El Hombre Tortilla: Capítulo 5

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Captulo 5

 

Neo Tenoch: Iztapal: El Paraíso: Habitación de Juan

Septiembre 1016-II

 

   -¿Juan?, ¿tocayo? Despierta, ¿quién es ella? Nada, no hay manera, están como una cuba, ¿alguna idea Aranza?

   -Anda, hace mucho que no me pongo una tan buena como la que traen estos dos, ¿entonces llevan así una semana?- preguntó Aranza, con su uniforme de policía, entre asqueada e impresionada mirando a Juan ojos cafés y a una chica de baja estatura, cabello oscuro, anteojos y notorio sobrepeso. Ambos estaban profundamente dormidos sobre el delgado colchón de Juan ojos verdes, en el cuarto con techo de lámina que este rentaba. A su alrededor, en el piso, había varias botellas de tequila vacías. Un par de costales blancos de maíz para tortillas servían a manera de bolsas de basura, pero ya estaban repletos y el excedente de desechos se repartía por todo el cuarto. Todo el panorama era sucio y desolador, con una artística excepción; en una pequeña bocina portátil, a un lado de la cama, sonaba una hermosísima música mexicana que desde hacía una semana se escuchaba con dolor en todo el país y en gran parte del mundo.

   -Él lleva días aquí, es Juan, mi amigo de la tortillería, no pretendía que lo conocieras en estas condiciones. A ella no la conozco, pero se parece a la descripción que mi tocayo me ha dado de su novia, creo que llegó ayer. No he estado mucho por aquí, es deprimente- explicó Juan ojos verdes mirando a su compañero ahogado en alcohol desde hacía varios días por la muerte de uno de los más grandes íconos mexicanos, para muchos, el más grande de todos: el genio musical Juan Gabriel.

   -¿Deprimente verlo así?- preguntó Aranza intentando sonar animada y relajada –Anda, ¿más deprimente que tú acompañándome en El Cerro y que El Monstruo apareciera cuando bajaste por más comida?- se burló Aranza entre risas.

   -Sí, últimamente la suerte no me ha acompañado, o tal vez si lo hace. Yo me considero fuerte, pero no creo poder enfrentar a una criatura como esa, los reportes que he leído en internet dicen que podría ser un nivel 7 o inclusive 8. Yo no me he probado a fondo, pero creo que soy un 6- analizó Juan con cierto alivio por haber evitado el enfrentamiento y porque Aranza saliera ilesa, nuevamente, del encuentro. Aunque de nuevo sin ninguna prueba sobre la identidad de la criatura.

   -Niveles- dijo la chica policía pensativa –Casi nadie los usa para referirse al poder de alguien. Eres apenas la segunda persona que conozco que sabe sobre esas cosas de niveles y clases y todo eso jaja, eres un nerd- continuó Aranza con una sonrisa, Juan respondió en forma alegre.

   -Es que me apasiona todo esto. Oye, salgamos de aquí, creo que no despertarán en un rato y el olor es insoportable para alguien con mi sentido del olfato- pidió Juan molesto por la peste en su cuarto, él procuraba tenerlo siempre limpio y había aceptado tomar unos tragos con su tocayo en honor a Juan Gabriel, un artista que gustó a Juan ojos verdes en demasía, cuyas canciones le hicieron pasar una muy agradable primera noche con tequila en México. El muchacho lamentaba haber conocido la obra de tal maestro solo al momento de su muerte.

   Posterior a la magnífica noche en honor al Divo de Juárez, Juan ojos cafés se había levantado con una resaca insoportable y apenas pudo dar instrucciones a su tocayo de donde se encontraban las llaves de la tortillería. El joven extranjero se sintió encantado con la idea de atender el negocio por un rato. En días anteriores había aprendido a utilizar las máquinas y a hacer tortillas de excelente calidad, se le daba muy fácil, además sabía que el dueño de la tortillería no aparecería durante varios días más, así que aceptó gustoso la misión y dejó a su amigo durmiendo en el viejo catre.

   Sin embargo, Juan ojos verdes no supo donde estuvo la falla, si en su falta de convicción para ser la autoridad moral y ordenarle a su amigo que se levantara, si en el hecho de haber aceptado la oferta del supermercado en la intersección de Batallón y Quetzal de comprar una caja entera de tequila a mitad de precio <<Los tendremos guardados para futuras reuniones>>, había dicho Juan ojos cafés << ¡Pero qué listo es mi tocayo!>>, había pensado Juan ojos verdes. O tal vez la falla había estado en las nulas ganas del extranjero de dejar el empleo en la tortillería. Fuese como fuese, el muchacho estaba decidido a terminar con la borrachera de su amigo ese día, por el bien de ambos <<O tal vez mañana>>, pensó.

   -Anda, se ve algo chamaco, ¿sus padres no estarán preocupados?- preguntó Aranza mientras ella y Juan salían de la vecindad y comenzaban a caminar sin rumbo fijo.

   -Solo vive con su papá, el señor es… Bueno, por lo que mi tocayo me ha contado, el señor seguramente está en condiciones peores que su hijo, ahora mismo- reveló el extranjero con seriedad.

   -Sigues teniendo ese problema, Juan- le reprendió Aranza –sueltas información muy fácil. Eso que me dijiste es algo muy personal de tu amigo, no creo que se ponga contento de saber que me contaste.

   -Ah, tienes razón, lo lamento- reaccionó el joven arrepentido.

   -Anda, serías un desastre sin mí- le dijo coqueta la chica a Juan mientras lo tomaba por el brazo.

   -Creo que somos un desastre, juntos- rio el extranjero.

   -Oye, ¿ya comiste?- preguntó Aranza tratando de elevar a un más el ánimo y tener una excusa para seguir junto a Juan.

   -Sí, antes de que llegaras estaba en la tortillería y bueno. Solo digamos que hoy no hubo sobras.

   -Anda, haces eso casi a diario. Digo, todos comemos tortillas, pero como complemento de la comida. Tú le haces al revés, tu platillo principal son las tortillas y cualquier otra cosa es para acompañar- reflexionó la chica en un intento por motivarlo a compartir una pizza o alguna comida distinta.

   -Bueno, es que me encantan. De hecho, creo que, hasta ahora, mi cosa favorita de México son precisamente las tortillas. Hoy las comí hasta reventar. Recién hechas, recalentadas, hasta frías, son una delicia- dijo Juan reflexionando que normalmente un comentario así lo habría hecho sentir avergonzado, pero había hecho tan buenas migas con Aranza en tan poco tiempo que se sentía en confianza de decir lo que pensaba.

   -Entonces, ¿nada de hambre?, ¿ni un poquito así chiquito?- insistió la chica, pues sabía que, con el metabolismo de Juan, no pasaría mucho tiempo antes de que necesitara comer de nuevo.

   -Nop, no realmente. Hoy comí tanto que mi estómago se infló más que cuando usaste tus poderes sobre mí- comentó el chico sin haber captado la indirecta de su acompañante.

   -Anda, que bueno- aceptó seria la chica policía.

   -¿Está todo bien?- preguntó preocupado Juan. Aranza se desesperó, pero también se sintió encantada por lo distraído que el guapo extranjero demostraba ser.

   -Sí, todo bien. Oye, ¿me compras un helado?- pidió la chica, de una forma mucho más dulce y coqueta. Juan notó lo automático de la pregunta, como si estuviera acostumbrada a pedir cosas de esa manera porque sabía que funcionaba. Sin embargo, al muchacho no le importó, de repente captó el mensaje que Aranza había tratado de enviarle.

   -Claro, con gusto. No creo que a mi tocayo le moleste que tome un poco del sueldo que he ganado para él estos días y nos compre algo frío. En fin, hasta el próximo mes subiremos a El Cerro de nuevo, ¿cierto?, esta vez no se nos escapará ese hombre lobo.

   –Ash, me choca que no tengas redes sociales. Algo para hablarnos más seguido y ponernos de acuerdo. No te quiero estar llamando cada que quiero que te rías de un meme o algo así- se quejó Aranza fastidiada mientras jalaba del brazo a Juan y lo encaminaba hacia la heladería en lo alto de Quetzal.

   -¿Eso a que viene?- preguntó Juan extrañado.

   -Que si pudiera hablar contigo más seguido podríamos hacer planes para atrapar a El Monstruo o para hacerte un traje de héroe o para mejorar tu acento o mil cosas más. Si no vas a abrir una cuenta de alguna red social para hablar conmigo, deberías invitarme a salir más seguido- las intenciones de Aranza sacudían una alerta en la cabeza de Juan, aunque este no lograba entrever que sucedía <<Esto ya no es solo sobre comida gratis>>, pensó.

   Durante los casi dos días que pasaron juntos en la cima de El Cerro, los dos jóvenes habían congeniado mucho y aunque, por mutuo acuerdo, habían limitado la información personal que se compartían, si habían intercambiado sus puntos de vista sobre la vida, la sociedad, sus objetivos y sus deseos, sus gustos y sus aficiones. Aranza había quedado evidentemente encantada por conocer a Juan y desde que la Luna Llena había terminado, la chica no perdía oportunidad para llamar o visitar al muchacho. Juan, por su parte, encontraba reconfortante la compañía de Aranza, aunque comenzaba a incomodarse por las evidentes muestras de un afecto más allá de la amistad que la joven policía le demostraba. No es que le resultara desagradable o poco atractiva, sino que el joven extranjero no podía lograr olvidar su pasado y los errores que cometió en su país natal. Aún tenía mucho miedo de encariñarse con alguien, esa era otra razón para dejar a Juan ojos cafés tanto tiempo ebrio en el cuarto <<Al menos así sé que está a salvo. Mientras no muera de una congestión alcohólica o ahogado en su vómito>>, pensó el extranjero, en su momento. El muchacho notó que ya llevaba mucho tiempo en silencio e intentó seguir el hilo de la conversación.

   -Ah, claro. Cuando saque a mi tocayo del cuarto lo limpiaré bien y podemos discutir todo eso con calma, como antes de que me invadiera la compañía de esa linda pareja- respondió Juan tratando de encontrar una buena solución a lo que la chica pedía, ella en cambio se mostró más sería y se detuvo.

   -No, no me refiero a eso. Invítame a salir bien. Ten una cita conmigo. Yo te invito, no importa que comas mucho, anda- pidió Aranza mirando al piso. Era la primera ocasión que Juan la veía actuando tímidamente y, a diferencia de su gesto para pedir algo, esta emoción no se sentía fingida ni ensayada. El muchacho la miró fijamente a la cabeza y carraspeó en un intento de llamar su atención, la diferencia de veinte centímetros de estatura hacía que la cara de la chica quedara totalmente oculta al mirar hacia abajo y esto le dificultada al chico el entender la situación, pero tenía una noción.

   -Yo, Aranza. No estoy listo- comentó nervioso pero honesto.

   -Bueno, yo… es que… es que- dijo sincera y dispuesta a abrir su corazón -Eres increíble y… y creo que es mejor que te… te fijes en mí antes de que empieces a llamar la atención de todas las chicas- expresó Aranza llena de nervios, hablaba como si fuera una niña pequeña y no una adulta. Todavía miraba hacia abajo, pero se acercó a Juan y le sujetó la punta de los dedos. Ella estaba en extremo sonrojada y temía lo peor.

   Cierto era que la chica había tenido un número de parejas indiscretamente más grande que el usual en alguien de su edad y que tal vez había accedido con facilidad a hacer ciertas cosas que minarían su reputación ante la sociedad <<Lo admito, fui una tonta y una zorra por mucho tiempo, una fácil que no sabía decir que no y si tú supieras eso y me rechazaras lo entendería, pero… pero no lo sabes y no es que quiera ocultártelo, pero quiero que me conozcas sin que mi pasado influya en cómo me miras. No me rechaces, Juan, por favor. Si lo haces, yo… ¿Qué tengo de malo?, ¿por qué no merezco amor? Yo puedo quererte como nadie más lo hará, yo puedo cuidarte>>, reflexionó la chica con miedo mientras aguardaba la respuesta.

   Aranza no era una mala mujer, no era insensible ni tenía malas intenciones con el mundo. Del buen número de chicos que habían intimado con ella, solo dos le habían calado el corazón y la chica policía sabía que el apuesto joven frente a ella podía ser el tercero, ella deseaba que Juan fuera el tercero, el último, el verdadero, el mejor.

   El silencio había pasado ya de la tensión a la incomodidad y Aranza se forzó a mirar a Juan a los ojos. La chica soltó la mano del joven y lo miró triste y sin comprender. El poderoso, pero frágil joven miraba a la nada con expresión seria y melancólica, no lloraba, pero tenía los ojos rojos. Sin voltear a mirar a la chica, dijo:

   -Aranza, yo no merezco esta clase de amor- acto seguido, emprendió el viaje de vuelta a la vecindad en Zapadores, dejando sola a la joven policía, en confusión y con un vacío en el pecho.

   -Yo tampoco…- expresó para sí misma, dolida.

   -¡Órale!, que soy casado- balbuceó Juan ojos cafés mientras el muchacho extranjero le revisaba los bolsillos.

   -Bueno tocayo, me has señalado hacia dónde vives, pero este pueblo es un laberinto. Espero que la dirección que está en tu credencial para votar sea correcta- se quejó serio Juan ojos verdes, aunque sin esperar a que el ebrio durmiente le respondiese, sabía que estaba demasiado alcoholizado como para reaccionar adecuadamente <<Está tan ebrio que ni siquiera se queja si lo tomo del brazo herido>>, notó Juan con asombro al girar a su amigo y tocar accidentalmente la extremidad, aún vendada, por la herida de bala de hacía varias semanas.

   Tras buscar la dirección de la vivienda de Juan ojos cafés en el mapa de su celular, Juan ojos verdes tomó a su desmayado amigo con un brazo y lo colocó sobre su hombro izquierdo con facilidad. Cuando se disponía a levantar a la novia de su tocayo para colocarla en su hombro derecho, escuchó un alarmante y desagradable sonido proveniente de la boca su amigo, en un instante que tomó desprevenido al extranjero, el pobre y mareado muchacho ebrio vomitó encima del desafortunado extranjero <<¡Ah, pero qué asco!>>, pensó disgustado <<Este día solo se está poniendo mejor>>, reflexionó con sarcasmo. El joven colocó de nuevo a su tocayo en la cama, con brusquedad y se quitó la playera, dejando un torso delgado y bien tonificado al descubierto. Acto seguido utilizó su playera con vómito para limpiar la boca de su ebrio compañero.

   -Ay sí, ven aquí- escuchó sorprendido mientras notaba que la novia de Juan ojos cafés se le insinuaba con los ojos entre abiertos <<La desperté con todo este movimiento>>, se dijo Juan fastidiado.

   -Vuelve a dormir querida, hoy ya rechacé a una mujer diez veces más hermosa que tú y no tendré reparos en hacerlo contigo también- dijo el extranjero con cierta malicia pues necesitaba desquitar un poco de su frustración y sabía que la chica no recordaría nada después. Como vio que la mujer trataba de articular más palabras, le pasó una de las botellas abiertas y tras un largo trago, la chica volvió a dormir.

   Juan se acercó al bulto que representaba su poca ropa e intentó buscar una playera limpia, pero notó con horrible asco que, además de restos de comida, había un par de condones usados y sin amarrar desperdigados entre sus prendas de vestir <<Tocayo, esta vez si te pasaste. Bueno, al menos usaste protección>>, pensó con asco. Desgraciadamente, en el impacto de ver tan desagradable imagen, Juan había jalado la prenda que sostenía en la mano y con esto, los restos pasionales de la pareja ebria, habían comenzado a batirse en la ropa del pobre anfitrión de tan mórbida fiesta.

   Afortunadamente, la única prenda que había logrado salvar era precisamente una playera. Una prenda de tela algo rígida, con rayas azules y blancas, con un botón en el cuello en V, mangas cortas y un bolsillo en el pectoral izquierdo. A Juan no le gustaba mucho esa prenda para usarla, pero le tenía especial afecto porque había sido un regalo de su tocayo <<Toma viejo, me la compré cuando iba al gym y tenía brazo, pero ahora me veo ridículo con ella, está muy justa y yo tan flaco como soy aun así me queda suelta. Creo que se te verá mejor a ti que tienes galleta>>, le había dicho su amigo.

   Juan se puso la playera y se acercó a su tocayo para levantarlo, inmediatamente se arrepintió pues el mexicano estaba aún más lleno de vómito de lo que el extranjero lo había estado hacía unos momentos. Tras resignarse, decidió quitarle la playera a su tocayo y al hacerlo se detuvo a mirarlo. Notó con tristeza que la herida de bala en el brazo solo era una raya más al tigre, pues el flacucho estómago de Juan mala suerte, tenía tres cicatrices largas, quemaduras de cigarro y en el pecho una gruesa mancha que parecía denotar que, en algún momento de su vida, el pobre chico se las había visto contra el fuego y había perdido.

   Juan sintió admiración, intriga y aprecio por su amigo, lo recostó con cuidado y lo limpió con la playera sucia. <<Bueno, no pensé esto muy bien. No tengo nada para ponerle encima>>, se lamentó. En un arranque de cariño se quitó la playera que el mismo llevaba puesta y se la puso con cuidado a su tocayo. Sin tener nada que usar el mismo, decidió buscar suerte entre su ropa sucia, pero desistió tras volver a ver el asqueroso batidillo. Un minuto después, recordó que había guardado un par de costales de maíz en su mochila, para usarlos nuevamente como bolsas de basura. Sin estar muy seguro de que fuera buena idea, tomó uno y le hizo aperturas para convertirlo en una improvisada prenda y, sin querer detenerse a reflexionar en su ridículo, se la puso <<Casi prefiero salir sin playera>>, se dijo así mismo. El costal le picaba, sobre todo en el cuello y tras inspirarse en la playera de su tocayo, decidió cortar un pronunciado cuello en V para estar más cómodo. El letrero original del costal “Maíz para Tortilla” había sido mutilado y ahora la única palabra que se leía completa, en el pecho de Juan era “Tortilla”. El joven no notó ese detalle.

   Tras toda la parafernalia, el poderoso muchacho abrió su puerta y cargó en cada hombro a uno de los ebrios enamorados y se dispuso a salir. Bajó las escaleras con facilidad, aunque dando un par de golpes accidentales a los desmayados y se encaminó hacia Quetzal.

   -Oye Juan, ¿perdiste una apuesta?- le preguntó a los pocos segundos el tendero de la tienda, el mismo hombre que días atrás había sido testigo del primer encuentro entre Aranza y Juan.

   -¿Qué?, no. Solo llevo a estos chicos a casa. Están bien, solo un poco ebrios- respondió tratando de ser casual. Se había detenido en frente de la tienda, justo bajo las escaleras y aún llevaba cómodamente a la pareja en los hombros.

   -Llamas mucho la atención, ¿no piensas tener identidad secreta? Digo, ya medio pueblo sabe de ti, pero no todos te han visto la cara y si vas por ahí cargando gente como si fueran bolsas de malvaviscos pues, te van a reconocer pronto- recomendó con cautela el tendero. Juan se quedó pensando <<Rayos, tiene razón>>, admitió.

   -Oiga, buen hombre, ¿cuál es su nombre?

   -Me llamo Rob, para servirte mi buen. Solo no me pidas fiado- respondió el tendero regordete haciendo un ademán con la mano y la cabeza como si llevara sombrero, a Juan le causó gracia de primer momento, pero el gesto le dio una idea.

   -Un placer conocerlo de nombre Don Rob, vivo aquí a unas casas. Se los dejo un momento en el piso, creo que ya me vomitaron todo lo que traían dentro, así que no se preocupe, no tardo- dijo Juan sin esperar respuesta, depositando a la pareja en el suelo, recargados en la escalera y echándose a correr hacia su cuarto.

   -Le doy cinco minutos o los voy a mojar con la manguera- habló el señor Rob para sí mismo, haciendo reír al apurado extranjero.

   <<¡Bien!, esto no está sucio>>, pensó Juan una vez en su habitación. Había tomado su ahora polvoriento sombrero negro de mariachi que había comprado en sus primeros días en México, pensando que sería un artículo de uso diario. También tomó una pequeña toalla café que usaba para secarse el sudor tras ejercitarse y la utilizó para cubrir la parte inferior de su rostro a manera de bozal, posteriormente se colocó el sombrero y aunque no tenía espejo para verse, supo de inmediato que se vería ridículo y llamativo <<Pero irreconocible al menos>>, pensó con un poco más de entusiasmo.

   A los cinco minutos exactos de su partida ya se hallaba de regreso en la tienda y la pareja de ebrios inconscientes todavía dormitaba en la misma posición en la que Juan los había dejado.

   -¡Gracias!- gritó Juan al tendero Rob, aunque este apenas pudo escucharlo debido a lo ahogado de las palabras por el cubre bocas. De cualquier manera, el joven continuó su camino sin esperar respuesta.

   Juan caminó sin problemas por todo Zapadores, las pocas personas que encontró en el camino lo miraron extrañados y con risas, pero no le detuvieron y nadie mencionó el nombre “Juan”. Solo los gatos del barrio maullaban al pasar el muchacho junto a ellos.

   Al doblar a la derecha, hacia Batallón y en dirección a la tortillería, las cosas no cambiaron mucho, pero al dirigirse aún más hacia “abajo”, alejándose de El Cerro y con dirección a la FUS Zaragoza. Juan comenzó a sentirse incómodo. A pesar de que había recorrido esa parte de la colonia muchas veces, nunca había notado tantos grupos de malandros bebiendo y generando una mala vibra en las calles. Ya antes había notado a las pandillas reunidas y aunque no sentía miedo, en esa ocasión se sintió extrañamente vulnerable e inquieto. Al principio pensó que era su imaginación, pero su agudo oído le alertó que, unas calles pasada la avenida Batallón y a una calle a la derecha de la parte baja de Quetzal, un grupo de seis sujetos de mala pinta estaban hablando de él. El extranjero ya los había dejado atrás cuando comenzaron su parloteo.

   -¿Qué no es el Juan y la Kelly los que lleva muertos ese compa?- preguntó a sus compinches uno de los desconocidos, con una voz rasposa, aguda y de timbre preocupante.

   -Ah, chale. Que mal rollo, ¿qué se cree ese compa?, viniendo a dejar los cuerpos por acá- respondió otro con el mismo acento. <<Bueno, parece que conocen a mi tocayo, tal vez si me acerco y les explico la situación, ellos puedan decirme donde vive y todos felices>>, pensó sintiendo que su plan era demasiado optimista para la situación en la que se encontraba.

   -Simón, si es el Juanito, el de las tortillas. Chale, ya se murió, ¿ahora quien me va a pagar el baro que me debe su jefe?- comentó una tercera voz, a Juan se le estaba dificultando diferenciar una de otra.

   -Nel, no lo vamos a dejar así. Vamos a cobrarle directamente a su papá o a ese compa que los trae cargando- intervino una voz algo más grave y más estúpida, si es que eso era posible.

   -No seas imbécil- dijo la primera voz, o eso pensó Juan –Hay que ser fijados, ese compa los trae como si nada, ha de ser bien fuerte. Además, ni varo a de traer, mira su playera.

   -No, no, carnal. Ha de ser su traje de héroe. Ves que se dice que el Juanito le paga a un compa de los United para que le cuide el changarro- comentó una nueva y quinta voz.

   -Ah, ¿te cae?, ¿ya sabrá sobre este compa el Sr. Tranza?- preguntó una de las voces. Juan tomó nota del detalle sobre ese tal Tranza, sin embargo, no podía darse el lujo de distraerse en ese momento.

   -El Sr. Tranza sabe todo, no seas imbécil. Si no nos han dicho nada sobre este vato hay que preguntarle al Jonathan, anda allá abajo.

   -Cha, ni ha de ser tan fuerte el morro. Aquí traemos para dejarlo bien picado, ¿vamos o qué?- preguntó una de las voces, a Juan no le importó quien. No tenía intención de meterse en una pelea, así que comenzó a correr de frente, tratando de alejarse de esas personas.

   -¡Órale!, creo que nos oyó. Vamos por él- gritó una de las voces. Inmediatamente después se escuchó un fuertísimo chiflido extraño y Juan sintió desagrado en sus oídos. Sin embargo, esa era la menor de sus preocupaciones pues el silbido había alertado a otros pandilleros de la colonia y Juan comenzó a escuchar tumulto en todos lados. Voces agresivas, ladridos de perros y motores de motoneta por donde quiera que pasaba. El pobre chico recordó cuando llegó a la colonia y pensó ese mismo día que el laberinto de esas calles le jugaría en contra si no lo conocía bien y desgraciadamente aún no estaba preparado.

   -¡Juan!, ¡Juan!- Comenzó a gritar el extranjero a su tocayo dormido en su hombro, pero no obtuvo respuesta. El poderoso muchacho no se sentía cansado, pero la ansiedad y los nervios le hacían sudar y jadear. La tarde llevaba ya un rato y el ocaso asomaría pronto, aunque no tan pronto como para esperar a la oscuridad y ocultarse. El joven notó que algunos curiosos observaban desde su ventana y él les miraba suplicante, aunque inmediatamente recordó que llevaba el rostro cubierto así que nadie podría interpretar el miedo en su cara.

   -¡Váyanse por la FUS!- gritó un nueva voz, no tan aguda como la de los demás pandilleros y Juan supo que era una orden para atajarlo a él por el frente puesto que pronto toparía con pared, si lograba saltar dentro de la Universidad, lograría estar a salvo de los maleantes, aunque no de las autoridades escolares. Sin embargo, Juan veía esa opción como poco viable pues aún le faltaba un tramo considerable y escuchaba tras de sí las motonetas que pronto le rebasarían.

   Juan dio un brinco rápido cuando sintió a uno de los vehículos motorizados detrás de él y por poco logró esquivarlo. La sorpresa del joven fue mayúscula cuando vio que en el diminuto transporte iban cuatro seres montados. Los cuales, junto a otras tres motonetas igual de cargadas, formaron una barricada unos cincuenta metros delante de su posición. Detrás de él, varios perros pitbull con gruesas cadenas y sus respectivos dueños caminaban a buen paso haciendo ruido y celebrando la violencia que provocaban

   -¿Cómo es que esto se salió tanto de control?- exclamó Juan en voz alta. Acto seguido se acercó a una casa y recordando su aventura por las cornisas del techo que tuvo al seguir a Aranza, hizo su mejor esfuerzo por lanzar sin lastimar a su tocayo y a su novia a la parte posterior de una casa para asegurar lo más posible su bienestar y mantenerlos alejados de la pelea.

   -¿Qué está haciendo ese vato en mi casa?- preguntó extrañado uno de los pandilleros que llevaba un musculoso perro encadenado en una mano y una lata de cerveza en la otra. El asustado intento de héroe alcanzó a escuchar y se maldijo internamente por su mala suerte.

   -¡No vengo buscando problemas!, Juan y Kelly están bien- gritó Juan alzando las manos en medio de la calle, rodeado de treinta enemigos, entre perros y personas.

   -¿Qué dice?- preguntó uno de ellos a su compinche de al lado. Juan no notaba que su voz perdía potencia y claridad debido al trozo de tela que llevaba amarrado en la cabeza. El chico miró rápidamente a todos los pandilleros y falló en reconocer a un alfa, a alguien con pintas de líder con quien intentar razonar.

   Un par de segundos pasaron y al no obtener respuesta, el chico intentó buscar otra alternativa, pero los pandilleros no eran tan pacientes y comenzaron a acercársele más. Sus armas eran cadenas gruesas, cuchillos, palos y un par de bates de madera. Juan no notó ninguna pistola, pero no se confiaba, suponía que un arma así la guardarían para emergencias.

   El extranjero entró en pánico e intentó sacar su celular para mostrar la dirección que buscaba, pero el gesto fue malinterpretado.

   -¡Trae fusca!, ¡a él!- gritó una voz y la mitad de los maleantes se arrojaron bruscamente en su dirección. Juan notó que los dueños de los perros permanecían en su posición, sujetando firmemente a sus canes que exaltados y confundidos ladraban con furia intentando liberarse. Este hecho tranquilizó al muchacho pues no deseaba herir a los animales.

   Lo primero que el agitado extranjero hizo fue correr para alejarse de la ubicación de su tocayo, se acercó a otra casa, en la acera de enfrente y brincó hacia la cornisa. Varios de los enemigos intentaron subir y Juan pisó fuertemente sus manos, algunos otros comenzaron a arrojarle piedras, botellas y palos, algunos le impactaban de lleno, pero Juan no sentía mucho dolor, solo empujes molestos por lo que caminó entre los techos para alejarse y pronto supo que no podría continuar así pues notó a uno de los sujetos asomando una pequeña pistola.

   Rápidamente, Juan saltó hacia el malandro preparando su arma de fuego y lo tumbó al caer sobre él, en el momento de confusión pudo arrebatarle la pistola, colocar un golpe noqueador a dos sujetos y subir a otra cornisa, aunque del lado de la calle en el que se encontraban aún desmayados su tocayo y Kelly.

   <<Bien, estuve abajo dos segundos, noqueé a tres sujetos y conseguí un arma. Tal vez si puedo con todos>>, pensó un poco más positivo y emocionado debido a la adrenalina de la batalla. Sin reflexionarlo mucho, el poderoso joven saltó sobre otro sujeto y aunque lo noqueó, sintió inmediatamente un golpe que si le dolió considerablemente pues al caer había perdido el sombrero de mariachi y alguien había logrado conectarle un potente golpe con un bate de madera en la cabeza que lo dejó confundido y con los ojos llorosos de inmediato. En solo un momento tenía encima a diez personas golpeándolo y pateándolo. Juan, rezando por no herir a nadie, disparó el arma hacia el cielo, con lo que los pandilleros y los chismosos en la seguridad de sus casas se alarmaron. El extranjero, muy adolorido y confundido, logró aprovechar ese momento para incorporarse, guardar la pistola en el bolsillo de su pantalón y lanzar dos golpes simultáneos, uno con cada mano, acertando a dos sujetos. El que recibió el impacto con el puño derecho cayó de inmediato, pero el que sintió el puño izquierdo solo se dobló en dolor pues el golpe le había dado en un brazo, Juan no notó en esta ocasión si sus golpes habían sido efectivos, pues solo quería escapar. Con premura se acercó a una cornisa, su mente no reaccionaba bien y decidió impulsarse pateando la pared para poder subir, cosa innecesaria pues con un brinco sencillo era capaz de elevarse lo suficiente. Sin embargo, su pie derecho no impactó contra la pared, sino contra una ventana que inmediatamente se rompió dejando colgado al pobre Juan entre pedazos de vidrio y el metal que adornaba y protegía la ahora rota ventana a la calle. La gente del interior de esa casa se encontraba previamente mirando la pelea; un hombre de la casa, asustado, empujó como pudo el pie fuera de su propiedad y Juan cayó, desperdiciando así su oportunidad de ponerse a salvo pues los maleantes le dieron alcance y continuaron golpeándolo. Un par le clavaron cuchillos en la piel del abdomen y los brazos, estos lograron penetrarlo, aunque solo superficialmente. Juan reaccionó distinto a esta clase de dolor, los golpes físicos lo atontaban y mareaban, pero el dolor punzante de sentir su piel perforada lo hacía querer llorar y gritar.

   El extranjero se rodó como pudo y su fuerza fue suficiente para tumbar a un par de pandilleros con lo que el ligero caos le dio oportunidad de incorporarse, tomar a un sujeto por las muñecas y comenzar a dar vueltas con él, usándolo como arma para alejar a los demás enemigos. El pobre Juan se estaba mareando, pero su truco estaba funcionando de maravilla pues se le hacía muy fácil levantar a esa persona desconocida para él. Tras alejar a muchos de los maleantes, siguió dando vueltas al pobre sujeto y comenzó a estamparlo contra el portón de una de las casas, haciendo un estridente ruido metálico en el proceso. Al principio Juan notó cierta tensión en el cuerpo, pero tras varios golpes la tensión se había ido por lo que el muchacho intuyó que su oponente había perdido el conocimiento.

   -¡Los perros!- gritó una voz, la misma voz que había ordenado a los sujetos en motoneta adelantarse para cerrarle el paso. Juan reaccionó a ese detalle y buscó al responsable. Era un hombre de unos veinte años. Tosco, de piel oscura y con la cara llena de cicatrices de acné. Tenía brazos fuertes, el cuerpo rectangular y el cabello casi rapado a los lados, con picos más largos en la parte superior. Realmente todos se veían igual para Juan, la misma clase de ropa, el mismo peinado, la misma voz, los mismos tatuajes. Pero en un instante, el chico extranjero pudo identificar que la mirada de este sujeto no se veía tan perdida ni tan estúpida como la de los demás, ni siquiera tan malvada <<Apuesto a que ese es Jonathan>>, reconoció.

   La orden fue recibida pero la ejecución fue lenta, por lo que Juan tuvo tiempo de sobra para subir a una cornisa y ponerse a resguardo.

   -¿Le disparo Johnny?- preguntó una voz y esta vez el extranjero miró al líder antes de que este respondiera.

   -¡No!, dejen a los perros sueltos y bájenme a estos dos del techo de la casa del Patas- gritó el sujeto en referencia a Juan mala suerte y a su novia Kelly. Juan ojos verdes entró en pánico. Nunca había intentado un salto tan largo y menos sin tomar vuelo, pero no tenía tiempo, así que se impulsó con todas sus fuerzas para poder llegar al otro lado de la calle, pero no lo logró, cayó un metro antes de la saliente y rodó para impactarse contra la pared. Los perros inmediatamente se dirigieron hacia él, aunque un par de maleantes ya estaban más cerca. Juan tomó al más delgado y pequeño de ellos y con un fuerte brinco subió junto con el chico a la misma cornisa en donde estaba su tocayo.

   -¡Diles que se detengan o te disparo!- le gritó Juan al oído al sujeto que había tomado como rehén, mientras sacaba la pequeña pistola de su bolsillo y la colocaba cerca de la cabeza de su víctima: un chico joven, menor de edad, flacucho y de baja estatura. Estaba evidentemente muy asustado. No dijo nada.

   -¡Alto!- gritó el líder del grupo con desesperación -¡Tiene a mi hermano!, ¡tiene a Kevin!- exclamó con miedo y con voz quebrada.

   -¡Ya wey, nada más estábamos jugando!- se excusó uno de los sujetos intentando sonar relajado, aunque estaba en extremo asustado y su voz lo delataba en demasía.

   -Diles que amarren a los perros- ordenó Juan a su rehén. El agitado prospecto de héroe comenzaba a sentirse en control y su respiración se normalizaba, como efecto secundario, la calma le empezaba a pedir atención a sus múltiples heridas y la pérdida de adrenalina daba paso al dolor. Tenía un zumbido en los oídos cuyo origen no supo explicarse.

   -Amarren a los perros, por favor- pidió el asustado chico con una voz en extremo infantil.

   -Ya, aquí los tenemos cada quien el suyo- dijo un sujeto. Era verdad, los perros volvían con sus dueños. Sin embargo, Juan rio por ese intento. No sabía si lo creían estúpido a él o si ellos eran tan estúpidos que creían que eso era suficiente. Para toda respuesta, Juan miró fijamente al líder, supuesto hermano del rehén y tomó con más fuerza al chico, levantando el codo con el que sujetaba el arma, como diciendo “No te hagas el gracioso conmigo”. Por fortuna, el líder Jonathan captó el mensaje.

   -No sean imbéciles, amarren a los perros al poste ese- todos obedecieron.

   -Bien, ahora diles que arrojen sus armas a un lado de mí, aquí al techo- ordenó Juan a su prisionero.

   -Po… pongan sus armas aquí junto a nosotros, por… por favor. No se pasen de lanza, ya apúrenle, por favor… hermano- suplicó el chico. Juan sentía lástima por el joven, pero no podía verse débil en esa situación así que solo lo aferró más y le recargó la pistola sobre la sien.

   -Dime, Kevin. La policía no va a venir, ¿verdad?- preguntó Juan sabiendo la respuesta.

   -No señor, no. Aquí no entra, a estas calles no. Bueno, si mucha gente llama pues sí. Pero aquí no rajamos, nadie va a llamar.

   -Bien, no sé si eso es bueno o es malo- comentó Juan reflexionando mientras miraba como le arrojaban todo tipo de pistolas pequeñas, cuchillos y los bates que tardaron tres intentos en no caerse de la cornisa. Juan notó que la gente de las casas aún miraba y muchos estaban grabando la escena.

   -¿Algo más patrón?- preguntó irónico y burlón el líder. Se notaba más relajado.

   -Sí, mi sombrero- gritó Juan para ser escuchado <<Me dijo “patrón” a manera de burla, algo no está bien. Estoy perdiendo mi autoridad aquí. Tengo la vida de su hermano en mis manos y todavía se ríe de mí>>, se extrañó Juan, indignado. En ese momento entró en alerta, notó como le arrojaban su sombrero y notó una sonrisa estúpida en la boca de algunos pandilleros <<¿Una bomba entre las armas?, no, eso mataría también a este engendro, ¿qué…? >>, entonces reaccionó. Se lanzó al suelo tan rápido como pudo y con remordimiento cayó fuertemente sobre su escuálido rehén. Casi al mismo tiempo oyó un disparo que le habría acertado, de no haberse movido a tiempo. Juan recordó unas palabras que alcanzó a escuchar al inicio de la pelea “¿Qué está haciendo ese vato en mi casa?”, y entendió todo. Mientras él se dedicaba a dar órdenes, uno de los maleantes, seguramente el “Patas” había entrado en su propia casa, se había colocado detrás de él y estaba listo para fulminarlo con un tiro por la espalda <<El zumbido no me dejó escuchar esta emboscada>>, reflexionó asustado por la excesiva confianza en sus poderes.

   Juan notó que el escándalo volvía y los maleantes brincaban desesperados para recuperar sus armas mientras que otros, evidentemente, usaban otras que llevaban escondidas y que no habían entregado. El chico se desesperó y arremetió con furia contra todos, todavía llevaba la pistola en su mano derecha y no planeaba soltarla por lo que su capacidad de pelea se vio disminuida. Aun así, notó con alegría que entre su gran fuerza y la poca habilidad para pelear de los demás, logró vencer a diez sujetos más, aunque con mucho esfuerzo y recibiendo a cambio multitud de golpes y heridas de navaja. Los perros jadeaban y ladraban con desesperación y Juan notó que dos chicos se acercaban a los canes para liberarlos del poste que los mantenía a distancia. Juan encontró medio tabique en el suelo y lo lanzó a la cabeza de uno de los maleantes. Su puntería no era precisamente buena, pero logró dar un certero impacto que tumbó inmediatamente a uno de los sujetos. El segundo tipo se asustó y echó a correr lejos de la pelea, dejando a los perros amarrados a su suerte. Juan se enfrentaba a pocos enemigos ya, pero eran los más experimentados y sucios de todos. Le arrojaban piedras, le hacían amagos, lo atacaban al mismo tiempo y esquivaron varios de sus rápidos y potentes golpes. Juan se distrajo tanto que no notó que un tercer sujeto se acercó a los perros y los liberó.

   -¡Aguas!- gritó ese chico a sus compañeros y ellos se quitaron, todos menos uno: Jonathan. Este se había colocado detrás de Juan y lo había sujetado con todas sus fuerzas para evitar que subiera a una cornisa de nuevo. Sin embargo, toda su fuerza no fue suficiente para detener más de un segundo a Juan. Por otro lado, la maña y habilidad del pandillero le permitieron ponerle el pie al extranjero, con lo que ambos cayeron al suelo y en un segundo se vieron rodeados de perros enloquecidos y deseosos de hacer caso a sus instintos.

   -¡Esto es por mi carnal, hijo de perra!- gritó el líder antes de comenzar a gritar de dolor.

   Juan se cubrió el rostro y se encogió lo más que pudo. Los perros le mordían con fuerza, el dolor era constante pero no excesivo por lo que logró reaccionar. Con fuerza presionó sus músculos y sujetó del pellejo a dos perros, mandándolos a volar. El poderoso joven se paró y se deshizo de un can más con una patada <<Perdónenme>>, pidió mentalmente a los animales por el daño que les causaba.

   Tras un momento, Juan entró en una disyuntiva pues el líder de los pandilleros estaba siendo brutalmente atacado por dos perros de su propio grupo. Los cuales fallaron en discriminar entre amigos y enemigos. Las heridas expuestas de maleante se veían muchísimo peor que las superficiales que tenía Juan pues toda la ropa del Jonathan estaba empapada en sangre, sus brazos perdían forma y los gritos eran agudos y ensordecedores. Juan sintió lástima, miedo y asco por la visión. Tomó a los dos perros y los arrojó con fuerza contra el resto de la pandilla que se había paralizado al ver el grotesco espectáculo en el que se había convertido la masacre de su líder.

   Juan tuvo que reprimir su respeto por los animales, pues estos demostraron más resistencia y fiereza que los humanos e incluso tras ser arrojados varios metros, volvieron al ataque casi de inmediato. De nuevo golpeó a los canes con toda la suavidad que pudo, pero uno logró morderle la pierna y Juan lo arrojó a un techo, esperando que el animal no pudiera lastimar a nadie en esa casa. Pero no funcionó, el perro enloquecido saltó desde lo alto y tambaleante continuó su ataque. Sin una mejor idea, el joven se alejó y subió a la cornisa en donde su tocayo y Kelly descansaban.

   Quedaban cinco pandilleros de pie, dos de ellos intentaron calmar a sus animales, pero el resto de los perros trataban de atacarlos. Había tantos desmayados en el piso que los canes no tardaron en parecer más lobos salvajes que animales de compañía y comenzaron a morder a los caídos <<Lo lamento mucho>>, se dijo Juan con tristeza. Rápidamente tomó dos pistolas del montón de armas que le habían dado para liberar a Kevin y saltó hacía su sombrero. Solo un perro le hizo caso, los demás estaban trabados con alguna víctima y solo uno estaba en brazos de su dueño. Juan tomó su sombrero, lo calzó en su cabeza y disparó a matar a los pobres animales que ninguna culpa tenían de la trifulca entre “civilizados”. Tras pocos segundos y mucho estruendo de balas, el trabajo estaba hecho.

   -Gra…gracias- lloró tembloroso el único pandillero cuyo perro sobrevivía. El can se había calmado de manera sorprendente tras presenciar la masacre de su raza y su expresión de asombro y miedo fue tan marcada como la de cualquier humano.

   -Váyanse ahora- ordenó Juan a los pocos que seguían de pie. Ninguno intentó intervenir por sus compañeros o llevarse a algún caído, simplemente se fueron corriendo tan rápido como podían.

   Juan se destapó el rostro y comenzó a llorar, soltó las armas y apretó los puños. La pelea le había parecido eterna, pero dedujo que solo habían pasado algunos minutos. Estaba exhausto y no sabía cómo sentirse. Tras calmarse comenzó a caminar hacia uno de los pandilleros caídos que traía mochila. Se la quitó y vació su contenido: gel, revistas, marihuana, desodorante en aerosol, viruta de lápiz, y comenzó a guardar todas las armas que encontró. Cada segundo que pasaba y en el que comenzaba a relajarse, el dolor le era más intenso. Comenzó a cojear y a sentirse rígido. Bajar a Juan ojos cafés y a Kelly de la cornisa del techo le costó demasiado esfuerzo. Tanto que al cargar a su tocayo no pudo más que dejarse caer y permitir a su amigo desmayado yacer sobre él.

   -Ah caray, ¿tocayo?, ¿qué pasó aquí?- preguntó un desconcertado y aún mareado Juan con lentes al despertarse por el impacto.

   -¿Vives por aquí cerca?- preguntó Juan ojos verdes.

   -Eh, ya te pasaste, de hecho- respondió el flacucho joven todavía lleno de alcohol en la sangre y sin poner especial atención a la situación.

   -Vuelve a dormir. Ya te llevo yo a casa- dijo Juan el extranjero con una ligera sonrisa irónica en su rostro. Acto seguido se colocó la mochila en la espalda y se levantó. Dispuesto a cargar de nuevo a su tocayo y a Kelly.

   -¡Espera!- gritó tímida una voz femenina. Era una señora que desde su puerta asomaba ligeramente, se veía asustada.

   -Doña Merry, ¿está usted bien?- preguntó otra señora en otra puerta.

   -Vaya lío se armó aquí- comentó un hombre de edad madura.

   -Hace mucho que no se ve nada así por aquí. No sé si agradecerte, pedirte disculpas o cobrarte mi ventana- comentó otro hombre, el que previamente había desatorado el pie de Juan de su ventana.

   -Yo… lamento lo que sucedió- dijo Juan, a una multitud de vecinos que comenzaba a salir de las casas de la calle en donde la batalla había ocurrido. Algunos revisaban a los heridos y lloraban al ver tanta sangre, otros se quedaban en sus puertas aún con miedo. Otros grababan con su celular cada detalle de la cruel escena.

   -Mijo, no sé si nos acabas de solucionar la vida o si nos causaste más problemas- comentó alarmada una señora que se acercó a Juan.

   -¿Por qué lo dice?- preguntó el joven con preocupación.

   -Bueno- intervino el hombre de la ventana rota -Esta banda de chavos son una verdadera molestia para nosotros. Nos asaltan, acosan a nuestras hijas, se drogan, destruyen y bueno, hoy les diste una gran lección tú solo, eso es admirable, muchas gracias, pero…- el hombre se detuvo, una mujer continuó el relato.

   -Pero estos son solo los críos. Los papás de estos chavos, bueno no sus papás exactamente, pero si los señores grandes. Los pesados pues, ellos van a querer cobrarse por lo que le hiciste a los chavitos. Van a armar alboroto en todo el barrio y ni hablar de aquel que les manda. ¿Tú nos vas a defender?, dinos.

   -Si defiéndenos.

   -Vamos, tú puedes.

   -Te invito a comer.

   -Diosito te cuide mucho.

   -No subiremos los videos.

   -¡Necesitamos un héroe!

   -¡Si un héroe!

   -¡Héroe!

   -¡Héroe!

   -¡HÉROE!

   -¡HÉROE! ¡HÉROE! ¡HÉROE! ¡HÉROE!- la multitud le agradecía y le rogaba protección a Juan. Él creyó que cuando eso pasara se sentiría realizado y digno de admiración, creyó que por fin podría sentirse como un héroe. Pero ahora estaba aterrado y lleno de dudas, tenía la sensación de haberse metido de golpe a una guerra de la que no sabía absolutamente nada y lo peor: estaba completamente solo. Sin embargo, vio la esperanza y la súplica en los ojos de los mexicanos que lo habían aceptado, que le estaban exigiendo que hiciera lo que él vino a hacer, que usara sus dones en beneficio de los desamparados. Juan miró a las personas frente a él, había caras tristes y de desconfianza entre el público, no solamente de esperanza y aceptación. Pero más que otra cosa, el joven vio a personas, individuos con una historia, con virtudes y defectos, vecinos suyos que luchaban cada día sus propias batallas y ni entre todos juntos habían podido con el gran problema que, a base de sangre y violencia, Juan había logrado mermar considerablemente en unos minutos <<Estas son mis primeras heridas, mis primeras medallas por mi servicio a El Paraíso>>, pensó Juan sobre sus dolencias y las comparó con las que su tocayo tenía en el cuerpo. De repente imaginó que cada persona en el pueblo, en la ciudad, en el mundo entero, estaba llena de cicatrices que no cualquiera puede ver y si él, Juan el extranjero venido a México, podía arrebatar el dolor a la gente y llevarlo en su propia piel como penitencia, entonces lo haría con orgullo. Finalmente, inspirado y consciente, se armó de valor, miró a su atónito amigo una vez más y luego al público expectante.

   -Sí, yo los cuidaré- clamó con seguridad. Hubo un inmediato grito de aprobación y aplausos y Juan se sintió eufórico de repente.

   -¿Y cómo te llamas, hijo?- preguntó una señora de entre la multitud.

   -Ju… – comenzó a decir, pero su tocayo le tocó el hombro para que se detuviera, recién se estaba incorporando.

   -No seas menso- le dijo sonriente su ebrio amigo –Oye, ¿estás usando un costal de tortilla como traje? ¡Gran idea!– comentó aleatoriamente Juan ojos cafés. Juan ojos verdes miró por primera vez con atención su playera improvisada y notó que, entre sus propios cortes para meter los brazos, los múltiples navajazos que recibió y la sangre, la palabra tortilla estaba intacta, limpia y orgullosa en su pecho.

   -¿Y bien?, ¿cómo te vamos a decir?- preguntó un joven entre la multitud.

   -Llámenme: El Hombre Tortilla.

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