La Leyenda del Rey Lobo / PARTE PARTE XXV

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El significado de un Insubre
Hjalnar
Se escabulleron en la noche, al tiempo que un extraño silencio los aguardaba en sus propósitos.
Aquella nocheVulvain los acompañaba.
Aquel día Erickson y Utrikson lo habían llamado para un supuesto entrenamiento, pero lo cierto esque sus intenciones eran otras. Se habían dirigido hacia la entrada de la tribu junto a una de las yurtas donde vivían las matriarcas Thenglir y Gnauril. Se movieron corriendo en silencio hacia un matorral cercano y se introdujeron en este.
— Por aquí.— Indico Erickson entre susurros haciéndoles a ambos jóvenes una señal con la mano.
Vulvain gruño y Utrickson, el mas menor de ambos corrió temeroso.
— No lo se, hermano. Creo que deberíamos irnos.
— ¿Irnos?— Inquirió Erickson con un susurro.— Ni hablar, acabamos de llegar. No nos iremos de aquí hasta que lo vean conmigo. Vengan.
Se colocaron en una esquina del bosque, justo en una zona donde habían arboles y arbustos. Esperaron escondidos. Sólo se oía el arrullo constante del agua de la fuente. El aire era fresco.
Erickson, Utrickson y Vulvain se escondieron tras las columnas de arboles y matorrales y aguardaron allí apostados durante diez minutos. Al fin vieron aparecer a un joven. Vulvain lo reconoció.
—- Es el sirviente de la matriarca Thenglir.
Erickson le hizo un gesto para que se callara.
—- Cállate, que nos vana oír.—- Le espeto.
Del otro extremo de las yurtas conglomeradas salio una mujer a la que no reconocían. Ambos hombre y mujer se encontraron y empezaron a besarse. Acto seguido el hombre, sirviente de la matriarca empezó a llevarse a la muchacha a una esquina del bosque y entonces, el hombre comenzó a desnudar a su acompañante. Al desvestirla quedó al descubierto el cuerpo de una joven de unos dieciséis años. Pronto el sirviente la tendió en el suelo y se echó sobre ella. Erickson, Utrickson y Vulvain escucharon con intensidad. Se oían murmullos apagados y, al poco tiempo, gemidos de placer.
— Hermano….—- Empezó Utrickson.— Están haciendo…
— Si, lo están haciendo y en la nieve. Mierda, no me lo puedo creer, se esta poniendo bueno.
—- Mejor vamonos, Erickson, nos pueden pillar y….
—- No.— Dijo Vulvain, quien empezaba a sentirse curioso por lo que aquella pareja estaba haciendo.
Utrickson calló, aunque no por ello se tranquilizó.
Y justo cuando los gemidos del hombre empezaron a escucharse una voz fuerte irrumpió el escenario. Los tres jóvenes se voltearon y en ese momento todos oyeron la voz clara y fuerte de la matriarca.
—- ¿¡Por todos los dioses!? ¿Que pasa aquí? ¿Que ocurre aquí?—Thenglir venía acompañada con dos sirvientes de confianza de mediana edad que llevaban años en la casa. Llevaban antorchas de forma que gran parte del bosque quedó iluminado descubriendo a los jóvenes amantes en el suelo.
Vulvain, Erickson y Utrickson se acurrucaron en las sombras que proyectaban las columnas y tragaron saliva.
—- Coged a estos dos. Con el sirviente….. Llevadlo a la cocina y que hable con mi madre. Mañana saldaré cuentas. Y la mujer… —la miró con atención— no trabaja en mi yurta, pues fuera con ella. Unos azotes y fuera. Si vuelves —añadió dirigiéndose a la muchacha— a entrar en mi terreno sin mi permiso, no habrá misericordia.
La muchacha se sintió bendecida por la suavidad de la pena y enseguida se desvaneció entre las sombras detrás de la matriarca cogida por uno de los sirvientes mayores. El otro sirviente, un insubre, se llevaba al joven cocinero y también desaparecieron. La matriarca se quedó en el patio junto a la fuente.
Vulvain y sus dos acompañantes contuvieron la respiración. Estaban en la sombra y era imposible que los viera o que se los oyera, pero la matriarca empezó a escuchar sobre el silencio, a ver más allá de la oscuridad, reanimando su alma de guerrera en una noche previa a la batalla. La brisa suave de la noche le trajo entonces el mensaje que buscaba en forma de casi imperceptibles olores. Suspiró entonces y se tranquilizó al desentrañar su significado.
—- ¡Bien, los que están ahí escondidos, salgan de ahí, de entre los matorrales, si no quieren que me enfade más!
Vulvain, Erickson y Utrickson se miraron. Utrickson el mas menor parecía preguntar con la mirada: «¿pero cómo lo sabe?». Vulvain y Erickson por su partese encogieron de hombros acompañando el gesto con los ojos abiertos por el asombro. Era imposible que los hubiera visto.
— ¡Son miembros de la tribu pero incluso mi paciencia tiene un límite con vosotros! ¡Es vuestra última oportunidad antes de que los mande azotar o se me ocurra algo peor!
No lo pensaron más y salieron a la luz. En el centro del bosque estaba la matriarca con la antorcha en la mano. Se acercaron hasta estar de pie a un par de pasos de su matriarca.
Thenglir hecho un suspiro y empezó a hablar:
— Nunca, pero nunca, jamás, ¿me entienden? Nunca dejen que alguien entre por estos territorios sin mi permiso o sin que vuestras madres lo sepan, ¿lo entienden? Un sirviente ha dejado entrar a una mujer para… para estar con ella y hacer el amor. Eso no debe ocurrir, y si saben de algo así, me lo deben decir enseguida. La seguridad de todo el pueblo está en juego. La tribu, el clan es vuestra familia también, es sagrada.
Los jovenes callaban.
—- Y no me digan que lo acaban de descubrir, porque llevo detrás de este hombre algunos días. Bien, hablen, díganme algo y que no sea una mentira. Eso no mejorará vuestra situación.
Utrickson fue a hablar, pero Erickson, su hermano mayor, quien se sentía responsable de todo empezó primero:
—- La culpa es mía. Hace unos dos meses que ese sirviente trae a esa muchacha por las noches. Normalmente vengo solo para ver. Esta noche le pedí a Vulvain y a mi hermano que me acompañaran. La culpa es mía. Debería haberle comentado de esto antes, Matriarca.
— Sí Erickson, eso es lo más grave de este asunto. ¿Por qué no lo hiciste?
No respondió. ¿Cómo decirle que sentía curiosidad por lo que hacían? Era vergonzoso y peor aún, justificar así la falta de fidelidad a la tribu. La matriarca miró a sus tres captores en silencio mientras escudriñaba sus pensamientos.
—- Veo que guardan silencio. Al menos sentís culpa. Eso es algo —-continuó la matriarca—-, pero no suficiente. No suficiente. Sois Insubres. Mirad allá. ¿Qué veis?
Los muchachos miraron las estatuas que se asentaban en la entrada de la tribu. Habían varias estatuas.
—- Estatuas—, dijo Vulvain.
—- Son vuestros antepasados. Vulkan Barbato Asina, vuestro bisabuelo y héroe contra los osunos, insubre. Einar Barbato Asina y Vuskar Kelfagni, vuestros antepasados, jurasangre los tres, insubres. Vencedores contra la guardia de hielo, conquistadores de Evuaeh, de Aleria. ¿Y en qué se sustenta la fortaleza de nuestra tribu?
Los tres muchachos dudaron.
— En la confianza. En la confianza mutua que se transmite de padres a hijos. Si no puedo fiarme de vosotros, yo no soy nadie, y si vosotros no confiáis en mí o en vuestro maestro de armas, no valéis nada. ¿Nunca os habéis preguntado por qué os llamamos insubres?
Los tres permanecieron en silencio.
—- Porque mi bisabuela, la gran Kalfegni, ya anciana y ciega por la avanzada edad, se apoyaba en su insubre, para poder caminar, lo usaba como un insubre, era su escudo y su bastón. De ahí el nombre que han heredado. Vosotros sois mi apoyo, debéis ser mis ojos y mis oídos cuando a mí me fallen, sois mi insubre. De la misma forma que vuestros hijos lo serán para vosotros. No lo olvidéis nunca. Nunca. ¿Está claro? La familia, la tribu… Esas cosas son lo primero.
Los tres asintieron.
—- Bien ahora fuera y vayan a sus casas, y no quiero oír ni una palabra más de esto. Si alguien vuelve a entrar sin mi permiso, quiero saberlo al instante, ¿entendido?
Los tres jóvenes se pusieron firmes y dijeron al unisono:
—- Sí, matriarca —-y velozmente corrieron hacia sus casas.
——
Al día siguiente, por la tarde, al terminar el adiestramiento, Harald hizo sus valoraciones.
—- Van muy bien. Dentro de poco me va a empezar a dar miedo luchar con vosotros, con todos vosotros. Especialmente con ustedes.— Señalo a Erickson, Vulvain y Utrickson.— Son rápidos con esas espadas. Aún les pierden sus ganas de vencer, pero ya madurarán… Ya maduraran. Y tú, Utrickson, has mejorado mucho. En poco tiempo serás tan bueno como tu hermano. Aún te pesa demasiado el arma, pero eso es algo que en un año o dos se arreglará por sí solo. Coman todas las gachas de trigo que os pongan por delante, y fruta y pescado y carne. Coman bien para luchar bien. Ya me encargaré yo de que no engorden ni un kilo de más.
Todos los 90 jóvenes ahi reunidos se miraron y sonrieron. Harald frunció el ceño y miró su barriga que, si bien no era la de un hombre obeso, desde luego mejoraría con cuatro o cinco kilos menos.
—-¡Por el Rey Lobo, sois unos ingratos! ¡Os adiestro gratis y lo pagáis riéndoos de vuestro maestro de armas! ¡Cuando hayáis luchado en tantas batallas como yo, tendréis derecho a engordar lo que os plazca, pero de momento ni un kilo de más! ¡Mañana os haré correr el doble, os quitaré esa sonrisa de la cara con sudor!
Los jóvenes callaron. El desliz les iba a costar caro.
—– Bien, basta ya de charla. Todos, para casa. Vulvain, Erickson, Utrickson se quedan conmigo. Tenemos que hablar ustedes y yo de unas cuantas cosas.
Los tres jóvenes se sorprendieron. Siempre volvían juntos, pero no querían preguntar. Un pequeño desliz ya lo iban a tener que compensar al día siguiente con esfuerzos extra; mejor no tentar su suerte. El resto de los jóvenes empezaron a retirarse.
Harald miró a sus aprendices.
—- Ya me ha contado mi hija el episodio de anoche.
Vulvain inhaló aire profundamente. Erickson abrió los ojos de vergüenza. Y Utrickson agacho la mirada.
—- Es importante —-continuó Harald con gesto ceñudo—- que nunca traicionen a su familia ni en cosas que puedan parecer pequeñas. La familia, la tribu es lo más importante: la familia y la tribu. Ésas son las cosas por las que merece la pena vivir y morir si es necesario, ésas son las cosas por las que rogamos a los dioses de la vieja Urthistan que nos protejan y nos ayuden. ¿Está claro?
—- Sí, maestro de armas.— Dijeron los tres, poniéndose firmes.
—- Bien. Ahora vámonos. Siganme.
Entraron en la ciudad, cruzaron las yurtas y casas, y descendieron hasta la zona de los mercados y luego, siguiendo el curso del río, se encontraron en una zona de la ciudad a la que los tres jóvenes nunca habían accedido. Las casas estaban sucias, viejas. Las calles estaban atestadas de gente variopinta, desde el pobre más miserable hasta, ocasionalmente, guerreros que paseaban armados. A juzgar por el celo que ponían en mantener alejado a cualquier mendigo de los caminos. Las valkirias patrullaban también aquellas callejuelas con mayor frecuencia que en otros barrios de la ciudad, aunque aquí dejaban pasar por alto la escandalosa presencia de algunas mujeres a medio vestir saludando desde las puertas de sus casas, las pequeñas peleas entre borrachos o el golpe que propinaba alguno de los guardias para defender a algún protegido molesto por el olor de algún loco que se cruzaba en su camino.
Las Valkirias no querían problemas y su presencia era más bien un aviso para que todos se contuvieran y no fueran más allá de golpes o empujones. Otra cosa era si se oía alguna espada desenvainándose. El joven Vulvain y sus acompañantes contemplaban a los guerreros patrullando con paso firme, la mirada en la distancia, como ausentes y, sin embargo, atentos a cualquier pequeño movimiento.
—- Siempre hay más problemas aquí que en ningún otro lugar: sobre todo peleas —dijo Harald al observar el interés de sus tres captores por las patrullas—. Siempre muere alguien por aquí cada día. Nunca vengan solos. Si vuelven sin mí, vayan en grupo acompañar por un par de buenos sirvientes.
Los tres jovenes no tenía muy claro por qué su maestro de armas podía pensar que ellos quisieran volver por allí. No parecía para nada un barrio agradable ni que tuviera nada que pudiese merecer el riesgo de moverse entre aquellas gentes violentas, borrachas y nerviosas. No obstante, de pronto se percató de una cosa que los diferenciaba del resto de los presentes que había visto en aquel lugar.
—- No llevamos valkirias, como los demás —-comentó Vulvain. Harald sonrió.
—- Aquí la escolta soy yo —-y continuó abriéndose paso entre el gentío.
Llegaron a una casa más grande que las de su entorno, más limpia, con la fachada sin grietas y una puerta, que al contrario que la mayoría de las demás estaba cerrada. Harald se acercó decidido y dio dos golpes bien fuertes con la palma de su mano. Una mujer mayor abrió la puerta. Tenía unos cincuenta años y, aunque se había pintado los labios de rojo y echado polvos sobre el rostro, las arrugas eran bien visibles y su pelo, completamente gris. Tenía una expresión seria, molesta, casi de enfado, pero en cuanto alzó la mirada desde el pecho de Harald hasta contemplar los ojos del hombre que acababa de llamar a su puerta, todas las facciones de su rostro cambiaron por completo el gesto de su cara: ésta se iluminó y una bien trabajada y edulcorada sonrisa pobló aquella faz secada por los años.
—- Pero si es Harald —-dijo y abrió la puerta y se separó para dejar suficiente sitio para que Harald pudiera pasar. Sus tres acompañantes le siguieron de cerca—. Y nos viene acompañado de tres hermosos jóvenes —continuó la vieja meretriz.
—- Bien, Muchachos, les presento a la vieja meretriz de la Garra Implacable. Nadie sabe su nombre, pero si preguntas por la Merika en este barrio todos te dirigirán a su puerta. Y sigan mi consejo: nunca le pregunten nada y así no se encontrarán una de sus mentiras.
— Por todos los Dioses, qué bajo concepto se tiene de mí — interpeló la meretriz y continuó dirigiéndose a sus nuevos invitados—, pero, mis queridos jóvenes, no hagan caso de este hombre que tan mal les habla de mí. Aquí todos los hombres encuentran lo que desean y salen complacidos…
—- … y más pobres que cuando entraron. No omitamos ese detalle —apuntó Harald.
— Bien —la meretriz habló ahora con indiferencia—, mis servicios tienen un precio y no pido mucho, sino lo justo.
—- ¡¿Lo justo?! — Harald elevó el tono con tanta fuerza que dos sirvientes armados aparecieron inmediatamente en el vestíbulo. El hombre no se inmutó—. Vieja merika, no pongas en tu boca palabras demasiado grandes para quien se dedica a este negocio.
—- Ya, claro, justicia es una palabra reservada para los guerreros.
Harald no entendió bien si aquello era una aceptación de la crítica recibida o un desafío entre dientes. Los tres jóvenes leyeron con más precisión la fina ironía de aquella mujer y tomaron buena nota del sentimiento con el que la meretriz había pronunciado aquella sentencia. ¿Cuánta gente pensaría lo mismo y con esa intención de frío reproche contra los de su clase?
— Bueno, vamos a lo que nos trae aquí. Éstos son mis mejores guerreros y aprendices, quienes serán grandes en la Tribu, así que más te vale tratarlos bien, si no por aprecio, al menos considera que será una gran inversión de futuro complacerlos bien. Lo que busco es un grupo de jóvenes guapas, dóciles, que no sepan demasiado, pero sí lo suficiente para… para ayudar… para empezar… ya me entiendes.
Vulvain y sus dos acompañantes desearon tener alas en los pies para poder volar y desaparecer de aquel lugar. A su maestro de armas sólo le faltaba gritar por toda la calle que sus jóvenes aprendices aún no habían estado con una mujer. A los tres ya les dolía bastante el tema como para encima tener que hacerlo público. La meretriz, no obstante, no pareció ni sorprenderle ni concederle mayor importancia a aquel hecho. Su frente arrugada mostraba que meditaba con intensidad.
— Sí… entiendo… y creo que sí, que tenemos exactamente lo que buscas —y dirigiéndose a los sirvientes armados que permanecían vigilantes hablo:- traed a Drusila, a Lenia y Elin. Las llamamos así, Harald, aunque vienen del Oriente Freljordiano. Son jóvenes, de dieciséis años, saben más que suficiente para satisfacer a vuestros aprendices, pero acaban de llegar y no han sido… probadas de manera extensa. Son dóciles. En cierta forma, diría que mantienen intacta su ingenuidad. Creo que estarán a la altura de las circunstancias.
Al momento llegó un sirviente con unas jovenes delgadas, blancas, con pelo oscuro lacio cayendo por sus espaldas desnudas, pues apenas estaban vestidas por una túnica de seda de color rojo abierta por detrás y tan fina que dejaba ver a través del tejido semitransparente unos hombros redondeados, una piel fina y tersa, unos senos prietos como manzanas recién cogidas, unas cinturas que cedían espacio suavemente, hasta de nuevo ampliarse al llegar a unas caderas generosas pero no grande, terminando en unas piernas largas y unos pies pequeños que se cerraban en un arco donde los dedos gordos se juntaban en el vértice del ángulo, justo allí, en ese punto del suelo, donde la mirada de las jóvenes permanecían fijas.
Las jóvenes alargaron las manos y, sin saberlo, el joven Vulvain y sus dos acompañantes, a su vez, extendieron su brazos con la palma de su propia mano abierta. Las jovenes sonrieron al tiempo que asían los dedos de los adolescentes con suavidad y los guiaron con dulzura pero, al mismo tiempo, con decisión, hacia sus cuartos, lejos de las miradas de guardias armados, o de un nervioso maestro de armas.
——
— ¡Bien! —exclamó Harald, una vez sus aprendices quedaron bajo la custodia de aquella jovenes—- y para mí, ¿está disponible aquella muchacha que tú ya sabes que tanto me satisface?
La meretriz no respondió inmediatamente de forma que el propio Harald se respondió a sí mismo.
—–O sea, no lo está; ¿he de entender que está en manos de otro?
La meretriz callaba mirando al suelo, concediendo. Harald continuó sacando conclusiones en voz alta.
—- Pues al precio que normalmente me la dejan, no se me ocurre más que alguno de los Vuskar o Therfin hayan decidido beneficiarse de sus muchos encantos.— Levanto su copa de vino.
Era un brindis al invierno, una exclamación hecha a lo loco, sin intención; sin embargo, la meretriz permaneció inmóvil, en silencio, Harald pensó que incluso algo nerviosa, si es que podía decirse que aquella mujer, cuyos ojos habían visto desfilar por su casa a decenas de Valkirias, guerreros y a la matriarca, pudiera en algún momento parecer algo desairada.
—- Por todos los dioses —-concluyó el maestro de Armas—-, nunca pensé que alguno de los insubres de la turma de mi hija tuvieran tanta sangre en sus venas —-.Harald comprendió que la anciana temía que fuera más allá con sus conclusiones hasta averiguar exactamente quien yacía con su preferida; no quería molestar a aquella mujer que tantos secretos suyos y de tantas otras personas conocía; era menos peligroso un poderoso insubre enfurecido que tener a la meretriz de la tribu en tu contra—-. En fin, bien por el que sea que disfruta ahora de los encantos de mi favorita, paciencia para mí. Quizá sea mejor así. Teniendo en cuenta lo que probablemente piensas cobrarme por satisfacer a mis aprendices, no tengo claro que pueda permitirme satisfacerme a mí mismo también. Tengo que enseñar a mis jóvenes a valerse pronto por sí mismos en estas cuestiones o mi economía corre grave riesgo de hundirse.
Con estas palabras Harald estalló en una sonora carcajada, lo que sin duda relajó a la meretriz que, antes de que su invitado lo pidiera, reclamó una buena jarra de vino para entretener a tan ilustre y, especialmente, comprensiva, persona.
——
Vulvain sintió las suaves caricias de aquella joven de la que ni conocía el nombre por cada recoveco de su piel. Primero la joven usó sus dedos, luego la palma de sus manos para culminar con su lengua lamiendo cada centímetro de su ser. En pocos minutos el joven Vulvain tuvo una enorme erección. El detenimiento de las caricias, el suspense por lo que aún debía de venir era demasiado para poder controlarse. La muchacha empezó a besarle la base de su miembro cuando ya no pudo resistir más y cedió a impulsos que aún no acertaba bien a controlar. Fue como una fuente que regó su propio vientre y la mejilla de la muchacha.
—- Lo… lo siento —-musitó entre confundido y nervioso.
La muchacha sacudió la cabeza tenuemente, quitando importancia al asunto al tiempo que con el dorso de la mano se limpiaba el rostro. El joven Vulvain no sabía bien ni qué decir ni qué hacer, si es que quedaba algo por hacer, o si bien ya habían terminado. Su maestro de armas era generoso, pues aquellas sensaciones sin duda debían costarle una fortuna, pero era demasiado parco en explicaciones. La chica pareció leer en su ceño fruncido la confusión que corría por sus venas. No hablaba su lengua, pero a base de reiniciar las caricias y los besos suaves se hizo entender con precisión. Aquello no había terminado. El joven Vulvain se dejó hacer y decidió que él no se iba de allí hasta que aquella chica lo echara.
—–
Al cabo de una hora el maestro de armas y sus tres acompañantes volvían a caminar por las calles de aquel barrio bajo, descendiendo por una estrecha callejuela hasta alcanzar las tabernas junto al pueblo. Vulvain y sus acompañantes llevaban consigo unas sonrisas entre un poco estúpidos y un poco de inmensa satisfacción que los acompañarían el resto de la mañana. Harald detuvo la marcha en una de las tabernas e invitó a sus pupilos a entrar. Era una habitación bastante oscura, con aire denso y pesado, ya que la única ventilación que había era la de la estrecha puerta que daba acceso a aquella estancia. Había un mostrador de madera tras el que un hombre de unos cuarenta años, muy grueso, pelo entre negro y cano, barba profusa y cara de muy pocos amigos, servía vino, gachas de trigo y algo de pescado del día a los que tenían el valor suficiente de acercarse a pedirle algo. Su maestro de armas parecía ser de estos últimos y, sin levantarse, a voz en grito hizo saber sus deseos.
—- ¡A ver, buen vino aquí para los cuatro, y rápido!
Vulvain y sus dos acompañantes observaron cómo el posadero miró con intensidad a su tío y cómo sin decir nada se agachó y de debajo del mostrador sacó una jarra y unos vasos. Por un momento pensó que aquel hombre no los llevaría a la mesa, pero el tabernero salió de su fortín y, paso a paso, lentamente, trajo el vino y dejó sobre la mesa.
Harald puso sobre la mesa una moneda de oro, es decir, un drakma y el tabernero asintió, la cogió y volvió a su puesto de vigilancia.
En el local había otras cinco o seis mesas, todas llenas de gente, quizá hubiera unas veinte personas, muchos mal vestidos, pero también se veía alguna toga brillante, reluciente, de algún extranjero o, al menos, un comerciante muy venido a más.
—- Este sitio es horrible, lo sé —-dijo Harald mientras escanciaba el vino—-, pero sirven el mejor vino de todo el Freljord. Tiene algún acuerdo con uno de los taberneros de barco que viene con vino desde el sur, un hombre llamado Gragas. No sé por qué exactamente. En estos lugares, es mejor no indagar sobre el pasado de las personas. No vengan aquí solos, a no ser que sean insubres de alto rango. A los lideres se les respeta aquí, siempre que hayan demostrado su valor en el campo de batalla. Pero vale ya de historias. Bebamos.
Vulvain y sus acompañantes miraron sus copas y dudaron.
—- Ya sé, ya sé que no beben, pero tienen que empezar, y este vino es tan bueno como cualquier otro. Tienen que celebrar esas sonrisas de tontos que se les ha puesto, y ustedes verán, se las quito con vino o a golpes. No quiero que vuestras madres los vean con esa expresión en sus rostros. Por el Rey Dios, las discusiones con sus madres me atemorizan. Lo reconozco. Sobre todo con Eyra.
Harald cogió su copa y los tres jóvenes hicieron lo propio. Bebieron. Harald echó un largo trago de vino y los tres jóvenes bebieron a sorbos. De pronto los tres sintieron una ligera quemazón en la garganta pero el sabor entre dulce y amargo les agradó. Vulvain y Erickson ya habían probado vino en alguna ocasión, a escondidas en la Yurta de la matriarca Thenglir, con Utrikson, pero aquel vino era cierto que estaba especialmente sabroso. Siguieron bebiendo.
—– ¿Qué le ha pasado al sirviente que vimos el día anterior? —preguntaron los tres al unisono.
—- Ah, el vino les da valor para preguntar lo que no deben, ¿eh? Bueno, creo que al sirviente le cayeron sólo cuarenta azotes; parece que cocina bien y a mi hija le gusta comer. Es un poco suave como castigo, pero el pollo y el jabali los hace muy buenos. Los hombres aveces somos así. Arriesgamos nuestra piel y, con frecuencia, nuestro dinero por estar con una mujer. Ya lo irán viendo. Y, no sacudan la cabeza. Que lo de hoy ha costado caro, pero es obvio por sus sonrisas, que gracias a todos los dioses ya se les va difuminando, lo de hoy merecía la pena. Ahora saben lo bueno que puede ser estar con una mujer. No se aficionen a esto, y va para los tres. Un día conocerán a una mujer por la que se dejaran dar cuarenta y cien y mil azotes si hace falta. Eso ocurre. Bueno….Dicen que ocurre. Lo importante es que se encuentren una buena mujer, si es valkiria, mejor, que sea guapa para tenerlos distraídos por las noches, pero que esté con ustedes en todo momento. Un día, muchachos, no estaremos ni sus padres, ni sus madres, ni yo. Tendrán entonces que confiar en aquellos de los que se hayan rodeado: sus mujeres, sus hermanos y sus amigos, y luego en tus hijos, pero hasta que tengan su propia familia: serán tu mujer, tu hermano y tus amigos los que te den fuerza. Elijan bien a sus esposas. Como ven es importante. Bah… En fin, el vino me hace hablar tonterías. Tampoco me hagan demasiado caso en todo esto. Háganme caso en el adiestramiento militar. Ahí tengo bastante más claras las cosas.
Harald siguió escanciando vino hasta que entre los cuatro terminaron la jarra. Vulvain se quedó meditando sobre las palabras de su maestro de armas: un día estaría sin ellos, sin Hellie, sin Eyra y sin Harald. Nunca había pensado en ello. Era el transcurso inexorable de la vida. Ese día debería llegar alguna vez. En aquel momento, con el dulce sabor del vino en su paladar y el alcohol fluyendo por sus venas se sintió débil. No pensó que fuera capaz de seguir adelante sin la protección de sus mas allegados. Se sentía flojo, con miedo, aturdido por la responsabilidad. Era un Insubre. De pronto le quedo claro que la unión en la familia sería el camino único para encontrar las fuerzas que necesitaría como futuro guerrero de la Garra Implacable. Eran demasiadas cosas para un solo día. Sólo tomó una determinación, allí, compartiendo ya en silencio el último vaso de vino con su maestro de armas y sus amigos, en aquella vieja y sucia taberna, después de haber saboreado el placer sensual de una mujer: se esforzaría al máximo en su adiestramiento militar, atendería a las lecciones de Eyra y escucharía los consejos de Gnauril sobre como gobernar. Igual nunca tendría fuerzas para sacar adelante a la tribu, pero por si los dioses se las concedían, mejor sería ir aprendiendo ahora todo lo posible sobre el arte de gobernar. La voz de su maestro de armas acompañada del golpe fuerte que dio sobre la mesa al dejar su vaso vacío y gritar que quería otra jarra le sacó de la profundidad de sus pensamientos.
—– ¡Por el Rey Lobo! ¡Ya era hora de que maestro y aprendices compartiéramos una buena jarra de vino! ¡Hoy…..nos vamos a emborrachar!
Vulvain, Erickson y Utrickson le miraron como a través de una nebulosa. Por su parte ellos ya se consideraban borrachos. No dudaron, no obstante en entrechocar sus jarras, y en acercarse a la boca el nuevo vaso de vino que su maestro de armas les ofrecía. Bebieron hasta el fondo.
Se emborracharon por completo.
Al día siguiente, Vulvain, agonizando de dolor en su estancia, después de vomitar toda la madrugada, escuchaba los gritos de Eyra aturdiendo la resacosa cabeza de Harald al que adivinaba cabizbajo en el centro de la Yurta, mirando al suelo y aguantando en silencio la lluvia de tenebrosas invectivas que le lanzaba la curandera. Recordó a Hellie mirándole con desaprobación. ¿Donde estaban Erickson y Utrickson? ¿Quizá se hubieran ido a sus respectivas casas?
—- Necio.—- Le dijo Hellie, pero el le sonrió.
Al final, como siempre, escuchó la voz serena de Thenglir y Gnauril imponiendo sosiego y orden. Y con esas voces se quedó antes de quedarse dormido y soñar con una mañana fría, una fortaleza inexpugnable, con un guerrero llamado Ragnar V y con una mujer de manos ensangrentadas, y una enorme laguna que la rodeaba.
Erickson y Utrickson estaban a su lado. Y se sintió feliz por ello.
Luego tubo otro sueño, solo. En un sitio desconocido. Una montaña enorme se cernía ante el. La puerta de un lobo abriendo las fauces. Un rey troll anciano y una espada blanca como la nieve que flotaba en el aire. Hjalnar se llamaba y su nombre invocaba.

 

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