Disputa a cara de perro

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Me quejo y me quejaré siempre de mi escasa capacidad de reacción. Rectifico: tal vez no sea esta la forma correcta de expresarlo. Lo más exacto sería protestar por el precioso tiempo que me hace perder la multitud de dudas que brotan en mi cabeza en determinadas circunstancias.

Por ejemplo, si tengo algún compromiso que me exige tomar café fuera de los horarios a los que he acostumbrado a mi sensible organismo, siempre sucede de igual forma:

Mi “Yo” cauto aconseja prudencia escogiendo un descafeinado, conservador, inocuo. Se trata de un yo amigable y preocupado que me susurra lo que parece más beneficioso sin asumir riesgos.

Mi “Yo” ambicioso me empuja a pedir un café solo, directo, sencillo, eficaz, que te mantiene alerta en cualquier reunión y despierta los sentidos.

Hay un tercer “Yo”, que no se da en todos los casos, tiraría por la calle de en medio sugiriendo un té, insípido pero aromático, estiloso, saludable, individualista.

Si la reunión se produce durante un almuerzo prefiero no tener que narrarles las peleas encarnizadas que se producen entre estos sujetos tan diferentes y lo difícil que para mí resulta, persona imparcial e inocente, tener que escoger entre ellos. El ganador se crece ante los otros, se mofa, celebra sin disimulo, se burla de la derrota de sus contrarios.

A pesar de que esto se producía de manera habitual, era imposible estar preparado para la situación que por desgracia nos iba a tocar vivir:

Una tarde, paseando a Lucas, mi precioso caniche toy – les ahorro el relato de lo que fue elegir su nombre así como la raza que más se amoldase a mi personalidad y estilo de vida- por un parque cercano a mi residencia, observé a dos individuos en actitud amenazante reteniendo a un tercero que, visiblemente azorado, levantaba las manos impotente. Rápidamente analicé la situación: se trataba sin duda de un atraco –lo sé, lo sé, en este caso mis reflejos funcionaron correctamente, pero les pido paciencia. Acudieron en tropel una multitud de “Yoes” que a gritos pretendían dirigir mis siguientes pasos:

-“Yo” ambicioso, valiente, emblemático, combativo, sentenciaba: debería increparles, gritar amenazas e improperios tratando de ser suficientemente convincente como para que depusieran su actitud.

A este le descarté enseguida y se retiró sin insistir, pero mirando con inquina.

-“Yo” cauto, circunspecto, reflexivo recomendó correr en dirección contraria y una vez asegurada la posición llamar a la policía para denunciar el atropello.

No me convencía la idea de meterme en problemas, juicios, declaraciones, toda la tramitación judicial posterior… Decidí hacer esperar a este “Yo” sin desecharlo mientras escuchaba a otros.

-Un “Yo” especialmente conservador, continuista, brotó para calmarme: probablemente la víctima no llevaba mucho dinero encima, se trataría sin duda de un paseo vespertino, para el que no es necesaria solvencia. Por lo tanto debería retirarme con disimulo, asegurándome de no ser captado por los malhechores y sencillamente tomar nota de las zonas a evitar en el futuro.

Ni qué decir tiene que este “Yo” me pareció atractivo y así se lo hice saber.

Al momento retornó el primer “Yo” afeando mi conducta cobarde y miserable: ni siquiera yo mismo estaba a salvo de sufrir tan calamitosa situación ¿Qué reacción me gustaría ver en mis semejantes? Sin duda desearía recibir ayuda y posterior consuelo ante un hecho tan desagradable. Aunque bien es cierto, según él mismo reconoció, que tampoco puedo pretender, en la culminación del altruismo, ponerme en serio peligro por enfrentar la injusticia.

Ninguno terminaba de convencerme. Decidí esperar un nuevo “Yo” que me diera la clave definitiva del asunto, pero este no llegaba. Me vi obligado por lo tanto a encontrar la solución efectuando una arriesgada combinación: el yo valiente y a la vez el yo circunspecto.

Así pues solté la correa de Lucas señalando a aquellos hombres conminándolo con un contundente: ¡Ataca Lucas! ¡Ataca!

Lucas me miró desconcertado por lo novedoso de la orden. Con su mirada cuestionó que nuestro acuerdo de convivencia, en virtud del cual yo me comprometía a darle comida y techo a cambio de una compañía más o menos entusiasta, incluyera el cumplimiento de este tipo de mandatos, pero presionado por las expectativas en él puestas, acabó dirigiéndose al lugar que le indicaba, mientras yo buscaba un escondite. Tras unos instantes de titubeo -instante arriba instante abajo- tomé posición tras un árbol desde el que no sería visto. Cuando me giré para comprobar el desenlace de la escena lamento decirles que no había nada que comprobar. Unos y otro no se hallaban ya en el lugar. Lucas olisqueaba la zona tratando en vano de cumplir mis instrucciones. Decepcionados y quejumbrosos, Lucas, mis “yoes” y yo, nos marchamos a casa a descansar agotados por la intensidad de la tarde.

 

 

Comentarios

  1. Naufragoenlaluna

    29 mayo, 2020

    Ser atacado por un caniche toy debe de ser algo serio. Menos mal que el asunto se solucionó de la mejor manera, porque si el caniche llega a hacer su aparición ladrando y con los dientes fueras, te lo hubiesen robado también 😉
    Un texto muy divertido, en cierto modo todos tenemos esos «Yoes»
    Un saludo

  2. Mabel

    29 mayo, 2020

    Muy buena historia. Un abrazo Nerta y mi voto desde Andalucía

  3. Nerta

    30 mayo, 2020

    Muchísimas gracias a todos por los votos y los comentarios, que me llenan de ánimo. Es un lujo poder compartir con vosotros, de verdad, y leer a la vez vuestros escritos, que me encantan y aportan tanto.
    Naufragoenlaluna, efectivamente, si hay que enfrentarse a un caniche toy nunca se sabe qué puede pasar, jeje

    Un abrazo fuerte para todos.

  4. JR

    1 junio, 2020

    Magnifica lectura. Saludos!

  5. gonzalez

    1 junio, 2020

    Me gustó mucho, Nerta. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

  6. Nerta

    1 junio, 2020

    Muchas gracias, de verdad que me alegra mucho que os haya gustado. Un abrazo enorme!

  7. MP

    2 junio, 2020

    Muy bueno Nerta y muy psicológico. Un abrazo.

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