Saga Daerunhälm – Libro I: Conspiración

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Parte I

El Que Acecha

1

La persecución prometía alcanzar la eternidad. La trayectoria que marcaba su destino se proyectaba hasta el infinito, limando la última frontera del agotamiento, sobrepasando por mucho lo que ella fuera capaz de soportar en cualquiera de sus vidas.

Había caído la tercera noche allí dentro, en ese bosque abrupto que tantos mitos arrastraba más allá de sus tinieblas, comprobando por sí misma que algunos de ellos eran tan certeros como una tragedia personal, ya reiterada en el recuerdo hasta la saciedad. Pero no podía fracasar ahora. De hacerlo, todo lo acontecido hasta entonces no le valdría más que para relatar unas pobres memorias, y no había afrontado toda adversidad para entretener a la plebe a cambio de un puñado de monedas deslucidas.

Era otra cosa la que buscaba, y las respuestas de ese último anhelo se fragmentaban con cada nueva palabra, escurriéndose entre los misterios de un acertijo irresoluble.

La arboleda era frondosa y oscura, e inalterable en su penumbra: la luz respetaba las altas copas de la espesura incluso durante la alborada, sin atreverse a penetrar a través de cientos de ramas enmarañadas. Los habitantes de las aldeas limítrofes, tanto Melbar al este como Dalin al oeste, parloteaban acerca de los males que encerraba el paraje en tabernas de luz tenue, y nada bueno resultaba de las conversaciones que trataban de llevar a cabo con prudencia.

El mundo se había vuelto un lugar extraño. Una tierra mezquina en la que cualquiera podría arrebatarle el alma a un desdichado y llevársela consigo.

Por esta y otras razones, por habladurías y rumores que alimentaban miedos justificados y tras ciertos acontecimientos ya imborrables para muchos, las comunidades de la región de Delavert optaron por prevenirse de los tiempos que estaban por llegar, ataviándose con un velo de supersticiones innecesarias.

Las precauciones se habían vuelto códigos de conducta, obligaciones que cumplir por el día y por la noche, sobre todo tras aquellos atardeceres de color carmesí que nadie quería recordar.

2

Se obligó a detenerse para descansar en la raíz de un sauce viejo, pues las condiciones a las que estaba sometida le rogaban entregarse a una breve meditación. Aunque no hiciera desaparecer los síntomas que sufría, sabía de antemano que la meditación O-Shä los paliaría temporalmente, y se puso a ello cuanto antes.

Primero se encorvó, tratando de ceñirse el manto de tela gruesa que la envolvía para protegerse de la humedad que le enfriaba el cuerpo, y luego se irguió para arquear su espalda, descubriendo entonces el desgaste de buena parte de sus músculos tras haberse sometido a tal esfuerzo.

Las piernas no le respondían. La respiración se le entrecortaba. Su espalda estaba fría. El sudor, adherido a la ropa raída, la hacía temblar de forma incesante y le pegaba la melena al rostro, y al apartarse el cabello para encontrar la siguiente ruta en la distancia el roce áspero de sus guantes le recordó lo mucho que le dolía la cabeza.

Su migraña empeoraba con cada paso en el camino, y si no hacía algo pronto estaba convencida de que en algún momento terminaría por estallarle el cráneo.

Al menos, si eso ocurría, no tendría que preocuparse más por las fuerzas que conspiraban contra ella.

Una vez colocada en posición de kaylin se mantuvo inamovible, en sintonía con la naturaleza y con el interior de su ser. Los temblores cesaron paulatinamente, también la migraña descendió de manera considerable. Si bien los músculos comenzaban a relajarse, el palpitar de su corazón le advirtió de que allí se encontraban, carentes de los nutrientes y la hidratación que requerían.

Respiraba profundamente. Los sonidos del bosque se redujeron, y su propia presencia en la realidad también pareció desdibujarse.

Al iniciar la meditación se encontró muy lejos del bosque de Melbar y sus demonios, recordando el hogar que ella conocía como Unolia, que tanto tiempo llevaba sin poder contemplar con sus ojos cansados. Ya casi estaba allí, como si nunca se hubiera ido, pero…

Pero algo la retrajo del encantamiento enseguida.

—Maldita sea —dijo en voz baja.

Pudo ser el crujir de una rama lejana, o la caída de una hoja cualquiera. Nunca llegó a saberlo, y de hacerlo sería otro dato menor que llevarse a la espalda, pero la meditación ya no era posible al verse expuesta a una amenaza todavía indescifrable. No quería arriesgarse a que él la encontrara.

Al levantarse del suelo, el manto le cayó hasta las rodillas, por encima de las botas que calzaba. Los odres de agua, colgantes, sujetados por finos cordeles, oscilaban de un lado para otro, y aunque apenas quedara contenido en ellos se tomó la libertad de dar un trago para recuperarse.

Se retiró un guante, echó un par de gotas más en su palma desnuda y se la pasó por la tez para aliviarse, revelando así el aspecto enfermizo de su palidez innata. Como cabía esperar tras varios días allí, sin un solo techo bajo el que darse un respiro, el sudor seco le había ensuciado el rostro.

Dio hondas respiraciones, mentalizándose y aclarando sus ideas sin la ayuda adicional de la meditación, y aunque no estuviera lista para retomar los caminos emprendió la última marcha.

3

Miraba de hito en hito, resguardándose de posibles amenazas que no llegaban. Las plantas se alzaban a ambos lados del camino, retorciéndose entre sus anchos tallos, lanzándole miradas acusadoras como si fueran a saltar para comérsela de un momento a otro. La piedra era peligrosa y escarpada, y solo un demente trataría de avanzar a través de aquellos peldaños irregulares entre tanta oscuridad, pues la luna, ya decidiera manifestarse en su forma gris, blanca o negra, no alumbraba el interior del lugar debido a su condición mortecina.

Sin embargo, después de días enteros allí metida, advirtió que el suelo ya se encontraba desprovisto de dificultades adicionales, y gracias a esa clase de factores creyó que la peor parte del camino ya estaba hecha.

En el pasado se vio obligada a sortear obstáculos de ese calibre. Sin duda, toda ventaja que pudiera sacarle a él sería agradecida en el futuro.

Solo quería avanzar. Avanzar y nada más. Olvidarse de aquel bosque aun arrastrando con esfuerzo incontables horas sin descansar debidamente. Su agotamiento estaba justificado por las dificultades del camino y la enorme falta de recursos que precisaba; por ello, en cuanto trató de echar a correr de nuevo, el sudor volvió a impregnarla, la respiración se le entrecortó y el peso de sus

piernas dobló el lastre con el que ya contaba.

Pero siguió corriendo.

Poco después la cabeza volvió a estallarle a cada paso. Las fuerzas que pudo haber recuperado con la meditación se habían agotado en un instante, y las pisadas de sus botas rebotaron a más de veinte marcas de donde se encontraba entonces, permitiendo a cualquier animal que tuviera suficiente hambre dar con ella sin esfuerzo.

Al percatarse de su estrépito, no supo si sería más sensato detenerse o seguir la carrera hasta el final, recriminándose su inexperiencia una y otra vez a causa de su inseguridad. Pero siguió corriendo, y por ello los sentidos y la orientación se vieron mermados de nuevo, y tras cada segundo la debilidad de su cuerpo volvía a reafirmarse.

Cuando quiso darse cuenta, se percató de que se había desviado del camino, y tan pronto quiso reanudar la ruta experimentó una sensación de descontrol, sufriendo un leve mareo.

Un desplazamiento, lo llamaba ella.

No podía más, y tanto su cuerpo como su mente lo sabían bien. Apoyó los brazos en las rodillas para recuperar el equilibrio, pues estuvo a punto de caer a causa del mareo, y se alertó al oír un bramido que venía de algún lugar cerca de allí.

—No es posible —se dijo a sí misma en un susurro.

Detuvo sus violentas respiraciones por un momento para enfocar el sonido, ya distante, y no obtuvo resultado. Tampoco se vio capaz de identificar qué había sido aquello, si se trataba de un humano o de un animal, o si tal vez aquella advertencia provino de algo todavía peor. Ublinos y voaranes habitaban en el bosque, y aunque no le hubiera parecido el aullido de ninguno de ambos echó a correr por última vez.

Si era la voz de un etéreo, podría ponerla en un aprieto, pero si era la voz del Hombre Alto estaría perdida.

El Hombre Alto. Sabía que, por el momento, no estaba cerca, Ya había transcurrido más de una luna blanca desde la última vez que lo vio, pero ¿acaso no estaba convencida de que iban a encontrarse de nuevo? Lo sabía. Era un hecho que todavía estaba por suceder, pero un hecho al fin y al cabo. Podría apostar su vida y el alma de su difunta madre, y ganaría la apuesta. Lo único que podía esperar en un momento así era que su encuentro se retrasara, al menos hasta llegar al otro lado.

Siguió corriendo, pero como si sus pensamientos negativos hacia él lo hubieran provocado la fiebre regresó con astucia, tan deprisa como aparentaba haberse ido. Por mucho que lo intentara, la reanudación de su malestar arremetió tan fuerte contra ella que le fue imposible continuar, y sus rodillas se lo hicieron saber tras flaquearle por última vez: tropezó inevitablemente, cayendo al suelo a merced de la humedad, y allí se quedó sin poder levantarse.

Ese último esfuerzo le había hecho a su cuerpo decir basta. No volvería a moverse. Le temblaba hasta la articulación más remota, su respiración era un frenesí constante y estaba convencida de que si la interrumpía un solo instante moriría, hasta que comprendió que, hiciera lo que hiciese, iba a morir de todos modos.

«Pobre estúpida», se dijo. Había descuidado todo lo aprendido. Y la fiebre la había vuelto paranoica, y el Hombre Alto la había vuelto loca. En las conversaciones que mantuvo con él durante sus encuentros anteriores, este siempre le aseguraba que debía volver, que algún día abriría la puerta. Que debía atravesarla.

Ella no sabía de lo que hablaba. Las palabras del canoso no tenían sentido, y si alguna vez llegó a pedirle explicaciones, este no se las cedía.

Era un lunático, y ella una víctima de su demencia.

No lloraría si ahí terminaba su viaje, aunque sospechó con sorna para sí que tampoco podría. Que ya no le quedaban más lágrimas por derramar. Giró la cabeza, apartándose la melena azabache de su visión, y vio que ahí estaba la última frontera. Que los árboles terminaban a escasos metros de donde ella se encontraba.

Era una lástima haber llegado tan lejos y no poder siquiera levantarse, y lo que más frustración le causaba era que ella misma se lo había buscado por actuar imprudente.

Cerró los ojos y esperó, pues algo sucedería tarde o temprano…

Y entonces ocurrió:

…de tus besos y tu amor…

Eres mi…

Volvió a abrir los ojos. No estaba convencida de qué era lo que había oído, pero le pareció un cántico interpretado por un artista de poco talento. Por alguien, esa era la cuestión más importante. La que podía sacarla de allí.

Lo intentó una vez más. Las piernas no le respondían, sentía un frío invernal arreciar a su alrededor y temblaba de nuevo. Ardía por dentro. Si no hacía algo pronto, la llama febril que trataba de contener llegaría al exterior, consumiéndola hasta las cenizas.

…dulce rosa…

No creía en dioses. Sin embargo, ningún animal salvaje se la había llevado por delante todavía, y por ello se sintió en deuda con la situación y decidió aprovecharla.

Tenía que levantarse y andar hacia la voz del exterior, estuviera o no únicamente en su cabeza, fruto del delirio.

4

La distancia se acortaba. Casi podía discernir lo que la voz masculina balbuceaba, palabra por palabra. Si algo malo fuera a ocurrirle, ya era tarde para echarse atrás.

 

Puedes llamarme idiota,

puedes llamarme fantoche…

 

La voz se animaba por momentos. Ella dedujo que el artista estaba borracho: arrastraba las palabras y las dotaba con esas inflexiones que solo la gente ebria puede llegar a entonar. Parecía estar solo, aunque todavía era pronto para asegurar esa clase de indicadores.

Su vista era borrosa y la engañaba, pero empezó a reconocer nuevas formas gracias a la luz de la luna gris, cuya influencia ya irradiaba parte del final de la arboleda.

Tras reconocer la figura del hombre del exterior, creyó que era aquel de quien intentaba huir, y en un acto reflejo estuvo a punto de echarse en la hierba alta con intención de ocultarse a la desesperada. Poco después corroboró que no guardaban similitudes, pero como él, el hombre iba vestido con un largo abrigo negro. Tal vez fuera una túnica.

Sin embargo, aunque también canoso, este no lucía melena.

—Tu despecho no me produce reproche —canturreó melancólico, cogió aire para el último verso y se puso la mano a la altura del pecho—. Porque soy un pendenciero, por el día y por la noche.

Alzó la mano de la botella y vertió el contenido, haciendo que el frasco a medio vaciar rozara unos labios demasiado estrechos. Mientras bebía, miró por el rabillo del ojo y vio algo que se arrastraba hacia él.

El sobresalto hizo que casi cayera de espaldas, pero solo alcanzó a echarse encima lo poco que ya quedaba en la botella, vaciándola del todo. Su rostro pavoroso dejó escapar un grito, y ella siguió arrastrándose hacia él con pasos torpes, mientras él se alejaba sin perderla de vista, caminando hacia atrás.

Si una tercera persona hubiera estado observando, no habría sabido describir la situación con exactitud. No hasta que ella pidió ayuda:

—Por favor, espere.

Tal vez el viejo no la hubiera escuchado, pues no tardó en girarse para echar a correr como no lo hacía desde sus años de juventud. Lo que él había visto allí representado era una criatura errante en la noche, surgiendo de entre los árboles para tomar su vida y luego llevárselo al interior del bosque, junto a muchas otras almas perdidas en su inmensidad.

No pensaba permitirlo. Sabía que era un idiota por andar tan cerca del bosque de Melbar con todas las leyendas que se contaban de él, pero cuando estaba ebrio sentía su llamada.

Irónicamente, el lugar le inspiraba cierta paz al hacerle olvidar sus responsabilidades; merodeaba cerca para dedicarle unos versos de su propia cosecha, y a veces también otras palabras menos dignas de él, como si por algún motivo se tentara a desafiarlo. De hecho, aunque se negara a decírselo a sí mismo, quizá solo hiciera lo que hacía para que su vida terminara de una vez.

Quizá solo quisiera que un animal lo suficientemente grande saliera del bosque y le arrancara la cabeza de un bocado, terminando con su sufrimiento de un segundo a otro.

Antes de irse de allí para no volver jamás, vio a la criatura errante desplomarse entre los matojos de hierba. Se detuvo unos instantes, presa de la curiosidad, sin acercarse a ella. No era tan estúpido.

—Ayúdeme, se lo ruego —le instó la voz, en una suerte de vaharada espectral.

El viejo no respondió, tampoco se acercó un paso. Se limitó a escuchar lo que tuviera que decirle. Si le pedía ayuda, como hacían los etéreos del bosque al acercarse a los viajeros perdidos, sabía que aquello no iba a terminar bien, pues así se lo dijo un tal Roff tiempo atrás.

La voz femenina quería seducirlo, no le cabía duda: no alzaba el tono y hablaba despacio.

—Melbar —dijo ella—. Tengo que llegar a Melbar cuanto antes, alguien me está esperando allí.

Sin darse cuenta de que debería permanecer callado, el viejo tuvo que preguntar:

—¿Quién?

—Hogart —le respondió, y la respuesta pareció un ronquido seco—. Hogart, el herrero. Por favor.

La voz no volvió a pronunciarse. El único sonido que rompía el silencio era el rumor del viento acariciar la hierba, formando un tintineo que le nublaba los pensamientos.

Sí, Melbar existía. Sí, había un Hogart en Melbar. Y sí, era un herrero. El único en incontables marcas a la redonda.

Se acercó despacio, asegurando sus pasos por si tenía que volver sobre ellos, y luego se maldijo a sí mismo por estar en deuda con el prójimo. Por haber elegido esa clase de vida que desde hacía unos años carecía de sentido.

Cuando estuvo lo bastante cerca, asomó la cabeza por entre los matojos y vio que no era más que una mujer herida.

Lucía sucia. Sucia y muerta. Terminó de acercarse y la puso en su regazo.

—Hija mía, ¿qué te ha pasado? —le preguntó, llamándola como antaño solía llamar a cualquier mujer.

Le apartó el cabello de la cara y se la palpó, tratando de hacer que reaccionara. Después le tomó el pulso y pudo confirmar que todavía estaba viva, aunque no lo estaría por mucho más tiempo si no hacía algo al respecto. Acarició el cuello con suavidad y bajó la mano hacia una espalda resbaladiza.

Estaba ardiendo, empapada de un sudor frío.

Sin distraerse haciendo más comprobaciones, la alzó en brazos. Al hacerlo, estuvo cerca de caerse de espaldas por el cambio de presión que le supuso levantarse con un peso añadido, pero terminó manteniéndose rígido.

Luego suspiró, augurando que la noche iba a ser más larga de lo que había planeado, y emprendió el largo camino de vuelta.

Comentarios

  1. Mabel

    18 mayo, 2020

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

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