El Hombre Tortilla: Capítulo 2

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Capítulo 2

 

Monte Mayor: Centro: Restaurante “El Don Picoso”

Julio 1016-II

   -¡Pase y pruebe la comida más picosa de todo México y por extensión la de todo el mundo!, ¡coma nuestras enchiladas especiales y si no llora por el picante serán totalmente gratis!, ¡nuestra comida es “deliciosalsa”!- gritó Felipe con monótona emoción, en verdad detestaba su trabajo. El restaurante de su padre “El Don Picoso” llevaba años abierto al público, pero siempre como un negocio modesto, de pequeño tamaño. Cuatro mesas y la cocina en el mismo local. Nadie sabía si quiera que el lugar tuviera nombre y menos uno tan absurdo como “El Don Picoso”. Un golpe de suerte con los boletos de lotería otorgó al señor Ray, el padre de Felipe, dinero suficiente para unas buenas vacaciones, algunos regalos, una gran donación a la Iglesia, una necesaria operación en la vieja mano derecha y una remodelación completa del restaurante, llevándolo a la zona centro de la ciudad en un establecimiento mucho más grande.

   El, ahora suntuoso, local se ubicaba en Monte Mayor, una urbe considerable en México, segunda en tamaño y tercera en población en cuanto a las zonas metropolitanas de la nación, siendo Neo Tenoch número uno en ambos casos. La ciudad de Felipe se encontraba en el norte del país y las diferencias culturales, climáticas, históricas, arquitectónicas y de todo tipo eran notorias y marcadas con respecto a la idiosincrasia capitalina o a la del sur. Diferencias fomentadas, entre otras cosas, por la cercanía con Estados Unidos, el clima semiárido y las distintas intervenciones europeas durante y después de la conquista.

   Monte Mayor, la llamada Ciudad de las Montañas, brindaba, a opinión popular, una mejor calidad de vida que Neo Tenoch y entre otros apelativos, también se le conocía como la Capital Industrial de México. En definitiva, un lugar adecuado para que un hombre como el señor Ray, lograse posicionar su restaurante entre los favoritos del público. Sin embargo, las decisiones administrativas que se tomaron en los meses posteriores a la reinauguración no fueron las más acertadas. El local no captaba la cantidad suficiente de clientes y el triste señor, en su desesperación comenzó a implementar cambios arbitrarios, uno de ellos, el peor en opinión de Felipe, era el de la mascota del restaurante: un chile gigante de color verde con bigote, sombrero charro y mosquete llamado Don Picoso, quien sonriente invitaba a la gente a pasar. Felipe estaba incómodamente seguro de que su padre se había robado el diseño de algún otro lugar.

   La mascota comenzó como un coqueto dibujo en la pared exterior del restaurante y algunos posters en el interior del mismo, pero al notar una leve mejoría en el crecimiento de la empresa, el dueño del local decidió ir un paso más allá y mandó a hacer una botarga del alegre chile para que algún empleado la usara y al ritmo de una buena música de salsa intentara hacer entrar a los transeúntes a comer algo.

   Felipe era un adulto joven, de un atractivo modesto, rostro lampiño, cabello corto, siempre bien peinado y de rasgos mucho más refinados que los de su tosco padre. Su complexión era delgada y su piel morena como la de cualquier mexicano. Intentaba hablar de manera neutral, pero siempre lo traicionaba un fuerte acento del norte del país que, aunque normal para sus paisanos, le ocasionaba burlas de los ya no tan pocos turistas que entraban a quemar sus estómagos y gargantas a “El Don Picoso”.

   Felipe medía poco más de 1.70 lo cual era una buena estatura para un hombre mexicano, aunque también era menor a la estatura de su padre por más de diez centímetros. Tenía facilidad para conquistar mujeres, no por su atractivo físico, el cual no era despreciable, sino por su habilidad para bailar. Desde pequeño se movía muy bien en cualquier género, además gracias a su madre conocía mil y un vueltas coquetas y elaboradas para cualquier género. Esto siempre había sido su punto fuerte, su carta de victoria y lo que lo mantenía delgado y en buena forma, pues a diario comía la comida de su padre, la cual era, además de picosa, muy grasosa.

   Precisamente fueron las famosas habilidades para bailar de Felipe, las que motivaron a su padre a obligarlo a vestir la botarga con forma de chile verde con sombrero charro y bigote. Al principio el trabajo era sofocante y muy cansado, pero lo prefería a tener que seguir haciéndola de mesero y ser el espectáculo del restaurante en el reto “¡Coma más chiles que nuestro campeón y su comida será gratis!”, reto que no había perdido ni una sola ocasión pues estaba tan acostumbrado al picante que podía masticar un habanero como si de un chicle se tratase. Sin embargo, le molestaba seguir haciéndolo porque al caer la noche e ir a bailar y conquistar mujeres, las hacía llorar al momento de besarlas con lo picante de sus labios.

   Lo sencillo y anónimo de su trabajo se acabó cuando comenzó a quedarse afónico y a deshidratarse demasiado a causa de estar toda una jornada de trabajo con el traje de botarga puesto; bailando y gritando los especiales del día. Su padre, preocupado, mandó rediseñar el chile para que el rostro de Felipe quedara al descubierto, con la intención de que no tuviera que elevar tanto su volumen de voz y que pudiera refrescarse con más facilidad. Lo que para el señor Ray fue una excelente idea, para el hijo resultó en una humillación mucho peor pues ahora todos sabían quién estaba tras el disfraz.

   Inversamente proporcional a la pérdida de dignidad de Felipe, la popularidad del restaurante comenzó a crecer más y el joven, con la facilidad de tener ahora el rostro descubierto, fue obligado a volver a los retos de comer chile, ahora mientras usaba el disfraz. Pronto se hizo de una reputación tal que las mujeres empezaron a negarle la invitación a bailar por vergüenza de ser vistas al lado de Don Picoso.

   En un último intento por salvaguardar la integridad de su hijo, el padre de Felipe le puso un bigote falso, enorme, dividido por la mitad y peinado en punta por ambos lados, del tipo de Emiliano Zapata, un héroe y revolucionario mexicano de hacía un siglo, cuyo atuendo incluía el mismo tipo de sombrero y mosquete que la botarga de chile exageraba en comicidad. Este detalle nuevo solo ocasionó más burlas. Las intenciones del señor eran buenas, pero no sabía cómo ayudar a su hijo.

   Meses atrás, en un día de descanso, al señor Ray se le ocurrió llevar a su hijo de compras para intentar alegrarlo y celebrar juntos su reciente cumpleaños veinticuatro. Felipe aceptó de buena gana pasar el día con su viejo.

   A pesar de toda la humillación, sin mencionar la pérdida de su estatus, el joven de la botarga amaba a su padre por sobre todas las cosas y sabía que necesitaba su ayuda. Hacía ya once años que la madre de Felipe y esposa de Ray había fallecido; los dos varones sólo se tenían realmente el uno al otro. El señor, según sabía su hijo, ya casi no tenía parientes con vida y la familia de la difunta esposa nunca aceptó el matrimonio ni al hijo de aquel amor, a pesar de que Felipe era tan parecido a la madre. Así que desde el funeral de la señora, padre e hijo no habían estado en contacto con los abuelos maternos de Felipe. Solo una hermana distanciada, que vivía en la capital le quedaba como familia al señor Ray.

   Ambos hombres pasaron un par de horas agradables e incluso comieron en un restaurante de hamburguesas de una cadena extranjera. Tenían buen sabor, por supuesto solo después de ponerle demasiado chile, pero los dos coincidieron en que la comida mexicana era mejor, sobre todo la que ellos preparaban y vendían.

   -Me gusta esta clase de carne, creo que podría hacer algunos platillos con ella. Pero el pan, no soy fan de este pan- comentó el señor Ray, analizando su trozo de carne bien cocida.

   -¿Cómo cree que quede si la ponemos a hervir en una cacerola? A mí me gusta el pan, podríamos remojarlo como un pambazo muy picoso y nombrar al platillo: La “Hamburguesalsa”, ¿qué opina apá?- preguntó banalmente Felipe mientras remojaba sus papas fritas en kétchup.

   -Habrá que intentarlo, pero no creo que tenga muy buen sabor, aunque me encanta el nombre. Tú siempre tienes ideas muy interesantes hijo, tu cerebro es bueno, es listo, yo… bueno. Quiero hablar contigo de algo- dijo un poco incómodo el padre.

   -¿Qué pasa apá?- preguntó Felipe sin darle importancia.

   -Nos ha estado yendo bien y bueno, el otro día un cliente dejó un volante sobre una escuela nocturna, ¿no te gustaría volver a estudiar?- preguntó el avergonzado señor Ray con un dejo de emoción y súplica a su hijo, el cual se atragantó con una papa.

   -Vaya, mi viejo. Me toma por sorpresa, yo creí, bueno, ya sabe… el restaurante.

   -Sí, sí. Es mi legado para ti, pero… pero yo he cometido muchos errores y solo llegué tan lejos porque tuve suerte. Podrías terminar la preparatoria y estudiar en esta escuela nocturna, dan Administración, seguro que eso te ayuda a no equivocarte como yo en el negocio- confesó con sinceridad el señor Ray. Solo quería lo mejor para su hijo y no estaba seguro de que podría ser, no sabía que más ofrecerle.

   –Ash, vamos apá. Esas escuelas solo son para sacarle dinero a uno. Todas las universidades según importantes de paga dan Administración porque es muy fácil y cualquiera lo hace, no sirve para nada. Usted tranquilo, nos va bien y así nos seguirá yendo. Ya vámonos, ¿vale?, pero oiga, gracias por preocuparse, pero se lo digo, esas son puras estafas- comentó Felipe intentando hacer entrar en razón a su padre, aunque realmente no tenía ningún deseo de concluir sus estudios, sobre todo porque una escuela nocturna significaba que tendría que seguir trabajando en el restaurante por las mañanas y tardes.

-Eh, sí. Está bien hijo, disculpa, es que yo, bueno, yo no sé de estas cosas- respondió el señor Ray ligeramente triste por el fracaso de su idea y por el desdén con el que su hijo la había despreciado sin siquiera investigar un poco más a fondo el tema. Ray era, en general, un hombre fuerte y duro, aunque con un lado amable y desgraciadamente, como él y Felipe sabían, a veces era demasiado suave con su hijo o demasiado desconsiderado según el caso. El problema es que no sabía identificar muy bien cuando hacía cada cosa.

   Tras salir del restaurante de comida rápida, padre e hijo decidieron recuperar el buen ánimo. Tuvieron varias buenas risas y bien entrada la tarde, al recorrer tranquilamente las calles del centro de Monte Mayor, se escuchó una voz:

   -¡Ey, ahí va Don Picoso!, ¡hola!- gritó emocionado un niño pequeño que caminaba con sus padres a pocos metros del señor Ray y de su hijo. Felipe sonrió sin ganas y se dispuso a alzar la mano para devolver el saludo, pero su padre se le adelantó respondiendo muy alegre y abriendo los brazos. El niño se soltó de sus padres para acercarse al dúo, ignoró por completo al padre de Felipe y abrazó al muchacho con fuerza y muy feliz. Apenas le llegaba a la cintura.

   -Eh…- balbuceó el avergonzado joven.

   -Hola Don Picoso, ¿cómo estás?- dijo el niño con ternura al desconcertado e incómodo Felipe. Los padres de la criatura se acercaron a saludar felices, eran turistas que un par de días atrás habían comido en el restaurante.

   -No, amiguito. Don Picoso es mi padre. Yo soy Felipe- respondió nervioso el muchacho. El señor Ray estaba muy serio. Los padres del niño captaron que algo no estaba bien e intentaron seguir su camino.

   -¡No!- respondió juguetón el pequeño –Tú eres Don Picoso, tú usas el disfraz- exclamó con seguridad el pequeño niño y el joven Felipe no supo que responder. Demasiado tarde, los padres del crío se marcharon con su hijo, murmurando palabras de disculpa por la interrupción.

   Ese chascarrillo arruinó el ambiente por lo que ambos hombres regresaron al restaurante, que también era su casa, sin intercambiar palabras. Felipe no entendía muy bien que había pasado, pero ya intuía que a su progenitor le molestaba que no lo reconocieran como Don Picoso, a él que era el dueño del restaurante, el chef, el creador legítimo del chile con sombrero, el propio Ray.

   Afortunadamente, el mal humor nunca duraba entre los dos y los días siguientes la relación padre e hijo volvió a la normalidad, aunque se escuchó a los comensales llamar “Don Picoso” a Felipe un par de veces. Sin embargo, el propio Felipe había pedido a clientes y conocidos que saludaran a su padre llamándolo con el apodo del nombre del local. Con un detalle tan sencillo alegraban el desgastado rostro del señor Ray y contrarrestaban la incómoda sensación que a ambos embargaba cuando algunos comensales muy entusiastas pedían fotos con “Don Picoso” refiriéndose a Felipe en su traje de botarga.

   Durante los meses siguientes, el restaurante creció sin un control adecuado, había dinero a manos llenas pero el señor Ray no tenía tiempo libre, además arrastraba a Felipe a la misma situación pues, a pesar de ser un hombre adulto con veinticuatro años, el joven había decidido seguir al lado de su padre, por un lado, por el amor entre ambos, por otro por la falta de estudios profesionales y por no poseer ningún talento notorio más allá de bailar. El plan implícito entre ambos era que el restaurante pasaría a ser propiedad de Felipe al retirarse su padre y así tenían la vida resuelta los dos, o al menos eso creía el muchacho casi todo el tiempo. Esa extraña comodidad hizo de Felipe un perezoso durante sus años de adolescencia, por lo que, al verse sin ocupación, se volvió el único mesero y ayudante de tiempo completo en “El Don Picoso”, el cual en ese entonces era solo un pequeño local de comida enchilada, muy lejos del centro de la norteña ciudad.

   Ahora la dupla era mucho más responsable y trabajadora que en esos difíciles años, sin embargo, el hijo no era feliz trabajando tanto, no era feliz usando el disfraz de chile y, sobre todo, no era feliz viendo a su padre estar sin descanso.

   Una noticia alegró el corazón de ambos cuando la televisora local hizo un reportaje muy favorable sobre el restaurante “El Don Picoso” y al entrevistar al señor Ray, la atractiva conductora se refirió a él como “Don Picoso” y a Felipe en el traje simplemente como “La Mascota” sin hacerlo de manera despectiva, al contrario, la mujer quedó encantada con la comida y la buena relación entre padre e hijo. Tras la exitosa presentación en televisión, la popularidad del restaurante creció aún más durante los días posteriores al reportaje. Después hubo un ligero declive a la normalidad en donde, por alguna razón, ni Felipe ni su padre, se encontraban tan atareados. El señor Ray sonreía con frecuencia, era completamente feliz viviendo en el presente.

   -¡Pasen a “El Don Picoso” y coman como un oso!, ¡hay chile hasta en las bebidas!, ¡prueben nuestra famosa “Hamburguesalsa”!- anunció Felipe con monótona emoción durante una de sus jornadas de trabajo. Seguía sin gustarle el traje, pero a pesar de que varias veces se habló de la posibilidad de conseguir a alguien más para vestir el chile, el muchacho se había negado argumentando que sus pasos de baile, sus frases y su ya conocido rostro eran vitales para el negocio. Realmente no lo pensaba así, pues actualmente la gente se formaba para entrar aun cuando Felipe comía su almuerzo o tenía un esporádico día de descanso. El joven no comprendía muy bien porque no quería dejar el disfraz que tanto decía odiar.

   -Yo quiero pasar- dijo una voz rasposa, con el acento norteño muy marcado. Felipe fijó la vista en la figura que había pronunciado esas palabras, deteniéndose un momento a observar a aquel hombre antes de responder. Frente a él había un ser encorvado, de la misma estatura del muchacho <<Erguido será más alto>>, pensó Felipe. El sujeto llevaba parte del rostro oculto tras largos mechones de cabello entrecano, la parte visible de su cara era fea y oscura, con la piel desgastada y sucia, como un trozo de cuero al Sol revolcado en la tierra. Parecía pasar del medio siglo de edad, al igual que el señor Ray. Felipe notó tras un segundo vistazo que un extraño patrón con forma de rayo o de árbol seco recorría el rostro del hombre en un color rojizo. El sujeto era gordo y robusto, como si hubiera sido muy fuerte en el pasado <<Igual que mi apá>>, consideró el muchacho. Le faltaban varios dientes y los que tenía eran amarillos, uno con un marco dorado de alguna intervención dental previa, exhalaba un aliento alcohólico fuerte. Su ropa no estaba sucia, no estaba rota y no parecía desgastada ni barata. Solo era ropa de vaquero normal, aunque sin sombrero, con una gruesa y grande chamarra de rodeo, a pesar de ser época de calor.

   Felipe respondió cauteloso, no era la primera ocasión que algún vagabundo ebrio quería pasarse de listo, además no sería la primera ocasión en que el muchacho chocara los puños con alguien, aunque prefería no llegar a ese extremo, pues no era particularmente bueno para pelear y menos con la esponjosa botarga limitando sus movimientos.

   -Con gusto lo atenderemos caballero, pero debe formarse y esperar su turno. No se preocupe, trabajamos rápido, pronto estará disfrutando nuestra picante comida, mire cómo avanza la fila- Felipe sonreía con la mayor naturalidad que podía mientras indicaba con la mano donde estaba la línea de espera. El sujeto se acercó dos pasos al muchacho, estaban muy cerca y algunas personas de la fila comenzaron a prestarles atención. El hombre lo miró fijamente, analizándolo, con ojos de decepción supo interpretar Felipe, una expresión que conocía bien. Una voz anónima gritó:

   -¡No te dejes intimidar Don Picoso!- gritó la persona y un par de risas se escucharon. El tosco sujeto frente a Felipe reaccionó bruscamente ante el comentario y miró con aún más decepción al joven muchacho frente a él.

   -¿Tú… tú eres Don Picoso?- preguntó y el chico de la botarga se asustó, siempre que alguien se lo preguntaba, él decía que sí, pues usualmente solo eran turistas curiosos que querían una foto o información sobre el restaurante. Sin embargo, en esta ocasión no pudo pronunciar una afirmación.

   -No, mi padre es Don Picoso- el muchacho se sentía nervioso, la expresión del sujeto cambió a un esbozo de sonrisa.

   -Sí, no te pareces a él, pero te pareces a ella- comentó el sujeto y acto seguido escupió al suelo su exceso de saliva antes de continuar -Hablas muy extraño, pequeño payaso- le dijo en tono pausado y despectivo.

   -¿A… a qué se refiere?- preguntó Felipe asustado.

   -Que no te avergüence tu herencia norteña. Habla bien, maldición. Dile a Don Picoso que quiero verlo, soy Jinete Eléctrico- se presentó el hombre dando un paso atrás esperando una reacción en el chico.

   –Amm… de acuerdo señor, mandaré a alguien a decírselo, ¿mi padre sabrá a qué se refiere con Jinete Eléctrico?- comentó Felipe aún en guardia. Había cambiado su opinión respecto al hombre sobre ser un vagabundo, a ser alguien peligroso, a ser solo un loco que tal vez conoció a su padre en el pasado y ahora quiere sacarle provecho a su estabilidad económica. El sujeto pareció intuir que la reacción del muchacho estaba mal encaminada.

   -¡¿Qué si sabrá a qué me refiero?! ¡¿Qué acaso no lo sabes tú?!- gritó molesto Jinete Eléctrico.

   -No, no lo sé. Por favor cálmese señor, ¡seguridad!- gritó Felipe volteando el rostro hacia el restaurante. Realmente no tenían empleados de seguridad, pero tuvo la esperanza de que eso asustaría al extraño sujeto y que alguien dentro del restaurante saldría a socorrerlo. La primera de sus impresiones fue errónea, el hombre no escapó. La segunda fue acertada, alguien vino en su apoyo inmediatamente: el propio señor Ray. Salió tan aprisa que aún llevaba puesto el delantal de cocina y las mangas de la camisa bien dobladas hasta los anchos bíceps.

   -Por los clavos de Cristo, ¿eres tú Rick?- comentó asombrado el tosco chef. Felipe no pudo evitar notar el nombre del sujeto al que su padre había reconocido <<Rick… ¿Será en honor a él que mi primer nombre es Ricardo?>>, se cuestionó el muchacho, sintiendo un desagrado por la posibilidad de tener algo tan personal como el nombre, vinculándolo a esa grotesca aparición que les estaba arruinando el día.

   -¡Soy Jinete Eléctrico!, y lo sabes- respondió ese tal Rick -Y tú, tú solías ser el gran Don Picoso y mira la burla en la que te has convertido- tras gritar nuevamente, el sujeto bajó su volumen de voz y se acercó al señor Ray. La gente dentro y fuera del restaurante miraban con morbosa curiosidad la escena.

   -Cálmate y pasa a mi oficina. Parece que has estado bebiendo. Dios mío, ¿dónde has estado? No he sabido de ti en años, ¿ocupas algo, viejo amigo?, no hay razón para alterarse.

   -¿Qué es esta basura que estás diciendo?- Jinete Eléctrico escupió a los pies del señor Ray. Felipe se acercó a su padre, más gente les comenzó a poner atención.

   -Detente hijo, entra al restaurante- ordenó el padre de Felipe sin voltear a verlo. El joven se acercó a la puerta más no se adentró en el inmueble. Jinete Eléctrico comenzó a hablar.

   -El equipo está desintegrado desde hace años- dijo con marcada amargura en su rasposa voz –Ya no hay Sirvientes del Desierto. Lo acepto, pero tú, tú siempre fuiste el último en rendirse. El más orgulloso de nuestras habilidades y…

   -Rick, silencio. No vamos a hablar de esto aquí afuera, entra a mi oficina- pidió el señor Ray mirando a su alrededor, preocupado. Jinete Eléctrico continuó como si no hubiera habido una interrupción.

   -Tantos años buscando la gloria, cuidando el pueblo. Un pueblo que olvida rápido. Tu maldito restaurante se llama igual que el gran héroe que fuiste, apareciste en la televisión hace poco, por Dios y nadie lo nota, nadie nos recuerda. Me lleva el carajo con esta gente ingrata y con tu conformismo. ¿Así degradas tu legado?, ¿haciendo que tu hijo se vista como un asqueroso chile?, el huerco tiene la edad que tú y yo teníamos en nuestro esplendor y él no tiene ni un gramo de músculo en su cuerpo.

   -Te lo advierto Rick. Entremos, no sé porque estás molesto. Las cosas son diferentes ahora. No metas a mi hijo en esto. La gente te está escuchando- el señor Ray estaba perdiendo la paciencia y el control de la situación. Felipe no perdía detalle del encuentro.

   -¡No soy Rick!, soy Jinete Eléctrico, con un carajo. Mírate, estás hecho un cerdo, maldita sea- gritó despectivamente el hombre- A esto ha llegado tu cobardía y tu desinterés, apuesto a que te retiraste por esa mujerzuela que parió esta vergüenza de hijo para ti, al final sí que logró atraparte la muy…- el Jinete Rick no pudo completar la frase. A pesar de no haber mucha diferencia de estatura entre él y el señor Ray, este último tomó por el cuello con una sola mano al hombre y lo levantó del suelo como si de una almohada se tratase. Jinete Eléctrico intentaba respirar y escupía mostrando sus amarillentos dientes. Solo duró un segundo en que el señor Ray lo levantó tanto como pudo levantar su brazo extendido, después lo dejó caer, usando su pierna izquierda para romper el equilibrio del hombre y hacerlo azotar en su costado.

   -Jinete, detente. No me hagas llamar la atención por favor. Este es un lugar familiar. Vamos a calmar…- esta vez fue el señor Ray quien fue interrumpido pues Jinete Eléctrico, desde el suelo, se abalanzó a las piernas del chef y se aferró fuertemente a ellas. Por un momento parecía que no estaba sucediendo nada, pero el señor Ray temblaba ligeramente y marcaba una tensa expresión en su rostro que a cada momento parecía denotar más dolor. Muchas de las personas alrededor habían decidido alejarse, muchos otros comenzaron a grabar con su celular lo que sucedía. Felipe estaba asustado y desconcertado por lo que observaba.

   -¡Lo está electrocutando!- gritó una voz anónima en la multitud y Felipe entró en razón <<Jinete Eléctrico, este hombre debe ser un villano con poderes de electricidad y papá… Don Picoso. No, no puede ser>>, el pensamiento de que su padre fue o un vigilante o un villano en el pasado le invadió cuando Jinete comenzó a monologar. Muchas cosas parecían cobrar sentido en ese momento y no era la primera vez que Felipe lo pensaba, pero no se permitió concentrarse en eso pues la voz anónima gritó la verdad. El señor Ray estaba siendo electrocutado. El muchacho no sabía qué hacer, cegado por el deseo de ayudar a su padre se abalanzó sobre Jinete Eléctrico, pero al momento de tocarlo salió despedido hacia atrás por un fuerte choque eléctrico. La multitud gritó exaltada al ver chispas salir tras ese impacto.

   Dentro del señor Ray algo que llevaba dormido muchos años se despertó y logró moverse aun con la corriente eléctrica atravesando su cuerpo, gritó desesperado por el dolor de ver a su hijo herido y con su brazo derecho tomó el cuerpo de su rival, lo arrojó hacia arriba con tanta facilidad y furia, que este fue a dar al techo del edificio del restaurante, el cual consistía solo en la planta baja para el enorme local y un primer piso para la vivienda de padre e hijo.

   La gente se mostró asombrada sin dejar de grabar la acción. El señor Ray se acercó corriendo a su hijo y gritó que llamaran a una ambulancia, una mujer respondió que ya la había llamado y a la policía también. Felipe estaba inconsciente pero vivo, según notó su propio padre, el traje de chile había amortiguado el golpe contra el asfalto.

   -¡Aléjense de aquí ahora y llévense a mi hijo! Esto puede ponerse muy mal- gritó enfurecido el señor Ray. Sin perder tiempo entró al restaurante gritando las mismas instrucciones. Sus empleados ya estaban capacitados para sacar a la gente con prontitud pues el propio Ray había sido muy cuidadoso con las medidas de seguridad desde la reinauguración del restaurante. De hecho, los simulacros se practicaban una vez al mes, siempre con la esperanza de nunca tener que hacer uso de semejantes precauciones. El hombre se lamentaba profundamente de lo que estaba sucediendo. Estaba asustado, preocupado por su hijo y por la gente, pero también estaba emocionado. El verdadero Don Picoso se hacía presente.

   Tras gritar su orden, se arrancó el delantal de cocina, se apretó el cinturón y con un salto se trepó del letrero en la parte superior de la entrada de su restaurante y con un segundo y más potente brinco desapareció de la vista de la multitud alcanzando el techo, haciendo retumbar el suelo al aterrizar. Lo que vio en ese momento lo paralizó y de inmediato supo que ya no tenía esperanza de triunfar. Su emoción por usar su tremenda fuerza otra vez se desvaneció de repente.

   -¡Vine aquí a encontrarme con mi gran amigo el poderoso Don Picoso y veo con asquerosa decepción que está muerto!- gritó la extraña visión frente al señor Ray. Era Jinete Eléctrico, pero ahora estaba sin playera, mostrando unos brazos fuertes y un estómago prominente con la piel del cuerpo tan oscura, sucia y demacrada como la del rostro. El patrón con forma de rayo que se apreciaba en su rostro estaba mucho más marcado y extendido por toda la piel del hombre. En las muñecas y el pecho llevaba unos extraños alambres. Varas de metal y una gran batería a modo de reactor eléctrico le colgaba del cuello. El señor Ray suponía que la traía oculta tras la gruesa chamarra de vaquero y por eso el shock previo había sido tan fuerte. Era tal la fuerza de Jinete Eléctrico en ese momento que ligeros rayos de electricidad brotaban del cuerpo del hombre y sus ojos carecían de pupilas.

-¿Qué demonios te pasa Jinete?, ¡yo nunca te hice nada!- gritó impotente el señor Ray, consciente de que en ese momento no podía ganar con fuerza. Solo había visto esa habilidad de Jinete Eléctrico una vez, pero sabía que solamente él mismo podría desactivarla y que cualquier perturbación física provocaría una intensa explosión eléctrica cuyo alcance dependía de cuanta energía tuviera almacenada en ese momento. La única ocasión previa en que ese poder había sido utilizado, Jinete Eléctrico salvó a todo su pueblo de una gran amenaza, pero el pobre hombre quedó fuera de combate definitivamente, obligándolo a renunciar a sus amigos, a sus ambiciones heroicas y escapando por la vergüenza. Eso fue lo último que el señor Ray supo de su antiguo aliado hasta ese día.

   Jinete Eléctrico nunca fue un dotado con demasiada fuerza. Sus poderes le permitían un manejo muy básico de la electricidad, pero necesitaba llevar consigo cables, baterías, canalizadores y varios artilugios que magnificaran y controlaran su incipiente poder. Sin embargo, no había que tomar sus artefactos con delicadeza pues, en sus años de gloria, Rick podía controlar suficiente energía como para volar el restaurante entero. Además, su poder no se basaba en el entrenamiento o en la voluntad, sino en la tecnología que tuviera a su alcance para manipular su don. El señor Ray no sabía la primera cosa sobre circuitos eléctricos, pero intuía que en pleno 1016-II a su ex compañero le sería mucho más sencillo hacerse de aparatos interesantes y con más fuerza que los que podía costearse o armar treinta años atrás.

   -Poison Jarabe, Reyna del Desierto, Lagaralto- enumeró Jinete Eléctrico a sus antiguos aliados en combate –Nuestro equipo. Los Sirvientes del Desierto. Tal vez nunca me trataron muy bien, pero teníamos ideales, combatíamos por el pueblo. Me sentía parte de algo importante. Tú, por otro lado, fuiste más allá conmigo, me tendiste la mano. Es tu naturaleza, lo sé, no porque yo fuera especial, sé que no fui tu mejor amigo y te estorbé muchas veces. No era tan fuerte como tú, ni tan hábil como Poison Jarabe. Pero, Dios, que hice lo mejor que pude, y ¿para qué?, ahora no tengo nada, Jarabe está muerta, los otros dos ingratos niegan conocerme, niegan saber de ti. Pero te encontré, gracias a la televisión. No sabía que habías dejado el pueblo y por suerte yo estaba en la ciudad o nunca me hubiera enterado de la asquerosa verdad.

   -Estás exagerando Jinete. Lagaralto y Reyna tienen derecho a seguir con sus vidas sin que nuestro pasado los persiga, tú y yo también- interrumpió el señor Ray intentando razonar con su antiguo aliado.

   -¡No!, no es lo quiero, vine por ti, vine a salvarte, a volver a los tiempos de gloria, se acercan tiempos peligrosos, Don Picoso. Me olvidaste, me olvidaron, pero yo los llevo aquí siempre- dijo Jinete Eléctrico tocando su batería en el pecho como si se estuviera refiriendo a su corazón. El señor Ray lo escuchaba con atención, acercándose poco a poco, ideando alguna manera de calmarlo, le dolían sus palabras. Siempre vio en el joven Rick a un chico triste con mucha necesidad de afecto, malo para relacionarse, grosero y sucio por falta de educación, pero nunca malvado, nunca tan loco como ahora demostraba ser.

   -Aquí estoy amigo. Aquí estoy. Podemos olvidar este día y comenzar de nuevo. Hay otras cosas en la vida además de arriesgar nuestro viejo pellejo, que otros héroes se encarguen, nosotros ya hicimos lo nuestro. Puedo darte trabajo, vivirás bien. Podemos entrenar, ponernos en forma, jugar squash. Ayudar de otras maneras. No tienes por qué hacer esto- la expresión sin pupilas de Jinete Eléctrico cambió ante esa propuesta, parecía triste, a punto de quebrarse.

   -¡No!- gritó nuevamente -No sabes que decepción tengo al ver a mi único verdadero amigo en la vida en este estado. Me das asco, tú, tu restaurante y tu hijo. Nunca imaginé que llegaras a esto y no lo quiero para mí. Prefiero morir con mis poderes y llevarte conmigo a la tumba. En las eternas praderas del Señor podremos comenzar de nuevo. Aquí ya no hay nada para nosotros amigo, ahora me doy cuenta, tienes razón, que otros se encarguen si es lo que quieres. Este mundo nunca me dio nada más que a ustedes y si me voy de menos te llevaré a ti conmigo- la voz de Jinete Eléctrico se entrecortaba bastante, el señor Ray, Don Picoso, se acercaba lentamente con los brazos ligeramente extendidos como un ciego tanteando el terreno, estaba a pocos pasos de su antiguo camarada cuando ambos escucharon las sirenas de la policía acercándose. Jinete Eléctrico se alteró y comenzó a brillar con más fuerza.

   -No tiene que ser así- intentó calmarlo Don Picoso -No te preocupes por lo que pasa allá abajo. No presentaré cargos. Dale una oportunidad a una vida diferente. Con mi comida también ayudo a la gente, contribuyo a la sociedad. Nos estamos haciendo viejos, mi amigo. Por favor, ocupo un compañero para disfrutar mi retiro en unos años. Ayúdame a trabajar lo que me falta antes de jubilarnos juntos y recordar esas glorias. Hay mucho porque vivir, te lo demostraré. Todo esto puede quedar como una anécdota y nada más. Vamos amigo, vamos. Hay esperanza. Aquí estoy, estoy contigo- expresó de todo corazón el señor Ray, deseando verdaderamente solucionar ese problema por las buenas y ayudar a su antiguo aliado. La boca de Rick temblaba, evidenciando duda, dolor y arrepentimiento. Una propuesta tan generosa como aquella sirvió para amedrentar al hosco sujeto, revelando la necesidad de cariño y paz.

   -Amigo…- dijo Jinete Eléctrico sin saber qué hacer. En el fondo seguía siendo aquel adolescente con precarios y disfuncionales poderes, sin familia y con escasas habilidades sociales. En su rostro carente de pupilas se miraba remordimiento y duda. El señor Ray le ofreció su mano robusta y la más sincera sonrisa que pudo esbozar. Ya se encontraban frente a frente a pocos pasos de distancia, a pocos pasos de una época de paz y amistad sincera que tanta falta le hacía ambos.

   -Estás en casa, mi amigo- celebró el poderoso Ray.

   La estabilidad emocional de Jinete Eléctrico se quebró al tomar la mano de Don Picoso. El poderoso chef sintió una horrible descarga eléctrica pero no se inmutó para no perturbar a su aliado. El brillo y los pequeños rayos que emanaban del cuerpo del hombre arrepentido comenzaron a disminuir, sus pupilas volvían lentamente. Ambos señores sonreían melancólicos y toda la frustración previa se le escapó a un esperanzado Jinete Eléctrico en una única lágrima. Una gruesa y tensa lágrima que cayó justo en su reactor eléctrico e hizo explotar todo el restaurante.

Comentarios

  1. gonzalez

    29 abril, 2020

    Me gustó mucho, Moondian. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

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