La asimilación del lecho

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Cuando me dormí esa noche, aparecí inmediatamente en la sala de estar de mi casa, caminando de un lado a otro con la angustiosa sensación de ser prisionero de mi propio hogar. A pesar de la emancipación natural que debemos tener de nuestros padres, no comprendí el anhelo insoportable de irme de allí y volver a vivir con mi madre en su casa, o que ella viniera a vivir conmigo a la mía y, quizá, fuera el piadoso exorcismo que expulsara esa oscura opresión. Esa opresión era mi padre, su presencia cierta pero no verificada, porque el ir y venir de mis pasos en la sala de estar era el ritual ansioso para desembarazarme del ahogo de su existencia en mi habitación.

Sólo sabía que estaba en mi habitación, pero tenía miedo de siquiera comfirmarlo. Cuando mi madre golpeó la puerta de entrada, sentí que ella me daría una respuesta a ese dilema. Al entrar, me dijo que me sentara de inmediato en el sofá y la escuchara. “Ve a verlo por un instante y se irá”, me dijo, con una calma que me irritó, como si no empatizara con mi sofocante desesperación. La seguí viendo directamente a los ojos por diez segundos, no dije nada y fui a mi habitación, ahora no con miedo, sino que con una sensación profunda de asco.

Sinceramente esperaba verlo parado y altanero como fue gran parte de mi vida conmigo, para minar poco a poco mi corazón con su postura manipuladora propia de un prestidigitador. Esperaba verlo victimizándose por todo el daño que le había hecho, por no adorarlo como merecía, por no ser para mí un sol, cuando lo que correspondía era que ambos fuéramos estrellas de igual dignidad brillando para el deleite de ambos. No, ya no era el tirano imposible de derribar, era un simple viejo agonizando en mi cama.

Miraba hacia al frente, como si hubiera quedado perplejo por un gran secreto revelado en la pared blanca de mi habitación. No me vio ni dijo nada, lo vi y no le dije nada a él. El espanto fue la sensación de atribuirse el derecho de venir a morir en mi lecho, la osadía de emitir su último estertor en la base de mi alma y de mis sueños, en el territorio simbólico de mi ser. Diez segundos de esa visión torturadora, vejante para todo lo que soy, ya que ni siquiera tuve el consuelo de que desapareciera de este mundo en su propia cama y en lugar de eso se desvaneciera en la mía. No lo vi morir, pero sé que murió, porque la opresión desapareció de mi hogar, y mi madre ya se había ido.

Al llegar del trabajo, mi esposa, sentada en la mesa tomando una taza de té, me comunicó que mi padre había fallecido cerca del mediodía. Yo había cortado contacto con él hacía casi dos años, y si digo que me era indiferente su muerte no miento, pero mentiría si dijera que estando en su presencia, no hubiera, amargamente, despotricado todo mi dolor en su cara. No creo en la oniromancia, pero tampoco creo en casualidades tan precisas, así que más que por su muerte, la perplejidad se produjo por aquel sueño que, como realidad alterna, me hizo predecir y vivir lo que en la vigilia no experimenté. “Siempre reíste último, hasta en mi última pesadilla de ti”, pensaba, repitiéndolo en mi mente como un neurótico que lo hace para aferrarse con desesperación a la cordura y no caer en la locura. Murió en mi cama para que ambos falleciéramos, en el mismo lugar, al mismo tiempo, poseyéndome y convirtiéndome en él. Supe en ese entonces que cuando llegara mi momento, moriría siendo él y no yo, algo distinto en lo mortal y lo moral, que fui antes de que él invadiera, fuera, aquella pesadilla hace poco sufrida.

Fui a dormir un poco antes de la cena en paz, sabiendo que no tenía que ir a su funeral ni entierro. Sólo pensé en cómo un hombre pudo aniquilar con tanta precisión el amor que le tuve, un sentimiento que alguna vez consideré invulnerable, inmortal, como aquellas tardes de plaza donde me explicaba las primeras enseñanzas de los amaneceres y el significado del canto de los pájaros, las pecas del cielo negro de la noche que se parecían a esos circulitos adorables del vestido de una pieza negro que usaba mi madre para coquetearle a mi padre mientras me recluían en la casa de mis abuelos maternos, el abrazo en el centro de la plazoleta para sellar para siempre, entre el recital de los grillos, una sencilla unión entre aquel hombre vigoroso y sabio y un ingenuo niño que miraba esa noche, con curiosidad, sus manos agarrando mi espalda como si fueran las garras de un ave rapaz.

Comentarios

  1. Esruza

    29 mayo, 2020

    Un cuento terrible. Se respira la angustia y el odio.

    Mi voto

  2. Chuma

    5 junio, 2020

    Sí: el cuento tenía la intención de crear un clima más que una sucesión de hechos. Usar sólo expresiones de sentimientos, al igual que sólo describir los hechos del cuento, le hubieran quitado los contornos y la esencia necesarias para su objetivo principal. Por lo que si se transmitió ese clima, entonces logré lo que pretendía.
    Saludos.

  3. gonzalez

    17 junio, 2020

    Me gustó, amigo. Me gustó mucho. Mi voto y un abrazo.

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