Muerte, Pena y Milagro: un giro inesperado

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Muerte se sentía aliviada luego de salir de la habitación del hospital. Un largo pasillo la esperaba por delante y sabía que durante 1 hora, Pena no la molestaría con sus lamentaciones, -que trabajo más desagradable el de Pe, tira por la borda lo sublime de mi tarea– pensaba.

Le decía Pe. Pensaba que era más musical y alegre y a pesar de que parezca raro, esa sola sílaba permitía que la rutina diaria junto a Pena, se hiciera más agradable. Suavizaba un poco, la amargura que la caracterizaba.

Muerte nunca entendió porque su trabajo impecablemente realizado, terminaba en un charco emocional. ¿Cuál sería la razón por que le habían designado a Pena?, ¿Haría algo mal?, ¿Acaso era una supervisora encubierta?, ¿Cómo podría saberlo?

Como sea, pensaba que a Pe le tocaba ejecutar una tarea indigna y desclasada. Los seres terrenales pasaban toda su vida recorriendo un largo y espinoso camino, y en vez de honrarlo y celebrar el gran salto, Pe transformaba el momento cúlmine en sólo lástima, abominable sentimiento al que acostumbraba a someter a todas las personas que rodeaban el cuerpo frío y deshabitado. La honra para Pe, era una asignatura pendiente que quizá vendría con el tiempo y en segundo lugar.

Era difícil trabajar con Pena. MUY. Y para colmo de males, Muerte venía de una mala temporada y estaba mas flaca que de costumbre. Sólo le quedaban ese día un par de almas para liberar. Era una cifra mínima para una jornada. Mientras renegaba meneando la cabeza de un lado hacia el otro, recordó los tiempos de bonanza en los que todos los días, tenía mucho trabajo. Cada alma hacía crecer rápidamente su cuerpo y expandía su poder, –culpa de los laboratorios, no saben lo que hacen- se repetía una y otra vez.

En verdad le ponía amor y empeño a su trabajo. Para ella era un arte sacar la energía vital de un cuerpo. Morir, tan sublime como nacer, tan necesario como vivir. El ritual que ejecutaba desde tiempos remotos, iba siendo cada vez más exquisito.

Salió de su ensimismamiento. Volvió a la plena conciencia de su tránsito por el pasillo del hospital en donde había iniciado su trabajo. Hacia el fondo que comenzaba a dejar atrás, se escuchaban las lamentaciones de una pareja que acababa de presenciar el fin de la vida en el cuerpo, de un familiar cercano. Hacia adelante en un banco, un niño jugaba con un celular. Con la fuerza de una ráfaga de viento, Muerte usó las posibilidades de la telefonía móvil, como transporte.  El teléfono cayó repentinamente al suelo y para cuando el niño lo recogió, Muerte ya estaba dentro de un taller mecánico.

 

…”Chiquitita you and I Know

How the heartaches come and they go

And the scars they’re leaving”….

 

El tema musical “Chiquitita” del grupo Abba, sonaba en la radio y también se escuchaba dentro del motor de un Torino tuneado. Metido medio cuerpo hasta la cintura, un hombre tarareaba la canción con su precario inglés, sin registrar su pantalón grasiento y caído que dejaba ver la mitad de su trasero peludo. Muerte espera detrás de él. Mira el reloj y como aún faltan unos segundos, recorre con sus cuencas vacías, las paredes del espacio húmedo. Para su sorpresa, en una de ellas descubre un almanaque del ‘79 con la fotografía de una modelo a la que justamente había liberado la semana pasada. Muerte sonríe al ver el hallazgo, piensa que fue uno de sus mejores trabajos. Mira nuevamente el reloj y cuando se da cuenta que se le han pasado unos segundos, sin dejar de mirar el almanaque baja la mano y toca el brazo izquierdo del hombre que cae al piso. Le llamó la atención que siendo de gran porte, apenas escuchó su caída; bajó la vista y quedó atónita al advertir que no se trataba del mismo hombre. Por cholula y distraerse mirando a Norma Bufarilla (la del almanaque) no se dio cuenta que 2 segundos antes, el mecánico le pidió al ayudante joven que con su mano delgada alcanzara una tuerca que se había quedado atascada en el motor.

Problemas. Problemas y más problemas para la Muerte. Metió la mano en un cuerpo que no debía. Su mandíbula comenzó a chirriar de los nervios; no podía parar el sonido, aun sujetándose el cráneo con ambas extremidades huesudas.

Entre tanto, llegaba Pena que traía una gran retención de líquidos, tras haber generado una enorme cantidad de lágrimas en los ojos de quienes, en el hospital una hora antes, y con motivo del accionar de Muerte, despedían un familiar. El agua llama al agua y Pena sabía de eso. Almacenaba gota a gota como un camión cisterna. Más hinchada que nunca y presta a provocar otro mar de lágrimas, miró a EME y le preguntó:

–       –¿Qué pasa Muerte?

–       – ¡Qué se yo…Bufarilla!, culpa de Bufarilla!

–       –¡Ah Normita…si si me acuerdo…que buen trabajo el nuestro!… Pero, ¿qué tiene que ver Norma?, ¿Qué pudo haber salido mal si me cansé de hacer llorar a sus fans la semana pasada…?, Ay no , ¡No me digas que la enterraron viva y te levantaron en peso!

–        –No no….Bufarilla…po..por mirar a Bufarilla….tartamudeaba Muerte.

–        –¿Qué pasó???

–        –Pasó que…puse a dormir a otro!!!!

–        –Noooo….-respondió Pena, que shockeada, se llovió encima.

 

Tanto duelo, tanto líquido acumulado, terminó empapando el piso, que apareció de repente inundado, caracterizando un fenómeno sobrenatural. El mecánico que intentaba reanimar el cuerpo de su asistente, vio de la nada aparecer un charco gigante, –cosa e’mandinga- pensó. Pero no le dio demasiado crédito. Además, no le temía a nada, al menos hasta ahora que su asistente a quien tenía en negro trabajando desde hacía 5 años (y desde que tenía 15) se había convertido en un serio problema para él desde el momento en que yacía muerto en medio del taller.

Mientras tanto, Pena consolaba a Muerte. Animada a buscar una solución le dijo –Ya sé… ¿y si llamamos a Milagro? – La muerte resopló con resignación y sirviéndose de sus falanges esqueléticas para señalar, apunto uno a uno al tiempo que decía –Los únicos que trabajamos hasta los domingos somos: culo con peluca, su asistente muerto, vos y yo. Milagro nunca atiende un domingo. Nunca. Milagro está sobrevendido. Mucha fama por lo poco que hace. ¡Puro marketing eclesiástico!-  enfatizó indignada.

Mal día para la muerte. Pensaba que Pena aún era peor de lo que había imaginado. Ahora no sólo le quitaba estilo a su trabajo, sino que no aportaba ninguna solución. Y lo peor de todo: se había convertido en testigo de su propia ineficiencia. Mientras miraba a su alrededor y pensaba en una solución que la sacara de apuros, vio cómo el mecánico limpiaba la grasa de las manos de su asistente y le sacaba la remera sucia para vestirlo con una camisa gris topo, una corbata que solo usaba en ocasiones muy especiales y unos zapatos viejos pero lustrados, que al asistente le quedaban un poco holgados. Al principio Muerte interpretó erróneamente esto de desvestir y vestir, y se le revolvió el aire entre sus costillas crujientes. Pero luego se dio cuenta de que el objetivo de todo eso, lejos de ser freak, respondía a la necesidad de no tener problemas con la AFIP.  Muerte quedó apenada y pensativa, y viendo lo miserable que era el mecánico pensó que en verdad no merecía aun el toque de sus dedos huesudos. –Te falta mucho– pensó. –Y te falta mucho, mucho, porque después de esto, a mi me pasan a trabajos pasivos-

Mientras tanto, algo se ponía más peludo que el trasero del mecánico, quien llamaba al 911 para avisar que un cliente había tenido un accidente en el taller.

 

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