Lo que vendo

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Ya van quince segundos y el agua sigue saliendo marrón, lo cual me hace pensar que fue bueno haber vomitado el mate cocido que me prepararon. Lo peor no es el color del agua, sino que sale helada y nada puede cambiar eso. De todas formas tengo que lavarme las manos. Ya habiendo hecho mis necesidades es que me hago verdaderamente consciente de la precariedad que me rodea. No es un baño y no se encuentra en una casa.  Las chapas cubren parcialmente la intemperie, la luz del sol se filtra, el lugar me causa un malestar peor que mi diarrea. ¿Con que me limpié?, ya no quiero ni pensarlo. No cagué ni vomité en un inodoro, en algún tiempo quizás lo fue, pero ya no. Tal como mis anfitriones que en algún momento quizás parecieron humanos y ahora son una colección de arrugas, piel curtida y unos trapos viejos y apolillados que cubren toda esa masa de decrepitud.  Quiero saltar varios minutos en el futuro y estar ya en mi auto, pero no tengo más remedio que vivir lúcidamente, por más surrealista que pueda llegar a ser, lo que queda de la secuencia que comenzó hace un rato.

***

Por lo general no tengo un trato directo con mis clientes y cuando los veo  es siempre en las oficinas, pero los Armistead habían insistido en invitarme a la estancia a almorzar y no podía darme el lujo de mostrarme poco cordial con los mayores terratenientes de la zona. Fue una tertulia agradable; no es que no esté acostumbrado a un estilo de vida cómodo, pero el lujo de esas instalaciones me deslumbró. Terminado el asado, el coñac y los habanos me di cuenta de que no me estaba sintiendo muy bien: fue el sushi del día anterior, sentía que no estaba digerido aún. Me despedí del matrimonio Armistead y de sus hermosos hijos que me saludaron con ese pintoresco acento francés, subí al auto y me adentré en el camino de tierra.

Claro que mi intención era buscar una estación de servicio en el pueblo más cercano. No tenía pensado entrar a un rancho ni nada parecido. Quería evitar salir del auto lo más que pueda, pero realmente necesitaba un baño. Es común hablar de lo insoportable que es el verano en el campo, pero nadie dice mucho de los inviernos, el frio es implacable en las pampas y se siente como si el viento te cortara la cara. De todas formas, dentro del coche tenía prendida la calefacción, así que en ese momento el clima dejo de preocuparme. MI problema era que ya no podía aguantar. Sudaba y  tenía la sensación de  que cualquier sacudón que pudiera pegar el auto en ese camino no asfaltado iba a hacer que desagote en los pantalones.

Frené de golpe porque me estaba costando manejar. Cuando miré por mi ventanilla noté la presencia de la chacra y sin pensarlo dos veces me baje del auto y caminé midiendo cada movimiento de mi cuerpo para no tener un accidente. En ese trayecto logre llegar a cierto alivio. Durante un momento todo lo que estaba a punto de expulsar subió y se acomodó, dándome un poco más de tiempo. Pero sabía que ese confort sería efímero, y cuando la urgencia me increpara de nuevo, el malestar sería cien veces peor. Así que no vacilé, golpeé esa puertita oxidada, que en teoría protegía a ese hogar de ladrillos pintados con cal, y esperé a ser atendido. Al no aparecer nadie, simplemente entré.

De la ventana tapada con una cortina naranja, entraba un poco de luz del día que se filtraba adoptando el color de la tela. Era una luz cálida que contrastaba con el aspecto lúgubre del lugar. No veía lo suficiente como para distinguir si el suelo era de cemento o tierra. Al entrar olvidé brevemente cual era mi propósito ahí, como si estuviera hipnotizado, solo me quedaba quieto observando las partículas de polvo que se hacían visibles en las zonas iluminadas. Me sentía alienado ahí dentro. Como si luego de recorrer tanto campo y ver  tanto horizonte de golpe me encontrara en una cueva. Una cueva pequeña, húmeda, silenciosa y fría. Y, no sé bien cómo explicarlo, pero yo intuía que algo raro iba a pasar. Me di cuenta que necesitaba irme de ahí lo antes posible. Solo distinguí dos puertas. Una estaba tapada con una cortina y la otra no. Comencé a caminar hacia la de la cortina pero un ruido me detuvo. Me di vuelta y vi que los dueños habían entrado a la casa.

Los dos viejos estaban parados uno al lado del otro. Ella tenía un cuchillo grande, mellado y ensangrentado, él sostenía por el cuello dos gallinas muertas. Me miraban y yo los miraba a ellos.

_ Este es el que estuvo en lo del patrón hoy._ Dijo el viejo

La vieja no respondió. Tomó las gallinas y caminó, pasándome por al lado, hasta la mesada de la cocina dejando allí lo que tenía en la mano.  En ese momento pensé en disculparme por entrar a la casa, pero luego recordé que yo era un invitado de los Armistead y ese rancho, como todo lo que estaba en la estancia, pertenecía a ellos.

_ Solo voy a usar el baño y me voy. _ Dije mirando al viejo que aún no se había movido.

_ No, no… debe tener frio, ahora le preparo un mate cocido. _ Dijo la vieja mientras llenaba una pava con agua.

El fueguito de la hornalla apenas iluminaba un poco, pero no se alcanzaba a distinguir todo lo que la vieja hacía en la cocina. Solo lo deducía por los ruidos que hacía. El viejo finalmente se quitó su abrigo y se sentó. Tosía mucho y me miraba fijo. Yo acepté el mate cocido y me senté a la mesa frente al viejo. Acepté porque reparando en lo poco que veía del rancho, no quería imaginarme lo que sería ese baño. Así que la idea ahora era la siguiente: tomar el mate e irme lo antes posible.

Pasaron unos minutos. Me costaba entenderlo pero el viejo, sin sacarme la mirada de encima, me estuvo hablando de los trabajos que hacía para Armistead, de cómo hasta hace unos meses tenían que ir a sacar agua del pozo, de sus hijos, sus nietos y no sé qué más. No le presté atención, solo me concentraba en la mirada. Era penetrante, de esas expresiones que dicen algo y a la vez lo intentan ocultar.

_ ¿Vos Tenés? _ Dijo la vieja mientras apoyaba la taza de cerámica con la infusión frente a mí.

No respondí enseguida. Me fastidió la interpelación, la pronunciación acompañada de saliva en cada consonante de la frase y el no entender que me estaba preguntando.

_ ¿Tengo?, ¿Tengo que? _ Respondí finalmente carraspeando.

_ Hijos. _ Dijo la vieja. _Nosotros tenemos cinco.

_ No, no… no tengo hijos.

La vieja se sentó a mi lado izquierdo.

_ Nosotros tenemos cinco. Eran seis pero el Emilio murió de cáncer. El Luís trabaja acá con nosotros. Los otros están en el pueblo. ¿Usted conoce el pueblo?

La vieja hizo contacto visual conmigo por primera vez mientras esperaba que le responda algo. Tomé un sorbo de mi mate, cuyo calor, debo reconocer, se sintió satisfactorio. Luego respondí.

_ Sí, tengo muchos clientes en Salguero. Estuve un par de veces pero no voy muy seguido. _ tomé un sorbo más del mate. _ Si, el señor ya me comentó lo de sus hijos.

El viejo, que aún seguía mirándome, añadió ofuscado ni bien terminé de hablar:

_ Ella estaba en la cocina, no escuchó cuando te hablé de los pibes.

_ Hay fotos de los chicos, son casi todas del Emilio, ¿querés verlas?… Las tengo en la pieza. _Dijo la vieja mientras se aproximaba más a mí.

La proximidad de la vieja y la mirada del viejo me incomodaban cada vez más.

_ No señora, disculpe pero estoy un poco apurado. Tengo que viajar y quiero salir antes de que se largue a llover.

Tomé otro sorbo de mate y en seguida mí intestino se revolvió con violencia, haciéndome recordar porque es que había entrado al rancho en primer lugar.

_ No va a llover, esa tormenta está en Rosario ya. No se apure. Acá es bienvenido señor._ Dijo el viejo mientras se frotaba las manos para calentarlas.

Después de una pausa de algunos segundos, la vieja siguió hablando.

_ El Luis tiene una nena. _ Dijo la vieja mientras el viejo al fin me quitó la vista de encima para mirar brevemente a su mujer a los ojos, como si le pidiera la palabra.

_ Si, nuestra nietita Fátima. El Luís trabajó todo el día, ahora está durmiendo la siesta con Fátima. ¿Los querés conocer?… los llamamos si querés.

_ No señor, no los despierte, no se haga problema.

Yo empezaba a sudar de nuevo. Me sentía nervioso por estar ahí, por la presencia de los viejos, por pensar en que había dos personas más en esa casa, porque me quería ir a la mierda y porque ya no podía aguantar más y ya no quedaba otra, tenía que ser ahí, en ese baño.

_ ¿Estás bien?_ preguntó el viejo.

_ Si, necesito ir al baño y después ya los dejó libres.

_ Es por ahí. _ dijo la vieja señalando la puerta sin cortina._ Usted vaya que ahí se lo llamamos al Luis.

La urgencia no me permitió irritarme por la insistencia.

_ No se preocupe, otro día los conoceré.

Me levanté y caminé rápido, luego lento, después un poco más rápido. Midiendo los pasos, creo que ocho en total, hasta la puerta del, entre comillas, baño.

***

Ya me lavé las manos y salí del baño. Los viejos me dicen que espere, que van a llamar a Luis y a Fátima antes de que me vaya y, no sé por qué, después de que insistan tanto en el asunto, accedo y me arrepiento al instante. Ellos se dirigen a la puerta de la cortina. Ahí me doy cuenta que la cortina tapa todo el umbral y no hay puerta en verdad. No sé si del otro lado hay un pasillo o directamente la habitación. No sé si comparten habitación con su supuesto hijo y su nieta. No me interesa. Tengo que aprovechar la oportunidad para irme, porque están tardando y oigo ruidos como si buscaran algo. Quizás una escopeta. Algo traman. Yo sé que me odian. Me odian más de lo que odian a los Armisteaud. Yo en cambio no lo hago, no tengo que odiarlos porque me basta con ignorar que existen. ¿Estarán realmente buscando una escopeta? ¿Tienen la fuerza para resistir la patada del arma? ¿Y si me envenenaron con el mate? La situación invita a ponerse un poco paranoico. Otra persona tendría miedo. Yo no, porque guardo una pistola en la guantera. Amo disparar, y me enorgullece decir que no erro tiro. Donde pongo el ojo pongo la bala, como dicen en las películas. Yo sabía que esos años de práctica en tiro federal no eran al pedo, pero siempre creí que iba a matar a un chorro que quisiera entrar a robarme, no a dos viejos moribundos o a su hijo o a su nieta, porque si ella intenta algo también le voy a disparar. Va a ser en legítima defensa. Tengo que prepararme. Me despido con un grito y camino rápidamente hacia la puerta. Como dije, no tengo miedo. Hasta me entusiasma un poco todo el asunto, pero tengo que actuar rápido.

Ya empieza a lloviznar. La tormenta no se fue a Rosario como dijo el viejo. Cuando entro al auto abro la guantera y preparo el arma, dejando una bala en la recamara. La guardo sin cerrar la guantera y no dejo de sostenerla. Espero para arrancar, quiero ver que van a hacer los viejos. Efectivamente salen afuera. Están ellos dos y un muchacho que, a pesar del frio, solo viste un jogging gastado y una remera de mangas cortas. El viento sopla fuerte de frente a la familia. La tierra del suelo se levanta ante ellos dejándolos completamente tapados un breve momento. Cuando se disipa, la familia se me hace visible de nuevo, esta vez varios metros más cerca. Me bajo del auto con mi pistola dentro del pantalón y solo los miro. Ahora veo que el hijo lleva algo cubierto con una manta en brazos. Supongo que aquel bulto es su hija.

_ No se vaya todavía señor, que tiene que conocer al Luis_ Dice la vieja con una mirada que a otro le hubiera parecido intimidante.

_ Yo soy el Luis, hijo de puta_ me dice el muchacho acercándose ante mí, quedando a centímetros de distancia.

_ Mostrale a Fátima, Luis. _ chilla el viejo con su voz aguda.

Luis comienza a desenvolver a, supongo que Fátima, de las mantas que la abrigan.

_ Nuestra nietita Fátima. _ dice el viejo, mientras por primera vez lo veo sonreír.

Luis se toma su tiempo, lo hace delicadamente. La bebé no llora, no hace ruido, no se mueve. Mierda, creo que la bebé está adentro de un frasco. Si, lo que Luis deja ver al quitar la manta es un recipiente grande, cuyo contenido es algo orgánico y muerto sumergido en formol. Aquello es difícil de describir, pero lo voy a intentar. Se trata de  una pequeña boca sin maxilar inferior de donde cae una lengua que pareciera bípeda o muy deteriorada, con lo que parecen pequeñas verrugas rojas. Los ojos se estiran para los costados hasta llegar las cuencas a donde empiezan las orejas, pero no, no hay orejas. ¿O sí? Hay como protuberancias aguzadas donde se suponen que tienen que estar los brazos. Ya, no quiero ver más eso. Es una criaturita deforme y muerta: la versión más degradada de un bebé que alguien podría imaginar, retorcida y compactada para que entre en un frasco cuyo tamaño debe ser menor al de ella.

_ ¿Querés agarrarla? _ dice Luis mostrándome el frasco más de cerca.

No respondo. Retrocedo unos pasos.

_ Tiene cuatro meses, los cumplió hace cinco años. Que suerte que vino usted porque desde hace eso, cinco años, que estamos esperando para que la conozca, señor Bañasco.

Quiero decirle algo a los tres. Pero realmente no sé qué. Siento que tengo mucho que procesar, pero no les voy a dar el gusto de sentirme culpable por nada. Si puedo hacer oídos sordos a tantas personas que me juzgan por mi trabajo, personas cercanas, incluso a gente que me ha escrachado, todo este repulsivo show no me va a hacer temblar el pulso.

De nuevo entro al auto. Siguen ahí, mirándome. Entren a su rancho roñoso. ¡Entren! ¿No van a entrar? Perfecto. Saco el arma, apunto rápido por la ventanilla y disparo. El proyectil perfora el frasco y atraviesa la cabecita deforme. El formol, que no puedo imaginar de donde carajo lo sacaron, embadurna las manos de Luis junto con el resto del contenido. Estoy seguro de que no le di a ninguno de los tres porque no fue mi intensión hacerlo, y donde pongo el ojo pongo la bala, como dicen en las películas. No veo que es lo que sucede después porque, ahora sí, acelero y me voy al fin de ese lugar. Pero me va a costar un poco sacarme la imagen horrible de esa criatura. Supongo que Dios los castigó con ese, no quiero decir monstruo, con una bebé así ¿A quién castigó Dios? ¿A la vieja? ¿Al viejo? ¿Al tal Luis? Ya no importa, todo esto va a ser una anécdota, o un mal recuerdo. De todas formas, abandono estas tierras. Que la próxima vez los Armisteaud me inviten a su casa en Salguero o a cualquier otro lado. Yo no vuelvo nunca más al campo. No tengo necesidad de hacerlo, pero el producto que vendo sí. Eso va a estar en el campo durante mucho tiempo más. Va a estar en esos suelos después de que me muera. Supongo que va a estar para siempre.

 

 

 

Comentarios

  1. JR

    9 mayo, 2020

    Wow! Tremendo cuento. No se puede parar de leer. Muy bueno. Saludos.

  2. The geezer

    10 mayo, 2020

    Impresionante Quin !! Jooder perdona mi lenguaje pero me has dejado resoplando! Enhorabuena, de veras.
    César

  3. Lore

    27 junio, 2020

    Ojalá que solo fuera un cuento, se acerca soberanamente a la realidad, incluso diría que se queda corto.
    Me ha gustado, es un gran cuento-relato.
    Es tremendo , me ha revuelto la moral y no sé cuantos sentimientos mas.
    Felicidades QUIN.
    Saludos y mi voto.

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