El Hombre Tortilla: Capítulo 4

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Capítulo 4

 

Teotihuacán: Teotihuacán: Calzada De Los Muertos

Agosto 1016-II

 

   -Hola amiga, ¿qué estás leyendo?

   –No quiego seg ggosega, pego deseoque me dejes en paz. No estoy integesada.

   -¿Qué?, extranjera amargada, te crees muy guapa- dijo entre dientes un sujeto alejándose indignado bajo el caliente Sol de Teotihuacán, la anteriormente poderosa ciudad de habitantes aún desconocidos y que ahora representaba una zona arqueológica de culto en todo el mundo debido a sus majestuosas pirámides y edificaciones.

   <<Los hombres son iguales en donde sea>>, reflexionó la mujer que acababa de ser importunada y apartada de su escrito. Ella era una adulta joven, hermosa, delgada, elegante, con una figura muy llamativa, el cabello rubio y lacio a media espalda, sus ojos eran azules, sus labios discretos en grosor, pero de un rojo natural intenso, sus pómulos eran su parte favorita de su rostro mientras que su nariz, con una ligera curva de águila, era lo que más detestaba. Era ligeramente alta para los estándares mexicanos, con 1.62 no había muchas mujeres que la vieran hacia abajo, pero tampoco destacaba por ser una persona de estatura notoria; su delicadez y fragilidad innatas la hacían parecer más baja de lo que era en realidad.

   Ella llevaba un amplio sombrero para proteger su blanca piel del Sol. Usaba un vestido azul que le llegaba por debajo de las rodillas, un cinturón grueso de color negro le ceñía la cintura y sus zapatos eran planos y cómodos. Como accesorio cotidiano, usaba un perfume con aroma a canela que la chica amaba más que a casi cualquier cosa. Además, llevaba un bolso grande en donde guardaba sus artilugios personales y sus útiles necesarios para la excursión en la que se encontraba. Siempre ponía mucha atención a lo que usaría todos los días y le gustaba verse bien, pero prefería no llamar mucho la atención y no mostrar demasiada piel. Había considerado, en la mañana en su departamento, que no estaba vistiendo nada particularmente provocador, pero varios sujetos la habían abordado ya desde que se alejó de su grupo de excursión en Teotihuacán y comenzó a deambular sola, así que de repente se sintió muy incómoda, incluso expuesta con ese atuendo. Hubiera deseado regresar pronto a casa, de no ser porque estaba realmente encantada y agradecida de poder estar en tan majestuoso lugar como lo es la llamada Ciudad de los Dioses: Teotihuacán. Por fin podía recorrerlo sola por un par de horas y enamorarse de las pirámides más visitadas de México.

   El lugar donde el tiempo comienza, el origen del Quinto Sol y muchos otros apelativos místicos eran asociados con ese conjunto de edificaciones de una civilización de identidad desconocida que, sin embargo, gozaba de tremenda fama e influencia para todo aquel que vivió durante y después del apogeo de la ciudad, la cual vio sus mejores tiempos y su posterior extinción, más de mil años antes de que los aztecas/mexicas fundaran Tenochtitlán.

   -¡Cannelle!, ¡por aquí!- se escuchó un grito amistoso dirigido a la chica <<¡Démon!,no puedo estar sola un segundo>>, se lamentó mientras guardaba su libreta en su bolso. Acto seguido esbozó su mejor sonrisa y alzó el brazo saludando ampliamente al grupo de personas que requerían su atención.

   -¿Qué sucede, quegida?, pensé que no teníamos que estag todos juntos hasta la hoga de ignos– dijo Cannelle acercándose a una chica de complexión normal, ni flaca ni con sobrepeso, de piel morena y normal para cualquier mexicano, con el cabello negro y lacio cubriéndole el ojo derecho y un pañuelo gris a manera de accesorio en el cuello, distintivos que, según ella misma, ayudaban a realzar su atractivo misterioso. Esta chica que hizo el llamado sobresalió de entre una decena de personas, todos jóvenes recién entrados en la adultez, todos con mochila, en una actitud relajada y juguetona.

   La alegre joven mexicana rio ante el comentario de la rubia extranjera mientras le tomaba la mano y la llevaba con el grupo. Todos, tanto hombres como mujeres, saludaban embelesados y atontados desde lejos a Cannelle, a pesar de que estudiaban juntos y que habían pasado toda la mañana sin separarse durante el tour guiado por su profesor en la zona, además del viaje previo en autobús. Cannelle a su vez sonreía a todos, un tanto incómoda, tratando de mantener su distancia, sobre todo con los hombres. Llevaba apenas un par de semanas estudiando en México y aún había muchas cosas que se le escapaban o que no comprendía, pero había aprendido prácticamente desde el primer viaje en taxi que ella era altamente atractiva en ese país, por sus rasgos diferentes, imaginaba ella, puesto que en su natal Francia se consideraba ella misma como una mujer promedio, como lo eran ahí cualquiera de esas chicas que peleaba su amistad y su compañía <<Bueno, tal vez no tan promedio>>, pensó sintiéndose culpable por su arrebato mental de vanidad.

   Las personas en el país eran amables y a Cannelle le encantaba descubrir las maravillas de México, le agradaban mucho las chicas, trataba de no resaltar para no generar rivalidades o incomodidades innecesarias. Encontraba a los hombres mexicanos muy parecidos en comportamiento a los de su país, aunque los primeros tenían una desinhibición más alegre que los que había conocido y rechazado toda su vida en Francia. Había tenido novios, como cualquier otra mujer, inclusive había amado, pero no encontraba particularmente útil tener pareja en esa etapa de su vida. Le molestaba con ganas que ningún varón se acercara a ella con un genuino interés por conocerla como persona, por trabar una amistad o tan siquiera para preguntarle la hora y seguir su camino. Todos la abordaban inmediatamente como si fuera un trofeo que quisieran obtener, un logro que desbloquear, un agujero entre las piernas en donde entrar y, si en su país era común el acoso, en México, ese problema se le había triplicado.

   -Los chicos y yo creímos que te gustaría dar un paseo y comer con nosotros- explicó la joven mexicana a su interlocutora francesa. En su rostro su sonrisa se había desvanecido al captar el aura de rechazo por parte de la rubia.

   –Ah, clago Michelle, comegé con ustedes más tagde– respondió Cannelle tratando de ser amable. Le agradaba Michelle, era una persona muy distinta a ella, auténtica a su manera y había congeniado con ella mejor que con las chicas populares de su grupo.

   -Ah, no te preocupes- desestimó la nativa mexicana un poco decepcionada, pero tratando de mostrarse amable, pues pareció entender el mensaje oculto en las palabras de la chica extranjera –En serio, tranquila. Yo, nosotros entendemos- finalizó, alejándose sin esperar respuesta.

   <<Lidiaré con eso más tarde>>, pensó Cannelle sin estar muy contenta por el pequeño chascarrillo dramático. Acto seguido se dio la vuelta y continuó su expedición.

   -¡Adiós Cannelle!- gritaron los chicos mientras ella se alejaba. No sonaban molestos, la chica francesa lo interpretó como buena señal; alzó la mano derecha en gesto de despedida sin dejar de caminar y sin mirar atrás. Ahora podía concentrarse en sus asuntos.

   -Apuesto a que sientes que ese gesto te hace ver como una chica muy cool- rio alegre y divertida Michelle dando un pequeño brinco para alcanzar el paso de la extranjera, quien alzó las cejas en señal de sorpresa por ver tan pronto de nuevo a su peculiar compañera.

   -¿Puedo ayudagte en algo, quegida?- preguntó casual Cannelle, sin sonreír y sin dejar de caminar.

   -Nop, solo quiero caminar contigo un rato- respondió Michelle mientras miraba curiosa a su alrededor –Espero que no te moleste.

   -Bueno, de hecho…

   -¡Genial!, entonces me quedo, ¿a dónde vamos?

   -Tú eges todo un caso- suspiró Cannelle, pues, aunque realmente no estaba molesta, hubiera preferido estar sola.

   -Si quieres me voy- dijo Michelle comprendiendo que su presencia no estaba siendo muy bien recibida.

   -Ya estás aquí, supongo que debo socializag un poco más. Tal vez puedas ayudagme– respondió la chica extranjera en su tono más amable, el cual seguía siendo considerablemente frío. Era cierto que los mexicanos son gente mucho más energética y “amable” que los franceses, pero Cannelle siempre había sido seria incluso para los estándares europeos en donde se había criado.

   Las chicas comenzaron a caminar en silencio en dirección a la gran Pirámide del Sol, una majestuosa estructura piramidal de más de sesenta metros de altura, sin considerar que estaba en ruinas y que en su diseño original debió ser más alta e imponente. Dicho monumento era la estrella de Teotihuacán, además de una de las estructuras más famosas del mundo. Constantemente se le comparaba con la pirámide de Keops en Egipto, aunque la construcción mexicana contaba con una menor estatura y una arquitectura muy diferente. Estaba construida con piedras superpuestas en distintos niveles y en su parte frontal había inclinados escalones para subir a la cima, a Cannelle le recordó a un pastel de varios pisos. Las chicas ya habían estado previamente al pie de la pirámide durante la explicación de su profesor y Michelle creyó comprender porque volvían a ese lugar.

   -¿Vamos a subir a la punta?- preguntó emocionada.

   -No, paga nada- respondió Cannelle seria, mirando fijamente la parte alta de la pirámide, con los ojos entreabiertos a causa del Sol.

   -Oh, ¿por qué?

   -Esta magnífica pigámide es un éxito de las civilizaciones de este hegmoso continente. Cada pegsona que día a día viene aquí y se sube igespetuosamente a la cúspide está desgastando los pocos vestigios que quedan de un pueblo desconocido cuyo podeg y sabidugía podgían seg la clave paga entendeg este milenio que pagece segá el último- todo eso le salió a Cannelle sin detenerse a pensar y sin interrumpirse para respirar; por lo que además de algo alterada, estaba avergonzada por haberse agitado tanto por una pregunta.

   -Chica, ¿de qué rayos hablas?, ¿el último?, ¿te refieres a la Tercer Visita?, ¿eres de las qué creen que pronto moriremos todos?- preguntó extrañada Michelle por la respuesta radical de la francesa.

   -No, no exactamente- respondió Cannelle, recobrando la compostura, pero dispuesta a seguir expresando su opinión.

   -¡Si no van a subir, muévanse!- gritó un hombre detrás de las chicas junto a las escaleras de la Pirámide del Sol.

   -Ay, ni siquiera estábamos estorbando- se quejó Michelle mientras se hacía a un lado. Cannelle siguió contemplando la pirámide con una mirada seria, más sería de lo normal en ella.

   -Vine a tu país- comenzó la chica extranjera –pogque pienso que, en esta ocasión, en México genació el Mesías y quiego hallaglo.

   -Ja, pues no eres la única- respondió Michelle sin sorprenderse demasiado –Supongo que tiene sentido. Aquí casi todos creemos en Jesús y la Basílica de la Virgencita, es el lugar religioso más visitado del mundo, eso creo- añadió con confusión.

   –Oui, lo sé- dijo Cannelle ligeramente molesta porque su revelación no sorprendió a su compañera –En fin, tal vez el Hijo de Dios está aquí en el Ombligo de la Luna y pog eso vine a estudiag a México y pog eso vine a Teotihuacán, paga continuag mi investigación. No contaba con que se me saliega de las manos y todo el salón de clases tegminagía viniendo conmigo- se quejó Cannelle recordando a su profesor de curso, un simpático anciano catedrático de copiosa barba y con un gran gusto por las culturas mesoamericanas, razón por la cual Cannelle decidió consultar algunas dudas con él. Lo que no esperaba la chica es que el profesor se entusiasmara y decidiera organizar una excursión grupal, con valor en la evaluación de la materia.

   -Bueno, parece que te salió el tiro por la culata, amiga.

   -¿Excuse moi? ¡¿La qué?!- exclamó algo sonrojada Cannelle por una palabra desconocida en español para ella, la cual sonaba, a su consideración, impropia.

   –Jajaja. Olvídalo, no te estoy albureando, no esta ocasión- rio Michelle ante la reacción de la extranjera –Como sea, ¿en qué puedo ayudarte?- ofreció con gusto.

   -Bueno, debo confesag que no estoy muy seguga de que haceg. Teotihuacán simplemente me pageció un lugag pegfecto paga comenzag mi búsqueda. Después de todo es la “Ciudad de los Dioses” o “Lugag donde se hiciegon los Dioses”. Así que se puede decig que vine pog pistas divinas, pog inspigación– explicó Cannelle sintiéndose un poco tonta por no tener un gran plan, un manuscrito antiguo, alguna profecía o algo que compartir con Michelle para darse credibilidad. Lo que decía era verdad, aunque la chica extranjera había abandonado su país por razones varias, era su esperanza de encontrar al Mesías lo que la había llevado a Teotihuacán. Por lo demás, había muchos detalles sobre sus razones para visitar México que la joven rubia decidió no compartir con su incipiente amiga.

   Sin ninguna clase de pista divina sobre si estaba en el lugar correcto, Cannelle rogó mentalmente a la Ciudad de los Dioses por un atisbo de iluminación, para no sentirse como una fracasada a tan pocos días de haberse establecido en el país de los tacos, los cuales, por cierto, no le habían causado gran impresión a la rubia.

   -Bueno amiga, lamento decírtelo, porque va en contra de lo que crees, pero la mejor manera de inspirarte en Teotihuacán y sentirte cerca de las divinidades es subir la Pirámide del Sol y cargarte de energía cósmica en la punta, ¿qué dices?, ¿la señorita rigidez puede hacer una excepción y subir sus bellos piesillos de porcelana a un montón de piedra sagrada? Te juro que no derrumbarás la pirámide, no estás tan gorda. Aunque tal vez yo si- dijo Michelle fingiendo reflexión y esperando una risa de parte de Cannelle, una risa que no llegó. En cambio, la chica francesa se volteó y miró a los ojos por primera vez en el día a su interlocutora.

   -De acuegdo.

   Las chicas comenzaron a subir, deteniéndose a los pocos escalones pues el poco discreto aire hacía volar la parte baja del vestido de Cannelle, lo que la avergonzaba en demasía. Por lo que descendieron de inmediato para encontrar una solución. Tras pensarlo poco y discutirlo mucho, Michelle sacó una sudadera delgada de su mochila y la amarró a manera de pañal en la cintura de su avergonzada amiga <<Creo que prefiero exponer mi ropa interior a subir usando este ridículo trapo>>, pensó resignada pues a pesar de lo extraño e impropio del atuendo, este funcionaba, mostrando solo un poco más de las pálidas piernas de la chica de lo que el vestido suelto hacía, en beneficio, ya no se expondrían lugares más privados de la sonrojada rubia.

   La subida fue más pesada de lo que ambas chicas imaginaron, a mitad del camino ya estaban sudando y respirando agitadamente. Sin embargo, al llegar a la cumbre, Cannelle se olvidó de su malestar y sintió disgustó por lo irrespetuoso de la gente inconsciente que pisaba la cima de la pirámide mientras se tomaba fotografías sonrientes y monótonas como si cualquier pedazo de pavimento o cualquier cafetería tuviera la misma magia que el sagrado lugar que no deberían estar pisando. No obstante, la chica ahogó su descontento casi de inmediato pues la vista de los alrededores la cautivó de golpe. La imponente y derruida ciudad de Teotihuacán en todo su marchito pero místico esplendor le robó el poco aliento que le quedaba. Mirando hacia las cercanías, apreció la más pequeña pero igual de majestuosa Pirámide de la Luna, la Ciudadela y la enigmática Pirámide de la Serpiente Emplumada; a lo lejos se maravilló con las montañas, los montes, las zonas verdes y las zonas habitadas que entremezclaban lo antiguo con lo nuevo, lo natural con lo tecnológico, el cielo con la tierra y lo humano con lo divino. En definitiva, no se arrepentía de haber subido y adoraba la sensación del viento moviendo su cabello y refrescando sus pensamientos. El corazón le palpitaba fuerte y se sintió cercana a las fuerzas mismas del universo y tan ajena a las personas que le rodeaban en el plano terrenal en ese mismo momento.

   -¿Y bien?, ¿lo sientes ahora Cannelle?- preguntó Michelle quien observó curiosa el muy gráfico éxtasis que su amiga estaba experimentando.

   –Oui, ¡oui!, ¡se siente magavilloso! Pego… sigo sin sabeg que haceg– respondió la chica un poco confundida. Definitivamente había percibido algo cósmico, una conexión espiritual con fuerzas más allá de su comprensión. Pero no había recibido ningún mensaje. Ninguna señal sobre lo que debería buscar o hacer.

   -Bueno, a veces así es como Diosito actúa. No te va a dar las respuestas así de fácil, nena. Además, no estoy segura de que un Dios te quiera hablar si vas a buscarlo al templo de otros Dioses. Pero descuida, aún nos falta intentar algo- cantó Michelle misteriosa mientras comenzaba a caminar un poco sobre la cima. Cannelle guardó silencio y notó un grupo de gente agachándose en círculo como si estuvieran observando y picando hormigas. La francesa intuía lo que estaban haciendo, pues entre sus lecturas propias y por la guía de su profesor, sabía que había una especie de cuadro de metal muy pequeño e incrustado en la pirámide que, al tocarlo con la punta del dedo, uno simplemente se cargaba de energía solar y se purificaba de cierta manera. Cannelle no tenía mucho entusiasmo por agacharse con su sudadera/pañal, rasparse las rodillas y hacer el ridículo, pero no iba a dejar pasar la oportunidad ahora que estaba en la cima y que desesperadamente buscaba respuestas.

   -Hazlo tú, pog favog Michelle y dime si está muy caliente- pidió la chica extranjera. No temía sentir dolor, pero no quería tener una fea marca en su dedo debido al calor.

   –Ash, eres una niña delicada Cannelle, solo tócalo- indicó Michelle apretujándose un poco entre la gente de alrededor. La mexicana se agachó sin reparo y mientras tomaba la mano de la francesa, descuidó un poco su fuerza provocando que su amiga cayera con las rodillas y en su mano libre, provocándole un gran dolor.

   -¿Está usted bien señorita?- preguntó a Cannelle un hombre mayor que estaba junto a las chicas.

   –Auch, ¡démon!, oui, estoy bien. Ay, estoy toda gaspada– se quejó la francesa con tristeza y frustración. Estaba muy molesta y se soltó de la mano de Michelle con brusquedad <<Tocaré el estúpido cuadrito y me largaré de aquí, supongo que la inspiración divina no es tan fácil de obtener>>, pensó con dolencia. La gente la miraba; algunos hombres, entre ellos el sujeto que preguntó por su bienestar, le miraban el trasero. La chica ya no sabía si era por lujuria o por el pañal, poco le importó en ese momento. Simplemente extendió la mano y se dispuso a tocar el cuadro místico de metal que nadie atendía en ese momento debido a la distracción provocada por la caída de la chica.

   El metal estaba frío, realmente frío. Casi como un hielo. Además de eso, Cannelle no sintió nada y se levantó confusa por la sensación. No había experimentado un éxtasis cósmico, ninguna visión o ninguna señal. Solamente un trozo de metal inexplicablemente frío. Sin alguna carga de energía solar.

   -¿Y bien?- preguntó Michelle mientras ayudaba a su amiga a levantarse y la alejaba de miradas curiosas.

   -No sentí nada- respondió seca y decepcionada la chica francesa. Sin decir ni una palabra más comenzó el inclinado descenso que se apreciaba mucho más terrorífico que la subida. A cada escalón que bajaba, Cannelle se sentía más mundana, más terrenal y más absurda por haber compartido su misión con Michelle, por haber hecho el ridículo en la cima de una de las pirámides más majestuosas del mundo, por usar una sudadera a manera de pañal y sobre todo por haber creído que era digna de tener una revelación cósmica para encontrar su destino.

   Era tal su apatía, que, en combinación con el calor y el cansancio, la rubia comenzó a sentirse terriblemente mal. Su energía se estaba acabando de repente y la cabeza le empezaba a dar vueltas. Cannelle se dio media vuelta en los últimos escalones antes de llegar al suelo y miró a Michelle para decirle que se sentía mal, pero al voltear hacia arriba buscando a su amiga, el Sol justo encima de la pirámide le dio de lleno en el rostro y la cegó por un momento.

   -¡Cannelle!- gritó Michelle viendo como la chica francesa cerraba los ojos y se dejaba caer de un par de metros de altura. Había más gente en las escaleras, algunos solo hicieron ademán de quitarse mientras la desmayada muchacha rubia se desvanecía en dirección a una inminente y dolorosa caída. Michelle no pudo alcanzarla y temió lo peor. Afortunadamente, una figura extraña con el rostro cubierto con un rebozo morado, de poca estatura y complexión robusta, alcanzó a detener a la chica y sin inmutarse la sostuvo con un abrazo y se apartó llevándola con los pies a rastras a unos metros de la pirámide.

   -Criatura, tú que vienes con esta muchachita. Ayúdame con la bolsa, no seas malita- indicó con una anciana voz femenina la extraña persona, con el rostro cubierto en morado y vestimenta artesanal de manta blanca, muy hermosa y con finos bordados de flores.

   -¿Quién?, ¿yo?- preguntó extrañada Michelle, la voz la había escuchado con la claridad de quien habla al lado de uno en una habitación privada, pero la persona misteriosa se encontraba a unos tres metros de distancia y con la boca tapada.

   -¡Esa bolsa!, caray, es mi mandado. Tráelo, mijita– indicó fastidiada y con la misma claridad de antes la, aparentemente, anciana mujer. Michelle rebuscó a su alrededor y notó al pie de los escalones de la Pirámide una bolsa cualquiera de mercado llena de lo que parecía ser cilantro y otras verduras, también notó el bolso y el sombrero de Cannelle, ahora llenos de tierra, y con ternura los recogió.

La chica se acercó tímidamente y analizó a la persona que llevaba recargada a una inconsciente Cannelle como si fuera una ligera muñeca de trapo. La anciana debía medir cuando mucho un metro y medio. Calzaba huaraches, un tipo de sandalias típicas de Latinoamérica, los cuales dejaban al descubierto parte de unos pies feos y llenos de callos. Sus manos también estaban desgastadas, reflejando incluso más edad que la voz. Mientras la joven se acercaba, notó que la extraña señora no le prestaba atención y por el contrario sujetaba con una sola mano a la francesa mientras que con la otra le daba mimos en la parte posterior de la cabeza, como si fuera un perro o algo similar. A través del rebozo solo asomaban los ojos, unos ojos negros como la noche más absoluta en el iris y la pupila, pero con el resto tan blanco como la nieve del Popocatépetl. La chica se extrañó por esto pues esperaba unos gastados y amarillentos ojos para hacer juego con la poca y desgastada piel visible de la anciana.

   Al acercarse lo suficiente, Michelle se detuvo con ademán de querer decir algo, pero la extraña señora se dio media vuelta, se acomodó a Cannelle un poco mejor en el hombro y comenzó a caminar con gracia y comodidad. La francesa aún arrastraba los pies en la tierra y tras pocos pasos de su cargadora, perdió un zapato que Michelle levantó y sacudió contra su ropa.

   Caminaron por diez minutos y a la chica mexicana le extrañó que nadie las estuviera volteando a ver, ni siquiera de reojo. La anciana salió de la zona de Teotihuacán por un camino con árboles que Michelle asumió no estaba abierto al público. Sin muestras de querer detenerse a descansar, la señora misteriosa caminó diez minutos más hasta que apareció a la vista un reducido pueblo, con menos de diez casas pequeñas, muy bonitas y sencillas hechas de barro. Michelle sintió impulsos de preguntar a donde se dirigían, de detener incluso a la mujer y exigir que llevaran a su amiga ante un médico o que llamaran a su profesor, pero no pudo articular palabra. Sentía miedo, pero no percibía maldad o malas intenciones, tenía la extraña sensación de que ella no debía estar, que solo estaba estorbando y que Cannelle estaría bien. Sus reflexiones fueron interrumpidas cuando la anciana se detuvo ante la primera de las casitas, cuya entrada no tenía puerta, solo una hermosa tela del mismo color que el rebozo que le cubría el rostro a la señora, para preservar la intimidad del hogar.

   -¿Necesita ayuda para meter a Cannelle?- preguntó tímida Michelle solo por decir algo.

   -¿Cannelle? Ay, pero que bonito nombre- dijo risueña la anciana, en esta ocasión su voz se escuchó acorde a un sonido que traspasa la tela que cubría su boca. La chica mexicana notó el cambio.

   -Ah, sí. Ella viene de Francia.

   –Mijita, ¿esta flaca significa mucho para ti?- preguntó la anciana dándose vuelta para mirar a Michelle, aún en la entrada de esa casita.

   -¿Qué? Pues, nos conocemos hace poco. Pero, pues, supongo. Me cae muy bien, esperaba, espero que nuestra amistad crezca mucho, no sé. Creo que yo no le caigo tan bien a ella- se sinceró Michelle confundida por la pregunta.

   -Pásate, deja la bolsa en la mesa del fondo y no toques nada. Bueno, agarra una fruta si quieres, están bien buenas. Bueno, llévate dos, ándale. Cuando acabes salte conmigo, ahorita meto a la guapa- indicó con firmeza, pero con bondad la señora. Tenía una personalidad fuerte pero extrañamente dulce al mismo tiempo. Michelle obedeció, cuestionándose internamente todo; con cautela atravesó la tela morada de la entrada y encontró un cuarto circular con tres puertas más o, mejor dicho, tres entradas cubiertas por la misma clase de tela que parecía ahora tan característica de la anciana. En el ambiente había un fuerte olor a yerbas y un ligero humo daba niebla a toda la habitación. Había dos camas en esa extraña habitación y Michelle dio un brinco asustada cuando notó que había alguien durmiendo en una de ellas. No pudo ver cómo era la persona pues tenía el cuerpo cubierto por una cobija común y corriente de las que la propia chica tenía en su cuarto. Notó la suave respiración de la persona bajo la manta y avanzó con más cuidado para no perturbar su sueño. Junto a una mesa de madera estaba el único aparato tecnológico del cuarto: un refrigerador. Fuera de ese detalle anacrónico con el resto de la decoración, todo era humilde y artesanal. La chica dejó la bolsa de la anciana en la mesa y en el suelo de tierra colocó los ya sucios sombrero, bolso y zapato de su amiga. Tras otro vistazo al cuarto, aunque no había mucho que observar, salió de nuevo sintiéndose feliz de estar fuera de esa peculiar casa de barro.

   -Listo señora- dijo Michelle tratando de parecer relajada.

   -Me rechazaste mis frutas, bueno. Sigue comiendo esos chuches que les dan ahora a los niños, a ver si no te me enfermas- reprendió la anciana algo dolida.

   -Disculpe, yo…

   –Bah, no importa. Ya vete, creo que sabrás como regresar. Si no, desde aquí se ve la Pirámide de todos modos, estarás muy mensa si te pierdes. Vuelve en una hora por la flaca si es que no te la mandé ya. Hazme el favorcito de venirte sola, na más tengo poquitos platos y no puedo convidarle de comer a muchos, bueno está bien, trae a alguien más si quieres- dijo la anciana sin esperar respuesta mientras se adentraba en su casa. Michelle prefirió no tentar a su suerte al perturbar a la señora así que decidió quedarse a pocos metros de distancia de la casa esperando a que algo ocurriera. Tras cinco minutos aguardando bajo el Sol, escuchó claramente la voz de la señora como si de nuevo estuviera a su lado <<¡Vete!>>, le gritó la voz y Michelle asustada se alejó, prometiéndose regresar en una hora por su amiga.

   -Ay, pego que bonito lugag– admiró una soñolienta y relajada Cannelle mientras despertaba recostada en una cama muy plana en el interior de la casa de la extraña anciana.

   -Gracias mijita, tú si sabes apreciar lo bueno, ¿verdad?- dijo complacida la anciana. Ahora llevaba el rostro descubierto más no así su cabello, el cual asomaba solo en parte y era en su totalidad blanco. Su cara tenía la piel altamente desgastada y arrugada, con el color del barro y unos labios prácticamente inexistentes. Cannelle volteó tranquila desde la comodidad de la cama y miró a su interlocutora. A pesar del shock de ver a alguien tan anciano rebozando tanta energía, lo que más llamó la atención de la francesa fueron los limpios y tan contrastantes ojos de la anciana. Esto sacó a la chica de lo que ella pensaba era un sueño y de golpe se levantó.

   -¿Qué?, ¿pego que estoy haciendo aquí?, ¿quién es usted?- preguntó confundida la chica mientras se incorporaba. Al tocar el suelo notó que iba descalza, se horrorizó al ver sus pies y sus tobillos llenos de tierra y su piel dañada por el previo arrastre que sufrió al ser llevada a ese lugar <<Al menos ya no llevo el pañal>>, pensó con irónico alivio.

   -No te haría mal salir un poquito más flaquita, mira nomás como se te pusieron las piernas na más de tocar la tierra un ratito- rio la anciana mientras organizaba el contenido de su bolsa en la mesa y posteriormente en el refrigerador.

Cannelle estaba asustada y notó en el ambiente un extraño aroma a plantas quemándose, aunque no supo identificar cuáles eran.

   -¿Soy una pgisionega?- preguntó asustada la chica.

   -¿Una qué?, mijita– preguntó confundida la anciana al no entender el acento tan marcado de la francesa.

   -Una esclava, ¿estoy aquí encegada?

   -Ay mi amor, no te entiendo nada. Pero no, eres libre de irte si quieres. Aunque te traje aquí porque tahtli Tonah me dijo que hoy ayudaría a que un hilito en el tapiz del destino comenzara a darse cuenta de a dónde está bordado. Y creo que eres tú ese flacucho hilito dorado. ¡Ay!, que misteriosa soné, ¿a poco no?

   -Ah, bueno- respondió la chica confundida, aterrada y halagada al mismo tiempo –Oui, estaba espegando algo de inspigación divina pego, esto no es exactamente lo que tenía en mente- confesó y se detuvo a reflexionar un momento -Tonah es Tonatiuh, ¿vegdad? El Dios del Sol de los Aztecas- añadió Cannelle aún sin confiarse mucho, pero esperanzada por lo que se le estaba presentando.

   -Oh güerita, eres mucho más lista que esa amiga tuya y que este flaco que tengo dormido en la otra cama desde hace dos días, sabes un poquito sobre nuestra cultura y ni eres de aquí. Mira nada más que cosas- sonrió la anciana gratamente sorprendida. Hasta ese momento Cannelle no se había dado cuenta de la presencia de otro individuo en el cuarto y ahora no podía dejar de verlo con cierto recelo.

   -¿Me va a dogmig pog días a mí también?- preguntó asustada la chica, mirando a ambos lados en busca de una posible ruta de escape.

   -¿Qué? Flaquita, no te entiendo nada. Tonatiuh me lo pone cada día más difícil- se lamentó la anciana –Primero llega este todo triste sin querer hablar y a ti que si hablas no sé ni que dices.

   -Disculpe, apenas me estoy acostumbgando– se excusó la chica con timidez –Oiga. Tonatiuh es un Dios Azteca- continuó Cannelle –y esto es Teotihuacán. Una civilización completamente difegente.

   -Bueno, Teotihuacán es la palabra que los mexicas dimos a este maravilloso y mágico lugar, mijita. Ni nosotros sabemos quiénes lo hicieron ni cómo se hacían llamar. Su nombre original no cambia lo que es. Al Dios del Sol puedes decirle Tonatiuh, Ra, Utu, Helios, Inti, Amateratsu o como se les ocurra a los diferentes y respetables pueblos del mundo. Pero siempre es el mismo Dios. No es hombre y no es mujer, no es único y no es más de uno. Es una parte y es el todo. Tú vienes aquí, a nuestras tierras que también son tuyas a buscar a tu benévolo Jesús y ese Jesús te habla hoy a través de Tonatiuh. La religión no es para pelearnos, es para unirnos- finalizó la señora con evidente orgullo por su discurso. Cannelle estaba impresionada con los conocimientos de la anciana y se sintió conmovida por lo que acababa de escuchar.

   –Madame, eso fue hegmoso. Nunca lo había pensado así- admiró la chica francesa sintiéndose conectada de nuevo con el cosmos. Una parte de sí misma se había despertado y su conocimiento de todas las cosas se estaba poniendo en duda en ese mismo instante.

   -Gracias mijita. Es que leo mucho y debo decir que soy un poquito más vieja de lo que parezco, he visto muchas cosas- rio alegre la anciana y de inmediato tosió como si hablar de su edad de repente le recordara que debería ser mucho más frágil de lo que en verdad era.

   -Es evidente que usted sabe mucho, pego dígame, pog favog, ¿cómo sabe sobge mi búsqueda de Dios?- cuestionó la francesa con recelo sobre la situación. La mujer abandonó ligeramente su actitud alegre y puso una expresión mucho más sensible, la añoranza era evidente en su mirada y en su pose.

   -Yo también he buscado respuesta en los Dioses, mi niña y siempre responden y, rete hartas veces, hasta responden lo que uno quería escuchar… lo malo es que a veces lo que uno quiere no es lo que necesita, mijita– explicó la anciana con la melancolía típica de una abuela con la experiencia y la reflexión de toda una vida.

   -Le asegugo, madame, que de podeg igme a casa, lo hagíapego debo encontgag gespuestas, me gusten o no- confesó Cannelle, intentando dar a entender que respetaba y valoraba las palabras que la anciana le estaba transmitiendo, pero también asegurándose de dejar en claro que no abandonaría su misión.

   -Ay mijita, cuídate mucho nomás, no te me andes en malos pasos. Tu persona tiene un espíritu re bonito y eres bien despierta. Na más pórtate bien y no te desesperes. Vas a ayudar mucho- consoló con ternura la señora mística, acariciando la mejilla de Cannelle con su arrugada y vieja mano, gesto que no incomodó a la francesa, sino que, todo lo contrario, le despertó sensaciones muy agradables.

   –Oui, madame. Entonces, ¿pog qué estoy aquí?, ¿debo quedagme y seg su apgendiz?- cuestionó la chica con verdadera intención de hacer hablar más a la mujer pues, hasta ese momento, todo lo que le había dicho había sido muy hermoso y profundo, pero nada le indicaba un curso de acción, un destino al cual ir o una pista plausible para continuar con su búsqueda.

   -¿Mi qué?- preguntó de nuevo extrañada la anciana –No mijita, tú no te quedas. Lo que, es más, ya acabé mi misión contigo. Te diría que ya te fueras, porque que tu amiga está muy preocupada por ti. Pero te tengo que pedir un favorcito- dijo misteriosa la anciana. Cannelle estaba decepcionada de no poder quedarse a aprender más sobre los Dioses. Trataría de insistir más después de cumplir el favor que le solicitara la sabía mujer.

   -Lo que usted guste- respondió servicial la chica.

   -Quédate unos minutos aquí cuidándome el guiso de chiles mientras voy aquí cerquita por unas plantas que me faltaron, es que fíjate que tenía harto cilantro plantado y ya se me acabó. Cómete una fruta si quieres mientras, se ve que te hace falta comida. Aguas con el guiso, está muy picoso ¡No dejes que se queme!- guiño la anciana con alegría mientras salía de la casa de barro sin esperar respuesta.

   -Ah, está bien, supongo- respondió Cannelle para sí misma sabiendo que la anciana ya la había dejado hablando sola.

   -Gracias, no tardo- escuchó claramente la francesa como si la anciana estuviera a su lado. Esto la hizo dar un brinco y mirar asustada a su alrededor. Tras calmarse se acercó a la mesa y tomó un durazno tan dulce que los dientes le dolieron al comerlo.

   Cannelle recorrió el modesto cuarto con curiosidad y tras un momento se alertó de que no había ningún guiso. Asustada por pensar que se le quemaría la comida, intentó asomar a los cuartos adyacentes, pero notó que, a pesar de estar resguardados por solo una tela, esta tela, color morado, se encontraba amarrada o clavada a las paredes de barro, para impedir el paso. Así que decidió no inmiscuirse.

   Sin otra cosa que hacer, Cannelle se acercó al ser que estaba durmiendo con una extraña calma en una cama idéntica a la que la chica había utilizado minutos atrás <<¿Cómo puede esta persona dormir por dos días enteros?, ¿estará bien?>>, se preguntó. Sin deseos de averiguar que había debajo de la cobija, se alejó hacia la entrada de la casa a dar un vistazo para ver si ante ella aparecía el guiso que la anciana le había pedido cuidar.

   Abstraída en sus pensamientos, la hermosa chica no escuchó los ruidos provenientes de la cama ocupada. La persona que por dos días había reposado inmóvil en ese catre ahora estaba de pie.

   -Oye, ¿qué hora es?- preguntó un hombre de voz joven que asustó como el demonio a la pobre Cannelle, quien gritó aterrada por el impacto. Inmediatamente se dio la vuelta e intentó recobrar la compostura.

   -Di… discúlpame. No cgeí que fuegas a despegtag. Espego no habeg sido yo quien te molestó. Pegdóname. La señoga no debe tagdag en volveg– dijo Cannelle con rapidez y con la voz entrecortada, se había quedado cerca de la puerta en caso de que la persona frente a ella se portara hostil.

   -Sí, ¿qué hora es?- repitió el personaje en un acento fuerte que la chica desconoció. Su mirada era seria, bastante triste y aunque miraba a Cannelle a los ojos no parecía estar interesado en ella como persona. Sino como medio para obtener la hora. La chica francesa se alertó a esto. A pesar del sobresalto no pudo evitar notar que la persona frente a ella era un hombre de aproximadamente la misma edad, no muy atractivo para su gusto. Sin embargo, se extrañó de que el joven no la estaba recorriendo con la mirada, no había tratado de ser amable con ella, no le había dicho lo linda que era, lo bonito que hablaba, no estaba tratando de hacerle ninguna plática <<Concéntrate Cannelle. Este no es momento para que te fijes en esas estupideces>>, se reprendió al instante.

   -Mi… mi celulag está en mi bolso detgás de ti- señaló la francesa sin avanzar y sin dejar de mirar fijamente al joven frente a ella –Ah, pego si me pegmites– añadió aventurada –cgeo que es más impogtante que sepas que has estado dugmiendo pog dos días.

   -¡¿Qué?!, ¿dos días?, esa anciana… ¿estás segura?, ¿has estado aquí estos dos días?- preguntó el joven dando un paso adelante sin dejar su mirada decaída y sin apartar sus ojos de la chica. Cannelle se sintió con un poco más de confianza y avanzó un paso también.

   -Llegué aquí hoy, eso cgeo. Pego la madame me lo dijo.

   -No comas nada que te ofrezca esa mujer- clamó con firmeza el joven. Cannelle se arrepintió de haber tomado ese durazno. Acto seguido, el sujeto se acercó a su cama y tras buscar entre las cobijas encontró una mochila sucia, la cual se colgó en la espalda y sin decirle nada a la chica, simplemente salió de la casa de barro. La francesa salió a detenerlo por impulso y lo atajó a un par de pasos de la entrada del hogar de la anciana, poniéndose frente a él.

   –Espega, pog favog. Estoy seguga de que la señoga te dejagá ig, pego pog favog espégala. No cgeo que tenga malas intenciones.

   -No es una mala mujer, pero debo continuar mi camino- respondió el chico con remarcada tristeza en sus palabras. Cannelle retrocedió instintivamente un paso, cuando se acercó al joven, a la chica le llegó un fuerte picor a los ojos y a la garganta debido a un penetrante olor a chile e inmediatamente comenzó a toser. El muchacho notó su reacción y fastidiado se alejó. La chica entendió lo que la anciana quería decir con “guiso picoso”. Se refería al joven que ahora trataba de marcharse sin escuchar razones. La francesa se exaltó y se decidió a no dejarlo ir con facilidad <<Dentro no olía así, las yerbas y el humo eran para ocultar su aroma a chile>>, reflexionó con una certeza inmediata.

   -¡Espega!, ¿paga dónde vas?- le gritó mientras le alcanzaba –Yo me igé en cuanto la anciana vuelva. Voy paga Neo Tenoch, vine en un autobús y si vas a un lugag en esa digección yo puedo pedigle a mi clase que te deje venig con nosotgos, ¿qué dices?- Cannelle había notado que la ropa y la mochila del joven eran de buena calidad, pero que estaban desgastadas y raídas. Por lo que supuso que los recursos monetarios del chico se estaban acabando y rogaba porque esa oferta fuera lo necesario para que se quedara hasta que la anciana llegara. No sabía porque, pero si una emisaria de los Dioses le había encomendado vigilar a ese sujeto, ella lo haría a toda costa.

   -Está bien- aceptó el joven con su mismo triste, serio y monótono color de voz.

   -Genial- suspiró aliviada la chica –Hay que volveg a la casa. Pog ciegto, mi nombge es Cannelle.

   -Felipe- respondió él.

 

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