mientras caminaba hacia Neo Tenoch, el extranjero se felicitó a sí mismo por lo natural de su acento, su investigación previa le advirtió de lo burlón de los mexicanos y temía que su forma de hablar lo hiciera objeto de mofa, pero parecía no tener problema para imitar la forma chilanga y suelta de hablar de los nativos.

   A su paso, el muchacho alcanzó la frontera de ambas ciudades en diez minutos, la avenida División. En este caso, había una clara diferencia arquitectónica entre ambos poblados por la estructura de sus calles y avenidas. Más que eso, el sentido del tránsito de los automóviles cambiaba nada más entrar a la capital. Juan miró a lo lejos lo más que pudo y notó que tras unas calles, el sentido se normalizaba dentro de la propia Neo Tenoch. El confundido joven no lograba encontrarle sentido a lo que veía <<Qué ciudad más rara, seguro que me perderé miles de veces antes de agarrarle el truco>>.

   Frente a Juan, varios metros adelante, había un enorme puente vehicular que atravesaba la gran calzada Zaragoza, una enorme avenida de varios carriles que además contaba con rieles en medio para el paso de un tren. Si bien desde la avenida División ya se encontraba en la capital, el muchacho se sintió totalmente inmerso cuando subió el puente vehicular, el cual, según notó muy tarde, no estaba hecho para ser transitado por caminantes. Desde lo alto del lugar, el despistado joven vio una gran cantidad de cosas que llamaron su atención: un cerro cercano, un cine, hospitales, grandes comercios, puentes peatonales a pocos metros de distancia de donde se encontraba arriesgando el pellejo entre autos y, a su izquierda, una estación en donde el tren hacía parada para recoger gente <<El metro>>, asumió Juan al recordar sus lecturas en referencia al popular sistema de transporte colectivo que no utilizaba combustible fósil y que a través de varias líneas interconectadas recorría gran parte de la ciudad. Sin embargo, el joven no se detuvo a pensar mucho en el metro pues hubo algo que llamó más su atención. Frente a él y bajando el puente, notó otro monumento, de nuevo una enorme cabeza, con la diferencia de ser esta la de una persona y no la de un coyote.

   Al bajar el puente y sentirse a salvo de los automóviles, Juan se acercó a esa gran obra que le agitó el corazón y le sacó una sonrisa, era la llamada Cabeza de Juárez, una representación inmensa de la parte superior del hombre que también engalanaba el billete de veinte pesos y cuyo peinado había inspirado el de Juan.

   <<México parece estar lleno de monumentos de gente que sirvió bien a la nación. Esto es una señal, una buena señal, algún día tendré mi propia estatua por aquí y tal vez mi rostro en un billete>>, se dijo sonriente y a manera de broma. Tras su chascarrillo, decidió que viviría en esa zona. No había necesidad de ir más lejos, quedarse en el oriente era lo más conveniente si pretendía encontrar a quien ayudar.

Afortunadamente, el muchacho tenía dinero suficiente para vivir algunos meses sin problemas, aunque esto solo si utilizaba sus tres cambios de ropa sin comprar más y si comía con modestia. Sin embargo, su plan era encontrar un trabajo lo antes posible, pues quería utilizar el dinero que tenía para hacerse un traje con el cual combatir el crimen.

Tras pasar un rato analizando el entorno, Juan comenzó a caminar hacia la izquierda del puente buscando la acera y se topó con el enrejado de un campus muy grande, al llegar a la puerta de este terreno, leyó “Facultad Universitaria Superior: Zaragoza… Universidad Nacional Autónoma de México”. Juan se sorprendió gratamente, pues había encontrado una de las instalaciones de la más prestigiosa universidad de México, la UNAM, de la cual ya había leído. El joven tenía edad suficiente para ser un recién graduado universitario, pero para su vergüenza no había terminado ni siquiera la preparatoria. Aunque no por necedad, torpeza o vagancia, sino por necesidad.

   Tras caminar un par de minutos encontró una segunda puerta para entrar a la FUS Zaragoza y notó que a un lado de esta se encontraba la estación del metro Cabeza de Juárez, la cual ya había vislumbrado desde lo alto del puente vehicular. La línea correspondiente a esta estación viajaba por toda la calzada Zaragoza <<Este transporte me será muy útil para ir a toda la ciudad>>, se dijo contento mientras guardaba nota del detalle <<Neo Tenoch no es muy grande, apuesto a que con este sistema de transporte puedo llegar a cualquier lugar en menos de media hora>>, dedujo. Satisfecho con su descubrimiento continuó caminando. A unos pasos de la estación y de la FUS encontró un enorme letrero “Bienvenidos a El Paraíso” rezaba el oxidado y viejo rótulo de metal.

   El nombre le llamó la atención y un vistazo rápido con su excelente sentido de la vista le indicó que ese lugar tenía de paraíso lo mismo que Juan de mexicano <<Uno de esos nombres que terminan por ser irónicos, supongo>>. Sin más reflexiones se decidió a entrar y pasó un par de horas recorriendo El Paraíso y sus irregulares calles con marcadas subidas y bajadas, cuyos caminos casi siempre terminaban a las faldas de un modesto cerro en la localidad. La colonia El Paraíso era parte de la delegación Iztapal y, al igual que Nizah, se edificó sobre lo que anteriormente era el Lago de Texcoco, por lo que tampoco contaba con edificios altos. El panorama general del barrio demostraba que la gente que vivía allí no era precisamente acaudalada y que al gobierno y a sus habitantes poco o nada les interesaba el estado de las instalaciones públicas.

   Su experiencia de las horas previas le hizo buscar el monumento o la estatua de la localidad, pero para su decepción no encontró ninguna. Lo que más se asemejaba era la Iglesia de la colonia. La cual encontró de milagro porque estaba escondida entre extraños y pequeños pasadizos.

   En su paseo, Juan observó multitud de locales comerciales de todo tipo, un pequeño y dañado parque que colindaba con la calzada Zaragoza, que no parecía muy seguro para los niños y un anormal edificio largo propiedad del gobierno.

   Al subir sobre las avenidas principales en dirección al cerro, el muchacho encontró una zona comercial ligeramente más transitada que el resto del barrio. Los letreros de esa parte de la colonia rezaban “Avenida Quetzal”. Solo una ruta de transporte público atravesaba el pueblo y lo hacía aproximadamente cada media hora, el transporte nunca iba lleno, su base era el final de esa avenida, en la parte más alta del poblado a donde un automóvil tan tosco podía llegar. Lo demás era el terroso, a veces verde, cerro de El Paraíso; al otro lado del mismo, la colonia añadía sus últimas y aisladas callejuelas.

   Tras mirar entre varias calles y para su enorme alivio, Juan encontró una casucha destartalada de dos plantas, color naranja, en donde se rentaban habitaciones. Pidió informes, lo atendió una señora con el cabello rubio, aunque con las raíces negras, tendría alrededor de cuarenta años y que de no ser por el Sol mexicano seguramente su piel sería muy clara. Usaba ropa ajustada así que la carne le brotaba fuera de la tela en varios lados. Juan sintió un poco de desagrado ante esa imagen, pero sonrió todo el tiempo y fue cortés, pues a pesar de su desaliñada apariencia, la dama era muy amable.

   La renta era ridículamente barata y al pasar a la única habitación disponible, Juan entendió la razón. El cuarto era de buen tamaño para él, de cinco por tres metros, tenía forma de “L”, con un punto ciego en donde se alcanzaba a esconder la mitad de un colchón delgado y viejo. El intento de departamento tenía piso de cemento, techo de lámina, baño propio con una pequeña ventana, pero sin regadera, además, la puerta del cuarto se cerraba con una cadena y un candado y tenía vidrios que permitían el paso de luz y de miradas indiscretas. A Juan no le importó su estado y quiso rentarlo de inmediato. Desgraciadamente, la mujer casera le pidió un aval, alguien que diera fe de que el muchacho era un hombre de bien. Juan abandonó el inmueble muy decepcionado y sin intentar negociar los términos pues no conocía a nadie en el país para que lo respaldara.

   El extranjero caminó un buen rato de arriba a abajo por la avenida Quetzal y dio vuelta a la derecha en la avenida Batallón, otra de las tres principales de El Paraíso, siendo esta la que atravesaba el barrio por la mitad. Esta avenida, al cruzarse con Quetzal encontraba su final por lo que Juan, viniendo desde arriba de Quetzal solo podía dar vuelta a la derecha hacia Batallón si es que quería cambiar un poco su rumbo. Al otro lado de Batallón había un gran espacio vacío, también inclinado, que, al terminar, marcaba el final de El Paraíso y una gran avenida después, comenzaba el siguiente pueblillo, tanto o más desdichado que la colonia que Juan recorría buscando un propósito.

   Al avanzar solo una calle sobre Batallón, el muchacho entusiasta pero confundido, se sentó en un montón de escombros y piedras grandes que encontró sobre la acera. En medio de la avenida había un camellón de poco más de un metro de ancho que servía para dividir los carriles vehiculares, esa era la única de las tres avenidas principales de El Paraíso que tenía un camellón. Juan encontró las diferencias entre Nizah y Neo Tenoch muy marcadas, y en lo personal sintió preferencia hacia la capital, pues pensó que con tantas calles, avenidas, callejones y pasadizos sin un aparente sentido, sería fácil escabullirse, aunque primero debía aprenderse todas esas calles, pensó con preocupación, <<Un arma de doble filo>>, reflexionó, <<Podría intentar regresar sobre mis pasos, pero no lograría encontrar la Iglesia de nuevo con facilidad, esto es un laberinto>>, analizó el joven, con extraño respeto por el pueblo y su descuidado diseño.

   Frente a Juan, en la acera contraria, había una tortillería situada justo en la esquina de una de las calles y la avenida Batallón. Se veía perfectamente a través del modesto local pues solo estaba protegido con una reja de metal, dentro se apreciaba una enorme máquina de hacer tortillas y varios costales cuyo contenido Juan no supo identificar. Un toldo sobre el pequeño negocio hacía sombra y en la blanca pared había un maíz caricaturesco pintado para ser la mascota de la tortillería.

   El olor de la masa caliente le despertó a Juan el apetito, ese olor nunca lo había captado, pero le cautivó de inmediato. El aroma infundió en el joven una nostalgia de algo nunca vivido que le movió el corazón. Emocionado y hambriento, sacó unas monedas y compró algunas tortillas, además de un extraño plato de unicel lleno de arroz con un huevo blanco, el cual tenía, a su parecer, una pinta excelente y exótica. El repentinamente hambriento muchacho sabía que con tan poca comida no quedaría satisfecho, pero no quería comer como usualmente lo hacía, en plena calle y expuesto a las miradas de los curiosos. Lo único que lo motivó a querer probar bocado fue el maravilloso y nuevo olor que de ese lugar emanaba.

   Juan volvió feliz a sus piedras y sacó el periódico que previamente había comprado. Destapó su plato de unicel y miró con decepción que solo tenía medio huevo cocido <<Que estafa>>, pensó de inmediato, pero le restó importancia pues su principal interés estaba en las tortillas. El muchacho mordió una tortilla recién hecha y por poco tiró el plato de arroz. El sabor del maíz caliente mágicamente transformado en ese papel redondo y comestible lo hizo llorar, nunca había probado semejante manjar. Sin saber porque, se sintió cercano a México y a su gente, se sintió como un nativo de esa tierra y una lágrima cayó de cada uno de sus verdes ojos. Instintivamente y con desesperación, el maravillado joven puso arroz y un trozo del huevo sobre la tortilla y lo enrolló torpemente en un intento de taco, lo mordió con pasión y las piernas le temblaron mientras el arroz caía por detrás de la tortilla. Cierto era que el hambre le apremiaba bastante, pero no recordaba nunca haber sido tan feliz probando bocado alguno. Terminó su plato de arroz y comió el resto de tortillas aun calientes una a una.

   -¡Oye amigo, ven aquí!- le gritó, con voz aguda, la persona que previamente le había vendido el manjar. Era un joven de unos veinte años, flacucho, con anteojos, ojos color café, no muy alto, con la piel bronceada típica de los mexicanos, con mucho gel levantando su cabello corto en picos irregulares. Juan salió de su éxtasis y se acercó tímidamente, dejando sus pertenencias junto a las piedras. Se sintió estúpido por la charada orgásmica que el muchacho vendedor de tortillas seguramente acababa de presenciar.

   -¿Qué ocurre vato?- preguntó Juan tratando de parecer casual. El joven rio antes de responder.

   -Tú no eres de por aquí, ¿verdad?- le dijo aún con la sonrisa en los labios mientras tomaba una tortilla recién hecha y le ponía sal.

   -Sí, solo que estuve en el norte trabajando muchos años- respondió Juan, eso no era cierto, pero era la respuesta que ya tenía preparada para cuando le preguntaran esa clase de cosas. En esa ocasión le fue más fácil mentir que cuando lo hizo en el aeropuerto.

   -Toma carnal, cómete esta tortilla con sal, a que te sabe mejor que así sola- acto seguido el mexicano pasó un taco perfectamente envuelto, parecía una artesanía culinaria en su exquisita sencillez. Juan la probó y su cuerpo se erizó nuevamente <<Empiezo a entender porque este es el país más gordo del mundo>>, se dijo.

   -Gra… gracias, ¿cuánto te debo?

   -Nada amigo, déjalo así. Me llamo Juan y te recomiendo, para que te evites broncas, que no mientas, al menos no tan mal. Tú no eres de aquí y tampoco eres del gabacho, eso se nota bastante y serás presa fácil para los delincuentes, aunque estés grandote y todo- Juan de ojos verdes se atragantó un momento al escuchar el nombre de su tocayo y luego rio para sí <<Escogí el nombre más común de México, ¿qué esperaba?>>, pensó contento.

   -Discúlpame, mi nombre también es Juan. Puedo no mentirte, pero tampoco te diré la verdad, amigo. Solo te diré que estoy buscando rentar un cuarto por aquí, por si sabes de alguno- explicó el extranjero sinceramente, lamentando ser grosero con el vendedor de tortillas -Si te puedo preguntar algo, dime, ¿cómo supiste que no soy de aquí y que no vengo de allá?

   -Bueno tocayo- respondió el nativo mientras reía –Para empezar, tus ojos verdes, tu cara de tlacuache perdido, tu acento que no es chilango y no es chicano, no sé de dónde rayos es, pero pronuncias del carajo. Además, no sabes ni comer tortilla y… Oh no, lo más importante.

   -¿Qué es lo más importante?- preguntó Juan intrigado acercándose un poco más. Su homólogo de nombre también se acercó a él a través del enrejado de la tortillería, pero ya no sonreía, ahora parecía triste.

   -Lo más importante, tocayo, es que dejaste tus cosas lejos de ti y ya te las robaron, carnal- Juan volteó inmediatamente y vio que su mochila ya no estaba. Rápido y alerta miró a todos lados, agudizó su oído, corrió en los alrededores, pero no logró encontrar ninguna pista. Triste, frustrado y enojado se acercó con su interlocutor.

   -¿Por qué no me avisaste cuando viste que estaban hurtando mi mochila?, solo dejaron el periódico.

   -Lo lamento amigo, lo lamento en verdad. Pero quienes te robaron tus cosas me miraron y uno me amenazó con su dedo en la garganta. Si te decía algo júralo que mañana amanecía yo golpeado en El Cerro o hasta muerto. Vi quienes fueron, los topo de aquí del barrio, todos aquí los conocemos. Pero no podemos hacer nada y no te lo puedo decir, porque si los encuentras, sabrán que fui yo quien los delató, te golpearán a ti y luego a mí. Perdóname tocayo. Mejor sigue tu camino y llégale a otra colonia. ¿Traías cosas de valor ahí?- Juan el extranjero se desconsoló y suspiró rendido antes de contestar.

   -Mi ropa, algunas pertenencias sin valor y mis bocetos de… de nada importante- Juan palpó sus bolsillos con premura y suspiro con cierto alivio -Mi dinero y mis papeles los traigo aquí conmigo. Gracias a Dios- respondió recargándose sobre la reja, entonces se dio cuenta <<Pero claro ¡Esta es mi oportunidad!, esta será mi primera misión>>.

   -Juan, amigo; ¿has sido víctima de esas personas que robaron mi mochila?- preguntó entusiasmado.

   -Pues sí, como casi todos- dijo con casual resignación -El otro día me acuchillaron por defender a mi novia, le dijeron gorda y un montón de otras cosas- comentó mientras se levantaba levemente la playera y mostraba una gasa pegada en su flacucho costado –Por suerte no fue profundo y mi chava por hacerme el valiente vieras que recompensa me dio ella en el parquecito- relató muy contento y dispuesto a extender su historia, Juan ojos verdes lo interrumpió.

   -¿Quién es el héroe de esta zona?, ¿por qué no los defiende?

   -Ja. Aquí no hay héroe. Mataron al último que lo intentó hace como un año, ni su nombre nos aprendimos, duró poco. Aquí en El Paraíso no nos cuida ni Dios, irónico. El más cercano está en la FUS, el ZaragoSano, pero aparte de que está bien menso, solo cuida adentro de la propia facultad, pueden estar atracando a un estudiante afuerita de la escuela y él viendo desde adentro, pero no hace nada, es un cobarde- dijo Juan ojos cafés con indiferencia.

   -¿No han intentado llamar a la policía?, ¿pedir ayuda a otros héroes?, ¿algo así?- preguntó Juan muy extrañado.

   -No, no que yo sepa, ¿para qué? Los quitan y al rato ya están aquí otra vez- la resignación que emanaba Juan el nativo era desalentadora y Juan el extranjero sintió pena <<Yo seré el héroe de El Paraíso>> decidió.

   Ambos chicos se despidieron y el recién llegado al pueblo continuó su camino, solo llevaba un par de tortillas envueltas en papel estraza y su periódico en las manos, tras un rato le dio por hojearlo, tal vez así se le ocurriría que hacer. ElExplícito era un diario muy crudo, lleno de imágenes sangrientas y/o sexuales, también incluía mucho sobre futbol. La portada llamó la atención de Juan: “Estandarte de la Victoria acaba con Cartel del Trueno… muere el héroe Charro Negro”. La noticia relataba la heroica hazaña de dos de los miembros de la Secretaría Nacional de Héroes (SENAHE) un organismo creado por el gobierno y liderado por el vigilante más famoso de México: Estandarte de la Victoria. Como tal, los pertenecientes a esa institución eran los únicos seres con permiso explícito de detener criminales. Los demás vigilantes del país tenían permitido ocultar su identidad e interferir en caso de desastres naturales o accidentes, pero no tenían autoridad para arrestar, detener o lastimar a nadie. Evidentemente pocos héroes obedecían esa ley y poco le importaba al gobierno que la obedecieran. Solo les ponían limitantes a aquellos vigilantes que aparecían muy frecuentemente asociados a los movimientos socialistas. Mientras que la policía solía cobrar una “cuota” a cada “payaso disfrazado” para no arrestarlos. Evidentemente dicha cuota no era legal. Si los héroes se negaban a pagar, los inculparían de algún crimen y eventualmente los arrestarían, si se resisten serían asesinados y, si eran muy poderosos, la propia SENAHE estaba obligada a hacerse cargo de ellos. Algunos de los peores súper villanos que el país había sufrido, primero fueron héroes víctimas de la corrupción de un sistema que no los dejó hacer el bien. Por este motivo principalmente, muchos vigilantes honestos se negaban a trabajar para el gobierno y preferían pagar su cuota. Era el menor de los males.

   <<… muere el héroe Charro Negro. Creo que leí sobre él, lamento su muerte. El artículo dice que era amigo cercano de Estandarte y un buen héroe, con muchos años en servicio, muy poderoso>>, reflexionó Juan.

   El periódico incluía un par de artículos más cortos sobre otros héroes y varios artículos más sobre crímenes que nadie evitó. Todo esto llenó de ganas al joven de hacer el bien, pero no tenía idea de por dónde ni cómo empezar a salvar la colonia, ni siquiera tenía donde vivir.

   A Juan le quedaban un par de horas de luz y sin una mejor idea, el desesperado extranjero decidió apelar al lado bueno de la gente y regresar con su tocayo <<Confiaré en él, le diré que me diga en donde encontrar a esos maleantes, le demostraré mi fuerza si es necesario para convencerlo de que soy capaz de triunfar, solo espero no arrepentirme. Después estará agradecido y podré pedirle que sea mi aval para rentar el cuarto, así todos ganamos>>.

   El joven caminó hacia abajo de nuevo por la avenida Quetzal, la avenida más grande y una de las tres más importantes del poblado. Esta avenida se elevaba por el costado de El Cerro y para ese momento Juan ya la había subido y bajado varias veces durante el día. Dobló a la derecha en la intersección con Batallón y notó de inmediato que su tocayo tenía compañía, pero no una agradable. Dos sujetos estaban amenazando al joven tortillero, uno de ellos con una navaja en la mano derecha y el otro con una pistola. A pesar de que Juan ojos cafés estaba tras una reja, temblaba de miedo pues una bala fácilmente podría acabar con su vida a tan corta distancia. Sin pensarlo, Juan el extranjero corrió a atacar a los maleantes, su velocidad era impresionante, llegó en un par de segundos a la tortillería cuando a paso normal hubiera tardado diez veces más. La colonia contaba con poca gente en las calles en ese momento, pero al estar tan cerca de la zona comercial en Quetzal, el arranque de velocidad llamó la atención de unos cuantos curiosos peatones.

   El pantalón de Juan se rompió de la entrepierna con el movimiento tan drástico de la carrera, no era la primera vez que le ocurría y lejos de lamentarse, el joven se entusiasmó y sin que los villanos se percataran dio un salto y lanzó una patada que conectó en el hombro del portador de la navaja, el impacto fue tan fuerte que lo arrojó directamente contra el hombre de la pistola, ambos salieron despedidos un par de metros y una explosión se hizo presente: la pistola se disparó. La gente alrededor se alertó, muchos se alejaron, muchos más se acercaron anteponiendo el morbo del chisme a su propia seguridad. Los dos maleantes cayeron lejos de la tortillería y el malhechor que recibió la patada en el hombro comenzó a gritar. Juan ojos verdes no supo hacia dónde mirar. El hombre de la pistola yacía inconsciente en el pavimento y sangre le corría de la cabeza, al parecer se había estampado con la cara al caer. Por otro lado, su compañero criminal gritaba a pulmón tendido y su brazo colgaba inerte como un trapo, tenía el hombro deshecho. Por último, Juan ojos cafés se sujetaba el brazo derecho. La bala le había impactado cerca del bícep y de sus ojos salían lágrimas a montones, pero no lloraba, sólo sollozaba agitado y pasmado, con los lentes empañados y la mirada temblorosa. Juan ojos verdes se quedó paralizado al notar el caos que había provocado a su alrededor con una sola patada y repentinamente cayó en cuenta que la gente comenzaba a congregarse y a murmurar. Varios curiosos tenían su celular con la cámara encendida enfocando cada detalle de la escena.

   -Oh no…- comenzó a balbucear el extranjero.

   -¡Corre!, regresa después- le gritó su tocayo, herido por la bala, y Juan reaccionó de inmediato. Un par de personas asustadas le abrieron camino al pasar junto a ellas, pero un tercer individuo le enfoco la cámara directamente a la cara <<Tendré que ocuparme de eso después>>, pensó, apartando con cuidado al sujeto.

   Sin saber a dónde dirigirse, subió varias calles a prisa y alcanzó las faldas de El Cerro. Todo ese lado del monte estaba poblado casi hasta la cumbre con casas de arquitectura cuestionable. Tras llegar a la mitad de la subida, el agitado y asustado muchacho se detuvo, molesto por haber avanzado tanto y aún seguir rodeado de civilización. Recordó que el lado contrario de la montañita no tenía construcciones y con premura continuó su carrera hacia la izquierda hasta que se vio libre de casas y calles y poco a poco pudo aminorar el paso hasta sentirse completamente libre de compañía.

   En las inmediaciones del modesto monte, Juan obtuvo una vista perfecta de la colonia y de mucho más allá. Incluso veía con claridad el coyote rojo de Nizah y muy a lo lejos los edificios del centro de Neo Tenoch. A su alrededor solo había pasto, tierra, rocas, nopales, arbustos y árboles. De manera atonal, encontró también basura en distintos grados de abandono; botellas y latas de alcohol ya vacías, jeringas, bolsas de comida y cajas de preservativos.

   El extranjero no estaba muy agitado por el ejercicio, pero si por la situación. Aún había luz, pero el ocaso se anunciaba. El Cerro tenía buen tamaño, pero, a medio camino de la cumbre, Juan aún se sentía expuesto a pesar de poder esconderse fácilmente tras cualquier arbusto, por lo que decidió subir hasta la cima, mucho más limpia y discreta, para sentarse en un montón de rocas grandes.

   En algún momento de la carrera, las suelas de los tenis del joven lo habían abandonado y apenas caía en cuenta de ese detalle. Su pantalón tenía un enorme agujero entre las piernas debido a la fricción. Sin pertenencias, lleno de la tierra y con su ropa hecha un desastre, Juan parecía un verdadero vagabundo.

   El extranjero intentó ubicar la tortillería desde las alturas, pero falló en reconocerla, en ningún lugar se apreciaba mucha gente reunida y por más que el tiempo pasaba, ninguna patrulla o ambulancia alertaba el fino oído del arrepentido muchacho. Parecía que en verdad a nadie le importaba lo que había pasado o no más que cualquier otra anécdota urbana de delincuencia anónima. Desesperado por la indiferencia y por la falta de un castigo inmediato, Juan gritó con todas sus fuerzas hacia el poblado, un grito desesperado y lleno de dolor que se perdió en el viento sin que alguna respuesta o algún alivio le llegasen de pronto al tembloroso joven.

   Sin una mejor idea y sin deseos de bajar a enfrentar la realidad de sus acciones, el extranjero decidió quedarse ahí junto a aquellas rocas por esa noche y en su mar de emociones lo único que pudo hacer fue llorar. Para calmarse, sacó sus tortillas del bolsillo con sus manos inquietas y en su nerviosismo, tiró su alimento al suelo. Llenas de tierra, decidió no comerlas y se sintió estúpido por ser incapaz de serenar sus sentidos.

<<Dios, ¿qué es lo que hice?, todos me vieron. Lastimé a dos hombres, dos hombres malos sí, pero no pensé en las consecuencias, no cubrí mi rostro, no medí mi fuerza… Soy un estúpido, ¿quién soy yo para dañar a otros?, bueno o malo, ese sujeto lloraba, lloraba de dolor, dolor que yo causé, le destrocé el brazo y el otro tipo bien podría estar muerto. Por Dios, y le dispararon a Juan por mi culpa. Ni siquiera lo salvé. Todos me vieron, vieron mi rostro, ¿hice algún bien hoy?, ¿por qué vine aquí?>>, pensó Juan destrozado y, lejos de mermar, sus reflexiones continuaron atacándolo hasta después de oscurecer.

   Tras apaciguar el llanto lo suficiente, aunque sin sentirse mejor, Juan concilió el sueño entre pasto, nopales, rocas y tierra, con la Luna menguante y las estrellas como único cobijo.

Comentarios

  1. Mabel

    14 abril, 2020

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

  2. Cortex

    14 abril, 2020

    Pa´mal, aunque un poco largo para perfilar la historia de Juan Diego: el justiciero de Jade y bronce.

    CORTEX

  3. Esruza

    15 abril, 2020

    Como dice Cortex, muy largo, pero me gusta.

    Bienvenido.

    Mi voto

    Estela

  4. Tutsi

    15 abril, 2020

    Me gustó mucho. Espero que pronto tengas más de Juan el extranjero.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas