Entre cristales

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Nací entre cristales y entre cristales crecí. Fríos cristales han rodeado toda mi existencia. Entre ellos conocí a mis padres, a mis médicos, y aprendí todo lo que sé del mundo.

Leer miradas. Es una de las cosas que he practicado a lo largo de estos años. Muchas de las personas que veía dentro de mi reino de cristal mostraban solo eso, unos ojos, una mirada que podía interpretar. Esa mirada cambiaba, en ocasiones según mi estado de salud. Cuando me encontraba más fuerte veía ojos alegres, tranquilos, satisfechos. En los momentos en los que las fuerzas apenas me permitían seguir respirando veía ojos tristes, entrecerrados, escrutadores. Mis padres por ejemplo, dos seres amorosos y pacientes, casi siempre tenían una mirada triste disfrazada de esperanza. Sus bocas y narices quedaban ocultas tras sus mascarillas, que volvían opacas sus voces, neutras y mecánicas. Pero a todo eso me acostumbré. En realidad no puedo decir que me acostumbrara, porque la verdad es que no conocía otra cosa. Esa era mi vida, mi día a día. A veces me trasladaban a otros hospitales, pero allí todo se repetía: atravesar puertas de cristal, habitaciones acristaladas, con suerte de grandes ventanas que daban al cielo, que no me parecía otra cosa que un enorme cristal azul, a veces blanquecino, que rodeaba el mundo.

También pasaba cortas temporadas en casa. Una casa acogedora y agradable que me apenaba mucho tener que abandonar. Pero incluso cuando estaba allí siempre estaba presente el cristal limitando mi espacio. El cristal de las ventanas era mi frontera, más allá estaba la enfermedad esperándome agazapada tras cualquier rincón.

Yo mismo me consideré a veces de cristal. Un cristal fino y delicado rodeado de piel para darle apariencia humana. Tratado con la misma exquisitez y mimo con el que se tratarían las copas más finas. Pero a la vez atravesado, traspasado, filtrado, estudiado y recorrido hasta la saciedad. A todo eso también me acostumbré, o digamos mejor que lo acepté haciéndolo mi cotidianidad.

A veces mis padres cruzaban el umbral de mi palacio de cristal y podía ver sus rostros, que en esas ocasiones me parecían hermosos e irrepetibles. Veía amor en sus miradas y esperaba transmitirles lo mismo con la mía. Celebrábamos los cumpleaños con regalos envueltos en papeles de colores que ya habían sido previamente esterilizados, y comía delicias medidas y tasadas que el resto del año no podía ni probar. Eran días muy felices, que se alargaban al máximo, como si fueran los últimos, porque a lo mejor lo eran de verdad. Cuando se iban yo me quedaba en mi palacio, sonriendo, soñando mucho y descansando plácidamente.

Hasta que un día todo cambió. Yo me encontraba bien ese día. Fuerte y animado, por eso sabía que me tocarían miradas alegres, sin embargo las miradas traían algo más que me costó interpretar al principio: sorpresa. Todo a mi alrededor comenzó a cambiar. Había menos máquinas, veía menos gente a lo largo del día pasar por mi habitación, veía rostros completos, con su nariz y su boca, y sus dientes, todo, no solo esos ojos expresando emociones. Mis padres me explicaron que había respondido al nuevo tratamiento, y que pronto podríamos irnos a casa, pero esta vez podría salir, no tendría que permanecer recluido mirando el mundo tras el cristal de la ventana. Tendría que tener cuidado al principio pero, poco a poco, si todo iba bien, podría hacer una vida normal, incluso ir al colegio, como el resto de niños de mi edad. Eso me llenó de emoción pero también de miedo. Los cristales ya no iban a ser mis centinelas, ya no iban a protegerme del resto del mundo. A pesar de todo decidí que asumiría el riesgo, que viviría fuera de sus límites, que enfrentaría los peligros sin necesidad de llevar mi coraza, porque a fin de cuentas yo siempre seré mucho más fuerte que el cristal.

 

Comentarios

  1. Gian

    13 mayo, 2020

    Excelente relato. Esperanzador.

    Saludos y mi voto.

    Gian.

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