LA VENTANA SOBRE EL PARQUE

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«Como alguien sostuvo, en cualquier libro el lector lee el libro que quiere leer,»

 

Bioy Casares 

 

LA VENTANA SOBRE EL PARQUE 

 

Me encontraba en el despacho recopilando frases para mi nueva novela, cuando uno de los personajes empezó a desorientarse en disquisiciones demasiado complejas. El canalla me atrapó y me arrastró con él hacia laberintos sin soluciones. Me vi perdido en una trama angustiosa, incontrolable. En ese momento tuve que reconocer que me sentía verdaderamente agotado. Debía parar un rato. Después de un descanso seguro que la cosa volvería a funcionar. 

Me levanté de la silla y me acerqué a la ventana. Desde esa quinta planta se podía observar el cielo azul extendiéndose limpio hasta el horizonte. Abajo, las plantas del parque resplandecían cubiertas de flores como la correlación metafórica de una alfombra de cuento persa. 

Allí estaba Elisa, mi mujer, sentada en un banco con un libro abierto que reposaba encima de su regazo. Podía oír a mi hija Martina cómo cantaba una canción infantil, mientras saltaba sobre unas rayas dibujadas con tiza por ella misma sobre el suelo de goma donde estaban instalados los columpios. Elisa levantó la vista del libro y me vio en la ventana. Nos sonreímos, y nos saludamos con la mano. 

Me di cuenta de que tenía sucios los cristales de las gafas. Me las quité, y mientras limpiaba los cristales cerré los ojos para sentir cómo mi espíritu se llenaba de dicha poética. Era una perfecta mañana de primavera. 

Al volverme a colocar las gafas miré hacia la ventana desde donde mi mujer me miraba, a la vez que sujetaba a la niña sobre su cadera. Martina se había pegado a su madre rodeándole el cuello con sus bracitos. Elisa y yo nos volvimos a saludar. 

Cuando me sentaba en ese banco del parque sentía cómo mi cuerpo se relajaba y entonces podía reflexionar con más comodidad. Debía concentrarme en la página de la libreta en la que esquematizaba las nuevas ideas de aquel maldito relato desdibujado y confuso que tanto se resistía a madurar con coherencia dramática. Me estremecí con un poco de enfado. Para conseguirlo sabía que no me quedaba otra opción que seguir removiendo el crisol de las palabras, una y otra vez, hasta atrapar las imágenes solapadas que se escondían entre los pliegues de mi mente. 

 

FIN 

 

Comentarios

  1. Mabel

    12 mayo, 2020

    Muy buen Cuento. Un abrazo Antonio y mi voto desde Andalucía

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