Inframundo y Modernidad: demonios, vampiros y malditos /Vampirismo sin vampiros

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Con el Drácula de Stocker el vampiro literario alcanza su máxima expresión y entra en su fase de decadencia, gracias a una narrativa que, al tiempo que lo eleva como modelo de la literatura de horror, lo aniquila como héroe villano. Sin embargo, no por ello la puerta que el vampirismo abrió al inframundo moderno se cerró. Por el contrario, más allá -o más acá, habría que decir- de las tumbas, la sangre y las lóbregas edificaciones que la literatura gótica ha de remover para dar con el horror, mucho quedaba aún por decir y contemplar del horror. Si por una parte el vampiro literario se hunde en medio de un heroísmo mojigato llamado a reivindicar el orden burgués de la era victoriana, por la otra su espíritu renace como parte de un esteticismo que lo cuestiona y caracteriza en la narrativa de Wilde, particularmente en la novela El Retrato de Dorian Gray.

También aquí, como punto de partida de la historia, el autor se vale de un dato sobrenatural; como se sabe, el fantástico hecho del envejecimiento y deterioro progresivos de una pintura representativa de un hermoso joven, cuyo modelo, casi cuarenta años después, permanece igual al día en que el autor de la obra la dio por concluida y se la entregó. Éste es el proceso que subyace a toda la trama. Proceso de cuyo estado vamos teniendo noticia a lo largo de su desarrollo y que constituye la medida de la tensión entre ética y estética, realidad y arte que predomina en el relato.

Sin embargo, pese a este dato fantástico, ya no estamos ante la literatura de horror, tal cual la había impuesto desde tiempo atrás el modelo gótico y el vampiro literario. A diferencia de la narrativa de Polidori, Le Fanu o Stocker, la de Wilde no requiere del lóbrego decorado de lo fúnebre, ni de la hemofilia o necrofilia siempre tan decisivas en la narrativa gótica. Ni siquiera requiere de esa esencia tan inexplicable como irracional y maligna del vampiro literario. Por el contrario, es una narrativa en la que predominan los ambientes exquisitos de la clase alta, con sus jardines floridos, acogedoras habitaciones y alegres salones para el intercambio y la tertulia llamada a llenar los espacio de ocio de la alta burguesía heredera del gudto aristocrático. Todos lo ambientes de la historia de Dorian Gray están marcados por el buen gusto y la vitalidad; incluso hasta los escenarios más decadentes, como el teatro pobre y mediocre al que cada noche asiste el joven aristócrata para admirar a la actriz de la que se ha enamorado, pues allí la joven Sibyl Vane interpreta nada más y nada menos que las obras de William Shakespeare. Para la narrativa de Wilde, el horror no es cosa mala ajena a la buena existencia, que, dada la irrupción de lo sobrenatural, súbitamente la asalta, degenera o destruye. Hay un horror inherente a la existencia misma y al que ella misma nos puede conducir, y aún hacerlo por el sublime camino del arte y la belleza.

Dorian Gray no es un vampiro literario. Pero lo inspira un poder de fascinación muy similar al que la literatura romántica siempre asignó a aquel. Wilde lleva este poder de fascinación a un grado de intensidad hasta entonces desconocido y que constituye la esencia trágica del personaje objeto de la historia. De hecho, en el vampiro literario la fascinación es dato accesorio que nos remite a lo aparente alejándonos de lo esencial. La fascinación del vampiro literario tiene una función narrativa fundamental: la del subterfugio, la artimaña del mal capaz de hacer caer a la víctima en la tentación y el engaño. Pero la fascinación que inspira el joven Dorian Gray no es accesoria sino fundamental; no es aparente sino esencial. La fascinación que Dorian Gray inspira no es recurso ni artimaña del mal, porque Dorian Gray está más allá del bien y del mal; no es un vampiro literario, sino un signo del arte y la belleza. Mientras el autor de Melmoth el errabundo asegura en el prefacio que en el mundo no hay el loco que, a cambio de bien alguno y por tentado que sea, esté en la disposición de renunciar a la salvación, Dorian parece haber descubierto cuál sería ese sublime bien, y sin necesidad de ser tentado por demonio alguno:

¿quién, que supiera algo sobre la Vida, renunciaría al privilegio de permanecer siempre joven, por fantástica que esa posibilidad pudiera ser o por fatídicas que resultaran las consecuencias?1

Esto se pregunta Dorian tras la terrible decepción que Sibyl le ha ocasionado al despreciar la ficción del arte por la realidad del amor, y tras la no menos terrible crudeza con la que él ha despreciado a la joven por ello. El joven aristócrata se debate entre el sentido moral y el sentido estético de la existencia temporal, hasta que, de súbito, advierte de aquella mueca de crueldad en la boca del retrato, que es la primera señal de cómo éste refleja su verdadero espíritu. Dorian a arribado a aquello que, por cierto, ya nos advierte Wilde en el prefacio de esta historia:

Todo arte es a la vez superficie y símbolo. Quienes profundizan, sin contentarse con la superficie, se exponen a las consecuencias. Quienes penetran en el símbolo se exponen a las consecuencias.2

Dorian Gray no es un vampiro literario. Pero participa del mismo don de la fascinación, aunque con sentido y significación completamente diferentes. Por eso no ha de sorprender la acusada similitud que existe entre su primer encuentro con el joven pintor Basil Hallward y el que, en muy parecidas circunstancias, sostienen Lord Ruthven y el joven Aubrey en El Vampiro, de Polidori. Ciertamente, aunque de ascendencia aristocrática, Dorian Gray no es todavía un lord. Por el contrario, es muchacho de dudosa alcurnia. Pero el poder de su mirada y personalidad son igualmente absorbentes que los del extraño lord cuya súbita aparición describe Polidori en boca de Aubrey, narrador y personaje principal de la historia del cuento de Polidori. En este caso, la descripción la hace el pintor del retrato a Lord Harry Wotton:

…cuando llevaba unos diez minutos en el salón, charlando con imponentes viudas demasiado enjoyadas y tediosos académicos, noté de pronto que alguien me miraba. Al darme la vuelta vi a Dorian Gray por vez primera. Cuando nuestros ojos se encontraron, me noté palidecer. Una extraña sensación de terror se apoderó de mí. Supe que tenía delante a alguien con una personalidad tan fascinante que, si yo se lo permitía, iba a absorber toda mi existencia, el alma entera, incluso mi arte.3

No sólo las circunstancias del encuentro y sus efectos son prácticamente idénticos -aunque sin duda mucho mejor caracterizados que la escueta descripción de Polidori- sino que, a diferencia de Aubrey, quien, pese al impacto se muestra superficial e inocente, el pintor Basil, del todo subyugado por el encantamiento, se sabe, desde el principio, atado trágicamente al personaje que, a lo largo de la narración, determinará no sólo su existencia y su arte, sino, de hecho, su misma muerte.

Por regla general es encantador conmigo, y nos sentamos en el estudio y hablamos de mil cosas. De cuando en cuando, sin embargo, es terriblemente desconsiderado, y parece disfrutar haciéndome sufrir. Entonces siento que he entregado toda mi alma a alguien que la trata como si fuera una flor que se pone en el ojal, una condecoración que deleita su vanidad, un adorno para un día de verano.4

Sí. Dorian Gray no es un vampiro. Acaso, en cierto modo, sea algo mucho peor que un vampiro. Pues a diferencia de esos muertos vivos que se conforman con absorber la sangre de los que aún viven, Dorian Gray es la vida misma, la mayor expresión de ella -la belleza- que, insaciable, absorbe existencia, alma y arte. Dorian Gray no tiene que morir y, como Drácula, pasar siglos bajo tierra, alimentándose de tiempo y muerte, para hacerse con el mundo. Para algo así, le basta ser joven y ser bello. Porque, en realidad, Dorian Gray ni siquiera necesita hacerse con el mundo, pues lo posee con tan sólo haber nacido. Dorian Gray no es un vampiro que viene a conquistar el imperio, sino el dandy de un imperio que ha conquistado el mundo y no tiene idea de qué hacer con él como para que la existencia tenga algún sentido. Sólo en el arte y la belleza puede encontrar este sentido.

Pero, por otra parte, tampoco es Dorian Gray el villano implacable del vampirismo o la literatura gótica. Ni siquiera es consciente de su poder. En este sentido es, como Aubrey, un inocente. Aun cuando, como es obvio, éste lo era respecto a Lord Ruthven, el vampiro, y Dorian Gray lo es respecto a sí mismo. En este caso, su víctima -el pintor Basil, la primera- es más consciente de su poder que el mismo Dorian Gray. Precisamente su conciencia de sí sólo comienza con la terminación de la obra de la cual es modelo y motivo. Cuando se contempla retratado en ella y advierte en toda plenitud su juventud y su belleza.

Los cumplidos de Basil Hallward le habían parecido hasta entonces simples exageraciones agradables, producto de la amistad. Los escuchaba, se reía con ellos y los olvidaba. No influían sobre él. Luego se había presentado lord Henry Wotton con su extraño panegírico sobre la juventud, su terrible advertencia sobre su brevedad. Aquello le había conmovido y, ahora, mientras miraba fijamente la imagen de su belleza, con una claridad fulgurante captó toda la verdad. Sí, en un día no muy lejano su rostro se arrugaría y marchitaría, sus ojos perderían color y brillo, la armonía de su figura se quebraría. Desaparecería el rojo escarlata de sus labios y el oro de sus cabellos. La vida que había de formarle al alma le deformaría el cuerpo. Se convertiría en un ser horrible, odioso, grotesco. Al pensar en ello, un dolor muy agudo lo atravesó como un cuchillo, e hizo que se estremecieran todas las fibras de su ser. El azul de sus ojos se oscureció con un velo de lágrimas. Sintió que una mano de hielo se le había posado sobre el corazón.5

Y Luego, aquél deseo irrefrenable que terminará por hacerse realidad:

Tengo celos de todo aquello cuya belleza no muere. Tengo celos de mi retrato. ¿Por qué ha de conservar lo que yo voy a perder? Cada momento que pasa me quita algo para dárselo a él. ¡Ah, si fuese al revés! ¡Si el cuadro pudiera cambiar y ser yo siempre como ahora! ¿Para qué lo has pintado? Se burlará de mí algún día, ¡se burlará despiadadamente!6

Pero para ello ha precisado de la confrontación con Lord Harry Wotton, personaje fundamental, suerte de sobre-consciencia de la época victoriana que libera el espíritu del dandy de su hasta entonces amodorrada inocencia de sí y su poder7. Si Stocker reivindica la religión, la moral, la ciencia y el progreso como los bienes supremos que han de salvar a la humanidad del mal, la narrativa de Wilde se conduce y trabaja por debajo de estos valores. Desde una perspectiva estética, esta narrativa se encuentra en una posición diametralmente opuesta al heroísmo pacato, religioso y moralista de Drácula. Desde este esteticismo, el cuestionamiento del orden victoriano no lo representa Dorian Gray, que al mismo tiempo es héroe y víctima, sino que viene por vía del premeditadamente frívolo e irónico Lord Harry Wotton.

Nuestra raza ha dejado de tener valor. Quizá no lo haya tenido nunca. El miedo a la sociedad, que es la base de la moral; el miedo a Dios, que es el secreto de la religión: ésas son las dos cosas que nos gobiernan.8

Expresado del modo más sintético posible, éste es el diagnóstico que el autor hace de la era victoriana. Sobre esta premisa, que apunta directamente al orden moral y religioso, es que trabaja la narrativa del Wilde y su perspectiva esteticista del mundo. El arte es la herramienta llamada a penetrar la verdad de aquel orden, con las consecuencias que ello implica. En este sentido, Lord Harry representa la sabiduría crítica de una sociedad sujeta al racionalismo y carente de imaginación y sentido estético. Para poner en evidencia lo que esta sociedad no quiere ver o ni siquiera sospecha de sí misma, la narrativa de Wilde no requiere de demonios ni de fuerzas malignas sobrenaturales; para ello le basta la conciencia histórica, tal y como queda representada por el dandy culto, maduro y experimentado.

La mutilación del salvaje encuentra su trágica supervivencia en la autorrenuncia que desfigura nuestra vida. Se nos castiga por nuestras negativas. Todos los impulsos que nos esforzamos por estrangular se multiplican en la mente y nos envenenan. Que el cuerpo peque una vez, y se habrá librado de su pecado, porque la acción es un modo de purificación. Después no queda nada, excepto el recuerdo de un placer o la voluptuosidad de un remordimiento. La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal. Se ha dicho que los grandes acontecimientos del mundo suceden en el cerebro. Es también en el cerebro, y sólo en el cerebro, donde se cometen los grandes pecados. 9

El orden burgués, racional y moralista, aplasta la existencia humana en su esencia misma. Mas ni la desaparece ni la cambia, sino que la convierte en fuente de pecado. Esta psicología de la historia es la hipótesis que prevalece a lo largo de toda la narración en El Retrato de Dorian Gray y sobre la que trabaja el espíritu aristocrático representado en el personaje de Lord Harry. Es el sublime ocio del aristócrata culto el que permite apreciar el despotismo del burgués que, como dijera Balzac, es aquél que no sabe nada de nada. El Retrato de Dorian Gray se puede leer como el escenario literario de la lucha entre la sensibilidad estética y la ignorancia supina oculta o disimulada en el orden moral y religioso de la existencia social y que hace de aquella dato o signo del mal. En tal sentido, la narración expresa una tensión fundamental entre el ocio social del dandy y el pragmatismo social del burgués.

Ya hemos visto cómo el vampiro literario participa de un espíritu similar. Por eso la propensión de Lord Ruthven a viajar por lugares exóticos y explorar sus ruinas, como hace en compañía de su víctima en Italia; o el interés de Drácula por la historia y las lenguas. Pero de ello no saca el vampiro conclusión alguna, ni tiene ello consecuencia alguna para su ser mismo, más allá del vulgar dato sociológico de parecer culto y fascinante al entorno social en que se desenvuelve. Mientras que el espíritu aristocrático del dandy, si bien se desenvuelve de manera similar en su entorno colectivo, es, al mismo tiempo, íntima reivindicación del individualismo y una ruptura con ese entorno, determinada, precisamente, por su propensión al arte y la belleza. Las metas del individualismo son las más elevadas, asegura Lord Harry, quien, para definir el mundo moderno, establece una inequívoca correlación entre moralidad y norma:

La moralidad moderna consiste en aceptar las normas de la propia época. Pero yo considero que, para un hombre culto, aceptar las normas de su época es la peor inmoralidad.10

Ciertamente, el vampiro literario participa de un espíritu similar al representado por personajes como Lord Harry y Dorian Gray. Sin embargo, el sentido de lo aristocrático en esta historia ha cambiado por completo, dejando de ser el mero dato del individuo en su entorno social para convertirse en instrumento narrativo de valoración de la individualidad, así como del modo en que el individuo se valora a sí mismo y su entorno social. A diferencia del de Stocker, el aristócrata de Wilde no está concebido desde el terror que inspira al orden burgués, sino desde la inteligencia que, valiéndose del arte y la estética como dimensión narrativa, lo penetra hasta lo más profundo de su degradada realidad. Dorian Gray no es un monstruo sobrenatural que viene a sembrar de horror la bondad de lo humano, sino la mano de la belleza dispuesta a descorrer el velo de la bondad que disimula todo su horror. De modo tal que si en Drácula el aristócrata, que venido del otro lado del Danubio, representa el mal que amenaza al mundo de la cristiandad, la ciencia y el progreso, en El retrato de Dorian Gray representa la conciencia que sobrevive a ese mismo mundo, su ignorancia, su hipocresía, su intolerancia y su cinismo. Y podríamos agregar que, en alguna medida, esto explica por qué, mientras Wilde muere en la absoluta soledad y pobreza, casi al mismo tiempo Rudyard Kipling recibe el Nobel de literatura, lo que bien se puede considerar como un premio a su reivindicación del orden victoriano y el derecho de los pueblos civilizados a conquistar a los que no lo son.

En todo caso, lejos está el joven Dorian Gray de participar de este etnocentrismo civilizador al estilo de Stocker o Kipling. A este respecto, el capítulo 11 de la obra constituye un extenso y muy rico testimonio narrativo de la visión múltiple y diversa del mundo que es inherente al esteticismo de Wilde. Es éste uno de esos capítulos que, desde el punto de vista estructural, hace de bisagra entre el antes y el después de la narración, y en el que el narrador nos muestra cuál ha sido, más allá de los hábitos propios de su condición de aristócrata, el estilo de vida de Dorian Gray durante los pocos menos que veinte años posteriores a la muerte de Sibyl Vane y a la aparentemente efímera crisis moral que ello ocasionara en su persona. Profundamente impactado por la lectura de un libro, que le ha proporcionado Lord Harry y cuyo protagonista -extraña combinación del romántico y el científico- siente reencarnar en los más diversos personajes de la historia, Dorian Gray se dedica a la investigación de las más diversas actividades y temas. Aquel personaje se convirtió en prefiguración de sí mismo, salvo por el hecho de que aquél personaje había perdido su belleza, lo que Dorian Gray tenía garantizado. Mientras su retrato se degrada y deteriora, él permanece incólume en su juventud y belleza. Incluso la fascinación que inspira disimula u oculta su vileza:

Porque la singular belleza que tanto había fascinado a Basil Hallward y a otros muchos nunca parecía abandonarlo. Incluso quienes habían oído de él las mayores vilezas -y periódicamente extraños rumores sobre su manera de vivir corrían por Londres y se convertían en la comidilla de los clubes-, no les daban crédito si llegaban a conocerlo personalmente. Dorian Gray conservaba el aspecto de alguien que se ha mantenido lejos de la vileza del mundo.11

Pero Dorian Gray no se detiene. Busca la experiencia en todas sus formas. Y la busca a partir de una ambición amoral. Desea la experiencia por sí misma, y no por sus resultados. Siguiendo a lord Harry, profesa un hedonismo que salve la vida de ese puritanismo tosco y violento que está teniendo en nuestra época un extraño renacimiento.

…ninguna teoría sobre la vida le parecía importante comparada con la vida misma. Era muy consciente de la esterilidad de toda especulación intelectual si se separa de la acción y de la experiencia. Sabía que los sentidos, no menos que el alma, tenían misterios espirituales que revelar.12

En virtud de estas premisas, Dorian Gray se entrega al estudio de lo más diversos temas. Durante un tiempo lo ocupan los perfumes. Luego se dedica a la música y a dar curiosos conciertos en lo que:

Los ritmos sincopados y las estridentes disonancias de aquellas músicas bárbaras le conmovían en momentos en que el encanto de Schubert, los hermosos pesares de Chopin y hasta las majestuosas armonías del mismo Beethoven no conseguían hacer mella en su oído. Reunió, procedentes de todas las partes del mundo, los instrumentos más extraños que pueden encontrarse, tanto en los sepulcros de pueblos desaparecidos como entre las escasas tribus salvajes que han sobrevivido al contacto con las civilizaciones occidentales, y disfrutaba tocándolos y probándolos.13

Igualmente emprendió el estudio de las joyas y piedras preciosas, y el significado que tenían en las vestimentas y los rituales de las más variadas regiones del mundo. De las misma manera se interesó luego por los bordados y tapices. Reunió colecciones de vestiduras eclesiásticas y demás materiales referentes al servicio de la iglesia. Investigó sobre sus propios ancestros, pero, sobre todo, sobre sus antepasados literarios, que lo fascinaban aún más, por sentirlos más próximos por su temperamento y de cuya influencia era mucho más consciente:

…Había ocasiones en que a Dorian Gray le parecía que la totalidad de la historia no era más que el relato de su propia vida, no como la había vivido en sus acciones y detalles, sino como su imaginación la había creado para él, como había existido en su cerebro y en sus pasiones. Tenía la sensación de haberlas conocido a todas, a aquellas extrañas y terribles figuras que habían atravesado el gran teatro del mundo, haciendo del pecado algo tan maravilloso y del mal algo tan sutil. Le parecía que, de algún modo misterioso, sus vidas habían sido también la suya. 14

Dorian Gray, como Drácula, es un obsesionado por la historia. Pero no porque se alimente, como el conde, del poder acumulado durante siglos de pasado y muerte, sino porque sus personajes despiertan en él una horrible fascinación y ve el mal como un medio que le permitía poner por obra su concepción de lo bello15.

Aparte de hacer de bisagra entre un antes y un después, éste capítulo 11 es una ampliación del espacio narrativo. En virtud de ello pasamos del día día del relato a la caracterización general de la biografía de Dorian Gray, para seguidamente retomar el relato, casi veinte años después. Gracias a un entorno temporal mucho más amplio, el narrador nos da a conocer el estilo de vida aristocrático, dentro del cual configura los interesas y gustos del personaje, las actividades a las que se dedica y el modo en que ello interviene y modela el ser que le es propio. A todo ello subyace la decadencia moral. Esto es algo que sabemos, o más bien intuimos por referencias indirectas y rumores respecto a la conducta del personaje, aún cuando el narrador no describe ninguna acción o escena concreta al respecto. De hecho, se cuida expresamente de ello. Seguramente porque lo que realmente quiere poner en evidencia es la naturaleza de esta decadencia moral, y no sus formas manifiestas.

En efecto. La decadencia moral de Dorian Gray, si bien en alguna medida inherente a su estilo de vida y estatus social, no es, en este caso, dato que sobrevenga al azar en la persona del joven aristócrata, ni mero resultado de condiciones sociológicas y psicológicas. Dorian Gray ha hecho de su propia belleza el sino de su existencia, una expresión particular de la naturaleza que, en apego al esteticismo de Lord Harry, lo lleva a concebirse a sí mismo como una obra de arte de la vida, cuya conciencia sólo puede ver la vida desde la perspectiva del arte y la belleza. Sólo el arte y la belleza justifican la existencia de Dorian Gray. Lo que hace de su biografía una auténtica tragedia, dicho esto en el sentido estricto que el término tenía en el mundo antiguo. La decadencia moral de Dorian Gray es el signo de su trágica existencia. La vida de Dorian Gray ha sido concebida como un drama que se teje en torno a una acción fatal que mueve a la compasión y, al mismo tiempo, al espanto. Y al modo de la tragedia antigua, El Retrato de Dorian Gray es un modo de purificar estas pasiones en el espectador, con el propósito de colocarlo de cara al enigma del destino humano, la pugna entre libertad y necesidad, inocencia y conciencia, pureza y moralidad. Y como toda tragedia, la tensión entre estos principios o valores ha de tener un desenlace funesto. Como dice el mismo Wilde los libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su propia vergüenza16. Esta es observación que hace Lord Harry hacia las postrimerías de la narración y ante la súbita exposición de un Dorian Gray que asegura estar dispuesto a redimirse.

Desde el punto de vista de la trama, el capítulo 11 constituye un momento intermedio de la narración fijado entre dos eventos fundamentales de ella: la muerte de Sibyl Vane y la muerte de Basil Hallward. Ambos eventos marcan, precisamente, el sentido trágico de la historia de Dorian Gray; el inicio y el final del todo trágico -dicho en el sentido aristotélico- que es su biografía. Sibyl Vane se suicida, ciertamente. Pero antes ha muerto artísticamente, y ha muerto a manos de la misma Sibyl que ha sucumbido a su propia amor apasionado por el joven Dorian Gray, su más ferviente admirador y al que cree corresponder con su pasión. Esta es la clave narrativa que define el sentido de la existencia para el joven Dorian Gray. Ante la vergüenza de éste por la pésima actuación de aquella a quien ha convertido en objeto de admiración por ser tan exquisita actriz, la joven Sibyl Vane, a nombre de su amor y sin saberlo en su absoluta inocencia, asesina con su aborrecimiento por el teatro el objeto mismo de admiración de su príncipe azul, cursi manera de referirse al joven aristócrata que la corteja:

Sólo vivía para el teatro. Creía que todo lo que pasaba en el teatro era verdad. Era Rosalinda una noche y Porcia otra. La alegría de Beatriz era mi alegría, e igualmente mías las penas de Cordelia. Lo creía todo. La gente vulgar que trabajaba conmigo me parecía tocada de divinidad. Los decorados eran mi mundo. Sólo sabía de sombras, pero me parecían reales. Luego llegaste tú, ¡mi maravilloso amor!, y sacaste a mi alma de su prisión. Me enseñaste qué es la realidad. Esta noche, por primera vez en mi vida, he visto el vacío, la impostura, la estupidez del espectáculo sin sentido en el que participaba. Hoy, por vez primera, me he dado cuenta de que Romeo era horroroso, viejo, y de que iba maquillado; que la luna sobre el huerto era mentira, que los decorados eran vulgares y que las palabras que decía eran irreales, que no eran mías, no eran lo que yo quería decir. Tú me has traído algo más elevado, algo de lo que todo el arte no es más que un reflejo… Aborrezco el teatro. Sé imitar una pasión que no siento, pero no la que arde dentro de mí como un fuego. Dorian, Dorian, ¿no entiendes lo que significa? Incluso aunque pudiera hacerlo, sería para mí una profanación representar que estoy enamorada. Tú me has hecho verlo.17

Ante este crimen, la respuesta de Dorian Gray no deja lugar a dudas:

Te amaba porque eras maravillosa, porque tenías genio e inteligencia, porque hacías reales los sueños de los grandes poetas y dabas forma y contenido a las sombras del arte. Has tirado todo eso por la ventana. Eres superficial y estúpida. .. ¡Qué poco sabes del amor si dices que ahoga el arte! Sin el arte no eres nada. Yo te hubiera hecho famosa, espléndida, deslumbrante. El mundo te hubiera adorado, y habrías llevado mi nombre. Pero, ahora, ¿qué eres? Una actriz de tercera categoría con una cara bonita.18

Luego sobreviene el arrepentimiento de la joven por decir lo que dijo, la crueldad humillante del joven que la rechaza para siempre, el suicidio de la primera y, tras una breve fase de duda moral al enterarse de su muerte, la ratificación de Dorian Gray en el sentido trágico de aquél evento. Ante una muerte que no lo conmueve como debería conmoverlo, según se espera en estos casos, dice Dorian Gray:

No me gusta esa explicación, Harry -replicó-, pero me alegra que no me juzgues sin corazón. No es verdad. Sé que lo tengo. Y sin embargo he de reconocer que lo que ha sucedido no me afecta como debiera. Me parece sencillamente un final estupendo para una obra maravillosa. Tiene la belleza terrible de una tragedia griega, una tragedia en la que he tenido un papel muy destacado, pero que no me ha dejado heridas.19

Este evento da lugar también al primer paso en la degradación del retrato, que son esos primeros pliegues crueles que advierte Dorian en torno de la boca, con la misma claridad que si se hubiera mirado en un espejo después de cometer alguna acción abominable20. El terrible encuentro entre inocencia real y conciencia estética ha insertado a Dorian Gray en un destino trágico que no lo abandonará hasta el final.

Del otro lado del capítulo 11, el asesinato del pintor Basil Hallward a manos del mismo Dorian Gray marca el inicio de este final. Ya no se trata del sublime joven que sirvió de modelo a aquél infame retrato, sino del hombre infame que, casi veinte años después y pese conservar incólume su belleza, es objeto del juicio moral de su autor. Será el mismo Dorian Gray quien, en las postrimerías del relato e invadido por el arrepentimiento, imputará su asesinato a un instante de locura de terribles consecuencias. Pero esto no es más que la premeditada superficialidad de quien pretende olvidar su crimen. Pues, en realidad, el asesinato del pintor es parte de la misma tragedia iniciada con la muerte de Sibyl Vane veinte años atrás. Si lord Harry representa la sobreconsciencia estética de la época, Basil Hallward representa su moral y religiosidad. Encarnadas en la persona del pintor, esa moral y esa religiosidad han entrado en casa de Dorian Gray para enrostrar al joven aristócrata -que en realidad ya no es tal joven- su infame conducta. El pintor viene a confirmar cuán ciertas con las cosas mas espantosas que en Londres se dicen de Dorian Gray, a lo que este, en aplastante ironía al estilo de lord Harry, responde que, si bien disfruta del escándalo ajeno, no se interesa por el propio, ya que no tiene el encanto de la novedad 21. Ironía con la que el personaje pareciera restar importancia al asunto. Pero que. en realidad, constituye el inicio de un segundo evento crucial. La narrativa de Wilde de nuevo nos ha colocado ante un escenario de confrontación entre libertad y necesidad, inocencia y conciencia, pureza y moralidad, similar a aquel en que tiene lugar la muerte de Sibyl Vane; aunque se trata de otros personajes, otras condiciones, un escenario igualmente trágico en su sentido y funesto en sus resultados.

Más adelante, hacia las postrimerías del relato, el mismo Dorian Gray intentará atribuir su crimen a un terrible instante de locura. Pero esto es sólo el esfuerzo vano de quien pretende olvidar aquello que, en realidad, lo atormenta. Aquél a quien el pintor viene a confrontar ya no es el joven que una vez sirvió de modelo a su mejor obra y del que tanto temía, como confesara a lord Harry, que absorbiera toda su alma de artista. Éste es el hombre cargado de experiencia y conciencia que la ha absorbido, como ha absorbido la de todos aquellos que se han cruzado en su camino o, para mejor decirlo, aquellos en cuyo camino de la inocencia Dorian Gray se ha interpuesto como tentación. Esto es lo que el pintor es incapaz de advertir. Basil Hallward no es sólo un inocente, sino, además, un ingenuo que se ha propuesto confrontar al aristócrata ignorando por completo la obra de arte que él mismo ha creado sin saberlo. En cierto modo, del mismo modo que Sibyl Vane, con su realismo ingenuo, se destruye a sí misma como objeto de admiración, Basil Hallward, con su moralismo, se destruye a sí mismo como creador, pues él es quien, como pintor, ha creado a aquél a quien ahora pretende juzgar como hombre. Su retrato no ha sido más que el nefasto medio, el reservorio de podredumbre y decadencia sobre el que hasta entonces se ha sostenido la pureza y belleza de Dorian Gray. Por ello decide éste mostrar al pintor su obra. Voy a mostrarte mi alma. Voy a mostrarte esa cosa que, según imaginas, sólo Dios puede ver, dice a Basil Hallward quien está a punto de asesinarlo. Y acto seguido retoma aquél momento crucial:

Hace años, cuando no era más que un adolescente -dijo Dorian Gray, aplastando la flor con la mano-, me conociste, me halagaste la vanidad y me enseñaste a sentirme orgulloso de mi belleza. Un día me presentaste a uno de tus amigos, que me explicó la maravilla de la juventud, mientras tú terminabas el retrato que me reveló el milagro de la belleza. En un momento de locura del que, incluso ahora, ignoro aún si lamento o no, formulé un deseo, aunque quizá tú lo llamaras una plegaria…22

Al inicio el pintor se niega a aceptar que ése, que representa un sátiro, sea su retrato. Y, luego de convencerse de ello, sólo atina a conminar a Dorian Gray para que recen juntos:

La plegaria de tu orgullo encontró respuesta. La plegaria de tu arrepentimiento también será escuchada. Te admiré en exceso. Ambos hemos sido castigados. 23

Éste es el punto máximo de tensión, a partir del cual se desata el odio irrefrenable de Dorian Gray, que termina apuñalando al pintor. La narración del asesinato en sí nos sugiere que es el mismo lienzo el que inspira este odio incontrolable hacia Basil Hallward, como si se lo hubieran susurrado al oído aquellos labios burlones. Y, como es de esperar, de alguna manera el retrato ha de participar en la terrible escena. Pero esta participación va mucho más allá del tenebroso susurro. En tanto que representa el alma de Dorian Gray, el retrato es la esencia misma de este drama funesto que no es sino la continuación de la tragedia que comenzó con la muerte de Sibyl Vane. Si esta primera muerte tiene la belleza terrible de una tragedia griega en la que la joven actriz, con su suicidio real, ha jugado un papel estelar, la de Basil Hallward participa de una belleza similar, propia de un episodio de la misma tragedia en que el papel estelar ha correspondido al mismo Dorian Gray. Pero esta vez se trata de un episodio que no tendrá oportunidad de compartir con nadie, y al que ha de seguir, hasta el final, el tormento.

..La fealdad era la única realidad. La trifulca vulgar, el antro repugnante, la violencia brutal de una vida desordenada, la vileza misma del ladrón y del fuera de la ley, tenían más vida, creaban una impresión de realidad más intensa que todas las elegantes formas del Arte, que las sombras soñadoras de la Canción. Eran lo que necesitaba para alcanzar el olvido.24

Si a Stocker le hubiera tocado escribir El Retrato de Dorian Gray a partir del capítulo 12, probablemente Basil Hallward no hubiese muerto y Dorian Gray se habría salvado gracias a la oración y el arrepentimiento. Seguramente habría logrado una nueva vida y, a los efectos, celebrado una hermosa boda con Hetty Merton 25. Pero, pese a que cada vez más Dorian Gray es presa del arrepentimiento, lord Harry, que lo conoce mejor que nadie, incluso más de lo que Dorian Gray se conoce a sí mismo, tiene más que sobradas razones para no creer en ello:

Bien quisiera cambiarme contigo, Dorian. El mundo no se cansa de denunciarnos a los dos, pero a ti siempre te ha rendido culto. Y siempre lo hará. Eres el prototipo de lo que busca esta época nuestra y tiene miedo de haber encontrado. ¡Me alegro muchísimo de que nunca hayas hecho nada, de que nunca hayas tallado una estatua, ni pintado un cuadro, ni producido nada distinto de tu persona! La vida ha sido tu arte.26

Pero Dorian Gray no es un héroe gótico decadente en plena era de la moral, la ciencia y el progreso, sino la decadencia misma de una época que cree poder salvarse de su propia conciencia de sí gracias a la moral, la ciencia y el progreso. Todos llevamos dentro el cielo y el infierno, dice Dorian Gray.

Pese a su propósito de enmienda -en cierto modo expresión de su eterna soberbia, como él mismo lo advertirá en su momento- Dorian Gray no alcanza nunca redimirse. La experiencia carece de valor ético. Lo único que realmente demuestra es que nuestro futuro será igual a nuestro pasado, y que el pecado que hemos cometido una vez, y con amargura, lo repetiremos muchas veces, y con alegría27, asegura lord Harry. Condenado a su conciencia y experiencia, la belleza de Dorian Gray terminará siendo esa fuente del vano arrepentimiento y objeto de repugnancia28. Sólo le queda destruir aquel retrato, lo que de alguna manera equivale a su suicidio, su último papel en esta tragedia en la que ha consistido su existencia.

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1Oscar Wilde. El Retrato de Dorian Gray. p. 199

2Oscar Wilde. Op Cit. p. 199

3Oscar Wilde. Op Cit. p. 16

4Oscar Wilde. Op Cit. p. 26

5Oscar Wilde. Op Cit. p. 49

6Idem p 52

7Éste es el personaje que libera al joven Dorian Gray de su inocencia y, más que su inocencia, de su ignorancia respecto de sí mismo como verdadera obra de arte de la vida (p. 109). No sólo advierte su belleza, sino también su espíritu sensible, y hasta el toque trágico de su biografía, que es propio todas las cosas exquisitas (p. 68). “Sí; trataría de ser para Dorian Gray lo que él, sin saberlo, había sido para el autor de aquel retrato maravilloso. Trataría de dominarlo; en realidad ya lo había hecho a medias. Haría suyo aquel espíritu maravilloso. Había algo fascinante en aquel hijo del Amor y de la Muerte.” p. 70

8Idem p 36

9O. Wilde, El Retrato de Dorian Gray. p. 37

10Oscar Wilde. El Retrato de Dorian Gray p, 147

11Oscar Wilde. El Retrato de Dorian Gray. p. 237

12Oscar Wilde. Op Cit. p. 247

13Oscar Wilde. Op Cit. p. 249

14Idem p, 268

15Idem p, 272

16…”Mi querido muchacho, es cierto que estás empezando a moralizar. Muy pronto saldrás por ahí como los conversos y los evangelistas, poniendo a la gente en guardia contra todos los pecados de los que ya te has cansado. Eres demasiado encantador para hacer una cosa así. Además, no sirve de nada. Tú y yo somos lo que somos, y seremos lo que seremos. En cuanto a ser envenenado por un libro, no existe semejante cosa. El arte no tiene influencia sobre la acción. Aniquila el deseo de actuar. Es magníficamente estéril. Los libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su propia vergüenza”… Oscar Wilde. El Retrato de Dorian Gray. p. 406

17Oscar Wilde. El Retrato de Dorian Gray. p. 162-163

18Idem. p. 164

19Idem. p. 188. Ratificación en la cual no deja de intervenir la sobreconsciencia de lord Harry: “Para ti, al menos, siempre ha sido un sueño, un fantasma que revoloteaba por las obras de Shakespeare y las hacía más encantadoras con su presencia, un caramillo con el que la música de Shakespeare sonaba mejor y más alegre. En el momento en que tocó la vida real, desapareció el encanto, la vida la echó a perder, y Sibyl murió. Lleva duelo por Ofelia, si quieres. Cúbrete la cabeza con cenizas porque Cordelia ha sido estrangulada. Clama contra el cielo porque ha muerto la hija de Brabantio. Pero no malgastes tus lágrimas por Sibyl Vane. Era menos real que todas ellas. Idem. p. 194”

20Véase Idem p. 169

21-No es demasiado lo que te pido, y hablo únicamente en interés tuyo. Creo que es justo que sepas que en Londres se dicen de ti las cosas más espantosas. -No quiero saber nada de eso. Me encantan los escándalos acerca de otras personas, pero las habladurías que me conciernen no me interesan. Carecen del encanto de la novedad. Idem p. 276

22Oscar Wilde. El Retrato de Dorian Gray. p. 289

23Idem p. 291

24Oscar Wilde. El Retrato de Dorian Gray. p. 245

25¡Una vida nueva! Eso era lo que necesitaba. Eso era lo que estaba esperando. Sin duda la había empezado ya. Había evitado, al menos, la perdición de una criatura inocente. Nunca volvería a poner la tentación en el camino de la inocencia. Sería bueno. Idem. 411

26Idem. p. 404

27Oscar Wilde. El Retrato de Dorian Gray. p. 111

28…”Su belleza le había perdido, su belleza y la juventud por la que había rezado. Sin la una y sin la otra, quizá su vida hubiera quedado libre de mancha. La belleza sólo había sido una máscara, y su juventud, una burla. ¿Qué era la juventud en el mejor de los casos? Una época de inexperiencia, de inmadurez, un tiempo de estados de ánimo pasajeros y de pensamientos morbosos”… Oscar Wilde. El Retrato de Dorian Gray. p. 410

Comentarios

  1. Luis

    6 abril, 2020

    Da más pavor y terror esta entrega de tus horrores literarios, que el resto. Por una sencilla razón: el mal no es simple chapa y pintura, maquillaje ocasional, ni villano de mentirijillas, como los otros- vampiros, etc-, si no que acusa de un planteamiento radicalmente opuesto: el mal es el mal, y existe, o nace, de lo profundo de la existencia o de la vida. Leí la novela en su tiempo, cuando corresponde hacerlo, es decir, de jovencito, cuando todavía no se comprende nada, pero se desea casi todo. Y me fascinó, por supuesto. Aunque luego recapacité y me dije que así no iba a ninguna parte, como, en parte, me pasó. Buen texto, explicativo, y narrativamente portentoso. Un abrazo Óscar y mi voto ferviente!

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