Extraviados

Escrito por
| 12 | Dejar un comentario

  De pie, inmóvil, frente a lo que creía era un mal sueño, el muchacho que no sobrepasaba los treinta años, observaba, con los brazos caídos a ambos lados del cuerpo, la escena que se desarrollaba frente a sus ojos y un poco más adelante. Al momento, dejó de escuchar los insultos, los ruegos, y los llantos. Todo se perdió en un recodo de su mente.

   << ¿Dónde nos perdimos?>>, pensó, <<El tiempo se hundía, se diluía entre los dedos, mientras me preguntaba: ¿Cuándo extraviamos el idilio?

   A mi alrededor los días avanzaban en la complejidad de sus texturas, a veces tristes, y otras tantas alegres. Son esas ocasiones triviales de la vida que solían caracterizar los ir y venir de nuestra existencia, las señales inequívocas que conformaban el espíritu natural en el cual nos comprendemos.

   ¡Y qué complejas suelen ser las relaciones entre dos personas que no están acostumbradas a decir la verdad! Ellas, al igual que las emociones, sean estas negativas o positivas, y las reflexiones que se encuentran en este tipo de conciliaciones, conforman el punto de encuentro que muchos pierden sin que se den por enterado. La amistad, al igual que el amor, existen, y los sueles hallar a lo largo y ancho de toda la humanidad.

   Sin embargo, todavía persisto interrogando al cruel intervalo que se había interpuesto entre los dos; ¿en qué momento, habíamos perdido la pasión de beber de una fuente sin igual, pura y exquisita?

    Se había levantado el telón y los ensayos se detuvieron. La obra inició su curso, y las manos que se habían dispuesto a aplaudir, se detuvieron abstraídas a causa de la insensible conjetura que se cernía sobre nuestro presente. Tanto ella como yo, parecía que viviéramos sin importar en la razón del otro. Alguien a quien presumiblemente lo tratábamos como a un extraño… Es increíble convivir en un ambiente impreso con la falta de comunicación. Nadie es ajeno a lo que lo rodea, y, sin embargo, la indiferencia parecía estar penetrando nuestras defensas. Pero, he aquí que el elemento circunstancial de nuestra falta de motivación emocional, procedía de una falta de tiempo, lo cual, y con gran extravagancia, vendría a ser la compleja discordia en la que nos hallábamos. Todo eso simulaba ser una gran falta de percepción por nuestra parte.  ¿A quién le adjudicaríamos la culpa, si ambos habíamos sido responsables de toda esta formidable falta de interés por el diálogo y la interacción mutua…?

    Para el deseo del alma y el corazón que latían, suaves, exigidos, también temblorosos, la ruptura era inminente. Creo que nos habíamos acostumbrado a considerar nuestro éxtasis, como un simple ritual que quitaba la sed, y a raíz de eso, el fuego cesó, y sutilmente, el aliento comenzó a secarse. Nuestros impulsos ya no nos obedecían. Los árboles se mecen por la acción del viento, y en nosotros, esa acción que provenía del ciclo de nuestros corazones, se había detenido. Nos vimos desordenados, arrojados, en numerosas recriminaciones. Ya no existía la inspiración, los abrazos, los mensajes de amor, la continuidad de mantener viva la llama. Ahora todo se encontraba pisoteado, sin percepciones, como los pétalos de una rosa, que son arrancados con violencia.

   Y por ello, hemos dejado de apreciarlo, de consentirlo, y, debido a esa falta de compasión, con nuestros más abnegados sentimientos, hemos abandonado ese modo refrescante, amoroso y pleno de sensaciones pujantes. Nos hemos convertido en lo que más odiábamos, en rutinas interminables, sin ternura, viviendo unos días grises, sin el verdor de nuestra existencia, en extraños, que han desechado las oportunidades de descubrirse. Nos ha bastado una sola mirada para entrever las ramas marchitas que han crecido en torno a lo que más amábamos: nuestro hijo.

    Las grietas, entonces, surgieron sin descanso, y en un breve intervalo de tiempo, dejamos de ser los amantes que se anhelaban mutuamente. Nos permitimos abandonar el lecho, que, por muchos años, satisfizo los deleites bajo la luz de la luna, y permitimos el ingreso de las grietas, las manchas voraces que consumían nuestros instantes. Y al abrirse camino por entre nosotros, se agitó el rumor de la separación, ese odioso muro que tantos huesos blanqueados ha atrapado en sus lúgubres mazmorras.

   En lugar de amarnos, de probar el exquisito manjar regalado por los dioses del compromiso, nos transformamos, en simples y regulares mortales incapaces de navegar en las profundidades del amor, estructurados, moldeados ya no a imagen y semejanza del romance, sino de un mundo carente de conexión y sentimientos. Sumamente frío. Sin rostro, sin ojos, incapaz, irritable.

   La vívida magia de estar enamorados, se evaporó, y simplemente nos perdimos, dejamos de buscarnos. Morimos a la aventura de Eros, y caímos en la apatía del verbo sin conjugar. Fue así, que nos hundimos en un loco delirio de soledad.

   Seres alejados por los problemas, por la insatisfacción, la impotencia y la inseguridad. Y; ¡por supuesto que me siento afligido!, porque no puedo detenerme de pensar en lo siguiente: ¿Cómo pudo suceder tal desavenencia de desvincularnos del amor profesado?

    Traigo a mi mente, cuando en un principio nada nos afectaba, y echábamos sobre nuestros hombros, todas esas innecesarias cargas para poder continuar nuestro camino, el sendero que considerábamos único, solo para amarnos en el goce completo de una fogosa relación que constituía nuestra propia grandeza. Más ahora, la apatía desgarró la admiración que nos profesábamos y nos alejó de nuestro comienzo. Todo se volvió jazz de fantasía, en una ilusión que al igual que el aire, no se podía ver ni tampoco tocar. ¡Es como intentar atrapar el viento!, diría el sabio Salomón.

   ¿Lo recuerdas, al principio, durante nuestros encuentros amorosos, cuando bebíamos hasta la última gota de esa satisfacción nupcial? ¿Lo recuerdas…? ¡Oh, como amaba besarte, sin importar las horas, el lugar, ni el mundo al que pertenecíamos!

   Más hoy, todo ese deleite que marcaba al rojo vivo nuestra pasión, se ha desvirtuado a una mera y fortuita casualidad para ser usada de tanto en tanto. ¡No!; es peor que eso, ¡es una maldita transición de porquería!

   ─Yo… simplemente… no lo entiendo… me es imposible de hacerlo.

   ¿Cómo pudo suceder? ¿Cómo fue que dejamos de amarnos? O acaso no fue amor, y solo fue un sencillo momento de ilusión o como dirían por ahí, ¡un puerco metejón, que nos sumió en la nada! Porque eso es lo que nos ha quedado: ¡Nada!, ni cenizas siquiera, ¡nada! Excepto este, inútil y vasto prado sin flores, tan estéril como un vientre marchito incapaz de dar a luz. Un lugar desértico, moribundo y antipático.>>

                                             ________________________________

    ─ ¡Abandónala! ¡Déjala! ─gritaban aquí y allá─ ¡La muy imbécil dejó a su hijo dentro del auto, mientras se metía al motel con ese tipo! ¡No tiene corazón de madre! ¡La muy maldita hija de un cerdo…!

    El estupefacto padre del niño, veía como los paramédicos lo retiraban inconsciente del vehículo, entretanto, su esposa, aferrada a sus piernas, le suplicaba que la perdonase.

   << ¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí?>>, continuó pensativo, << ¿Cuál ha sido nuestro error?>>

   El pensar en esta inconcebible experiencia, lo sujetó a un imaginario barandal, que lo suspendía sobre un oscuro y abismal precipicio.

   Los asistentes después de subir al pequeño a la camilla, y luego de que le aplicasen los primeros auxilios, pudieron corroborar con alivio, que el niño, se hallaba fuera de peligro.

   ─Descuida se pondrá bien ─expresó, uno de los funcionarios de la salud, al angustiado padre─, igualmente lo llevaremos hasta urgencias, podrás verlo ahí.

    El paramédico, echó un rápido vistazo a la madre, pero no dijo nada más. Comprensivo, colocó una mano en el hombro del apesadumbrado muchacho, quien, infligido por un ensombrecido malestar, intentaba dar con los pensamientos correctos, a la vez que se sentía que era arrastrado por unas tumultuosas corrientes que lo halaban, hasta dar contra las rocas, en una enloquecida marea emocional.

    Minutos antes, en un viejo apartamento de los suburbios, luchaba por evitar que un amigo suyo se inyectara alcohol en las venas, a causa de que su novia lo había abandonado tras cuatro años de intenso noviazgo.

    Forcejeaba con el resentido rechazado, cuando su celular sonó con insistencia. Empujó a su amigo contra una pared y tomó la llamada. Una preocupada voz del otro lado, le advirtió acerca de la condición de su hijo.

   Percibiendo una repentina desolación, y deseando dar por terminada la resistencia con su amigo, lo golpeó, y después lo amarró a una vieja silla de madera. De esa forma, evitaría que cuando despertara, siguiera con su loca idea de eliminarse. Rompió entonces las jeringas, y el material disponible. Subió a su auto y condujo como un demente hasta la dirección que le dictaran a través del teléfono.

   Alguien, alertado por unos extraños movimientos dentro del vehículo, y tras constatar que se trataba de un niño de muy corta edad. Sin demora, llamó a emergencias, y en el transcurso, otra persona amiga del matrimonio que atinaba a pasar por el lugar, lo llamó, notificándole del suceso.

   Con las manos en la cintura había levantado su rostro al cielo para recuperar el aliento e interpretar las cosas ─si acaso se pudiera─ con más objetividad. Sin embargo, ¿se podía ser objetivo en asuntos de este tipo? Por supuesto que no, como todo tema relacionado a la vida de un hijo, tan singular situación, producía resultados amargos, impropios, ilógicos e impensables, al punto, que estremecían la base de la médula.

    Impotente al no poder hacer nada en lo absoluto, llevó una mano a los ojos, que ya comenzaban a humedecerse.

   La convulsionada fuerza sentimental que lo unía a su pequeño niño, lo arrastraba sin medida, en caída libre, hacia abajo, a una vorágine en espiral.

    Con todo el enojo del espíritu, supo que podría llorar y hasta enojares, e incluso ir más lejos y gritarle a su esposa, reprocharle y preguntar: ¿En qué carajos pensaba, cuando dejó solo y encerrado a su propio hijo, solo para ir y revolcarse en el hartazgo de una lujuriosa hora de sexo…?

    Tristeza, es lo que percibió, la ansiedad que le cortaba la respiración. Lánguidas lágrimas comenzaban a recorrer sus mejillas. Entendió, que cualquier cosa podía brotar de un corazón desesperado, arraigado al dolor. Sintió un crespón negro abatirse sobre sus manos. Los puños asomaron decididos. ¿Acaso se encontraba en una pesadilla del infierno?

    La mujer a los pies de su esposo rogaba por perdón, y el supuesto amante por temor a una represalia posterior, decidió quedarse sentado en la vereda, con la cabeza entre las piernas, azuzado por el miedo, inquiriendo de tanto en tanto y de reojo la situación.  Arrepentido y esperando que, en cualquier momento, el esposo de su irresponsable amante, viniera por él. <<Afortunadamente la policía está cerca.>>, pensó, <<con un poco de suerte, y hasta me libre de esta estúpida trama.>>

    Entonces, el velo se corrió en los ojos del agitado esposo, la insurgente ira, se hizo a un lado, y sin prorrumpir en un escándalo, la tensión de su cuerpo se aflojó. Con fuerzas, el indolente padre, traicionado y conjurado por quien amaba más que a nada en la vida, empujó la maraña de sensaciones que lo amarraba a la pena, a la perplejidad, y preguntó con voz firme, inmerso en la presencia de un momento indescriptible.

   ─ ¿Te importa nuestro hijo, Nicole…?

    Su esposa, tras unos segundos, soltó su llanto y lo vio, absorbida en una desfalleciente zozobra.

    ─ ¿Qué…? ¿Qué dices?

    ─ ¿A quién le importa nuestro hijo? Dime Nicole, ¿a quién le importa en verdad?

    ─Mi amor… Por favor…

    ─ ¿Acabas de ver lo que le ha ocurrido? Tú estabas disfrutando de un momento de placer con otra persona y yo intentaba que alguien no se suicide. ¿Te parece posible todo esto?

   La mujer rompió en llanto de nuevo y sin más, salió corriendo detrás de la ambulancia que, en esos instantes, se perdía por las calles, rumbo hacia el hospital.

   ─ ¡Bebé…! ¡Mi bebé! ¡Mi niño…!

    Su conmocionada exclamación se escuchó como una triste llamada, agobiante y oprimida. Tropezó y cayó. Intentó incorporarse, pero no pudo. Permaneció de rodillas, llorando, ahogada por la culpa, desde lo profundo de su alma.

   ─ ¡Me duele… Duele mucho…Quema! ¡Mi bebé…!

   Su esposo la alcanzó y se acuclilló junto a ella, sin tocarla. La mujer escondió el rostro entre sus manos.

   ─Nicole… ¿A quién le importa nuestro niño?

   ─ ¿Por qué? ¿Por qué me dices esto…? Yo… lo siento, Chris… de verdad, ¡lo lamento!

   ─Nicole, nuestro hijo está vivo, y fue porque, los paramédicos intervinieron a tiempo.

   Su esposa lo vio sin dejar de sollozar.

   ─Chris, lo siento… de veras…

   Su esposo continuó como si no la escuchara.

   ─ No he sido yo, ni tú, otras fueron las personas que vieron por nuestro hijo. ¿Sabes lo que todo esto significa…? Que no interesa el momento o la situación, hubo alguien que observó lo sucedido y decidió hacer algo al respecto. Y aunque, todavía no lo alcanzo a descubrir, puede que también sea mi culpa. Quizás debí estar con él o al menos estar comunicada contigo, y no estar tan preocupado de que mi amigo se suicide… no lo sé.

    <<Pero tú, tú Nicole. A ti no te importó en lo más mínimo, ¿y sabes por qué?, porque ardías en tu cuerpo con el deseo de concretar esa sucia acción… tú, nada más deseabas estar ahí, sin importar si nuestro bebé estuviera bien o no. Colocaste en una posición de escudo a nuestro hijo… ¡Usaste a nuestro niño como escudo, Nicole! ¡Ni siquiera te interesó saber cómo estaría! Tu caliente error pudo costarle la vida a nuestro hijo. ¿Entiendes lo que digo? Ahora dime… ¿Qué es lo que debo hacer?

   Su esposa tomó sus manos y las juntó con las suyas, implorante, acongojada, en un confuso arrepentimiento.

   ─Perdóname Chris… Por favor, perdóname… perdóname, mi amor…

   ─Nicole, no es a mí a quien debes pedir perdón, es a nuestro hijo…; estoy cansado… Iré al hospital, y de seguro, él querrá verte, porque necesitará a su madre como necesitará de mí… No sé qué voy a hacer después, pero por el momento, importa la salud de nuestro hijo… Vamos, te llevaré al hospital.

   Chris se alejó hacia su auto. Detrás, su esposa lo siguió, aferrándose los brazos.

   No había cielos estrellados. La luna no deleitaba con su brillo ni el ánimo se impregnaba de valor.

   No existen los pensamientos positivos para esta clase de dramas, ni tampoco los mensajes motivacionales. El pesar se lo lleva adentro de uno y se debe lidiar con él. Es todo lo que hay, y, si el acuerdo permite que se puedan superar los escollos, entonces con toda garantía, habrá un mañana.

    El presunto amante, comprobó de reojo que la escena se alejaba de él, y supo que, de la misma forma, debía marcharse. Se incorporó, y observó el motel por unos instantes, luego a la pareja que ya partía en su automóvil. Rebuscó en el interior de su chamarra y extrajo un paquete de cigarrillos. Encendió uno y lo aspiró en profundidad. Varios lo vieron como a un reo al que le perdonaban la vida y le devolvían la libertad. No le importó. Se alejó, hasta perderse en el bullicio de la ciudad.

Jessie Mcnely /2020

© todos los derechos reservados.

    Durante el trayecto hacia el hospital, Nicole buscó recostar su cabeza en el hombro de su esposo. Chris, con su mirada fija en la carretera, no se lo impidió. Tal vez porque se encontraba demasiado abatido o quizás fuera por otra cosa. Su esposa al ver que no la resistía, lloró, y esta vez las lágrimas, fueron por él.

     En el hospital, el pequeño, pedía ver a su madre.

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas