Aquellos días grises

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Hacía frío aquellos días. Si no encontrabas un refugio en el que pasar por la noche, podías darte por muerto. Lo veía todos los días. Gente congelada en calles y cunetas. Sus harapos eran ahora mi ropa.

Durante el día no dejaba de caminar. La comida era difícil de conseguir. Cada jornada era una búsqueda constante para dar con algo que llevarse a la boca. La humanidad se había visto obligada a convertirse de nuevo en un animal nómada, cazador y recolector, para sobrevivir.

Otros se habían unido en grupos. Yo viajaba solo. No me gustaba la idea de estar rodeado de gente hambrienta. De todas formas, hasta las personas habían comenzado a escasear. Muchos habían muerto en la primera oleada, pero la mayor parte desapareció en las siguientes. El hambre y la escasez de medicinas fueron más despiadadas que el Ejército. Y ahora el frío se unía a la guadaña.

El Sol apenas calentaba cuando llegué a la ciudad. La luz era más débil cada día, el aire más turbio. Un cartel desvencijado decía Bienvenido a Saledra. El nombre no me sonaba. Llevaba demasiado tiempo caminando sin rumbo.

La ciudad parecía un esqueleto desnudo. Daba escalofríos. Pero el hambre me mordía el estómago. Decidí internarme a pesar de todo.

En la mochila sólo me quedaba una ración de comida. Recurría a las raciones solo cuando al llegar la noche no había encontrado otra cosa que tragar. Esa situación se venía repitiendo los últimos tres días seguidos.

Rebusqué por todos los rincones de aquella ciudad muerta y no encontré alimento ni para alimentar a una rata. Las cosas se estaban poniendo realmente feas.

Cuando empezaba a oscurecer me puse a recoger leña para encender una hoguera en el edificio más protegido que encontré. Entonces oí los aullidos del perro. Chillaba como si le estuvieran arrancando las entrañas.

Me acerqué. En una pequeña plaza cuadrada, un hombre prendía un fuego bajo los soportales. El perro estaba a su lado, luchando por liberarse de las cuerdas que tenía atadas a las patas. El animal era un saco de huecos. El hombre poco más que eso.

Seguí observando desde mi escondrijo. No quería que me viera. El hombre llevaba una escopeta de caza al hombro y un cinturón repleto de cartuchos. La gente se había vuelto peligrosa aquellos días.

Echó algo a las llamas para avivar el fuego. Sentí ganas de acercarme para absorber el calor. Tiritaba de frío. Pensé en regresar a mi refugio, pero para que aquel tipo no me descubriera no podía encender mi hoguera, y esa era una perspectiva desalentadora.

Seguí acechando. Comencé a sentir los ojos irritados por el humo. El hombre de la escopeta cogió una viga de madera y la encajó por entre las ligaduras de las patas del perro. Levantó al animal usando la viga, lo acercó a las llamas y se puso a asarlo vivo. Los aullidos se volvieron espeluznantes.

Me entraron ganas de lanzarme contra él pero la escopeta me detuvo. Yo estaba desarmado, era vulnerable. Me limité a seguir mirando cómo el pelaje del perro desaparecía al calor de las llamas. El olor a pelo quemado llenó el aire. Los pataleos y los chillidos fueron bajando de intensidad. El perro dejó de moverse y de emitir sonidos, muerto o desmayado, no importaba ya.

El desgraciado sostuvo al perro todavía unos minutos más sobre las llamas, girándolo de un lado a otro. Después alejó el cuerpo, ya muerto sin duda, del fuego. Sin esperar a que enfriase, comenzó a hincar los dientes en él y a arrancar pequeños trozos de carne.

Sentí náuseas pero no vomité. Tenía el estómago demasiado vacío. Lo peor de todo fue que al mismo tiempo que me golpeaban las nauseas, sentí que la boca se me hacía agua por el hambre. Fue horrible.

Esperé a que el tipo concluyese su cena, confiando en que después se durmiese. Quería apoderarme de la escopeta.

No tardó en empezar a roncar como un caballo. Me acerqué intentando no hacer ruido. La escopeta estaba vez más cerca. El volumen de los ronquidos aumentaba. Podía sentir el calor de las brasas. Ya rozaba la culata con los dedos cuando algo salió de entre las sombras y me embistió. Rodé hasta caer de bruces dos metros más allá. Cuando conseguí revolverme vi que cuatro manos sujetaban la escopeta y luchaban por apoderarse de ella. El recién llegado era una mujer.

Lo más sensato hubiera sido salir por piernas de allí mientras aquellos dos estaban ocupados, pero yo también codiciaba la escopeta. Me incorporé y me lancé a la lucha pero fui demasiado lento.

La mujer dio un rodillazo en el estómago al asesino del perro. Las piernas le flaquearon y las manos cedieron. La mujer se hizo con la escopeta y hundió siete veces la culata en la cara del hombre. Sonó a huesos rotos. Tan sólo había recorrido la mitad de la distancia que me separaba de ellos cuando la vencedora se giró hacia mí y me encañonó.

—¡Lárgate! —gritó—. ¡Vete si no quieres ver la mitad de tu cabeza saltando por los aires!

No rechisté. Comencé a dar pasos cortos hacia atrás. La mujer no me quitaba el ojo de encima. El hombre convulsionaba en el suelo.

—¡No te pares! —volvió a gritar la mujer. Me pregunté a qué esperaba para disparar y si tenía pensado hacer conmigo lo mismo que el hombre había hecho con el perro.

—¡Pega el culo al muro y no te muevas!

Asentí con la cabeza y obedecí. No podía hacer otra cosa, tenía miedo. Al contacto con el muro, me sentí como un condenado frente al pelotón de fusilamiento. Me consolé imaginando una muerte rápida.

—Querías la escopeta, ¿verdad?  —dijo la mujer, acercándose.

No contesté.

—Claro que la querías —dijo con una mirada demente—. Pero yo la he cogido antes, y no puedes hacer nada.

Enmudeció y de pronto su mirada se volvió serena. Agregó con frialdad:

—Pero no te impacientes, cuando termine con ella será toda tuya. Sólo la necesito un momento.

Dejó de apuntarme con el arma, se llevó el cañón a la boca y disparó. Sus dientes salieron volando hacia delante y sus sesos se esparcieron sobre el hombre. Solo entonces me di cuenta de que había dejado de convulsionar.

El cadáver de la mujer se desplomó en el suelo, y con él la escopeta. Yo temblaba miserablemente, pero el hambre volvió a agujerearme el estómago. Me tragué la cara de espanto, recogí la escopeta y la munición, también la ropa de los muertos que podía servirme, y regresé a mi refugio. Tomé media ración de comida al calor de las llamas. Mientras comía no pensé en lo sucedido. Después me dormí abrazado a la escopeta.

Todos estábamos tocando fondo aquellos días.

Me desperté con una erección. Había soñado con Elia. Realmente no se llamaba así, pero es lo más parecido a su nombre que consigo recordar. Era una chica escandinava, noruega o sueca. Rubia, alta y delgada, como salida de un molde. En el sueño reviví la noche en que la conocí. Me la presentaron en una fiesta de estudiantes pero apenas pude hablar con ella, otro de los invitados se le pegó como una sanguijuela y desplegó una estrategia de aislamiento y acoso. Él era típico cretino fanfarrón que hacía del desprecio a las mujeres la clave de su éxito. Quizá por eso las mujeres no le ponían nervioso. A mí sí en aquella época.

Cuando terminó la fiesta y llegó la hora de peregrinar por los bares, la perdí de vista. Me sorprendió encontrármela mucho más tarde, en el último local abierto, liberada por fin del aquel tipejo. Elia no eran de las que se dejaban engatusar, bravo por ella, pensé.

Al verme se acercó a mí. Ella no hablaba español, y mi inglés era poco más elocuente que el de Tarzán. Pero de alguna manera conseguimos comunicarnos, y cuando los dueños del bar nos invitaron a largarnos su boca estaba besando la mía. Ni siquiera había imaginado que aquello pudiera suceder. Era más alta que yo, y sus labios eran estrechos, frescos y suaves.

Después de besarme me cogió de la mano, me llevó a su casa y me metió en su cama. Sus pechos eran compactos y tenía pezones diminutos. El pubis, lampiño y rubio y envuelto en piel lechosa y fría. Por dentro Elia era cálida, húmeda y ceñida.

Sólo estaba de paso en la ciudad. Al día siguiente de acostarnos se fue y nunca más volví a verla. Yo era virgen hasta que entré en ella.

El hambre desarmó mi erección. Devoré mi última mitad de ración en el desayuno y me olvidé de Elia.

Abandoné la ciudad en dirección a las montañas. Había perdido la esperanza en las ciudades. A no ser que la pólvora fuese comestible, pensé, cazar algún animal era mi única opción de llevarme algo más a la boca ese día. Ahora tenía una escopeta y munición, tal vez eso equilibrara un poco la balanza.

Presencié la escena escondido tras unas rocas. Llevaba varias horas de ascenso por aquel terreno torturado cuando oí los gritos.

—¿Qué queréis? —preguntó desde el suelo un hombre con la cara ensangrentada. Tendría al menos diez años más que yo.

—Explícale a esta rata quienes somos —ordenó un individuo rubio al que acompañaban cinco hombres más. Uno de los cinco se adelantó, se agachó ante el herido y apoyó la punta de un cuchillo desgastado entre sus ojos. Mirándolo con crueldad, dijo:

—Nosotros somos los que ponen pies y cabeza al caos.

El ensangrentado intentó revolverse pero no pudo. Sus piernas terminaban en dos muñones chorreantes. Los pies amputados estaban en el suelo, a su lado.

Dos de los hombres que obedecían al rubio se adelantaron y sujetaron al mutilado por los brazos. Los otros dos tipos no se movieron. Uno de ellos sostenía las correas de tres dogos rabiosos. El otro llevaba un hacha al cinto. Completaban la jauría seis caballos escuálidos.

—Bien dicho —aprobó el rubio—. Los que ponen pies y cabeza al caos, esos somos nosotros. Y ¿sabes una cosa? Andamos faltos de cabezas. ¡Cortádsela y guardadla con las demás! Después, trocear el cuerpo. Los perros pronto tendrán hambre. A la mujer la quiero viva.

Entre los tres obligaron al mutilado a morder el suelo. Si solo tuvieran hachas y cuchillos, los hubiera acribillado a disparos, pero ellos también llevaban escopetas. Por eso seguí observando desde mi escondrijo, agazapado como un cobarde.

Antes de quedar inmovilizado por completo, el hombre sin pies consiguió orientar la cabeza hacia una mujer que yacía inconsciente en el suelo, a unos tres de metros de él. No la había visto hasta entonces. Clavar la mirada en ella fue lo último que aquel desventurado hizo. El del hacha se acercó, desenfundó el arma y, de dos golpes brutales, le cercenó la cabeza. El olor de la sangre excitó a los perros.

 Entre todos, menos el rubio, despedazaron el cadáver y metieron los trozos en un fardo que goteaba sangre. Guardaron la cabeza aparte, en un cesto. Al terminar, cargaron todo en los caballos, incluida la mujer, y se fueron galopando.

Me aseguré de que estaban bien lejos antes de salir de entre las rocas. En el lugar había utensilios de comida desperdigados. En una cazuela encontré algo de carne a medio cocinar. Salivé nada más verla. Estaba metiéndomela en la boca cuando escuché un ruido a mi espalda. Me giré, blandiendo la escopeta. Atisbé una presencia. El pánico me oprimió la columna y presioné el gatillo.

Cuando el cañón de la escopeta dejó de humear me di cuenta de que había disparado a una muchacha.

Estaba de pie frente a mí, inmóvil. En las manos sostenía ramas y trozos de madera seca. Tenía una melena pelirroja, rizada y enmarañada, que le colgaba encima del hombro derecho. En el lado izquierdo, sin embargo, el cabello le terminaba asimétricamente a la altura de la oreja, chamuscado.

La muchacha dejó caer la leña contra el suelo pedregoso.

—¿Estás herida? ¡Dime que no lo estás! —supliqué. Estaba seguro de que de un momento a otro iba a caerse muerta. Dejé la escopeta en el suelo y me acerqué a ella.

—Quieto —gruñó envarando su cuerpo menudo.

Tenía el rostro aniñado pero la mirada dominante.

—¿Qué has hecho con Andrea y Luis? —preguntó con una voz que dejaba claro que, salvo por el pelo volatilizado, estaba de una pieza.

Recogí la escopeta y le expliqué lo que había ocurrido. No me creyó.

—Te doy mi palabra —insistí—. ¿Crees que los llevo guardados en el bolsillo? Comprueba las huellas y te darás cuenta de que no miento.

Me rodeó manteniendo las distancias y rastreó el terreno. La sangre se había mezclado con la tierra pero todavía era visible. También las pisadas de los cascos de los caballos y mierda de perro. Se le humedecieron los ojos un tanto, pero eso fue todo.

—Lo siento —dije—. ¿Eran tus padres?

—No. Viajábamos juntos, nada más —respondió. Volvió a interrogarme sobre lo sucedido. Se lo conté todo de nuevo y me escuchó sin pestañear. Parecía que comenzaba a creerme.

—¿Vienes del oeste? —preguntó.

Asentí.

—Por como devorabas la carne y tu aspecto deduzco que has pasado hambre. Hacia el este encontrarás más de lo mismo. Lo sé porque vengo de allí. En el sur ocurre otro tanto o peor. Andrea y Luis me lo advirtieron cuando los encontré. El único camino posible es hacia el norte, por dónde fueron esos cerdos. Yo me dirijo hacia allí. Te aconsejo que hagas lo mismo —dijo.

—Esa gente es cruel y peligrosa. Y tú propones meternos en la boca del lobo —protesté.

—Cierto, pero tú tienes una escopeta. Eso nos da una posibilidad.

Sonreí con amargura.

—Ellos también tienen armas. Y ya has visto lo mal que me manejo con la mía. Apenas te rocé la melena cuando te disparé —reconocí.

Por primera vez relajó la expresión de su cara, hasta me pareció ver asomar una ligera sonrisa en sus labios.

—Te enseñaré —dijo.

El primer aviso de que algo terrible se estaba gestando me llegó de Sara.

—Antes solía comprar flores para decorar mi habitación —me dijo una mañana de diciembre—, pero dejé de hacerlo. Y también dejé de desayunar fuera, de fumar, de comprar libros —añadió antes de sumirse en un silencio mohoso.

Sus palabras, de alguna manera, encendieron mis temores. Sara era la mujer más inteligente que había conocido, y su angustia resultó ser todo un presagio. En apenas unos meses todos nos vimos obligados a renunciar a nuestras comodidades, y antes de darnos cuenta empezamos a carecer de lo más básico. No fueron necesarias bombas ni campos de exterminio. El propio Sistema se devoró a sí mismo.

Llevábamos horas caminando. La muchacha seguía el rastro dejado por los caballos y yo la seguía a ella. No dejaba de preguntarme por qué lo hacía. Quizá ya no soportaba seguir deambulando solo y sin rumbo. O tal vez el sueño con Elia había despertado mi deseo sexual, tanto tiempo dormido.

La muchacha me atraía. Sin embargo, su edad era un misterio que me perturbaba. Las facciones aniñadas de su rostro y su cuerpo, aparentemente sin curvas —al igual que el mío, estaba bajo incontables capas de ropa— le daban el aspecto de una estudiante de primer año de universidad, como mucho. No me gustaba esa idea. Pero la actitud, el tono firme de la voz y la mirada de sus ojos oscuros eran más propios de alguien de más edad. ¿Cuál de sus dos facetas era la verdadera? No dejaba de preguntármelo.

Durante el día me daba lecciones de tiro. No me dijo cómo había aprendido, pero era evidente que sabía lo que hacía. Por desgracia, no podíamos desperdiciar cartuchos, así que eran clases estrictamente teóricas. No sabría si mi puntería había mejorado hasta que nos encontrásemos en una situación de vida o muerte. Aquello no era nada tranquilizador.

Una día al comenzó a llover sin parar. El agua anegó el camino que transitábamos y borró las huellas de los caballos. La humedad nos caló de frío hasta los huesos a pesar de las innumerables capas de ropa. Ella insistió en seguir adelante, rumbo al norte. Yo repuse que debíamos desviarnos y buscar un refugio para pasar la noche. Se negó a escucharme. Continuamos avanzando. Al cabo de un rato sus dientes comenzaron a rechinar al compás del repiqueteo de la lluvia.

—Si sigues haciendo ese ruido nos escucharán a un kilómetro de distancia —le dije de malas maneras, acusando el cansancio. Me lanzó una mirada abatida y asintió.

Poco después vimos la iglesia.

Estaba al otro lado de un río, detrás unos árboles esqueléticos. No había más edificios alrededor. Más allá de la iglesia se alzaba una pequeña colina. El lodazal que pisábamos se extendía hasta el río. No vimos ningún paso cerca, así que decidimos vadearlo a pie.

No cubría demasiado, pero el aguacero constante había conseguido que el torrente de agua fluyese con violencia. Comenzamos a cruzar el cauce aferrándonos a las rocas que sobresalían. Yo marchaba delante. Ella me seguía a dos pasos de distancia. Debido a su baja estatura pronto le costó seguir avanzando. Dejé que me alcanzase y le propuse que se ayudara apoyándose en mí. Me hizo caso esta vez. A pesar de que la mortificante agua helada me alcanzaba por la cintura, su mero contacto me erizó la piel.

Alcancé la orilla opuesta, subí a tierra trepando y me di la vuelta para tenderle la mano. El desnivel era de más de un metro. Ella se agarró y empezó a ascender. Entonces una sensación dolorosa estalló en mi pantorrilla derecha, por debajo de la corva.

Eché un vistazo y vi que fluía sangre sobre mi tobillo. Ella todavía se aferraba mi mano y trataba de salir de la corriente. Reuní las fuerzas que me quedaban y la lancé fuera del río. Al hacerlo, la pierna me falló, perdí el equilibrio y caí al agua.

La lluvia arreció en ese momento, la corriente ganó impulso y me arrastró. Agité las manos hacia a todas partes en busca de algo a lo que aferrarme. Fue inútil. Me deslicé río abajo, oyendo los gritos de la muchacha cada vez más alejados. El lecho del río estaba plagado de rocas afiladas contra las que me golpeé una y otra vez. Me entraba agua a puñados dentro de la garganta. Tuve que olvidarme de la muchacha y concentrarme en no ahogarme.

Más adelante la corriente alcanzó un remanso y por fin conseguí abrazar la orilla. Salí del agua y eché a andar de vuelta a la iglesia. El dolor en la pierna se volvió cruel y me mareé. Me dejé caer en el barro para recuperar el aliento y me desmayé mientras vomitaba.

El recuerdo más nítido que conservo de mi infancia es doloroso. Como todos los años, pasaba un aburrido e interminable verano en casa de mis abuelos, en una aldea remota. Una mañana, entre cachivaches viejos, encontré una hamaca llena de polvo. Corrí a colgarla en el jardín.

Cuando las ataduras me parecieron estables me subí a la hamaca, dispuesto a tomar el sol de manera diferente. Los nudos que había atado cedieron al instante y caí contra el suelo. En el impacto, mi codo izquierdo se topó con algo más que hierba y tierra. Posiblemente un guijarro, tal vez otra cosa. Me hice un corte profundo en el vértice del codo. La sangre comenzó a salir. Cuando flexionaba el brazo algo blanquecino y macilento asomaba en el fondo del tajo. Hueso, tendón o ligamento, nunca lo supe.

Sentí pánico a que mi madre me descubriera, así que cubrí la herida con un vendaje improvisado y, a pesar de que hacía calor, me puse una camisa de manga larga para ocultar la venda.

Al principio funcionó, pero un par de horas más tarde mi tapadera se volvió en mi contra. Había que mover unos muebles en la casa, y tenía que echar una mano. Acudí conteniendo el aliento.

Mi madre no era tonta. Al verme con la camisa puesta en un día caluroso como aquel enseguida sospechó que le ocultaba algo. Me preguntó con aspereza qué era. Respondí que nada una, dos y hasta tres veces. Mi madre no insistió más.

—Entonces, a trabajar —ordenó agriamente, harta de mí.

Empecé a mover muebles. Cada vez que flexionaba el brazo la visión de aquella muesca macilenta y palpitante en el fondo de mi carne asaltaba mi imaginación.

Me cocía en aquella atmósfera opresiva que el calor y el esfuerzo de cargar con los muebles provocaban. Sudaba, casi jadeaba. Pero sobre todo recelaba cada vez que me cruzaba con mi madre. La notaba mirarme con desconfianza, como si lo supiese todo pero se callara para darme una lección.

Me tragué el dolor y la culpa y seguí cargando hasta la última silla. Lo peor de todo era que tenía la certeza de que mi madre me iba a reventar a regañinas si descubría la herida. Sabía que se enfadaría aunque no había sido más que un torpe accidente. Temía que, como siempre, mi madre reaccionara como si hubiera habido maldad en mis actos, en lugar de preocuparse por mi bienestar sobre todas las cosas. Por eso me lo callé.

Al terminar la tortuosa tarea me despedí de mi madre y me largué a la casa de mi tía, donde sabía que no había nadie a aquellas horas. Me abracé el codo y rompí a llorar. Pensaba que no iba a poder doblar el codo nunca más porque, cada vez que lo hiciera, el tajo volvería a abrirse. Y al final mi madre me descubriría.

No me explico cómo lo conseguí, pero mi madre nunca se enteró. En aquella ocasión evité su mirada desaprobadora. La herida se cerró en unos días, pero la cicatriz me acompañó para siempre.

Cuando desperté el dolor se desplazó del codo a la pierna. Tosí y escupí antes de abrir los ojos. Todavía era de noche. Había dejado de llover y se veía la Luna.

Estaba empapado y aterido de frío, tenía los dedos rugosos y sentía el cuerpo lleno de golpes y magulladuras en al menos veinte sitios distintos. En la pantorrilla derecha tenía clavada una rudimentaria flecha, de un palmo de largo. La herida había dejado de sangrar.

Me levanté apoyándome en la escopeta, que milagrosamente seguía colgada a mi espalda, y comencé a cojear río arriba.

La iglesia era en realidad una vieja ermita, tétrica bajo la luz de la Luna. Un pequeño pórtico cuadrangular resguardaba la entrada. Rodeé el edificio y comprobé  que no había más puertas de acceso.

A través de las troneras se filtraba una luz anaranjada procedente del interior. Trepé agarrándome a las irregularidades del muro de piedra y me asomé a un ventanuco. Lo que vi parecía sacado de otro universo.

El interior de la capilla estaba fantasmagóricamente iluminado por una docena de teas que pendían de las paredes, y frente al altar ardían varios asientos de madera. A la derecha del fuego, en un espacio perpendicular a la nave central, había una mujer amordazada, atada de pies y manos a una cruz en forma de aspa. Reconocí la melena asimétrica de la muchacha. Su ropa estaba en el suelo. Lo único que cubría su desnudez era una red de cuerdas y ataduras que se extendían desde sus muñecas hasta los tobillos, pasando el cuello, el pecho y las ingles.

Un hombre vestido con sotana negra se personó delante de ella, impidiéndome seguir viéndola. Aunque me daba la espalda, me di cuenta de que el sacerdote estaba acariciándola. Un torrente de cólera me sacudió.

Empuñé la escopeta y de un culatazo rompí el vidrio del ventanuco. El sacerdote se volvió hacia a mí. Le descargué un disparo en el estómago.

Descendí del muro y corrí hacia la entrada de la ermita. El portón estaba cerrado. Intenté echarlo abajo embistiéndolo con el hombro, pero no cedió. Blandí de nuevo la escopeta y detoné un cartucho tras otro sobre la madera hasta hacerla saltar en astillas. La tranca se quebró y el portón se abrió de par en par. Entré. Algo me pasó rozando la mejilla derecha y se clavó en el portalón. Era una flecha como la que tenía clavada en la pierna. Me puse en cuclillas y avancé encogido, escopeta en mano. Otra fecha voló rozándome el brazo izquierdo. Me aposté tras una fila de asientos de madera, a la derecha de la nave, y disparé hacia donde venían las flechas. El sacerdote surgió de detrás de una fila izquierda de bancos y echó a correr hacia la salida. Cuando atravesaba el umbral le acerté un disparo en la espalda. Cayó de bruces y no volvió a moverse. Me acerqué, apunté a la cabeza y apreté de nuevo el gatillo.

Después fui a donde estaba la muchacha. Seguía sujeta a la cruz, luchando por liberarse de las ataduras. Las cuerdas le presionaban y raspaban la piel. Contemplé de nuevo su desnudez, fascinado porque ante mí se había desvelado al fin el misterio de su cuerpo, un cuerpo maduro que no tenía nada de niña.

—¿Piensas ayudarme o te vas a quedar mirando? —protestó cuando consiguió liberarse de la mordaza. Avergonzado, balbucí una disculpa y la ayudé a desatar las cuerdas.

Primero se vistió y después se acercó al cadáver del cura sádico. Le escupió en la cara. Aquel simple acto fue suficiente para que recobrase la entereza.

—Tú puntería ha mejorado mucho —dijo.

—Una pena que ya no quede munición —respondí. Me agaché y cogí el arco del muerto—: ¿También sabes disparar con arco?

Me miró y sonrió.

Decidimos pasar la noche en la ermita. Necesitábamos descansar y recobrar fuerzas, y no éramos escrupulosos. No en aquellos días.

Dejamos el cadáver del cura fuera, a merced de las alimañas. Atrancamos lo que quedaba de la puerta con una fila de asientos de madera.

Encontramos productos de primeros auxilios con los que tratamos nuestras heridas —yo me arranqué el trozo de flecha que llevaba clavado en la pantorrilla y la muchacha se limpió un corte que el cura le había hecho en la cabeza—. En un cuenco había carne y arroz, dimos cuenta de ellos y guardamos lo que sobró en nuestras mochilas.

A la mañana siguiente, al despertamos, notamos un olor pestilente en toda la ermita que no habíamos percibido antes. Provenía de la sacristía. Entramos y no vimos nada allí que explicase el hedor, pero sí una puerta a la cripta. Tuvimos que taparnos la nariz al entrar porque el olor allí dentro era repulsivo. Encontramos la causa al tercer paso: había tres cadáveres en el suelo, los tres de mujeres. Estaban todas desnudas, descoloridas y salpicadas de moretones y abrasiones. Sentí la sangre centellear en las venas.

Quemamos la ermita y nos fuimos.

Cuando sonaron las alarmas ya era demasiado tarde. No solo fue una destrucción planificada de la economía. Fue un colapso agrícola—financiero con repercusiones ecológicas y meteorológicas. El clima se volvió más extremo, se sucedieron sequías, inundaciones y heladas. La escasez de alimentos por malas las cosechas agravó todavía más los problemas sanitarios y la miseria. Los fertilizantes y pesticidas desempeñaron un papel importante. Su alto grado de especialización había menguado tanto las capacidades de los cultivos para subsistir por sí mismos que, cuando se agotaron —debido a que las fábricas que los producían cerraron—, las pocas plantaciones ecológicas que quedaban se fueron también a pique.

El estilo de vida al que nos habíamos aferrado durante décadas se declaró en quiebra. Las grandes poblaciones se sumieron en el caos. Huelgas, crímenes y levantamientos populares contra las fuerzas del orden se multiplicaron. Fueron reprimidos con tanta brutalidad que las ciudades pronto quedaron deshabitadas.

Tuve otro sueño sexual, otro recuerdo. Una noche, en un pub, al abrir la puerta del cuarto de baño me encontré frente a frente con una chica con la falda subida y las bragas bajadas. Tenía el vello púbico recortado en una línea vertical del grosor de un dedo. El pubis negro contrastaba con la palidez de sus piernas delgadas y estilizadas por unas botas altas blancas.

Escuché gritos. La chica estaba acompañada por dos amigas. Cerré la puerta, más divertido que intimidado. Mientras esperaba fuera recordé que la puerta del baño tenía la cerradura rota. Comprendí que las tres chicas habían entrado a la vez para sostenerla, pero las compañeras se habían olvidado o habían pasado del tema. Sentí un poco de culpa por haberla sorprendido de aquella manera, pero al mismo tiempo no era capaz de dejar de saborear la imagen de su pubis recortado.

Cuando se abrió de nuevo la puerta, dos de las chicas pasaron de largo, pero la tercera, a la que había sorprendido, se detuvo delante de mí. Tenía pelo largo, moreno, y un ojo de cada color, uno marrón y otro verde. No se mostró avergonzada ni enfadada, sino todo lo contrario. Me lanzó una mirada traviesa.

—¿Te gustó lo que viste? —dijo.

—Mucho.

—Claro. ¿Qué te parece si tú me enseñas lo tuyo, para estar en igualdad? Sería lo justo. Y si me gusta lo que veo…

Una hora después le estaba quitando la ropa en su casa. Ella hizo lo propio conmigo, después me agarró el pene y en un santiamén me colocó un preservativo. Comenzamos a joder frente a frente, con vehemencia, besándonos, mordiéndonos y mezclando nuestros sudores. Después la giré, me abracé a sus pechos y seguí moviéndome dentro de ella como un animal en celo. Las paredes de su entrepierna estimulaban cada vez con más ímpetu mi pene, y no tardé en correrme a sacudidas dentro del condón.

Al recuperar el aliento fui al cuarto de baño, tiré el condón y meé. Mientras, ella se puso la ropa interior. Regresé a la habitación y dormí con ella esa noche.

A la mañana siguiente volvimos a acostarnos, pero de una forma más pausada y con una buena dosis de preliminares.

Continuamos viéndonos durante varias semanas, pero no teníamos apenas nada en común aparte del sexo. Y cuando el sexo perdió la frescura de los primeros días dejó de ser tentador. Un día nos dijimos adiós y pronto nos olvidamos el uno del otro.

El deseo es volátil.

La muchacha nunca me dio las gracias por lo ocurrido en la ermita, pero su actitud hacia mí cambió. Se volvió más cercana. Incluso, de una manera sutil, más afectuosa. Ahora estábamos unidos. Algo impensable para mí en aquellos días.

Las siguientes jornadas de marcha fueron silenciosas —a ninguno de los dos nos gustaba hablar—, pero era un silencio cómodo, complaciente y cálido pese a los monocromos días grises de frío, hambre y lluvia.

Como no nos quedaba munición, puse otra vez en cuestión lo apropiado de continuar hacia el norte. No logré convencerla y pronto dejé de insistir. Acepté que yo iría a dónde ella fuese. La muchacha era lo mejor que me había pasado desde el Colapso. Y si pensaba en antes del Colapso, la conclusión era la misma.

La importancia de los sueños: una noche —mucho antes de aquellos días— soñé que me diagnosticaban cáncer. En el sueño, podía sentirlo y verlo. Era una sustancia  blanca amarillenta que devoraba mi pecho por dentro, extendiéndose dolorosamente. Se parecía a lo que veía al doblar el codo y abrirse el tajo que me había hecho al caer de la hamaca.

Me desperté tiritando de miedo y dejé de fumar desde día para siempre. De vez en cuando vuelvo a tener la misma pesadilla recurrente.

Fueron tres días de penosa caminata, en especial para mí debido a que cojeaba. Evitábamos las carreteras principales. Al mediodía del tercer día vimos la nave industrial. Era un edificio aislado, con un pequeño cobertizo contiguo. Estaba emplazado en medio de un bosque lleno de eucaliptos, helechos y zarzas. Nos acercamos con mucha cautela, decididos a que no nos volvieran a coger desprevenidos. Pero de nuevo nos sorprendieron. El manto de maleza que pisábamos cedió bajo nuestros pies y nos precipitamos a una zanja estrecha llena de lodo.

Estábamos luchando por quitarnos el fango de los ojos y la boca cuando la figura de un individuo ensombreció la abertura de la zanja, unos tres metros más arriba.

—Tengo un arma —amenazó una voz de mujer.

En las manos sostenía algo metálico, alargado y sin empuñadura, similar a un  catalejo.

—Si tú lo dices —cuestioné—. Pero te advierto no eres la única.

Localicé la escopeta bajo el lodo, entre mis piernas, y la saqué a la vista. Estaba descargada pero la mujer no lo sabía.

—Si me disparas no va a haber ni Dios que os saque de ahí —dijo.

La amenaza me dio qué pensar. Miré interrogante a la muchacha.

—Baja la escopeta —sugirió—. Si hubiera querido hacernos daño ya lo habría hecho.

Asentí y desvié el cañón.

—Buena decisión —dijo la mujer—. ¿Quiénes sois? No os parecéis a esa gente que va por ahí cortando cabezas.

—No tenemos nada que ver con ellos —me apresuré a contestar.

—Eso no es verdad —me contradijo la muchacha—. En realidad vamos tras ellos.

La mujer estalló en carcajadas y le dio un ataque de tos. Carraspeó para aclararse la garganta y, todavía riendo, dijo:

—¡Estás demente, jovencita!

—Sácanos de aquí y te lo demostraré —gruñó la muchacha.

La mujer volvió a reír y acto seguido despareció sin mediar palabra. La muchacha y yo nos miramos con signos de interrogación en las caras. Al cabo de un rato la mujer regresó con una escalera y nos la lanzó. Trepamos por ella y salimos de la zanja.

La mujer iba envuelta en un gabán marrón, llevaba un sombrero de orejeras y la cara cubierta con un pedazo de tela gris.

—Disculpad mi aspecto—dijo—. No pretendo asustaros, solo defenderme de este condenado frío.

Se quitó la máscara improvisada. Era vieja, tenía la piel oscura y muchas arrugas.

—Hacía tiempo que no me reía tanto —dijo mirando a la muchacha—. Siento haberos dejado caer en la trampa, pero una no debe perder cuidado en estos tiempos. En compensación os invito a pasar la noche en mi morada.

El interior de la nave industrial era un oasis de color en aquellos días grises. La vieja había convertido el espacio entre aquellos muros en un hogar. Había una enorme cocina, dos dormitorios con auténticas camas y cuartos de baño y un almacén lleno de alimentos envasados.

—¿Cómo es posible? —pregunté embobado.

—Sorprendido, ¿verdad? Os lo explicaré —comenzó a relatar la vieja con entusiasmo casi alegre—. Cuando el colapso empezó a propagarse por la ciudad preví lo peor. Enseguida tuve muy claro que lo mejor era desconectarse de los acontecimientos. No hay peor destrucción que la provocada por una civilización que se desmorona. Me dediqué a acarrear suministros a esta nave. Ollas, mantas, herramientas. Comida enlatada, agua, semillas, medicinas y combustible. Incluso una máquina de coser. Todo lo necesario para sobrevivir aislada. Convertí el almacén de al lado en un huerto en el que cultivo frutas y hortalizas y mantengo media docena de gallinas, mañana os lo enseñaré. Mi pequeño búnker, así lo llamo, para arañarle unos años al fin del mundo. Al principio la gente de la ciudad me llamó chiflada y ermitaña. Pero cuando el colapso se extendió y llegó la hambruna, se demostró que yo tenía razón.

Para terminar de desencajarme la mandíbula de puro asombro, la vieja, volviendo a sonreír, agregó:

—No podíais haber llegado en mejor momento. Gracias a la puñetera lluvia de los últimos días, los depósitos de agua están llenos. Si queréis quitaros esos harapos sucios y daros un baño caliente, podéis hacerlo.

—¿Has dicho un baño caliente?

—¡Por supuesto!

—Creo que me voy a desmayar —susurré.

—Perfecto —dijo la muchacha—, entonces yo seré la primera en ir al agua.

Resultó que había dos duchas, conque no tuve que esperar para poder darme un baño yo también. El agua caliente corriendo por mi piel, la espuma del jabón, el riguroso afeitado al que me sometí. Todo ello me devolvió la sensación de habitar de nuevo un mundo civilizado. Al terminar vestí una ropa limpia y seca que la vieja me ofreció y me reuní de nuevo con ellas en la cocina.

El aspecto de la muchacha me resecó la boca. Llevaba puesto un vestido negro, ceñido y tachonado de lunares blancos, obsequio también de la vieja. Nunca me habían gustado los vestidos de lunares hasta ese momento. Además, olía flores con el vigor de un jardín en primavera. La civilización había regresado, volví a decirme.

—¡Pero qué tenemos aquí —exclamó la vieja al verme—, el oso se ha transformado en hombre! ¡Muy bien! Le estaba diciendo —añadió señalando a la muchacha— que puedo arreglarle el cabello si me deja, soy bastante buena con las tijeras ¡Pero se niega! No sé qué clase de peinado es ése. Parece que te han lanzado un fogonazo con un lanzallamas.

—Se lo agradezco —dijo la muchacha—, pero prefiero dejarme la melena como está. Me gusta así, asimétrica —agregó echándome una  mirada cómplice.

—A mí también me gusta —convine.

La vieja nos invitó a un manjar. Pan, patatas, huevos y café. Hacía más de dos años que no probaba el café. Después de tanto tiempo de abstinencia, todavía lo recordaba como algo precioso. También bebimos vino.

—¿No estaba cargada? —vociferó la vieja cuando le conté que la escopeta estaba sin munición— ¡Qué cabrón, me tenías acojonada! Este cacharro no sirve para nada —explicó mostrando su insólita arma alargada—, solo para sacrificar cerdos, y ni siquiera funciona a distancia. Pero no se me ocurrió traerme un arma de verdad. Supongo que un poco chalada sí que estoy.

Más tarde, cuando nos fuimos a dormir, la vieja dio por sentado que la muchacha y yo compartiríamos cama. Ninguno de los dos la contradijo. Desde el incidente de la ermita nos habíamos acostumbrado a dormir cada vez más cerca uno de otro. Para compartir el calor de nuestros cuerpos, nos decíamos.

Recuerdo esa noche como si estuviera ocurriendo ahora mismo. Entramos en el dormitorio, nos unimos en un beso. Su cuerpo envuelto en el vestido desencadena la inevitable reacción al pegarse al mío. Ella nota la hinchazón y se aprieta todavía más contra mí. Nuestras lenguas bailan juntas. Su mano encuentra mi hinchazón. La acaricia por fuera del pantalón  y luego se mete dentro. La mano vuelve a salir, rodea mi cintura y tira de mí hacia la cama. Absorbo su calor. Se sienta en el borde del colchón, me detiene de pie frente a ella. Me desabrocha el pantalón y tira de él hacia abajo. La agarra y comienza a sacudirla de atrás hacia adelante, primero con una sola mano, luego con las dos. Sus ojos se clavan en los míos, sus pequeñas manos se mueven rítmicamente. Su melena pelirroja se balancea. Mi respiración se acelera. Ella sabe lo que ocurrirá y con una mano se baja la parte de arriba del vestido, mientras con la otra sigue masturbándome. Sus pechos afloran, redondos y carnosos. Erguidos. La mano desertora regresa a mi pene y se une a la otra mano. Me desafía con la mirada. El movimiento se acelera. Me oigo jadear. Sus ojos son negros, su melena pelirroja y asimétrica, sus manos pequeñas y calientes. Un oleaje de placer me inunda. Ella se da cuenta de que el momento ha llegado y se inclina hacia delante. Sigue masturbándome. Más rápido, pienso. Ella me entiende y acelera aun más. Sus pechos rosados se pegan a mis muslos, siento sus pezones endurecidos. Cierro los ojos y siento que la ola rompe, sale, se precipita. Abro los ojos. Ella no se aparta. Veo cómo recibe las descargas sobre el cuello, el pecho y los senos. Veo el semen resbalando por su piel. Me abrazo a ella.

No separamos. Ella va al cuarto de baño y se limpia. Regresa vestida de nuevo con el vestido de lunares. Yo me visto también. Nos metemos en la cama. Nos abrazamos. Le pregunto su nombre.

—Eva —dice.

—Eva —repito.

Los nombres volvían a importar.

 

Comentarios

  1. Mabel

    11 mayo, 2020

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenida

  2. SDEsteban

    13 junio, 2020

    Hola @pa-garcia. Bienvenido! En mi modesta opinión, tu relato es digno merecedor de estar en portada. Me ha gustado mucho: los saltos en el tiempo, la forma directa de la redacción. Es muy imaginativo. Si tuviera que ponerle una pega, diría que el final me ha dejado un poco fría… pero es solo mi opinión. Mi voto y saludos!

  3. PA Garcia

    13 junio, 2020

    Hola, muchas gracias, eres muy amable. Tomo noto de la pega, trataré de aplicármela para mejorar :). Un saludo!

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