Taxidermia

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Desde hace rato ya que el sol se mete por entre los paños de la cortina que cubre la ventana. En línea fina y recta, la luminosidad opaca del amanecer divide en dos la visual desde la cama. La podredumbre del esfuerzo cotidiano. que a esta hora ya se ha apoderado de la calle, trepa por las paredes del edificio hasta el quinto piso, se mete por la ventana, impregna el ambiente de la habitación. Y hasta el silencio que en ella aún prevalece hiede a calle. Lo que allí yace, en esa cama, aún envuelto en su cobija, soy yo. O, según mis cálculos, debería ser yo.

Hace un rato que mi mujer se levantó. Dijo que voy a llegar tarde a la oficina. Siempre lo dice así, sin mirar a ese yo que ya despertará, según ella. Lo dice mientras se pone la bata y alisa su cabello. Es un hermoso cabello. Acto seguido, salió de la habitación, no sin antes insistir, como siempre hace, en que voy a llegar tarde a la oficina. Ahora lo repite desde la cocina, mientras enciende la estufa y dispone todo lo necesario para colar el café. Y ya sabemos que habrá de repetirlo un par de veces más antes de retornar a la habitación con la taza servida. Así me he vuelto de lento para salir de la cama. Por fin, aroma de café. Eso debería ayudar. Ya debí haber abierto los ojos. Pero en realidad no puedo asegurar si se trata de la percepción del aroma, o de su sola recordación.

Salvo por estos detalles que me confunden, hasta este instante, nada parece haber cambiado en una rutina que ya dura más de veinte años. Es la hora a la que normalmente ingreso al mundo, como siempre, por la puerta de atrás y mi taza de café en los labios. Durante cada amanecer esa dulce amargura ha simbolizado mi rito de iniciación en el culto de la mediocridad cotidiana. El mismo ritual, la misma puerta, la misma estrechez anónima por la que ingresan todos los mediocres que, como yo, han hecho del deber rutina y de la rutina el despliegue silente, sordo y contumaz de su fracaso. Después de todo ¿qué es la rutina de cada cual sino el suceso lastimoso, inopinado y aciago de su propia cotidianidad? Con la conciencia advertimos nuestra existencia, y con la rutina la perpetramos, sin que haya modo alguno de deshacernos de aquella.

Es la hora a la que, sentado a una orilla de la cama, mientras me estiro y bostezo, soy un viejo reptil saliendo de entre el matorral de la noche a la turbia ensenada de la jornada. Así, sigiloso, voy completando poco a poco mi acto de aparición en las arenas del día a día para el que me he entrenado toda una vida. Conozco el proceso de memoria. Me sé de arena. Sólo que hoy, pese a la paciente y rutinaria insistencia de mi mujer, ya no pienso en llegar tarde a la oficina. Por lo que puedo deducir, llegué a donde todo tiene que llegar. Será necesario algo más que café para sacarme de la cama. Mi mujer se encargará.

Sin embargo, parada a un lado de la cama, aún con la taza de café en las manos y mientras la coloca con cuidado en la mesita de noche, ella vuelve a insistir en que llegaré tarde a la oficina. Lo cual está dentro de lo normal. Cómo me conoce. Ahora dejará que suene el despertador. Siempre pendiente de que el despertador suene media hora antes de lo necesario, porque ya sabemos lo lento que soy para salir de la cama. Un día, le dije, eso no será necesario, pues algún día no tendré que salir más de la cama. Recuerdo esa sonrisa inmaterial mientras yo, como siempre, asía la taza de café de la mesita y tomaba el primer sorbo. Quizás ese día haya llegado. Pero ella sigue esperando que abra los ojos, agarre la taza y, tras el primer sorbo del aromático café, inicie mi relato.

Tengo la costumbre de relatar a mi mujer los sueños que me acontecen mientras duermo. Es el tipo de hábito que adquieres sin saberlo y sin proponértelo; por el simple hecho de compartir los mismos cincuenta metros cuadrados durante toda una vida. Lo cual lo hace mucho menos simple de lo que pensamos cuando estamos metidos en la compartición y que, visto a cierta distancia, como ahora, muestra sus más sorprendentes -cuando no espeluznantes- detalles. Ahora puedo advertir que, a los efectos, mi relato de cada día viene a llenar ese vacío que se abre entre dos que ya no tienen nada qué decirse. No creo que esto sea algo malo; sólo algo que indica que un relato puede ser mucho más real que la realidad que creemos compartir. Esto es algo que se nota más cuando no sueño y, por lo tanto, nada tengo qué decir o, más bien, que nada tenemos qué decirnos, pues, en lo que atañe a mi mujer, no es lo mismo el silencio de quien escucha un relato que el silencio de quien nada tiene qué decir. Dicho en otros términos, convierto mi sueño en un relato que habla por los dos. Al menos así ha sido hasta hoy.

La importancia de este hábito ha llegado a ser tal que a veces, no lo sé, creo que sueño para tener yo algo que decir y ella que escuchar, de modo de no tener que vernos forzados al mutuo silencio. El silencio de uno puede ser, incluso, virtud; pero entre dos es una trascendencia más absoluta que la misma muerte. Hace tiempo ya que mi mujer y yo dejamos de creer en el cliché de la comunicación. Cuando un hombre y una mujer tienen algo que comunicarse es porque no se conocen y pretenden decírselo todo, o porque se conocen lo suficiente como para saber que nada tienen que decirse. Sólo creo en el relato. La convivencia no es otra cosa que un relato acerca de cómo sobrevivir entre dos a la realidad de vivir juntos. Pero esto es algo que ya escapa a mi control como narrador y que mi esposa, como oyente, tendrá ahora que determinar por sí sola. Estoy seguro de que sabrá sobrevivir.

Con el tiempo he perfeccionado mi relato. Siempre comienzo con un resumen claro y preciso del asunto. Normalmente, esta primera fase no toma más tiempo que el que dura tomar mi café. La narración prosigue mientras me acicalo y me visto. Si es preciso, incluyo comentarios al margen, que no son en sí mismos parte del sueño, pero que, junto con los ajustes artificiales que hago al nudo de la corbata o el trenzado de los zapatos, me permiten matizarlo, achicarlo o agrandarlo a nuestra mutua conveniencia. Entiendo que los escritores hacen algo parecido, acaso no con la corbata y los zapatos. Pero jamás ha pasado por mi mente convertirme en algo así. Yo no narro para ser escritor, sino para sobrevivir hasta que llegue la muerte. Después de todo, siempre estamos narrando, pues existir no es otra cosa que actuar en la narración que nos inventamos para ello. Antes de despedirme con el beso de costumbre, mi relato queda concluido. Ni un minuto más ni un minuto menos. Nada que falte o sobre. Nunca llego tarde a la oficina.

Si hoy no hay relato no será porque no haya soñado. Pero hoy mi rutina ha colapsado. El tema de hoy es que anoche me acosté vivo y soñé que había muerto. No hay en mi sueño acción de muerte en sí. Tras abrir la puerta de una fría sala de laboratorio, me he topado con mi cadáver. Antes de terminar de entrar, quedo contemplando ese cuerpo que ahora soy tendido de largo a largo en su desnuda biología inanimada. Observo la sola carne yerta, blanca sobre el blanco de la mesa, que por sí mismos considerados no son el mismo blanco, pero que, de conjunto, se definen entre sí. Mi horizontalidad es perfecta, como sólo un cadáver puede serlo. Entonces terminé de entrar a aquella sala. Visto bata blanca de laboratorio y guantes de cirujano cubren mis manos. Sin angustia ni apresuramiento procedo con el desollamiento, como habría hecho con cualquier otro animal. Realizo mi tarea con la mayor frialdad y parsimonia. Al final, donde una vez hubo irracional movimiento ahora hay algodón apretujado, y donde una vez hubo ojos ahora hay vidrio. Los párpados han sido forzados a sostenerse abiertos y sostener la idea de que desde allí algo mira. Hasta el momento en que se apaga la luz, soy al mismo tiempo el taxidermista y la pieza. Una vez terminado el trabajo, apago la luz y me marcho. Dejé a solas el cadáver que yo era y desde el que ahora me digo lo que me digo. Aunque mi mujer insista en que voy a llegar tarde a la oficina, para mí no hay tiempo. Habré de ingeniármelas para narrar este sueño. Eso es en lo que pienso.

Al verme así, intenté moverme y sacudirme aquella quietud tan curiosamente autoimpuesta. Me habría conformado con mirar, oír, tocar, oler o saborear cualquier cosa. Pero nada. Por último, el olvido hubiera sido un bien en mí, si lo hubiera tenido. Siempre me dije que la vida no tenía sentido alguno. Pero de lo que ahora se trata no es del sentido de la existencia, sino de que carezco de todo sentido que me conecte con ella. Mi sueño ha cortado toda relación con el mundo sensible pero, al mismo tiempo, guardo memoria de ella. Esto sí que es no tener sentido y ser consciente de ello. Entonces el aroma de café no venía de la taza con que mi mujer entró en la habitación y que, como es costumbre, depositó en la mesita de noche, sino de la memoria de mi experiencia acumulada. O sea que no es aroma, sino una imagen -en este caso, olfativa. Como probablemente lo sean la luminosidad del amanecer, los ruidos de la avenida y los silencios de la habitación, y hasta mi mujer alisando su cabello, la hermosura de su cabello, y la voz con la que intenta sacarme a tiempo de la cama para que no llegue tarde a la oficina.

No sé si es posible que, después de muerto y pese a ello, la conciencia temporal que de sí pueda tener un individuo perdure más allá de la finitud que le corresponde a su existencia temporal. Pero, de ser así, esta conciencia sin tiempo, la pesadilla de recordar por la eternidad nuestra existencia finita en el mundo sensible sin nada sentir sería el verdadero infierno. No puedo imaginar otro peor que el de contemplar infinitamente nuestra finita inutilidad. No hay otro infierno que el de morir y desear haber muerto completo.

Desde el momento en que se apagó aquella luz, lo he revisado todo una y otra vez. Al salir por la puerta por la que entré, ha dejado de haber puerta. En mi horizontalidad sé que el más ínfimo detalle podría hacer añicos esta quietud, desintegrar ese planeta de mi cadáver vagando en el universo de mi conciencia en que este sueño me ha convertido. Para ello bastaría encender esa luz y que volviera iluminarse esta sala, o que el más rastrero de los bichos dejara escuchar el sutil rasgueo de sus patas al cruzar el suelo. Cualquier percepción me haría retornar al mundo sensible del que esta sueño me ha sacado. Despertaría y hasta puede que pudiera llegar a la hora a la oficina. Sólo un instante sería suficiente para escapar de esta pesadilla. Pero no hay instante donde no hay tiempo. Y donde no hay tiempo nada sucede. Mis piernas y mis brazos no responden porque, en realidad, no son míos, sino del cadáver que preparé y, al salir, dejé en aquella sala, sobre aquella mesa, tras apagar la luz, sin tiempo. ¿Qué duda puede caber? Soy preso de mi propia pesadilla. En la que no hay salida porque estoy metido en ella, en la salida, digo.

Conclusión. Los surrealistas decían que el sueño es la otra posibilidad de ser. Borges pensaba lo mismo. Y Cioran decía que pasamos toda la vida haciéndonos de una conciencia para luego no saber qué hacer con ella ni cómo deshacernos de ella. Por otra parte, como bien sabemos, el horror de la pesadilla proviene, precisamente, de la conciencia que tenemos del hecho de estar soñando y, pese a ello, no poder despertar. La pesadilla, entonces, bien podría ser un estado de sobre-conciencia en virtud del cual no estamos en el infierno, sino que somos el infierno de nuestra propia conciencia. Ésta es la hipótesis que hoy he podido comprobar. De ella puedo deducir que este mesón en el que ahora reposo muy bien podría ser mi cama, el laboratorio mi habitación. Por lo tanto, sé que bien podría levantarme, tomar, como siempre hago, la taza de café que mi mujer ha dejado en la mesita, y dar inicio a mi relato de hoy. Ni siquiera hay por qué llegar tarde a la oficina. Todo es cuestión de abrir los ojos, como mi mujer espera que haga. Y lo habría hecho ya, si no fuesen de vidrio.

http://cartapacioweb.blogspot.com/

 

Comentarios

  1. Luis

    30 abril, 2020

    Soy ya mayor para elucubrar o elaborar nuevas o novedosas teorías al respecto de los surrealistas y su mundo- siempre me las pasé intentando demostrar mi ingenio fatalista, i`m sorry mi amigo-. En cuanto a tu texto, genial como es habitual, y un tanto desesperanzado, vaya, como siempre en ti, pienso. Pero es de una vitalidad excepcional. Un saludo Óscar y mi voto!

  2. Cartapacio

    2 mayo, 2020

    Si. Como bien dices, ya uno está algo viejo para ciertas cosas. Yo espero que esta hipótesis sea del todo falsa, pues si algo hay que me inspire horror es la más leve posibilidad de que el más mínimo rasgo de la conciencia con la que nos hemos conducido -bien o mal- en nuestra existencia temporal nos sobreviva. No son los vampiros, las brujas ni la momias; ni siquiera la muerte. Lo único que me horroriza es pensar en la más remota posibilidad de que, cuando sea que corresponda, no morir completo. Gracias por tu comentario, Luis.
    Un abrazo
    Oscar

  3. The geezer

    2 mayo, 2020

    Desde que pasé por esta frase :»Siempre lo dice así, sin mirar a ese yo que ya despertará, según ella» , me quedé atrapado en este relato, maravillosamente meticuloso en los detalles de la convivencia que más de uno comprederemos. Y esa pesadilla y realidad al mismo tiempo, he de decir que es un temor compartido!!
    Un saludo y enhorabuena por esta historia.
    César

  4. Cartapacio

    5 mayo, 2020

    Epa, César. Ya sabes cómo es. El más mediocre detalle de la cotidianidad puede ser una puerta a lo incierto que a la literatura toca abrir. Muchas gracias por tan generoso comentario. Es de los que compromete.
    Saludos
    Oscar

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