Mors non est finis

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Los muertos nunca regresan de la tumba, y si por alguna extraña razón lo hicieran, sería una abominación que, ni las mentes más desequilibradas podrán comprender. Pero en ocasiones lo que creemos verdad absoluta, se empieza a desdibujar; una línea que al principio es bien marcada, pero cuando volvemos la mirada, ésta se empieza a difuminar, trayendo consigo horrores inimaginables.

Llovía a no más poder, relámpagos recortaban tétricamente la silueta de la pequeña casa, el viento gemía y entraba por las rendijas de puertas y ventanas. Sumido en unas penumbras, tan solo perturbadas por una lámpara de luz mortecina, se encontraba el hombre más desgraciado del mundo. Su esposa Raquel, había muerto de una grave enfermedad hacía ya un año. Incontables doctores visitaron su cabecera, pero ninguno pudo encontrar la verdadera razón de sus pesares. La joven mujer murió de madrugada, cuando su esposo aún dormía. Sus gritos y lamentos despertaron a vecinos y uno que otro forastero se debió persignar con la piel de gallina. Pero por muy extraño que parezca, su conyugue ni se inmutó. Al siguiente día toda clase de rumores corrían por el pueblo; mentiras o verdades, tan sólo lo podría corroborar o desmentir, los propios labios amoratados de la difunta. Afligido por un dolor que le apuñalaba el pecho cada noche, una idea, fuera de este mundo y sus principios más básicos, empezó a nacer o más bien a surgir de las entrañas de la locura. Había encontrado, en un libro antiguo y polvoriento, un apartado que, en letras casi ilegibles, que decía: Mors non est finis. Con cada palabra que leía se horrorizaba más; un infernal sentimiento de lanzar el libro a la chimenea se enfrentaba a la esperanza de volver a ver su Raquel. No es de sorprender quién venció. Cumpliría a cabalidad con todas las instrucciones del libro maldito, no sin despreciarse a cada momento por lo que intentaría hacer, fuera ilusión o realidad.

Por fin la noche escogida había llegado, anunciada por ladridos de perros y el graznar de las aves. Era la última advertencia que la naturaleza le daba a quién estaba a punto de corromper el curso de la vida. El primer paso había sido enterrar en su propio jardín, huesos de pequeños animales domésticos. Pala en mano caminó hacia el cementerio.  La desgastada puerta gimió desgarradoramente cuando el hombre entró al camposanto, maleza y árboles se mecían sin descanso. Estuvo contemplando por un momento la lápida de su amada, hasta que el temblor surgió de sus pies, luego subió por sus piernas; en un inútil arrebato de valentía, tomó la pala con todas sus fuerzas y empezó a cavar con el único ánimo de encontrase con la muerte. Palada tras palada, pequeños y rápidos movimientos despertaban a las falanges. La sangre oscura y helada, surcaba venas y un pecho que ya no latía, volvió a respirar. Arriba, en el mundo de los vivos, empezaban a caer las primeras gotas de lluvia. La pala se estrelló contra la madera, siendo este el único y preciso momento en que se unían la vida y la muerte. Un fuerte golpe surgió de la tapa del ataúd, casi al mismo tiempo que un trueno rompía en el cielo. Estuvo de pie, sin moverse, con más estupefacción que miedo, hasta que logró dimensionar todo y éste último se aferró de su cuello. Completamente arrepentido de lo que acaba de hacer, lanzó la pala y corrió antes de que el terror lo paralizara, mientras a sus espaldas golpes cada vez más fuertes empezaban a quebrar la madera; y la voz de la que había sido su esposa, le llamaba entre lamentos, para que le regalara algo de calor a su helado cuerpo. No quería mirar hacia atrás, pero cuando estaba pasando por el umbral de la puerta, una curiosidad totalmente demencial, hizo que se diera la vuelta y estuviera a punto de desmayarse al ver la mano cadavérica que se aferraba a la tierra pantanosa. Se dijo a sí mismo que aquello no era real y volvió a correr, atravesando la lluvia que empezaba a convertirse en tormenta.

 

Alguien que perteneciera a este mundo, se estaría ahogando allí, en medio del agua pantanosa que empezaba a llenar el agujero, pero ese alguien no necesitaba aire desde hacía algún tiempo. El cuerpo surgió, arrastrándose, con obscenos y desagradables movimientos.

 

Cuando entró empapado a su casa, se quedó apoyado contra la puerta, temblando de frío y terror. No quería creer que esto fuera una realidad, así que rápidamente prendió la chimenea y se sentó en frente de ella para calentarse un poco. Después de unos minutos, su latir empezó a volver a la normalidad, y ya se había calentado lo suficiente para creer que nada de eso había sucedido. Lo único que le inquietaba era la lluvia, que se volvía más fuerte a cada momento. Las ganas de llorar le vencieron, así que lloró, con la chimenea incapaz de alumbrar lo suficiente, y el viento  al otro lao de la puerta, clamando a gritos su nombre.

Comentarios

  1. Esruza

    27 abril, 2020

    Buen cuento, Sebastián

    Saludos y mi voto.

    Estela

  2. The geezer

    2 mayo, 2020

    Buenísimo este relato espectral, se lee en un suspiro, enhorabuena !
    César

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