El hombre tortilla: Capítulo 3

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Capítulo 3

 

Neo Tenoch: Iztapal: El Paraíso: Tortillería

Agosto 1016-II

 

   -Tocayo, no estoy tan mal, no tienes que ayudarme. Llamas mucho la atención cargando los sacos de maíz como si no pesaran nada. Mejor llévalos de a uno y finge que te cuesta tantito trabajo, ¿no? digo, para disimular.

   -¿Disimular?, dijiste que las noticias se olvidan rápido aquí y tenías razón. Hace, ¿cuánto ya?

   –Amm… tres semanas casi.

   -Hace tan solo tres semanas estaba afuera de esta tortillería, rompiéndole el brazo a un tipo con una patada, a ti te dispararon, medio pueblo se enteró y cuando bajé de El Cerro al otro día sentí sus miradas, no se habló de otra cosa, por lo que dices.

   -Es la verdad, Doña Pancha es perfecta para correr los chismes. Y eso que ella ni estuvo aquí.

   -Sí, hasta llegué a escuchar que vencí a diez sujetos y que tú estabas muerto. En fin, un día después matan al cajero del supermercado en un asalto y de repente ya nadie se acuerda del pobre Juan al que le dispararon en la tortillería, ni del extraño Juan que atacó a aquellos maleantes.

   -Y nadie habló del cajero cuando a los pocos días un taxi aplastó a ese anciano en bicicleta en la parte alta de la avenida Quetzal.

   -El Paraíso es muy extraño.

   -Bienvenido a México.

   -Me encanta- reconoció Juan, Juan el extranjero, Juan ojos verdes, Juan el guapo, Juan el extraño con poderes; apodos que había escuchado que le llamaban algunas personas. Se encontraba bajando costales de maíz con la leyenda “Maíz para Tortilla” de la parte trasera de una camioneta para luego introducirlos en la tortillería en avenida Batallón en donde un entablillado Juan ojos cafés, Juan con lentes, Juan mala suerte, miraba a los alrededores esperando que nadie notara la naturalidad con la que su tocayo cargaba un saco en cada hombro como si fueran almohadas.

   -¡Tocayo!, ahí viene el chofer de la camioneta, actúa como si te pesaran un buen. Carga un solo costal sobre tu espalda e inclínate como El Pípila, ándale- indicó Juan ojos cafés.

   -¿El quién?- preguntó extrañado Juan ojos verdes haciendo muecas fingidas de esfuerzo al acomodar el último costal dentro del pequeño local tortillero, en donde la mitad del espacio era para la máquina que hacía las tortillas y la otra mitad para guardar la materia prima.

   El conductor de la camioneta, un hombre de bigote, no muy alto, llegó a su vehículo, llevando una lata de refresco y una bolsa de galletas. Se subió a su transporte y dio un silbido de despedida a los Juanes cuando arrancó para alejarse con la caja trasera ya vacía.

   -Creí que tú sabías más de superhéroes mexicanos que yo- dijo Juan ojos cafés, retomando el tema –El Pípila peleó en el ejército de Don Miguel Hidalgo, nuestro padre de la patria, hace unos doscientos años, creo. Según, este Pípila era un tipo súper fuerte, seguramente más que tú, ¿no te suena?- Juan ojos verdes se entusiasmó con el inicio del relato. Nunca había oído mencionar el nombre de El Pípila. Pero ya había escuchado y leído sobre Miguel Hidalgo, el más grande héroe de México, quien, a pesar de no haber tenido poderes, logró comenzar el movimiento que terminaría por independizar al país del dominio español. El propio gran héroe Estandarte de la Victoria había tomado su nombre de la leyenda de esta gran figura. Un estado entero de la república también llevaba con orgullo el nombre Hidalgo. El billete de la más alta denominación en México, el de mil pesos, de los cuales Juan tenía varios guardados, llevaba el rostro del venerable y legendario cura Don Miguel Hidalgo y Costilla. En definitiva, representaba un hombre digno de respeto para el muchacho y para el país en general.

   Al investigar la historia de México, el joven ojos verdes sintió igual fascinación por Hidalgo que por Benito Juárez, el hombre del billete de veinte pesos, cuyo monumento a su cabeza estaba en las afueras de El Paraíso. Pero la prominente calva del primero inclinó la decisión de Juan de emular el peinado de alguno de ellos en favor de Juárez y su bien conocido cabello de lado.

   -Nunca he escuchado de él, por favor cuéntame más- pidió Juan ojos verdes emocionado, mientras se recargaba cómodamente en los costales apilados de maíz.

   -Bueno, bueno, pero tampoco me la creas mucho porque esto lo enseñan en primaria y mira que yo de ahí solo recuerdo bien como sumar y como levantarles las faldas a las niñas- dijo Juan ojos cafés riendo. Juan ojos verdes no rio, le era muy extraño ese humor misógino que todo el país parecía entender y celebrar.

   -Ah, ¿enseñan eso en las primarias aquí?- preguntó Juan sin saber que más decir. Aunque sabía que era un chiste.

   -Olvídalo tocayo. Continuo- respondió Juan ojos cafés aclarándose la garganta, un poco avergonzado –El Pípila no era un vigilante, porque luchaba como parte de un ejército, pero se le recuerda como un gran héroe. De los pocos locos con poderes que había en esa época. El día en que se hizo leyenda, se estaban peleando contra un fuerte de los españoles, creo… No podían abrir la puerta para invadir y El Pípila, rifándose el físico, tomó algo para encender fuego, se lo guardó bien y tomó una gran piedra, de muchas toneladas, según cuentan. Yo digo que tú no podrías cargarla tocayo, o tal vez es un chisme exagerado como los de Doña Pancha. Como sea, El Pípila usó esta piedrota para protegerse de las balas de cañón que se disparaban desde el fuerte y comenzó a caminar hacia a la puerta, con el infierno alrededor de él. Tras llegar a la entrada, le prendió fuego y comenzó a golpear la piedra y la madera con sus puños. A los pocos minutos la enorme puerta cayó y el ejército de Hidalgo ganó esa difícil batalla.

   -¡Guau!, ¿es en serio? Que sujeto más impresionante. Arrojarse tan desinteresadamente al fuego abierto en beneficio de su país. Nunca había oído sobre este héroe- Juan ojos verdes quedó encantado con el relato. Le gustaba mucho aprender sobre México y más cuando había personas con poderes involucradas en la historia.

   -Yo no ponía atención en clase, pero esta historia siempre me latió un buen, ¿quieres saber por qué?- preguntó Juan ojos cafés con la malicia pilla de quien sabe que causará una gran reacción.

   -Venga, dime.

   -Porque el nombre verdadero de El Pípila, también era Juan- el joven extranjero se quedó pasmado. Claro que era el nombre más común en el país, pero no pudo evitar sentir un cosquilleo casi cósmico por la coincidencia.

   Tras un rato más de amena charla, Juan ojos verdes se despidió de su tocayo con el brazo lastimado. Después se alejó satisfecho con dos kilos de tortilla gratis bajo el brazo. Desde el incidente en la tortillería, ambos jóvenes se veían a diario por insistencia de Juan el extranjero de ayudar a Juan mala suerte hasta que se recuperara completamente. Además, le servía demasiado tener alguien en quien confiara de cierta manera y que le explicase cómo funciona México desde la perspectiva de una persona de su edad, aunque Juan ojos cafés era varios años más joven que Juan ojos verdes. Ambos se entendían bien.

   A pesar de que nadie hablaba ya sobre el incidente en la tortillería de hacía tres semanas, Juan mala suerte se consideraba a sí mismo como Juan buena suerte, pues los maleantes que le importunaron en aquella ocasión no habían aparecido nuevamente y nadie más había llegado para exigir pago alguno por la afrenta. Por otro lado, Juan ojos verdes agradecía la oportunidad para platicar tantas horas con un nativo mexicano, no solo por su amistad naciente o por su perspectiva sobre el país, sino porque le ayudaba a eliminar su acento que lo delataba como extranjero.

   El primer y único cuarto en renta que Juan vio en su primer día en el país, se había convertido en su vivienda, el muchacho extranjero había pedido a su tocayo que fuera su aval, a lo cual este último aceptó con gusto y gratitud por haberlo salvado. El modesto y barato cuarto en forma de “L”, dentro de la modesta y destartalada casa/vecindad se encontraba en Zapadores, una calle más arriba, en dirección a El Cerro, de la avenida Batallón, en donde se encontraba la tortillería en donde Juan ojos cafés trabajaba. Aunque mucho más a la izquierda, en dirección a la gran calzada Zaragoza.

   El cuarto estaba prácticamente vacío con excepción de una destartalada cama casi al ras del piso, tres cambios de ropa y tenis que Juan había tenido que comprar después del hurto de su mochila, un sombrero mariachi que el iluso joven creyó adecuado tener pero que ocasionó burlas al usarlo en la calle, una mochila, una libreta, una escoba, una parrilla eléctrica y una hielera de unicel para guardar alimentos. Era un cuarto muy desolador, aunque el modesto muchacho se sentía cómodo en su sencillez pues se le facilitaba mantenerlo limpio. Había decidido comprar solo lo indispensable para poder guardar la mayor cantidad posible de dinero pues consideró prudente conocer mejor la colonia y al país antes de buscar trabajo, contrario a su idea inicial de producir efectivo desde su primer día en México.

   Además de sus pocas pertenencias en el cuarto, Juan llevaba un celular muy decente en sus bolsillos. Tiempo atrás, al querer escapar de su país natal. Había decidido no llevar su laptop a su nuevo hogar para evitar ser rastreado con ella, también abandonó su celular y solo guardó archivos importantes, mayormente de valor sentimental, en una memoria USB, la cual había sido robada junto con la mayoría de sus cosas en su primer día en México. Al reflexionar sobre en qué era imperativamente necesario invertir, decidió comprar primero un buen celular y no una computadora. Cualquier consulta que necesitara hacer a internet la haría a través de su móvil, además decidió no tener redes sociales, de momento. En cuanto a sus contactos, no tenía más que el número de Juan ojos cafés, el número de su casera, la señora Laura y el número de un restaurante de pizzas en lo alto de la avenida Quetzal, aunque nunca había llamado para pedir una al ser un gasto innecesario el comer algo tan lujoso cuando sobrevivía perfectamente día a día comprando algo que poner sobre las tortillas que su tocayo le regalaba al final de cada jornada laboral.

   Juan ojos cafés le había ofrecido dinero a su tocayo el primer día que fue a ayudarlo y Juan ojos verdes lo aceptó al principio, hasta que conoció al dueño de la tortillería, un hombre regordete y pálido de unos cincuenta años, amable pero firme en el manejo de su negocio y que no vio muy bien que Juan el extranjero estuviera rondando el interior de su local. Tras escuchar desde lejos con su excelente oído la conversación sobre la paga entre Juan mala suerte y el dueño. Juan ojos verdes se enteró de que lo poco que él había obtenido de efectivo en esos días se descontaría del sueldo de su tocayo. Sintiéndose fatal por ese detalle, al día siguiente decidió devolver el dinero a su amigo y rehusó recibir cualquier otra remuneración monetaria. Aunque aceptó al final llevarse algo de las sobras de tortilla a casa. Pues la enorme fuerza y los excelentes sentidos de Juan ojos verdes, necesitaban un mantenimiento calórico muy alto y comía en un día lo que una familia de cuatro o cinco personas <<La vida aquí es muy barata, pero comiendo así me quedaré pobre de inmediato>>, pensó al llegar a su habitación y notar que su hielera solo tenía un par de rebanadas de jamón y un plato hondo de unicel con frijoles dentro.

   La puerta del cuarto era de metal, con la parte superior siendo una ventana de vidrios desgastados. Incluía una cadena y un candado grueso a manera de cerrojo. Juan decidió comprar una cadena y un candado adicionales para reforzar la seguridad. Era muy molesto abrir ambas cerraduras, entrar, asegurarlas de nuevo, mirar su hielera y darse cuenta de que debía salir inmediatamente a la calle, de nuevo, para comprar algo que poner sobre sus tortillas. Le gustaba comerlas calientes y recién hechas, aunque recalentadas y bien tostadas también representaban un manjar combinable casi con cualquier cosa.

   La tienda más cercana, aunque no la mejor surtida, estaba a pocas casas de distancia de la modesta vecindad en donde Juan tenía su habitación, en dirección a Quetzal y sobre esa misma extraña y retorcida calle de nombre Zapadores, en donde las casas eran irregulares y había autos estacionados sobre el inclinado pavimento, debido a que la calle estaba en las faldas de El Cerro. El extranjero no se explicaba como las personas metían tantos vehículos en ese espacio tan chueco y estrecho.

   Juan subió los pocos escalones que tenía la pequeña tienda y permaneció quieto en la entrada del local, debido a que alguien estaba de espaldas frente a él <<Haciendo sus compras como todos los demás>>, pensó Juan. El joven no pudo evitar notar que la persona en frente era una mujer policía. Una mujer muy delgada, que aun a través del uniforme azul oscuro se notaba carente de curvas. A pesar de no ver su rostro, su voz sonaba juvenil y sus brazos, la única parte de su piel que Juan podía ver desde su perspectiva, eran los típicos de alguien güero tostado por el Sol mexicano, además de muy delgados <<Apuesto a que podría rodear su brazo con una mano>>, imaginó divertido Juan por la idea de una persona con una pinta tan frágil siendo policía. Otro detalle que llamó la atención del extranjero fue su estatura, de 1.60, alcanzados gracias a unas gruesas botas, quedando alrededor del promedio de la mujer mexicana, de no usar el calzado. El cabello de la oficial, sujetado en una alta cola de caballo y cubierto por el gorro de policía, era castaño, lacio, largo y con algunos mechones pintados en negro <<O tal vez el color original es el negro y los mechones son los castaños>>, analizó Juan.

   El extranjero comenzó a desesperarse pues el hambre le apremiaba y la mujer policía pedía cosas como si estuviera dispuesta a irse de picnic en ese momento. El joven dio un vistazo a la calle, aburrido y notó que no había ninguna patrulla o motocicleta en los alrededores, una ausencia bastante frecuente en la colonia <<Llegó caminando, supongo>>. Al volver la vista al frente notó un nuevo detalle en el uniforme de la mujer, las siglas “PMN” bordadas en el hombro derecho del uniforme. En la espalda solo se leía “POLICÍA” y Juan supuso que la mujer era un oficial de la zona, pero al ver las siglas comenzó a pensar que El Paraíso o Iztapal no correspondían con esas siglas <<Policía M. N. >>, dedujo tras pensar un poco, aunque sin saber que significaba la “M” o la “N” <<Tal vez sea de una agencia privada o de fuerzas especiales. Algo aquí no está del todo bien, ¿qué hace una oficial sola en Iztapal, sin refuerzos, sin vehículo, comprando provisiones para hacer un festín de sándwiches?, tal vez vive por aquí>>, pensó Juan de la manera más lógica que se le ocurrió <<¡O tal vez!>>, rectificó emocionado para sí mismo <<Tal vez ella y sus compañeros están investigando algún crimen en la colonia y tienen que permanecer vigilando por horas y para eso las provisiones. ¡Bien!, creo que…>>.

   -Anda amigo, despierta, ¿me dejas pasar?- le dijo una voz que lo sacó de su reflexión. Era la mujer policía, cargando una gran bolsa de víveres y sin poder salir de la tienda por estar Juan tapando el primer escalón. El joven reaccionó y miró a la mujer un momento. La suposición del extranjero fue acertada, estaba en presencia de alguien joven <<Más joven que yo>>, aventuró el muchacho. El rostro de la chica era bello, pero con un aire de cansancio y desgaste que le añadía unos años, llevaba maquillaje muy marcado en los ojos que se veían pequeños, pero de un café muy hermoso, su nariz y sus labios también eran discretos, su piel efectivamente era muy blanca y su expresión parecía amable. La mirada que le dedicaba a Juan no indicaba que le molestara que la estuviera observando y ella parecía inspeccionarlo a él de una forma similar.

   -Claro, discúlpame- se excusó Juan con ligereza haciéndose a un lado. La joven policía soltó una risita y bajó los escalones. El joven se acercó al dependiente de la tienda, un hombre regordete de unos cuarenta años con gafas y bigote de cepillo.

   -Ella volteó a verte antes de dar la vuelta, parece que le gustó lo que vio- le dijo el hombre en un tono confidencial y algo libidinoso – A una criatura tan flaca como esa no le caería mal comerse todo lo que se llevó, ¿a qué no?- bromeó el dependiente de la tienda con un Juan distraído y pensativo.

   -¿Qué? Sí, Jajaja…. Ah, llevaré estos maníes- pidió rápido el muchacho, tomando lo primero que su mano alcanzó y sacando un billete de veinte sin saber el precio –Entonces, ¿esa chica es de por aquí?, ¿viene seguido?- preguntó Juan pretendiendo interesarse en ella en un plan romántico cuando su verdadera intención era averiguar si el hombre la conocía y porque había comprado tantas cosas, aunque ciertamente no tuvo que fingir mucho el interés romántico.

   -No lo sé, hijo, nunca la había visto por aquí. ¿No le viste el uniforme? Es puerca de Nizah.

   -¡Claro!, N de Nizah. Espere, ah, ¿puerca?- se alarmó Juan confundido y hasta ofendido por el término nuevo para él.

   -Muchacho, eres raro, creo que he oído de ti. Tus ojos, tu forma un tanto extraña de hablar. Mi esposa ya me había dicho que tú vienes a comprar aquí. En fin, yo mejor no me meto. Puerco es como decir Policía, pero en feo, ya sabes, por corruptos y gordos. Aunque a esta niña no le queda lo último, quien sabe lo primero- explicó el tendero con un poco más de cuidado por reconocer al hombre de los rumores de hace unas semanas, supuso el avergonzado muchacho.

   -Gracias, seguro que es una dama decente- defendió Juan tomando su cambio y saliendo de un salto de la tienda <<No debo saltar así de confiado, en fin. Ese hombre me reconoció, no parece ser tan malo, eso creo. Debo tener cuidado y mantener un perfil bajo>>, Juan volteó a ambos lados y divisó con facilidad a la chica policía caminando sobre Zapadores en dirección a Quetzal.

   <<Policía M. Nizah>>, reflexionó el muchacho para sí mismo. No sabía muy bien porque se disponía a encontrar a aquella mujer. Pero ciertamente no había hecho ninguna actividad heroica con sus poderes en las últimas semanas más allá de cargar costales de maíz en la tortillería o ayudar a una anciana de su vecindad a mover algunos muebles de lugar. Necesitaba un poco de acción, quería entremeterse en las redes criminales de la colonia para destruirlas y ahora se le presentaba una oportunidad <<Un oficial de Nizah en esta zona necesariamente debe trabajar en un caso fuerte o se lo dejaría a las autoridades locales>>, reflexionó, aunque con muchas dudas sobre si así funcionaba el sistema judicial.

   Al llegar a la primera esquina que rompía hacia la izquierda, hacía El Cerro, la mujer dobló su paso en dirección hacia “arriba”, caminando con andar tranquilo. Juan comenzó a seguirla a buena distancia, no le costaba trabajo divisarla desde lejos. Se le complicó ligeramente en algunos puntos por las múltiples y tediosas vueltas que había que dar en la colonia para poder seguir avanzando de frente, pero nunca la perdió de vista más de unos segundos.

   El ocaso amenazaba con caer y las calles se vaciarían pronto, pero aún había gente en los alrededores y algunos miraban con extrañeza a Juan, mientras que él notaba que miradas similares le dedicaban los transeúntes a la chica policía <<La gente de aquí es muy curiosa>>, recordó el joven con una sonrisa, no le molestaba, solo le indicaba que estaba siendo muy obvio en su misión.

   Tras un largo rato de silenciosa persecución, en donde la chica policía no volvió la vista ni una vez, se hizo evidente para Juan que el objetivo de la mujer era ir lo más alto posible en dirección a El Cerro. El muchacho había vuelto a subir algunas veces a lo alto de la pequeña montaña para ejercitarse y apreciar la vista y notó que el camino que la mujer estaba recorriendo era más práctico y rápido que el que él solía utilizar <<Sabe lo que hace, no es ajena a este lugar. Tal vez me equivoqué y en verdad vive por aquí>>, se cuestionó el joven.

   El viaje continuó y Juan notó que, a lo lejos, en la dirección en la que la chica caminaba, se encontraba finalmente la parte sin casas de El Cerro, aunque una reja de un par de metros de altura indicaba que el paso no era posible. Juan conocía calles en donde no había reja o en donde los pobladores habían hecho agujeros para entrar. Supuso entonces que la mujer policía no iba a adentrarse en la zona libre o de lo contrario habría entrado a una calle de fácil acceso. Así que el muchacho intuyó que el objetivo era una de las casas que quedaban en ese apretujado e inclinado lugar. Juan miró a su alrededor y agudizó el oído en busca de voces hablando en un radio o gente que estuviera oculta, previendo que hubiera más policías en los alrededores, pero no escuchó nada fuera de lo común. La calle estaba vacía a excepción de ellos dos, aunque ruido del interior de las casas, como televisiones, animales, personas gritonas y música, se colaba de todos lados.

   Repentinamente, Juan se preocupó por su propia situación puesto que la chica policía seguramente voltearía en algún momento para entrar en una casa o para regresar y las probabilidades de ser visto y reconocido eran grandes. No había autos tras los cuales esconderse, pues a esa altura y con tantos callejones estrechos no había manera segura de subirlos. Así que no encontró nada grande en donde poder ocultarse. Sin una mejor idea, el poderoso joven dio un leve brinco cerca de una casa con las cortinas cerradas y con sus manos se sujetó de la cornisa de ese hogar; un pedazo extra de techo que se usa para proteger a quien esté debajo del Sol y la lluvia y para colocar focos exteriores. Cualquier edificio pequeño de los alrededores contaba con una igual y Juan se subió fácilmente a la más próxima para ocultarse y poder avanzar entre casas para continuar con su misión de espiar a la chica policía.

   Con ligera dificultad, Juan caminó rápido por las cornisas de los techos y en el mayor sigilo posible. La joven deambulaba por la mitad de la calle así que era fácil seguirla. Algunas casas tenían perros que ladraban al pasar Juan por sus terrenos, pero la chica policía, como buena mexicana, estaba acostumbrada a los canes y no se inmutó. Juan por el contrario se asustó bastante, no temía a los perros, pero algunos se le abalanzaban y él en su desesperación por no ser visto tuvo que adentrarse más en el terreno de algunas casas para burlar a los animales con mayor facilidad y luego saltar al hogar siguiente.

   La calle estaba llegando a su final, solo un par de casas de cada lado separaban a la chica de la reja. Juan ya no sabía que esperar y decidió permanecer en la saliente de la última casa, agachado desde lo alto, expectante de lo que la mujer policía podría hacer. La chica había llegado a la reja, a un metro de distancia de ella. Juan la veía perfectamente, estaba mucho más cerca de lo que debería pues desde media calle o antes podría haberla visto con la misma claridad, pero su excitación por descubrir el misterio le había hecho ceder en sus precauciones.

   La joven acercó la gran bolsa de víveres a su pecho y la abrazó, Juan no entendía la situación. Lo siguiente que pasó fue extraño y desconcertante para el muchacho. Se escuchó un ruido similar al que hace un tubo de PVC o una olla de metal al hacer succión entre el aire y el agua: un BLOOM ligero y grave. Al mismo tiempo del bizarro ruido la chica policía saltó y el joven sorprendido juraría haber visto que el suelo bajo los pies de la mujer se había distorsionado y Juan se hubiera olvidado de ese detalle de no ser porque la chica dio el salto en dirección a la reja y la reja misma se distorsionó de manera similar y el BLOOM se repitió, acompañado de un nuevo salto en vertical por parte de la extraña mujer, la cual giró 180° y aterrizó suavemente con un tercer y más discreto BLOOM sobre la cornisa del techo de la última casa, nuevamente con una ligera distorsión del espacio bajo sus pies. La chica policía cayó con entrenada elegancia y sin dejar de abrazar la bolsa con sus compras.

   Hubo un momento de silencio en donde ambos personajes se quedaron pasmados mirándose uno al otro. Juan desde la cornisa, recostado y con el rostro alzado en un extremo estado de incomprensión y sorpresa, y la chica policía desde esa misma saliente mirando al muchacho que un rato atrás había visto en la tienda, ahora observándola tirado en el piso en una evidente muestra de espionaje. Ninguno supo cómo reaccionar. Tras un silencio que pareció eterno Juan comenzó a incorporarse lentamente como haciendo una lagartija con extrema facilidad, sin dejar de mirar a la chica, intentando no hacer movimientos bruscos. La mujer, por su parte, malinterpretó la situación, un nuevo y mucho más potente BLOOM se escuchó y la joven policía salió despedida varios metros en diagonal en dirección a la zona libre de El Cerro. Esta vez Juan apreció la extraña distorsión que originó el sonido y notó que la cornisa del techo y parte del muro a medio construir de la casa se transformaron momentáneamente en una especie de media esfera de punta transparente con apariencia gelatinosa y de goma, como una pelota o una burbuja de jabón. La chica fue impulsada con fuerza por esa cosa que inmediatamente después se desinfló, dejando la superficie intacta. En esta ocasión la extraña figura había sido más grande y pronunciada que las que Juan había presenciado levemente momentos atrás.

   Sin perder tiempo en analizarlo, Juan se levantó de golpe y se impulsó lo más que pudo en la cornisa para brincar en dirección a la chica policía. Su salto fue casi tan potente como el que la mujer había demostrado previamente y al aterrizar en el suelo pudo correr hacia donde vislumbraba la figura femenina de uniforme. A pesar de su premura, el joven decidió no correr con todas sus fuerzas debido en parte al hambre y en parte al deseo de no desgastar nuevamente su ropa.

   La chica se había alejado bastante en dirección a la cima de El Cerro, la cual era inaccesible por esa ruta para la gente normal. El día pintaba ya más oscuridad que luz, pero Juan no tenía problemas para verla y escuchar los BLOOM con los que ella trataba de alejarse. Algunas de esas curiosas esferas aparecieron a pocos centímetros de los pies de Juan en las ocasiones en que la delgada mujer volteaba la vista, como si estuvieran destinadas a hacer tropezar al muchacho, aunque estas, al no acertar en la posición exacta, fallaban a su objetivo.

   Juan se desesperó pues no lograba alcanzar a la joven policía y en su frustración aumentó la velocidad lo suficiente como para atrapar en un abrazo aéreo a la chica y asegurarse que al caer ella aterrizara sobre él para evitar lastimarla.

   -¡Suéltame!- gritó ella.

   -¡Espera!, ¡no te haré daño!- respondió Juan tratando de calmarla, notando que la joven ya no llevaba la bolsa de las compras. En su momento de distracción, el muchacho sintió como la piel de su propio pecho comenzaba a expandirse de una manera muy dolorosa y se asustó en demasía cuando vio cómo su torso se distorsionaba en una media esfera, abriendo los brazos del susto y dejando libre a la chica, en medio de un nuevo BLOOM que sirvió a la delgada policía para tomar ventaja y empezar a correr de nuevo. El dolor de Juan desapareció tan rápido como llegó y solo le quedó el shock por lo que había pasado, temió que su piel se hubiera roto pero no tenía ninguna dolencia. Muy desconcertado notó que la mujer policía ya no estaba.

   Ambos jóvenes se encontraban en la punta de El Cerro, Juan pensó que tal vez la chica estaba del otro lado del monte así que reanudó su persecución con premura. Estaba en lo correcto y notó que la asustada oficial había dado un salto en caída libre de varios metros pues la parte trasera del monte tenía una pendiente muy pronunciada, formando una especie de subnivel que llegaba hasta la mitad de la altura de El Cerro <<Amortiguó su caída con esas burbujas, apuesto a que piensa que no me atreveré a saltar>>, pensó emocionado por probar lo contrario. El muchacho dio un gran brinco y cayó con un giro para amortiguar el impacto, el cual, si le había dolido, pero solo superficialmente. Al aterrizar decidió utilizar toda su energía para correr cual gacela, descendiendo hacia los límites del poblado, beneficiándose con la pendiente vacía y discreta del monte. El aire fresco que sintió en el segundo que le llevó adelantar a la chica policía le reconfortó mucho y se sintió emocionado al sorprenderla de frente y desconcertarla.

   -¡Anda, quieto ahí!- gritó la mujer asustada y molesta. Sacando su pistola y apuntando al pecho de Juan con evidente habilidad para el manejo de armas pues a pesar de su nerviosismo y su cansancio, tenía las manos fijas -¡Vete de aquí!- le gritó mientras se alejaba varios pasos, estaba muy agitada.

   -Discúlpame. Por favor, tranquila- pidió Juan alzando las manos, no le asustaba recibir un disparo. No creía que la chica le fuera a disparar, además no temía morir y una parte de él tenía mucha curiosidad por saber que le pasaría a su cuerpo poderoso al recibir un balazo. Como sea, prefirió no tentar su suerte y abogó por razonar con la mujer.

   -¡Anda, vete!- repitió ella, enojada y con un dejo de desesperación. Juan notó que la cabeza de la chica se sacudía de manera intermitente, como si de un TIC nervioso se tratase.

   -Por favor, te juro que no quiero hacerte daño. Yo… tú acabas de presenciar lo que soy. Tengo poderes, como tú. Yo vi tu uniforme de policía en la tienda y, bueno intento ser el héroe de esta colonia, solo vine para ayudar. Tú no eres de por aquí, creo que puedo ser de utilidad- aventuró Juan, siendo lo más sincero posible.

-Tú… tú tampoco eres de por aquí- aventuró la chica policía, aun nerviosa, pero bajando lentamente el arma y normalizando su postura, lo más que se podía en el inclinado monte.

   -Sí, tienes razón. Me llamo Juan y no pertenezco aquí, pero busco hacerlo y quiero lograrlo por el camino del bien.

   -Yo, yo soy Aranza. Si lo que dices es cierto, ándate a detener algún ladrón en las calles. Aquí no tienes nada que ver… y deberías usar una máscara o algo.

   -Sí, estoy trabajando en eso. Aún no sé cómo me llamaré como héroe- conversó el muchacho con toda la amabilidad que pudo. La delgada chica pareció confundida por las reacciones del extranjero.

   -Mejor descúbrelo y asegúrate de que te llamen así o el barrio te pondrá el nombre que desee, si te haces muy famoso tal vez El Bautista te de nombre, a veces da unos buenos. Anda, ya te puedes ir a pensar a otro lado- dijo Aranza aun con desconfianza, pero también con creciente interés por el muchacho, todavía llevaba su arma en la mano derecha. Su cabeza temblaba menos, revelando que su nerviosismo estaba terminando.

   -Creo que he oído de él, es un columnista de los diarios, ¿cierto?- preguntó Juan tratando de seguir la conversación y de no asustar de nuevo a Aranza.

   -Eso y un gran héroe retirado, de los que si le plantaban cara al gobierno. Pero bueno, ya… ya vete. Aquí no me ayudas- respondió más calmada en su ánimo, aunque aún agitada por la persecución. Comenzó a retroceder nuevamente sin darle la espalda a Juan.

   -¿Qué?, no, espera. Tú eres la primera persona con poderes que conozco en este país. Déjame ayudarte de menos a encontrar tu bolsa de comida.

   -Anda, ¿en este país? Tú sí que regalas tu información personal, ¿verdad? Vaya héroe, compadezco a quien sea cercano a ti porque tus enemigos los usaran de inmediato como tu punto débil- reprobó Aranza evidenciando el estatus de novato de Juan.

   -Yo… tienes razón, lo lamento. Pero pareces una persona en la que se puede confiar. Parece que sabes mucho sobre ser un héroe- dijo el joven y supo que dio en el clavo pues la chica se mostró evidentemente halagada.

   -Yo no soy eso, no soy una héroa. Yo soy una oficial de policía e intento ayudar a mi manera. Pero me he topado con algunos héroes excelentes en esto de llevar una doble vida y me han enseñado un truco o dos.

   -¿No eres una he… heroína?, pero tienes poderes. No sé qué clase de poder bizarro es ese que tienes, pero es increíble- admiró Juan.

   -Sí, no es raro mi caso. Hay varios policías con poderes que no tienen bronca en usarlos para su trabajo. Unos por el bien de los demás, algunos para escalar puestos y otros para extorsionar con más facilidad. Pero la verdad yo prefiero no usarlos mucho mientras trabajo, pero escucha, soy buena tiradora, así que cuidado. Aún no confío en ti, Juan. Si es que es tu verdadero nombre- le dijo apuntándole de nuevo, aunque su voz no se escuchaba ya tan tensa. Al joven le parecía un poco extraña la manera en que Aranza se relajaba cada vez más, él creyó que le costaría horas y varios encuentros más en convencerla de tener una conversación, pero por alguna razón la chica se estaba abriendo mucho más. Ya no retrocedía, así que el muchacho decidió aventurar una pregunta, al mismo tiempo comenzó a caminar hacia el camino de subida de El Cerro, de nuevo y le hizo una seña a la joven para que lo siguiera, ella caminó a su lado, aunque con marcado recelo.

   -¿Puedo saber a qué vienes aquí con tanta comida?- Aranza no respondió inmediatamente, se quitó el gorro de policía y limpió el sudor de su frente, su cabello castaño/negro estaba muy alborotado.

   -Bueno, te lo diré. Por El Monstruo de El Paraíso, quiero verlo. Creo saber quién es- respondió casual la chica. Juan no sabía a qué se refería.

   -¡¿El qué?!, ¿Monstruo?, ¿aquí?- preguntó el extranjero asustado.

   -Anda, en verdad que eres nuevo en el barrio. ¿Cuánto llevas en este lugar?- preguntó la chica con cierto fastidio.

   -Tres semanas, en las cuales nunca escuché nada sobre un monstruo.

   -Ja… curioso. El Monstruo es un Hombre Lobo tremendo, de color negro y muy poderoso. Como te imaginarás solo sale cada Luna Llena, días más, días menos, por lo que se supone que es una persona normal el resto del tiempo. La última Luna Llena fue hace casi un mes, antes de que llegaras y la próxima será en unas noches. Vine el mes pasado el mero día, pero no estaba preparada, intenté hablar con él, esperaba que me reconociera, pero comenzó a perseguirme. Fue muy extraño, aun brincando con mis esferas, El Monstruo me hubiera alcanzado con facilidad, pero parecía solo estar asustándome para que me fuera. Eso solo aumentó mis razones para creer que sé quién es cuando no anda por aquí desnudo y lleno de pelos, él… parecía responder a mi voz.

   -¿Qué?, pudo matarte, ¿por qué viniste a verlo cuando está transformado?, ¿no baja a matar a la gente?- preguntó Juan extrañado por no haber oído nada al respecto y por la suerte de que sus expediciones a El Cerro no se hayan cruzado con una Luna Llena.

   -No, la gente del pueblo está muy acostumbrada. Esto tiene años. Nadie sube en Luna Llena, desde varios días antes y varios después… El Monstruo realmente no lo es tanto, nunca ha bajado de aquí ni se ha metido a las calles cercanas. Tampoco ha matado a nadie que se sepa, ni siquiera animales, pero si alguien sube a molestarlo lo lesiona y lo arroja con brusquedad al barrio, en general nada grave. Algunos niños han logrado escapar, suben a verlo y El Monstruo les hace lo que a mí. Anda, tal vez me confundió con una cría, es un halago. El punto es que todos pensamos que es alguien que conserva un poco de su razonamiento y por eso es mejor no molestarlo, porque no sabemos cuándo acabará el raciocinio y cuándo comenzará el instinto o el deseo de matar- comentó Aranza, alternando la seriedad y la comicidad en su relato, como si tratara de restarle importancia o de sumársela, Juan no supo interpretar cuál de los casos era. El muchacho, lleno de inquietudes, preguntó:

   -¿Quién crees que es El Monstruo?, ¿nadie ha tratado de derrotarlo?, ¿hay fotos o videos de él?

   -Anda, tranquilo. Una cosa a la vez- reprendió Aranza, en broma.

   -Lo lamento- se excusó Juan.

   -A ver, no importa quién es, no lo conoces. Hay varias fotos y videos sobre él en internet, nada interesante una vez que lo veas de frente, por supuesto. Y claro que han venido héroes y villanos a pelear con él, ellos son los que se han llevado la peor parte porque El Monstruo es extremadamente poderoso, ya tiene tiempo que nadie lo molesta y al final creo que eso es lo que quiere, pasar los días de su maldición en paz- finalizó Aranza con una sonrisa pícara.

   -Nadie lo molestaba hasta que llegaste tú, querrás decir- aventuró Juan, esperando que la chica lo tomara con gracia.

   -Sí, jaja. Ya lo he encarado siendo humano, pero se hace el tonto. Así que pasaré la noche en vela y me acostumbraré al terreno. No me moveré de aquí, no es necesario, traje bastante comida y baterías de repuesto para mi celular. El Monstruo tiene que llegar aquí en forma humana y lo descubriré y si no, conseguiré una muestra de su pelo y pediré que la analicen, ser policía tiene sus beneficios- dijo con confianza la delgada chica.

   -Impresionante. ¿Y por qué vienes en uniforme?- preguntó Juan buscando la bolsa de comida. Aranza parecía saber en dónde estaban sus víveres porque no se detuvo a buscar. El joven la siguió con cierto recelo por los alrededores que ahora le parecían mucho más tenebrosos que hace unos minutos.

   -Te parecerá tonto, pero me gusta. Me hace sentir fuerte. Nadie me molesta cuando lo uso- respondió un poco apenada la chica -Aunque no debería usarlo si no estoy trabajando.

   -Yo te entiendo, he pasado muchas de mis horas aquí diseñando trajes porque deseo tener uno, pero no encuentro algún tema que me guste, que me haga sentir representado e identificado- confesó Juan, desahogándose. Gran parte de sus noches en su cuarto habían terminado en frustración y en malos dibujos hechos trizas por las ridículas ideas sobre su disfraz de héroe. Aranza rio.

   -¿Sabes?, me caes bien. Creo que puedo relajarme contigo, no imagino que estés aquí para hacerme daño y si lo intentas confío en poder escapar. Así que me gustaría que pudiéramos vernos en otra ocasión más tranquila- le dijo Aranza sujetando brevemente su brazo y dedicándole una sonrisa.

   -No me iré de aquí, si eso es lo que estás tratando de decirme- recalcó Juan con seriedad, estaba dispuesto a pasar la noche en vela en busca de la criatura. Lo único que le preocupaba era el hambre que tenía. La chica pareció complacida de la insistencia del extranjero pues sonrió y acto seguido sacó su celular para encender su linterna.

   -Anda, aquí dejé la bolsa, ¿quieres comer conmigo?- Juan casi la abraza lleno de gratitud. Aun así, hizo su mejor esfuerzo para parecer casual al responder.

   -Eh, claro. Si insistes- aseveró el joven -¿Segura que te quedarás aquí? No es época de frío, pero seguro que lo pasas mal si te quedas así- dijo Juan sin poder dejar de notar las múltiples fallas e inconsistencias en el plan de la chica.

   -Nah… soy una policía. Paso doce horas de guardia sin descanso. Esto no es nada- Juan prefirió guardarse el resto de sus comentarios al ver que tal vez, Aranza si había pensado bien todo lo que estaba haciendo.

   -De acuerdo, ¿sabes?, tú también me caes bien, Aranza. Háblame de tu poder.

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