PORNOAVENTURA

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¿Cómo se puede ser, durante algún tiempo, tan vital y, al mismo tiempo. morir sin necesidad alguna de haber vivido por razón distinta a la de follar? Tal era la pregunta que se hacía Henry al caer la tarde y cuya respuesta el crepúsculo se iba llevando a los confines del anochecer confundido con su propia noche de viejo y como quien, con sumo cuidado y sigilo, oculta algo muy preciado pero que le ha de resultar comprometedor o embarazoso. El Henry -dicho así, en su recuerdo, porque así lo llamaron siempre en los tiempos en que vivir era algo más que recordar- estaba sentado ante uno de los largos ventanales que iluminaban el largo pasillo donde la pasaba desde la una, tras haber tomado su almuerzo y haberse negado, como siempre, a hacer la siesta. Éste nunca quiere dormir, había exclamado, como siempre, la señora Pérez. Y allí seguía Henry, empotrado en su silla de espectador del paisaje vespertino. Durante toda la tarde llovió. Y aunque había amainado ya, aún seguía cayendo esa leve llovizna, seguramente gracias a la cual el jardín, los árboles, la calle, los cerros lejanos que todavía encajaban sus puntas en los restos de una nubosidad fragmentada y el paisaje todo, o al menos hasta donde la vista aguzada alcanzara atisbar desde aquella ventana, adquiría esa transparencia rosa que a Henry tanto agradaba. Hasta que, como siempre, a las siete y según orden inapelable de la señora Pérez, Henry fue largado a su habitación. A dormir hasta el día siguiente, como siempre.

Ahora, desde la cama, Henry todavía alcanzó ver la mano pecosa y huesuda de la señora Pérez al presionar el interruptor para apagar la luz de la habitación y luego, iluminada aún por la luz del pasillo, sujetando con firmeza el picaporte cuando la vieja cerraba la puerta. Acaso fuese porque conocía de memoria sus automáticos movimientos, siempre exactamente iguales y precisos; lo cierto era que aquella mano parecía haber adquirido vida propia, más allá de la que aún le restara a aquel cuerpo de vieja reseca. Pero nadie hubiese reparaba en algo así. El viejo sí, el de la dieciocho; El Henry devenido objeto de cuidado al que tocaba irse a dormir cada día, tras caer el día, hasta el día siguiente. Convertidos en una y la misma cosa, sin embargo, El Henry y el viejo de la dieciocho se miraban con recelo en medio de la oscuridad de aquella habitación. Era la última al final del pasillo, porque la contigua no tenía número y allí nadie estaba condenado a dormir hasta el día siguiente, pues ésta hacía de depósito en que se guardaban los utensilios con que lo barrían y limpiaban muy temprano por la mañana, cuando Henry ya aguardaba, sujeta su mano al picaporte de la puerta, para salir. Yo no sé a cuenta de qué tiene éste que levantarse tan temprano, exclamaba la señora Pérez. Éste nunca quiere dormir. Un día le voy a inyectar sedante, a ver si no va a dormir.

Acaso sea porque mientras más viejo más se asocia el sueño con la muerte toda vez que van mermando las posibilidades de que haya un día siguiente, pensaba Henry, tendido en su cama como un muerto. A oscuras, salvo por los reflejos de las luces exteriores del pasillo que se metían por debajo de la puerta, aguardaba a que también aquellas luces se apagaran, como por experiencia y según sus cálculos ya sabía que sucedería durante la siguiente media hora. Mientras, con los ojos clavados en la negrura suspendida del techo, Henry permaneció atento a cada uno de los ruidos que venían de fuera, y llegados, cuando llegaban, como silencios muertos venidos a morir en el silencio de dentro; el suyo y el de la dieciocho, que a esta hora eran ya una sola y misma cosa. Cuando ya no hubo luz ni ruido alguno, se sentó en la cama, y así permaneció por un largo rato más, como escrutando en la negrura de la noche y escuchando en su silencio. Por fin, cuando terminó de bajar de la cama, se fue a tientas hasta la cómoda, se agachó y con esfuerzo abrió la última gaveta, introdujo su mano hasta el fondo y extrajo el paquete que él mismo había escondido en ese lugar desde el día en que lo ingresaron en el hospicio. Antes de levantarse, palpó el paquete, como asegurándose de que en efecto se trataba de lo que había escondido en la gaveta. Entonces se puso de pie y sin pensarlo volvió a la cama, cuando, en realidad, lo que pretendía era ir hasta la puerta. ¿Qué pasó, viejo? -se preguntó El Henry. Vaya uno a saber. Acaso la orden de la señora Pérez que pesaba en la conciencia y lo hizo moverse de modo tan automático y en contra de sus intenciones. Antes de rectificar la dirección en la que había caminado, se estuvo quieto durante unos minutos más, en la misma actitud de sigilo que antes, inmóvil: como escrutando la oscuridad, escuchando su silencio. Era como ganar fuerzas para empezar de nuevo. Entonces, pasado ese tiempo, dio unos pasos con cuidado hasta la puerta de la habitación, la abrió a medias y aguardó un rato más, inmóvil otra vez, en la misma actitud. Pero ahora no pensaba en la señora Pérez. Ocultos en la oscuridad. sus ojillos vivaces calculaban la quietud, cuánto resistiría ésta su presencia prohibida en medio de la transparencia de la noche que se extendía a lo largo del pasillo. Un largo pasillo, pensó, mientras lo recorría de largo a largo con la mirada, como si fuese la primera vez que calculaba una extensión que ya sabía de memoria. O más bien se le hacía más largo ahora que, para llegar al otro extremo, donde estaba la sala de esparcimiento -su objeto en aquella premeditada travesía- debía recorrerlo con el mismo cuidado y sigilo con el que había llegado hasta la puerta a la que seguía asomado a medias. Esta vieja, balbuceó, mientras pensaba en la dieciocho, a dónde cada noche lo había enviado la señora Pérez como la vida envía los muertos al otro mundo. Esta vieja. A dormir hasta el día siguiente, cuando uno sabe que a lo mejor ya no habrá tal y cada día siguiente no puede más que aumentar la certeza de que ya no habrá más días siguientes; sólo ese pasillo, largo y quieto como siempre. Pensar en algo así aumentó su determinación de lanzarse a recorrerlo.

Pero había otra cosa que hasta entonces no había tenido en cuenta. Además de lo largo, hubo de considerar que el pasillo no estaba tan oscuro como su habitación. Por el contrario, apenas en penumbra, era ligeramente iluminado por la luna llena, cuya luz caía a retazos sobre el piso, de ventana en ventana, y haciendo con ello que sobre el mismo se reflejaran esas sombras alargadas de las altas verjas de hierro. Nítidas y perfectas, Henry observaba con inquietud aquellas sombras que iban dejando sus formas geométricas a lo largo del pasillo inclinadas en la misma dirección en que él habría de recorrerlo. Al mismo tiempo imaginaba su propio cuerpo proyectándose de manera similar, aún cuando no tan recto y tenso como aquellos hierros, pero que, a los efectos de denunciar su presencia prohibida, era igual que se tratase de un cuerpo encorvado y enjuto metido en sus ancha pijama, de cabeza gacha y adornada con aquellos pelos escasos y ridículamente enmarañados. En gesto automático El Henry pasó su mano por la cabeza, intentando arreglar lo que no tenía arreglo ni caso alguno intentar arreglar.

Transcurrió un largo intervalo de tiempo en que Henry no supo qué más pensar. Porque, a decir verdad, nada más había qué pensar, y su cuerpo comenzaba a hablar por sí solo en el lúgubre lenguaje del cansancio. De seguir allí parado, sus piernas serían lo primero en flaquear. Aquellas piernas. En un tiempo tan poderosas y de las que tanto se había jactado El Henry, capaces de hacer en un minuto los cien metros planos, ahora, en un minuto, sólo serían capaces de doblarse. Tenía que hacer algo, y cuanto antes. Al menos caminar. Al menos unos cuantos pasos, en cualquier sentido, con tal y no seguir allí parado como un idiota, por no decir que como un viejo asustado. Hasta pensó en volver a la cama, incluso volteó para mirar dentro de la dieciocho y donde, gracias al leve luminosidad que venía de fuera, alcanzó ver dos patas. Pero, si esto hacía, ya no se volvería a levantar, hasta al día siguiente, como lo demandaba la señora Pérez. Entonces, como huyendo de aquella cama y de aquella vieja, dio un paso automático en sentido contrario, al de la cama y al de la orden de la vieja, y salió por completo de la habitación. Pero algo así era muy poco como para sentir que su determinación era tan verdadera como lo había supuesto. Por el contrario. Ahora que ya estaba de cuerpo entero en el pasillo, éste le parecía aún mucho más largo. De modo que, si no cerraba aquella puerta, por la que aún estaba a tiempo de volverse a dentro, no habría avanzado un paso en su cometido, aún cuando, de hecho, hubiera dado uno, pensó El Henry mientras se miraba los pies metidos en aquellas ridículas pantuflas de cuadros. Entonces, sin pensarlo más y cerrando los ojos, su mano temblorosa tiró con lentitud del picaporte y cerró la puerta. Sólo los volvió a abrir cuando le pareció comprobar que no había hecho el menor ruido. Pero Henry no estaba seguro de si realmente era así, o simplemente él lo creyó así. En cualquier caso y aunque era un hecho que lo colocaba definitivamente en una posición más allá, había sido una operación extenuante. fuera de la dieciocho y sin retorno, aún faltaba recorrer el largo pasillo, más abrir y cerrar la otra puerta, la de destino y que lo esperaba del otro lado del pasillo. Y todo eso sin ser visto, ni oído, ni siquiera olido o imaginado por la señora Pérez. Esta vieja es un sabueso, se dijo Henry, mientras seguía recorriendo con la mirada el largo pasillo y ajustaba sus cálculos a sus reales posibilidades de cruzarlo completo. No podía caminar del lado de las ventanas, ya que su sombra, al reflejar en el suelo su movimiento, podría delatarlo. Tendría que hacerlo por el lado de las puertas, lo que aumentaba la posibilidad de ser escuchado al arrastrar los pies y de que su caminar fuese advertido por debajo de alguna de aquellas puertas cerradas. Lo menos malo, entonces, sería ir del lado de las ventanas. Por allí, además, tendría la posibilidad de apoyarse a lo largo de la pared. Sí, eso era lo mejor. De súbito, algo le indicaba que era el momento de iniciar el temerario trayecto. No sabía cómo definir aquella señal. Pero ka sentía, imperceptible en el exterior, apenas reconocible dentro de sí como un susurro del ánimo. Por otra parte, y si ya no hubiera día siguiente, como siempre se había dicho cada vez que la vieja lo mandaba a dormir hasta el día siguiente ¿qué podía perder? Determinación real o mera temeridad; lo que fuese, El Henry estaba listo. Y acto seguido comenzó a caminar, como lo había decidido, pegado a la pared de la izquierda, la de las ventanas largas como bocas de oscuridad tragando luz de luna.

A momentos se preguntaba si llegaría. Tan largo era el pasillo que estaba a punto de cejar en su intento y dejarse caer allí mismo, en medio del pasillo. La pregunta se la hacía sin detenerse, pero cuando estaba a punto de hacerlo y sin pensar en la respuesta que él mismo no se daría. No era cuestión de discernir si valía o no la pena seguir. Eso era algo decidido. Pero igual se detenía. No porque le flaqueara el ánimo, sino la respiración y las piernas. Para dar diez pasos adelante debía primero recuperar el oxígeno gastado en los diez previos. Se quedaba entonces quieto, sumando su quietud a la quietud del pasillo, aferrado al muro y a su determinación de seguir. Mientras, sus ojos se quedaban solos. Como si se hubieran separado del cuerpo, percibían el brillo que la lluvia, al pasar, había dejado en el jardín, sobre las hojas de los árboles, la grama, los setos, o seguían el movimiento de las gotas que, aún enteras, se deslizaban por los cristales. Nunca había tenido la oportunidad de observar aquel paisaje de noche. Si hubiese que caer allí mismo, estarían bien. Hubiese sido mil veces preferible a quedarse en la dieciocho, escrutando la oscuridad, escuchando su silencio. Entonces Henry reiniciaba su travesía.

Su mano izquierda iba tanteando la pared. Sus dedos tensos rosaban la superficie fría y pétrea del friso. Con la mano derecha apretaba el paquete contra el pecho. Los pies iban zampados en las enormes pantuflas de cuadros que lo avergonzaban durante el día tanto como le pesaba arrastrarlas en la noche. En la penumbra se distinguía su sombra encorvada y greñuda que a ratos era bañada por la claridad lunar, para volver a sumirse en lo más sombrío y desnudo de la oscuridad. Y así, el cuerpo de El Henry envuelto en su pijama azul y listas blancas, anchísimo y arrugado, avanzaba, entre ventana y ventana, a paso lento pero seguro, tal y como dicen los viejos y, como pueden, de diez en diez. Ya no siquiera le preocupaba estimar el tiempo, ni que la señora Pérez se presentara allí mismo, con su mano pecosa y huesuda en señal de alto, se detendría. Para ello, la vieja tendría que cumplir su amenaza de inyectarle sedante. Que venga esa aguja, se repetía a ratos y sin dejar de ver los múltiples brillos con que la lluvia de la tarde había adornado la noche del el jardín.

Cuando por fin Henry alcanzó la puerta de la sala de esparcimiento al el otro extremo del pasillo, no tuvo duda alguna. Tomó el picaporte y con sumo cuidado y sigilo la abrió. Esta vez sí estuvo seguro de no haber producido ruido alguno. O quizás lo que en realidad sucediera es que, a esas alturas, habiendo cumplido con su cometido, ya le fuera indiferente el haberlo o no producido. Se volvió para mirar una vez más el pasillo, igualmente largo que cuando empezó a transitarlo pero que, agotado en su largura y visto desde el extremo en ahora estaba, parecía un gigante vencido como en los cuentos de niños. Por lo demás, la señora Pérez no daba señales de vida. Esta vieja, balbuceó, mientras recordaba aquella mano pecosa y huesuda en su automático movimiento cada vez que, tras él meterse en la cama, apagaba la luz y cerraba la puerta de la dieciocho. Entonces cerró la puerta de la habitación y se instaló en su oscuridad. Durante un largo rato no se escuchó ni se vio absolutamente nada. Desde el otro extremo del pasillo, el piso del pasillo se continuaban reflejando las sombras de las verjas y sobre los cristales había desaparecido todo rastro de lluvia. Sólo mucho rato después, al final, en el otro extremo, se pudo ver, al ras del filo inferior de la puerta cerrada de la sala de esparcimiento, una muy leve luminosidad, que bien poco podía decir de lo que fuese que pasase dentro.

Al principio no se sabía nada. O sólo se podía saber de una suerte de nada corpórea, informe, granulada que se movía con vibración de víscera. Poco a poco, como si se alejara, la intuición de aquel movimiento era confirmada, y hasta compensada a los ojos ávidos de ver la nada trocada en nalgas de mujer, carne abierta y oscuridad destajada. Y así fue durante un buen rato. Hasta que, en impecable giro, el hombre quedó arriba. Ahora era las nalgas estrechas y secas en las que se dibujaba la fibra de quien por fuerza penetra. La silueta de un hombrecito hecha de un círculo por cabeza, un palito por cuerpo y cuatro por extremidades había sido tatuada en la derecha. Lo de los gemidos femeninos de placer y hasta el placer mismo, muy bien podían ser, como casi siempre en estos casos, falsos, lenguaje fingido según destreza en el oficio y tarifa. Después de todo ¿quién puede distinguir a ciencia cierta entre una vagina que revienta a orgasmos y una dormida, o incluso muerta? Si hasta lo baboso puede ser un torrente orgiástico llorado a placer, o un charquito de flujo sin querer. Pero lo del hombre, esa máquina de piel y músculo, brillante en sudor y cansancio, ejecutando y ejecutándose como trabajo, consumiéndose como energía sumada y restada en ergios que están allí, entre las piernas, y de pronto en cualquier lugar inalcanzable del universo; esa era cosa que no se puede disimular. El pene pene-traba. Ocupaba con su masa henchida en sangre el vacío que es el corazón de una vulva, hasta trabarlo y no dejarlo ser más vacío entre paredes de carne babosa. Una y otra vez, en monótono recorrido de ida y vuelta, que es repetición de lo mismo pero que, por repetido, es siempre un viaje a lo desconocido del placer conocido y sólo posible en el sentir y el morir de los sentidos. Y entonces los gemidos, arrancados del fondo del abismo abierto en raja a la nada. ¿Qué puede importar si falsos, si ciertos ante el trabajo bien hecho? Por ultimo, como siempre pasa, el falo pasa ahora a la otra boca, sableando el vacío dentado, estrenando por enésima vez su antiquísima condición totémica, la última parte del ritual antes de derramarse. Y allí quedó la imagen congelada.

Hasta que de pronto se abrió la puerta. El aire frío del pasillo a medianoche llegó hasta los huesos de Henry, que se había quedado dormido en la silla desde la que observaba. Mas lo que lo despertó fue la voz gutural de la furibunda señora Pérez que, mientras recriminaba al viejo, mostraba como evidencia del delito el cartucho que acaba de extraer del aparato de video.

-Ya sabía yo. Por supuesto que lo sabía. El que nunca quiere irse a dormir, como Dios manda. Bien que sabía yo que éste algo se traía entre manos. Si apenas vi la luz por debajo de la puerta, no podía caber la menor duda de que era El Henry ¿Es que no le da vergüenza? Me pregunto de dónde sacó esta porquería. Viejo verde. A su cuarto, y bajo sedante, que no estoy dispuesta a corretearlo durante toda la noche. A su cuarto, y esta basura al basurero.-concluyó la señora Pérez mientras destrozaba el cartucho y lo lanzaba al bote.

El viaje de regreso a la dieciocho lo hizo Henry mucho más rápido que lo que le había tomado su ardua travesía en sentido contrario, gracias a la silla de ruedas en la que viajaba empujado con vehemencia por la furibunda señora Pérez, que, sus razones disciplinarias de siempre, ahora sumaba las morales, más eternas todavía. Al entrar en la habitación, la vieja encendió la luz y de inmediato lo pasó a la cama. Era la primera vez que Henry observaba aquella mano pecosa y huesuda presionando el interruptor para encender la luz en lugar de apagarla. Se veía exactamente igual. Pero Henry no tuvo oportunidad de pensar mucho más en la vida propia e independiente de aquella mano, pues de inmediato la vieja lo volteó, le bajó la pijama, frotó con el algodón empapado en alcohol la parte superior de la nalga derecha y procedió a inyectar el sedante clavando la aguja justo dos dedos arriba de la silueta del hombrecito, un círculo por cabeza, un palito por cuerpo y cuatro por extremidades en la que ni siquiera reparó. El Henry quedó boca abajo y sin moverse. Por eso Henry no pudo ver la mano pecosa y huesuda al presionar el interruptor para apagar la luz y al sujetar el picaporte de la puerta para cerrarla. Apenas si la imaginó. Pero todavía alcanzó a escuchar el sonido ya lejano cuando la puerta de la dieciocho se cerró.

Comentarios

  1. Luis

    6 mayo, 2020

    Bah, es una tristeza que tengamos todo el tiempo del mundo para leer y no vivir, para recordar y no sufrir ni reír, así, como lo dijiste tan bien en el primer párrafo. Luego continúo, me gusta la historia. Saludos Óscar!

  2. Cortex

    6 mayo, 2020

    El laberinto que confina; la pulsión que toma brío; la resolución que requiere una figura fantaseosa a la cual abrazarse.

    Buena descripción, supraconciencia de si y aliento para resolver la eclosión.

    Nada le costáría a la «vigilante» tomar el lugar del video y abonar a la vida del «betabel» y a la suya propia.

    Mi voto al don Henry,

    CORTEX

  3. Naufragoenlaluna

    6 mayo, 2020

    El título define el texto a la perfección. Debe de ser una putada notar como tu cuerpo se marchita, pero los deseos te empujan con la misma fuerza de cuando uno era joven y vital.
    Me ha gustado.
    Un saludo

  4. Esruza

    6 mayo, 2020

    Vieja y maniática, si, tan vieja como él, pero de seguro ella fue joven, como él. Ella tiene razón en decirle
    «rabo verde». Esto pasa con parejas unidas sin amor, imposible que se tengan siquiera estimación de viejos.
    El remedio se tiene que poner a tiempo.

    Es lo que pienso.

    Estela

  5. Cartapacio

    9 mayo, 2020

    Bueno, ya sabes, Estela. Pasa que cuando uno advierte que tiene que remediar algo es porque ya no tiene remedio. Como decía Wilde, la experiencia es cosa que carece de valor moral, y solo demuestra que nuestro futuro serà igual que nuestro pasado; que el pecado que hemos cometido una vez, y con amargura, lo repetiremos muchas veces, y con alegría. Gracias por tu comentario. Muchas gracias también a Luis, Cortex y Naufrago.
    Saludos
    Oscar

  6. The geezer

    10 mayo, 2020

    ¡Bravo por El Henry que, en aun en horas bajas, recuerda que está vivo! En fondo, supongo que cada uno debemos intentar aprovechar nuestras pequeñas bazas. En todas nuestras vidas, lo que en una época te pueden parecer migajas, en otra es un banquete. Saludos y hasta la próxima, un placer leerte.
    César

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