LOS PROTECTORES

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Javier comenzaba a estar desesperado. Llevaban ya casi dos semanas y media de cuarentena y la pandemia no tenía visos de mejorar a corto plazo, por lo que la reclusión domiciliaria iba a continuar.

Dentro de lo que cabe era de los más afortunados, estaba bien de salud y su casa tenía el tamaño suficiente para que tanto él como su mujer pudieran disponer de espacio y medios para llenar de actividades el tsunami de tiempo libre que les había caído encima. Sus hijos ya estaban emancipados y realizaban con ellos videoconferencias periódicas para mantenerse unidos e informados.

A pesar de todo ya comenzaba a presentir el ronco jadeo de la bestia del aburrimiento que le estaba rondando, presta a saltarle encima en cuanto descubriera la menor flaqueza.

¡Tengo que hacer algo!, se dijo mientras recordaba una idea que habían comentado en el Taller de Escritura al que acudía semanalmente, pero que habían tenido que suspender por el confinamiento. Hablaron de un disparadero creativo que consistía en realizar un «Viaje alrededor de mi casa», basado en la novela de Xavier de Maistre “Viaje alrededor de mi habitación”. Se trataba de aprovecharla clausura para escribir lo que viera cada uno en su casa, esos objetos que se habían vuelto invisibles para los ojos acostumbrados a ellos, esas habitaciones que guardaban algún secreto cierto o supuesto, esas sombras y esas luces que modificaban la forma de las cosas, y temas similares.

Como tenía tareas pendientes no se había dedicado a ello, pero ahora podía convertirse en su salvavidas. Optó por realizar un recorrido físico por la casa, deteniéndose especialmente en aquellos puntos que habitualmente pasaban más desapercibidos y no tardó en obtener algunos interesantes resultados, fruto de la inspección.

En uno de los armarios roperos encontró dos botellas del estupendo wiski que le habían regalado en su último cumpleaños y que había guardado aparte porque no le cabían en el mueble bar. Ya solo este hallazgo bastaba para estar contento, aunque «montarse en el búfalo» quizá no fuera la solución más adecuada frente al hastío.

Otro de sus descubrimientos fue constatar la cantidad de libros que tenía pendientes de leer. Comprador impulsivo, había acumulado bastantes obras de diferentes temáticas y autores que le esperaban acumulando polvo en las estanterías de su estudio. Tendría que organizarme un poco y dedicar un tiempo a la lectura todos los días, pensó. En teoría, solo con la lectura, ya mantendría a raya a la bestia, pero uno de sus puntos fuertes es que se conocía demasiado bastante bien a sí mismo. Conocía su gusto por la molicie y la procrastinación, especialmente frente a la pantalla del ordenador que le trasladaba a mundos desconocidos a golpe de ratón y teclado sin apenas esfuerzo. En su descargo podía argumentar que su vista ya no era la de antes y que leer sobre papel cada vez se le hacía más cuesta arriba.

El último descubrimiento era el más curioso y que más posibilidades de evasión podía proporcionarle. Se trataba de un par de sujetalibros de madera que había traído de casa de sus padres en Mallorca hacía unos años. Recordaba verlos de adolescente en casa de sus abuelos, en concreto en el despacho de su tío abuelo Martín, el hermano de su abuela materna, que había sido Deán de la Catedral. Fue este un personaje peculiar que gobernó con mano firme una rama de su familia gracias a la autoridad que le confería su tonsura y ayudado por una situación histórica dominada por la represión y el oscurantismo en la que la iglesia solía tener siempre la última palabra. Cuando fallecieron sus abuelos el mobiliario se repartió entre los herederos y los sujetalibros acabaron en casa de sus padres. Allí pasaron desapercibidos bastantes años hasta la mudanza desde la vivienda oficial, que habían disfrutado algunas décadas, a otra bastante más pequeña pero propia. Aquello obligó a tener que desprenderse de muchas cosas y a repartir mobiliario y objetos decorativos entre los hijos.

Dichos sujetalibros eran dos tallas de madera de unos veinte centímetros de altura con figuras humanas, aparentemente sentadas, que parecían representar una pareja de nobles o monarcas de la época medieval. Por su tallado y formas podrían pertenecer al románico, aunque no podría asegurarlo al no ser un experto. Estaban cubiertos por numerosas capas de barniz oscuro, que dificultaba percibir sus detalles, pero parecían muy antiguas.

La figura masculina portaba barba y ostentaba una corona con seis prominencias a modo de torres. Ambos brazos descansaban a los lados en lo que podría considerarse un trono y en la parte inferior de su sayo o túnica parecía estar grabado un escudo nobiliario de barras verticales paralelas.

La figura femenina, a la que pronto denominó «La dama», era todavía más peculiar puesto que su corona únicamente contaba con cuatro prominencias, el brazo derecho estaba oculto y el izquierdo parecía sujetar una especie de cetro frente a su cara. En este caso el escudo grabado en su parte inferior parecía fajado y ondado, según el léxico heráldico consultado.

La curiosidad de Javier estaba desbocada ¿De dónde provenían esas figuras y qué representaban? Lo primero que hizo fue comenzar a buscar en Internet esculturas o imágenes parecidas y no tardó en abandonar ya que no encontró casi nada que le sirviera de utilidad. Tendría que concretar mucho para afinar las búsquedas. Lo que más le llamó la atención después de visitar bastantes portales de heráldica fueron dos cosas: la primera que ningún número de prominencias o florones de las coronas de las figuras se correspondía con las reglas habituales, lo que hacía más difícil identificarlas; la otra peculiaridad era que el escudo de la dama era bastante singular, al menos en la heráldica española, donde apenas se citaban escudos fajados y ondados como el suyo.

Para disponer de más información llamó a su madre, que aunque ya mayor continuaba teniendo una memoria prodigiosa. Ella le aseguró que las figuras eran un regalo de la duquesa de Mortix a su tío-abuelo sacerdote cuando se ordenó.

—¿Y qué pinta en esto una duquesa? Que yo sepa en nuestros antepasados no hay muchos nobles —dijo Javier.

—Estás muy equivocado, tanto por mi rama paterna como por la materna hay apellidos muy antiguos y nobles, pero eso aquí no viene al caso. La relación con la duquesa viene de que la madre del cura y de mi madre, o sea mi abuela, trabajaba como cocinera en su casa. Además de eso y como la marquesa era muy religiosa financió los costes del seminario.

Estos datos le facilitaban un hilo del que comenzar a tirar para intentar llegar a alguna parte. Su madre también le recordó que podría preguntar a Bernardo, un familiar relativamente lejano considerado un reputado experto en historia medieval, aunque únicamente pudo facilitarle su nombre completo. Gracias a la Red no tardó en dar con él en el departamento de historia de una prestigiosa universidad catalana. Inmediatamente le mandó un correo electrónico adjuntando una fotografía de las figuras.

Apenas unas horas más tarde recibió su respuesta agradeciéndole que contara con él ya que comenzaba a aburrirse de estar encerrado. Además le adelantaba que o bien aquellas piezas eran relativamente modernas y no tenían más valor que el sentimental o se trataba de un hallazgo que exigiría investigar con calma y tiempo y que él se decantaba por esa segunda opción, por lo que le rogaba que tuviera paciencia. También le pedía que le ayudara en la investigación, buscando los antecedentes históricos y genealógicos de la duquesa, al tratarse de un buen punto de partida.

En circunstancias normales eso significaría comenzar a recorrer presencialmente bibliotecas y registros, lo que con el confinamiento no era posible. Tendría que conformarse con lo que estuviera digitalizado, que por fortuna comenzaba a ser bastante.

La mayor parte de la nobleza ilustre de la isla emparentaba con quienes acompañaron al Rey Jaime I de Aragón en su expedición para la conquista de Mallorca de septiembre de 1229 y a los que recompensó con tierras y títulos en el reparto posterior. Indagando sobre el blasón de Mortix no tardó en llegar al Señor de Ainsa, cuya heredad estaba en la comarca del Sobrarbe y que había apoyado con sus huestes al monarca. En la distribución se le concedieron tierras al noreste de la isla y el ducado de Mortix por su servicios.

El Señor de Ainsa estaba casado con una noble occitana emparentada con Esclarmonde de Foix —destacada y enigmática figura femenina de la época— y también había cabalgado junto al padre de Jaime I, el rey Pedro II de Aragón. Combatieron juntos en la batalla de Muret de la cruzada albigense, enfrentándose a las tropas cruzadas movilizadas por el Papa Inocencio III y Felipe II de Francia, lideradas por Simón IV de Montfort y donde el Rey de Aragón halló la muerte.

Al continuar indagando halló entre la nobleza de la corte del rey Jaime II de Mallorca a un hijo del Señor de Ainsa, el Duque de Mortix. Dicho monarca estaba casado con Esclaramunda de Foix, hija del conde de Foix y bisnieta de Esclaramonde.

La investigación comenzaba a tomar un sesgo interesante y parecía apuntar hacia Occitania, mítica región del sur de Francia estrechamente relacionada con la Corona de Aragón. Ese rico territorio de cultura refinada gozaba además de una lengua propia, el occitano, y había sido el origen de los valores y la literatura trovadoresca.

La región disfrutaba de una cierta autonomía frente a la corona de Francia e incluso frente al Vaticano que no era demasiado del agrado de ambas instituciones. Otra peculiaridad de los occitanos fue su permeabilidad, cuando no su protección activa, del herético catarismo perseguido por la Iglesia Católica.

Javier había leído algo sobre los cátaros y su persecución, pero de una forma superficial. Al profundizar en ello no tardó en tropezarse con la figura de Esclarmonde de Foix, hija del conde Roger Bernardo I de Foix y esposa de Jourdain III, señor de L’Isle–Jourdain, también conocida como «La dama blanca» y que ostentaba elevadas responsabilidades en la jerarquía de la iglesia cátara.

Aprovechando unos confusos sucesos, el Papa Inocencio III convocó en 1209 la cruzada albigense que duró hasta 1244 y que contó con el apoyo de los Reyes de Francia. Por primera vez un Papa decretó que matar cristianos era grato a los ojos de Dios y además merecedor de un suculento botín. Con aquella cruzada consiguieron acabar de una sola vez con la influencia de la Corona de Aragón en territorio francés, con la autonomía de Occitania y con una rama del cristianismo muy crítica con los usos y costumbres del papado y la iglesia.

Uno de los aspectos del catarismo y de la cultura occitana que llamó más la atención de Javier fue la importancia concedida a la figura de la mujer, en contraposición a lo que ocurría en el resto de los territorios en esa época. Quizá aquello no fuera suficiente para justificar una guerra, pero la derrota significó un duro revés para las mujeres, que continuarían sometidas a la autoridad masculina durante muchos siglos.

Quizá el último gran refugio espiritual de la iglesia cátara fue el castillo de Montsegur, curiosamente propiedad de Esclarmonde de Foix, y donde se habían ido refugiando los cátaros y los faidits[1]supervivientes de diversos enfrentamientos con las tropas cruzadas. Tras diez meses de asedio, los señores Ramón de Péreille y Pierre Roger de Mirepoix que comandaban la defensa negociaron la rendición del lugar. Los vencedores dieron quince días de plazo a los vencidos para abandonar el castillo, dejándoles optar entre la abjuración de su fe y la hoguera. El dieciséis de marzo de 1244 una pira gigantesca consumió los cuerpos de más de doscientas personas entre hombres, mujeres y niños que no quisieron renegar de sus creencias. Una de las Buenas Cristianas que murió allí fue Esclarmonda de Péreille. Entre los mártires había una veintena de personas que por su condición laica habrían podido salvar la vida, pero pidieron recibir el Consolamentum, único sacramento de la fe cátara, para convertirse en Buenos Cristianos y acompañar al resto al sacrificio.

A partir de ahí dieron comienzo multitud de historias y leyendas que afirmarían que antes de la entrada de los cruzados, algunos cátaros pudieron escapar y llevarse o esconder un fabuloso tesoro que nadie ha hallado todavía.

Las indagaciones de Javier le habían conducido a tres mujeres llamadas igual y ligadas de alguna manera a Occitania y a los cátaros. Eso no podía ser una casualidad, ahora debía profundizar para hallar la relación entre esos hechos y la historia de Mallorca.

En esas estaba cuando recibió un correo de Bernardo en el que afirmaba que buscando en la literatura trovadoresca posterior a la caída de Montsegur había encontrado referencias a unos personajes míticos denominados «Protectores», que cuidaban y ayudaban a las buenas personas y a los buenos cristianos que los veneraban. Quizá no tuviera nada que ver, pero le había parecido llamativa la época y el entorno e iba a seguir investigándolo.

Javier comprobó que los reyes de Mallorca eran a su vez señores de Montpellier, lo que relacionaba directamente la isla con el territorio occitano. De hecho Jaime II había nacido allí y vivió con su mujer Esclaramunda en Perpignan.

La búsqueda parecía bloqueada hasta que encontró un estudio que afirmaba, con bastantes fundamentos, que el catarismo no había sido completamente erradicado con la cruzada, sino que había pasado a una clandestinidad más hermética e incluso que había traspasado las fronteras occitanas creando comunidades de Buenos Cristianos en el reino de Aragón, de Navarra e incluso en las Baleares. Insinuaba también que en algunos lugares estaban protegidos por la nobleza e incluso por algunos monarcas. En concreto hablaba de los reyes de Mallorca y muy especialmente de la reina Beata Esclaramunda de Foix.

Comunicó esos hallazgos a Bernardo, que a vuelta de correo le sorprendió con la fotografía de un antiguo grabado en el que podían observarse dos figuras muy similares a las de Javier, identificándolas con los «Protectores», aunque lamentablemente su calidad no permitía percibir muchos detalles. Parecía que habían dado con algo que había permanecido oculto entre los pliegues de la historia pero mantenido siempre a la vista de todo el mundo.

Un par de días después Bernardo le convocó a una videoconferencia. Decía que había dado con algo muy interesante y prefería contárselo de viva voz. A la hora acordada y tras los saludos de cortesía, entraron en materia:

—Bueno, Bernardo, ¿qué es eso tan interesante que tenías que contarme? —dijo Javier muy interesado.

—Verás, conociendo la existencia de los llamados «Protectores» pude afinar las búsquedas y después de mucho escudriñar entre algunos textos de esa época y posteriores encontré una trova muy peculiar, que me hubiera pasado desapercibida si no hubiera contado con los antecedentes.

En ella se cuenta que en el Castillo de Montsegur había un hermoso granado que daba sombra a los asediados, así como muchos y suculentos frutos. Al cortarles el agua por el asedio, el granado acabó por secarse. Sabiendo lo que los cruzados iban a hacer con los Buenos Cristianos, decidieron talarlo y utilizar su leña para cocinar antes de la derrota final. Así evitaban que lo utilizaran de combustible para la pira.

Antes de que los cruzados entraran en el castillo tras la rendición, un faidit y varios servidores escaparon por las cuevas llevándose varias cajas, dos trozos del granado y «aquello que debía ser salvo» según las propias palabras del autor. El faidit consiguió escapar del asedio y llegar a lugar seguro con aquello que debía proteger con su vida.

No se si estarás al corriente de que el granado es un árbol muy ligado con la simbología religiosa y al que los cátaros le tenían un especial aprecio. ¿No te parece muy curioso que se llevara un par de trozos de granado y algo misterioso pero muy importante para ellos? Ya sabes que las leyendas hablan de un fabuloso tesoro cátaro que nunca se ha encontrado y quizá lo que sacara del castillo fuera una especie de plano para recuperarlo en el futuro.

—La verdad es que la trova genera muchas dudas porque aunque los trovadores adornaban las gestas para hacerlas más atractivas, siempre había una base real en sus cantares. Sé que vamos encaminados, pero nos falta algo fundamental para que todo encaje y hasta que no lo encontremos todo serán elucubraciones sin fundamento.

—Estoy de acuerdo contigo. Creo que habría que husmear más en el período posterior a la cruzada y al paso de los cátaros a la clandestinidad, quizá por ahí encontremos la claveque nos falta. Seguiremos buscando a ver qué encontramos. Vamos hablando, un abrazo, dijo Bernardo antes de cortar la comunicación.

Javier comenzaba a obsesionarse con aquella búsqueda. Entre el confinamiento y la dificultad para acceder a información de interés estaba cada día más arisco, su mujer ya le había recriminado por ello más de una vez. Lo primero que veía al sentarse cada mañana en su mesa de trabajo eran las dos figuras de madera observándole con aquellos ojos hueros y desprovistos de sentimientos, tan característicos de la imaginería románica. A pesar de todo parecía que le animaban a continuar desentrañando su misterioso pasado.

Aunque ya dormía mal, aquella noche tuvo un sueño muy vívido. Caminaba con otras personas por oscuras cuevas y pasadizos cargando con un bulto a su espalda. Amanecía cuando abandonaron la oscuridad subterránea y al salir se escondieron en un cauce seco desde donde podía verse el pog[2] de Montsegur.

Entonando cánticos, los Buenos Cristianos entre los que había hombres, mujeres y niños, descendían la escarpada ladera de la montaña zarandeados y empujados por los cruzados. Una vez abajo y en un amplio prado situado a los pies de la roca fueron introducidos en un corralón de madera que los sitiadores habían construido a toda prisa. Como no habían tenido tiempo ni material para levantar tantas piras, agruparon a las más de doscientas personas sobre la leña dentro del cercado y le prendieron fuego. Entre el crepitar de las llamas seguían escuchándose los cánticos hasta que estos cesaron y el terrible silencio que anuncia la muerte se adueñó del lugar. Comenzaron entonces a oírse los desgarradores alaridos de dolor que proferían los niños y las voces de sus madres que rogaban a los cruzados: «Mataulos, si os plau, mataulos»[3]. Un piquero, apiadado y rompiendo la disciplina, intentó acercarse a la hoguera para ayudarles a morir pero la temperatura era tan alta que tuvo que desistir. Pronto ya no se escuchó más que las llamas y el viento que las avivaba. La inmensa hoguera ardió durante muchas horas cubriendo la comarca con su punzante y apestoso olor a sufrimiento y muerte. Al faidit nunca se le olvidaría aquel hedor mientras viviera.

Aprovechando que los cruzados estaban ocupados con la pira y el saqueo abandonaron el lugar dirigiéndose hacia el sureste, a Perpignan, donde tenía que cumplir otra de las misiones que le habían encomendado antes de abandonar Montsegur. Para ello tenía que encontrar al maestro artesano que le habían indicado.

Al despertarse, Javier recordaba perfectamente el sueño como si hubiera estado allí, e incluso parecía sentir, asido a sus fosas nasales, el hedor de la muerte. Aquello no le parecía muy normal, pero lo achacó al estrés por el confinamiento. No le comentó nada a Bernardo ni a su mujer de esos sueños, no quería que le tomaran por loco.

Navegando por la Red encontró una noticia que informaba sobre la posibilidad de acceder a numerosos documentos del Reino de Mallorca recientemente digitalizados y un enlace para hacerlo. Quizá ahí encuentre algo, pensó al sumergirse en un maremágnum de información que incluía impuestos, normas e incluso correspondencia personal de nobles y monarcas.

Sus indagaciones anteriores le permitían acotar las fechas y eso le facilitó hallar un documento donde se registraba el obsequio de un noble occitano procedente de Perpignan a los monarcas, consistente en dos esculturas en madera de granado representando a los Reyes de Mallorca Don Jaime II y Doña Beata Esclaramunda. ¿Habría encontrado sus sujetalibros? A la espera de ver si descubría algo más, no le comunicó nada a Bernardo.

Aquella noche la extraña conexión volvió a producirse. El sueño era tan nítido que parecía que fuera él quien lo protagonizaba. En un pequeño taller de ebanistería el faidit hablaba con un maestro artesano quien le aseguraba que había cumplido el encargo y que «aquello que debía ser salvo» estaba resguardado y seguro. Tras eso le entregó un saco con algo en su interior y le deseó todas las bendiciones antes de despedirse. En la siguiente escena del sueño el faidit navegaba en un mar bastante hostil, lo que le causaba un intenso malestar. Aquí desapareció la conexión y Javier no recordó nada más al despertarse. Algo le decía que en el saco iban las figuras, pero su sentido común rechazaba todo aquello como imaginaciones o sueños sin base real alguna.

En los archivos digitalizados se podían encontrar documentos muy interesantes, como aquel donde se detallaban las condiciones que debían cumplir los nobles rurales para poder ser considerados Caballeros Ciudadanos y competir por los cargos municipales, que facilitaban mayores riquezas y honores. No bastaba con que tuvieran una casa en la Ciutat (Palma), sino que debían fijar su residencia en ella y vivir continuamente al menos durante tres meses al año para ser considerados ciudadanos e incluidos en las listas de insaculación para cubrir los cargos municipales.

Unos de los caballeros que dejó el campo para establecerse en la capital fue el Duque de Mortix, que nombró un Bayle Señorial para que administrara sus tierras, siervos y payeses. Tras encargar la construcción de un hermoso palacio en la ciudad se dedicó a la actividad comercial a través de empresas marítimas que recorrían el Mediterráneo.

Seguía escudriñando documentos cuando recibió una llamada de Bernardo, lo que indicaba que se trataba de algo urgente o importante.

—Buenos días, Bernardo ¿Alguna novedad?

—Hola Javier, acabo de descubrir una cosa muy interesante y que creo que debes conocer cuanto antes, porque añade información y corrige una premisa en la que nos basamos al principio.

—¡Me tienes en ascuas, dime qué has descubierto!

—Como vimos, la figura masculina tenía un blasón con líneas verticales que no hay duda de que se trata de la Señal Real de Aragón que durante la Edad Media fue usado como emblema personal distintivo de los soberanos y sus descendientes. Esto podría demostrar, a pesar de la no coincidencia de los florones de la corona, que dicha figura es una imagen del Rey Jaime II.

—Estoy de acuerdo contigo, eso parece ajustarse a lo que he ido recopilando y que luego tengo que ampliarte.

—La sorpresa aparece en la figura femenina. Habíamos supuesto que portaba un blasón de cuartel único, fajado y ondado, cuando no es así. Fijándome mejor caí en la cuenta de que lo que tú dabas por hecho que era un pliegue de la ropa en el costado izquierdo de la figura podría tratarse de otra cosa. Otra posibilidad, que abriría opciones muy interesantes, sería que se tratase de un segundo cuartel del blasón, con barras verticales.

—¿Y a donde nos llevaría eso? —preguntó Javier muy interesado a la vez que sorprendido.

—He localizado un escudo que se ajustaría a esas características y al entorno de tiempo y espacio en el que nos movemos. ¡Se trata del blasón de la casa de L’Isle – Jourdain, la del marido de Esclarmonde de Foix!

—¿Quieres decir que la figura femenina representaría a la «Dama Blanca» de los cátaros? Eso sería muy extraño.

—En efecto, es muy excepcional porque las nobles no perdían sus blasones al casarse y el de Esclarmonde sería un escudo de oro palado de gules muy parecido al de la corona de Aragón, no el de dos cuarteles de su marido. Ese diseño no puede tratarse de un error, sino de una señal. Por otro lado, la corona y el cetro no se ajustan en absoluto a las normas heráldicas, lo que quizá también sea indicativo de que esa figura es especial. Es más, aun tratándose de una mujer con una posición muy alta en la jerarquía de la iglesia cátara, jamás utilizaría ningún distintivo como un cetro, porque iba totalmente en contra de sus creencias de sencillez y humildad.

—Entonces, según tú, alguien quería diferenciar a esa figura, pero a la vez hacerla pasar desapercibida para que únicamente los iniciados fueran capaces de advertir el simbolismo oculto en la misma.

—En efecto. Creo que de las dos es la figura más importante, pero para ocultar su verdadera importancia la asociaron con una figura masculina reconocible y dificultaron su identificación con técnicas que quizá ahora nos parezcan pueriles pero que en la Edad Media serían muy eficaces. Puede que me equivoque, pero creo que estas figuras son los denominados «Protectores», aunque todavía no entiendo ni su utilidad ni el motivo de la desinformación utilizada con «la dama». La voz de Bernardo reflejaba cansancio y desesperación.

—Voy a continuar investigando la documentación sobre el Reino de Mallorca que es un auténtico filón. Por cierto, se me olvidó comentarte que encontré un documento donde se registraba el obsequio de un noble occitano procedente de Perpignan a los monarcas, consistente en dos esculturas en madera de granado representando a los Reyes de Mallorca Don Jaime II y Doña Beata Esclaramunda. Si no me equivoco se trata de nuestras figuras, lo que no entiendo todavía es qué pintan en la isla, pero espero averiguarlo pronto. Seguimos en contacto, un fuerte abrazo, Bernardo.

Si a lo que había averiguado con métodos objetivos le añadía sus percepciones oníricas, tenía que asumir que no era casual que las figuras llegaran a Mallorca y que un halo especial de misterio rodease la figura femenina. La única manera de resolver el enigma era continuar investigando.

Entre la correspondencia de la Reina Esclaramunda halló la copia de una carta dirigida a la Duquesa de Mortix donde la exhortaba a aceptar el obsequio que acompañaba a la misiva y que consistía en dos esculturas en madera de granado representando a los Monarcas del Reino de Mallorca y a ubicarlos en un lugar principal donde pudieran presidir los ritos y oraciones de los buenos cristianos y cristianas de su casa.

La referencia a los «buenos cristianos» era demasiado evidente como para no reparar en ella y lo primero que vino a su mente es que la duquesa profesaba el catarismo, que celebraba ritos en su casa y que la reina lo conocía y lo aprobaba.

Pero si eso era cierto, ¿qué hacían unas imágenes cuasi-religiosas en el rito de una religión que no las admitía?

Javier no entendía nada, cuanto más averiguaba, mas confuso se sentía. Entonces recordó un libro de R. Kipling en el que se hablaba del «Gran Juego»[4], del juego del espionaje, donde se afirmaba que si se desea esconder algo importante lo mejor es ponerlo a la vista de todos. Quizá las figuras contuvieran algo muy valioso para los cátaros y para dejarlo oculto, pero completamente a la vista, habían tejido un relato perfectamente verosímil que les ayudara a hacerlo. Suponiendo que se tratase de eso ¿qué podría ser tan valioso para los cátaros que debía permanecer oculto?

Pensó en la referencia a «aquello que debía ser salvo» que aparecía en la trova y en el comentario del maestro ebanista asegurando al faidit que «aquello que debía ser salvo» estaba resguardado y protegido. Lo de la trova podía llegar a creérselo, pero dar por bueno lo que aparecía en sus sueños sería de locos.

Todas las pistas iban convergiendo de modo paulatino, pero seguía sin saber en qué consistía «aquello que debía ser salvo» y además lo que fuera tenía que ser muy pequeño para caber en alguna de las figuras. ¿Y si la leyenda sobre el tesoro de los cátaros fuera cierta y hubieran ocultado el modo de llegar a él? Si eso era así, habría que buscar un plano o algo similar.

Se estaba volviendo majareta si pensaba en serio que podía estar a su alcance un tesoro buscado hasta la saciedad y que la mayoría de historiadores afirmaban que no había existido nunca. Pero por otro lado el relato y la lógica eran plausibles y no le costaba nada comprobarlo.

Revisó, volteó, golpeó e inspeccionó las figuras desde todos los ángulos posibles en busca de algún indicio de que pudieran ocultar algo, pero no encontró nada. Las capas de barniz cubrían cualquier pequeña marca por lo que tendría que eliminarlas. Para ahorrar tiempo decidió priorizar haciendo caso a su instinto, que le decía que si había algo estaba en la figura de la dama, que era la que más se habían esforzado en diferenciar. Al hacerlo podría estar incurriendo en un error ya que siguiendo la lógica del relato la figura menos característica era la masculina, pero siempre podía regresar a ella si se equivocaba.

Con los escasos medios disponibles debido al confinamiento, fue retirando capa a capa el barniz que cubría la figura femenina hasta que llegó a la madera virgen, que se había mantenido en perfectas condiciones. Seguía sin detectar ninguna ranura, grieta o indicio de nada, hasta que al observar bajo una potente luz y con una lupa el lateral de la figura le pareció entrever, en la acanaladura que simulaba el inicio del trono donde se sentaba la reina, una línea demasiado recta para no tratarse de una unión. Al inspeccionar con detenimiento el otro lado halló una línea idéntica. Al parecer el trono podía separarse de la figura, lo que parecía indicar un hueco oculto que podría contener algo, pero por mucho que empujó, tiró y sacudió, no sucedió nada.

El cuerpo le pedía utilizar métodos más invasivos, pero quería evitarlos para no destrozar una figura que le parecía preciosa. Piensa, se dijo mientras volvía a observar la figura, tiene que haber una manera lógica de abrirlo. Su mirada se posó entonces en el cetro, que era uno de los aspectos discordantes con lo que realmente representaba la figura, lo que lo focalizaba de alguna manera. Quizá haya un mecanismo de seguridad que se deba liberar para acceder al interior y esté en el cetro, se dijo a si mismo. Empujó, tiró, apretó y movió, pero nada. Iba a agarrar la figura para lanzarla contra el suelo cuando especuló que el sistema de apertura debía prevenir los movimientos más habituales o previsibles del cetro, que eran los que acababa de hacer él. Quizá haya que accionarlo generando algún movimiento poco natural como una rotación, dijo mientras asía la base del cetro junto a la mano de la dama y lo hacía girar en el sentido de las manecillas del reloj.

Algo se soltó al hacer eso y la parte posterior de la figura, el equivalente al trono, se deslizó hacia abajo dejando al descubierto una pequeña cavidad que contenía un pequeño envoltorio oscuro. Aunque el objetivo de su búsqueda estaba al alcance de su mano, se quedó quieto sin tocarlo, reflexionando sobre lo que debía hacer a continuación. La curiosidad pudo más y fue a buscar unos guantes, unas tijeras y unas pinzas para abrir el envoltorio causándole los mínimos daños posibles.

El paquete era un cuadrado de unos dos centímetros de lado y uno de altura. Lo cubría una especie de papel encerado y estaba atado con un cordel en forma de cruz. Lo primero que hizo, ante la imposibilidad de deshacer los nudos, fue cortar el cordel con exquisito cuidado para no dañar lo que protegía la capa exterior. A continuación y ayudándose de unas pinzas de su mujer y de las propias tijeras abrió el envoltorio de papel y halló algo similar a la piel, doblado en cuartos. A pesar del tiempo transcurrido no parecía cuarteada o deteriorada, quizá debido a que la cavidad era tan estanca que la había protegido de los elementos.

Supuso que podría tratarse de vitela, un soporte muy habitual de los manuscritos importantes. Según lo que halló en Internet, la de mejor calidad era la vitela uterina, hecha con las pieles de animales recién nacidos o aún no natos.

¡La impaciencia le mataba, no podía demorarlo más! Con muchas precauciones fue desdoblando la piel hasta conseguir un rectángulo más o menos regular con unas dimensiones aproximadas de dieciséis por ocho centímetros. Estaba cubierta de una escritura muy definida cuyo color había perdido fuerza, pero aún así seguía siendo legible.

Antes de hacer nada más, tomó numerosas fotografías con su teléfono móvil tanto de la cavidad, como del papel protector y de la vitela con el texto manuscrito, para poder documentar el descubrimiento.

El texto, salvo errores, decía lo siguiente:

 “Payre sant, Dieu dreyturier dels bons sperits, qui anc no falhist, ni mentist, ni errest ni duptest, per paor de mort a prendre al mon del Dieu estranh;

Car nos no em del mon, ni-l mon no es de nos, dona nos a conoiscer so que to conoyshes e amar co que tu amas.

Fariseus enganardors (que) estat a la porta del regne e vedayts aquels qui intrar i voldrian, e vos altres no i voletz; per que prec al Payre sant dels bons sperits, que a poder de salvar las animas e per bos sperits fa granar e florir; e per raso dels bos dona vida als mals; e fara mentre que i aia al mon dels bos, e quan mica non i aura dels mieus menors: cels que son dels set regnes que avaleron de paradis enan, que Lucifer los ne trasch am semblança d´engan, que Dieus no-lspermes (o: promes) sino ben e per tal quar lo Diaple era mot fals, que-ls permetis (o prometia) mal e be, e dis que dar-lor-ia molers que amarian trop, e dar-lor-ia senhoria a uns sobre autres, e que n´i auria que sirian reys e comtes e emperadors, et am un ausel que-n prendrian autre e am una bestia, autra

Totas las gens que serian sostmesas a el, que devalarian dejos e que aurian poder de far mal e be ayshy cum Dieus desus; e que trop lor valia mai que fossan dejos que pyrian far mal e be que desus on Dieus no lor dava sino be.

E ayshi puieron sobre un cel de vidre et aytans com n´i puieron, caseron e foro perits; e Dieus devalec del cel ab XII apostols e adombrec se en Sancta Maria”

Por lo que había investigado sobre los cátaros, parecía una oración. Tendría que asegurarse, pero francamente no era lo que esperaba encontrar y no comprendía la necesidad de tanta intriga para proteger una oración. Era tarde y estaba agotado, por lo que pensó que lo mejor era irse a la cama y al día siguiente, con las ideas más claras, quizá se le ocurriera algo.

Esa noche volvió a soñar. El faidit caminaba al anochecer cerca de la muralla, entre las obras de la Seo y del Palacio de la Almudaina de Palma dirigiéndose con su morral al albergue donde iba a pasar la noche. Había cumplido las misiones encomendadas y debía volver a Occitania. Al doblar la esquina de una de aquellas callejuelas estrechas y oscuras alguien le asió del cuello por la espalda y notó un pinchazo a la altura de sus riñones. Por lo que pudo ver eran dos hombres encapuchados.

—¡Entréganos tu morral, sucio hereje! —dijo el que le sujetaba. —Lograste escapar de Montsegur, pero sabemos a lo que has venido y no te saldrás con la tuya.

Para ganar un poco de tiempo, el faidit hizo ademán de desprenderse del morral y aprovechó este movimiento para desembarazarse de su captor y salir corriendo. No había dado más de diez pasos cuando notó un fuerte impacto entre los omóplatos que lo derribó, mientras sentía que la vida se le escapaba. Un virote de ballesta sobresalía de su espalda y su último pensamiento fue que habían llegado tarde. Cuando sus atacantes se acercaron a registrarle ya estaba muerto y tenía una sonrisa en los labios.

Javier notó el impacto en su espalda y se quedó sin respiración un momento, luego cayó en un sueño profundo sin más imágenes. Al levantarse recordaba el sueño y la angustia que lo había acompañado. Había sentido el miedo del faidit y su sensación de impotencia cuando caía herido. La lucha continuaba después del fin de la cruzada.

Cuando pudo sentarse frente al ordenador seguía muy confuso. Lo primero era intentar localizar ese texto y su traducción, luego ya pensaría qué debía hacer. No tardó mucho en encontrarlo, se trataba de una oración muy popular en el siglo XIII, en plena efervescencia del catarismo y su traducción más aproximada sería:

 

“Padre santo, dios justo de los buenos espíritus, tú que nunca te engañaste, ni mentiste, ni erraste, ni dudaste, por miedo a que tomáramos la muerte en el mundo del dios ajeno (el principio del mal) –puesto que no somos de este mundo y el mundo no es nuestro- haznos conocer lo que tú conoces y amar lo que tú amas.

Fariseos seductores, permanecéis a la puerta del reino e impedís entrar a quienes quisieran entrar, mientras que vosotros no lo queréis; por eso ruego al Padre santo de los buenos espíritus que tiene el poder de salvar a las almas y, por el mérito de los buenos hace granar y florecer; y a causa de los buenos da vida a los malos- y así lo hará mientras haya buenos en este mundo, hasta que no haya ya ninguno de mis “pequeños” (aquí se citan las palabras del propio dios) quienes son de los siete reinos y bajaron antaño del paraíso, cuando Lucifer les arrancó de allí con el pretexto de que Dios les engañaba al haberles permitido (¿o prometido?) sólo el bien; de modo que el Diablo era muy falso, pues les permitía (¿o prometía?) el bien y el mal: y dijo que les daría mujeres que les gustarían mucho, que les daría el mando de los unos sobre los otros, y que los habría que serían reyes, condes o emperadores, y que con un pájaro podrían tomar otro, y con una bestia, otra bestia.

Todos lo que se le sometieran bajarían abajo y tendrían el poder de hacer el mal y el bien, como Dios en lo alto; y mucho más les valía (decía el Diablo) estar abajo, donde podrían hacer el mal y el bien, que arriba, donde Dios sólo les permitía el Bien.

Y entonces subieron a un cielo de cristal y tantos como se elevaron, tantos cayeron y perecieron; y Dios bajó del cielo con doce apóstoles y se puso a la sombra de Santa María.”

 

¿Qué sentido tenía guardar una oración en la cavidad secreta de una figura a la que junto con otra el saber popular les había asignado la capacidad de protección de las familias? Todo seguía adaptándose al pie de la letra a un relato diseñado con una orfebrería mental digna de los mejores ilusionistas, lo que los protectores protegían era a sí mismos y a lo que ocultaban. Al asignarles la función de protectores, a nadie se le ocurriría tocarlos ni deshacerse de ellos, lo que aseguraba la supervivencia de las figuras hasta una recuperación por los iniciados que nunca había tenido lugar.

Javier sospechaba que el texto ocultaba, mediante algún sistema de cifra, la localización de algo muy valioso para los cátaros, o al menos muy valioso en el siglo XIII, y aquí emergía el gran dilema. ¿Debía continuar buscando, haciendo públicos sus descubrimientos o debía dejar descansar en paz al espíritu de los mártires cátaros?

La religión ya ha generado suficientes víctimas a lo largo de la historia como para remover de nuevo un asunto polémico en unos momentos en que la humanidad debe estar centrada en superar una pandemia y en salir de ella con mayor sabiduría y con los menores costes sociales, pensó mientras reunía una serie de objetos. A continuación depositó el pergamino, el papel encerado y el cordel en un recipiente viejo de barro, los roció de alcohol y les prendió fuego. No tardaron casi nada en quedar reducidos a un pequeño montoncito de residuos que arrojó por el retrete y tiró de la cadena para que el agua se los llevara, junto con un fabuloso aunque improbable tesoro.

Después borró de todos sus dispositivos cualquier fotografía de los objetos, aunque respetó aquellas que había hecho a la cavidad. Tras eso mandó un correo a Bernardo explicándole que había conseguido abrir la figura de la dama, pero que si en algún momento había ocultado algo, ya no estaba. Le agradeció su colaboración y le dijo que dejaba la investigación porque ésta ya no daba más de sí. En ese mismo correo electrónico le adjuntó las fotografías de la cavidad.

Se suponía que lo que descubriera recorriendo su casa tenía que servirle para escribir un relato, pero todavía no había escrito nada a pesar de la cantidad de material disponible.

Fiel a la decisión que había tomado, borró de su ordenador todo el material de la investigación y se puso a escribir un cuento de dragones para su nieto.

 

Bartolomé Zuzama i Bisquerra. Valladolid, 7 de marzo de 2020. 

 

 

[1] Faidit era el nombre con el que se conocía a los caballeros y señores del Languedoc francés que se encontraron desposeídos de sus feudos y tierras durante la cruzada albigense. Tomaron parte activa en la resistencia occitana contra la ocupación y establecimiento de los cruzados venidos del norte de Francia e iban de castillo en castillo defendiendo a los nobles que todavía los conservaban.

[2]Pico, elevación en occitano

[3] ¡Matadlos, por favor, matadlos!

[4]Kim.

 

 

V

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