Una aventura inesperada

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Me levanto a las 5:50h de la mañana. Hoy será un gran día. He pasado de ir a clase para ir a una grabación para una serie en A Coruña. Poco después mi padre se levanta ya que tiene que ir a trabajar, solo que hoy madruga algo más para acercarme a Sigüeiro y poder coger el bus. Después de esperar un rato, el bus llega. Son las 6:45, y me lleva a A Coruña. Llego y bajo del transporte sobre las 7:50h y me voy a desayunar. Al terminar, me dirijo a pie a la empresa de producción audiovisual que está a unos 2,5 kilómetros, entro y espero en el comedor. Más tarde, llegan otros compañeros de reparto, todos hacemos de sicarios.

A las 10h nos vamos en un bus a una aldea de Cerceda, a unos 25 kilómetros, y allí grabamos la escena. Al finalizar, nuestro subjefe, si se le puede llamar así, nos da el contrato para firmar ya que la sesión de ese día ha terminado, por tanto nos dice que nos va a llevar de nuevo a A Coruña y de ahí, cada uno se va por su cuenta a casa. Como Cerceda me queda más cerca de mi casa, le digo que si pasa por ese pueblo, me deje allí, y ya yo voy en bus para Sigüeiro o Órdenes, otro municipio en donde me vendría también bien para ir después dirección a mi casa.

En cuanto me deja en el lugar, se va. Entro en una pescadería a preguntar:

—Perdona, ¿sabes dónde está la estación de autobuses de Cerceda, o si pasa algún bus por aquí?

—Cerceda no tiene ninguna estación de autobuses —asegura mientras yo me quedo pasmado— solo está la de tren. Y por aquí solo pasa un bus entre las 13h y las 14h.

—Ah, vale —respondo sin dar crédito— Pues gracias, esperaré a ver si viene.

En cuanto salgo de la tienda, cruzo la carretera y espero en la parada a que venga ese bus. Como me gusta tener varias versiones, pregunto a un transeúnte que pasa por la acera:

—Perdona, ¿Sabes si pasa algún autobús por aquí en dirección Órdenes o Sigüeiro ?

—Sí —responde— pasar pasa uno a las 14h, pero no sé a dónde.

—Vale, ¿y a cuanto está la estación de tren?

—Está en esa dirección a unos 3 kilómetros —señala el lado opuesto a donde quedaría Órdenes.

—Perfecto, gracias.

—En Cerceda no hay apenas comunicaciones de transportes —prosigue el señor— es lo malo de este sitio.

—Bueno, no importa, ya miro a ver. Gracias por todo, no pasa nada.

El señor se va reflejando en su rostro una cierta lastima por mí, y al continuar su trayecto, me pongo a esperar el bus, pero no llega. Llamo a la central de trenes para que me informen sobre sus horarios en ese pueblo, diciendo que sale uno a Órdenes a las 16h. Una vez que son las 14:15h y no veo pasar el bus, me arriesgo y voy a la estación de tren. Son 3,5 kilómetros andando según el GPS, unos 42 minutos. Empiezo a caminar a paso ligero y veo en la terraza de un bar a una vecina mía, ella no conduce, por tanto evito preguntar, solo la saludo y continúo. Camino por la acera un buen rato hasta que termina y me obliga a seguir por la orilla de la carretera. Minutos más tarde me llama mi orientadora laboral:

—Te acabo de ver por Cerceda, ¿por qué no me llamaste? Podíamos hacer la entrevista que aun tienes pendiente, y luego te llevaba a casa.

—Ah! No lo sabía, pero si quieres doy media vuelta y la hacemos. ¿Dónde estás? —le pregunto después de contarle un poco mi historia de ese día y a donde me dirijo.

—Es que ahora ya no estoy, me he ido.

—Tranquila, no pasa nada.

—Pero mira, ya hablamos martes que tenemos que quedar y a ver cómo hacemos jueves, (me dice eso porque yo al tener clases, me ponen faltas si no voy a ellas).

—Sí, vale. Sin problema, nos vemos martes.

Luego de hablar con ella, sigo con mi andanza. Llega un punto en que al no ver un paso de peatones, debo cruzar la carretera que va en ambas direcciones para pillar la rotonda y seguir recto, cosa que hago y prosigo andando. Luego, el GPS me manda por un camino en medio del bosque, ahí ya pienso que algo no va bien, pero ya que estoy, continúo adelante. Al final paso por debajo de un puente y termino viendo la estación en medio de la naturaleza. Llego al lugar en menos tiempo del que me manda el GPS, y una vez en el andén, observo.

Quiero entrar en la estación para preguntar y comprar el billete, pero está cerrado, por lo tanto doy vueltas y vueltas para encontrar una solución. Golpeo una ventana por si hay alguien, ya que en el aparcadero hay 4 o 5 coches. Golpeo la puerta, hablo por si me oyen y hasta miro a la cámara de seguridad haciéndole gestos de ayuda, pero no existe respuesta. Vuelvo a llamar a la central y poco me pueden ayudar, eso sí, a ver la factura a final de mes, pero en fin, sigo como antes. Intento leer lo que pone en el andén de enfrente, sin embargo, no lo veo, y utilizo la cámara del teléfono para hacer zoom y poder leerlo. Me doy cuenta de que ese andén es en donde pasa el tren que lleva a la dirección que quiero ir, y corro a dar la vuelta a la estación para llegar allí, aun me queda 30 minutos, pero por sea caso. Mientras doy la vuelta, veo como unas pequeñas y extrañas escaleras que llevan de nuevo a la estación, y subo por ellas creyendo que me llevarían al andén que quiero. No solo no me llevan, sino que esas escaleras no son escaleras, lo cierto es que ya lo sospeché en cuanto las vi, son unas bajadas con relieves para transportar el agua cuando llueva. Una vez arriba, vuelvo a estar en el andén que estaba antes, tanto correr para nada. Me doy cuenta poco después que hay unas auténticas escaleras al lado que conducen al andén de enfrente, al que quiero ir yo. Y allí fui al fin.

Mientras espero el tren, ando con el teléfono y contesto unos mensajes de unas amigas, solo que a una le cuento también un poco mí aventura.

Llegan las 16h, y con ellas el tren. Me subo a él y ya no sé ni a qué lado ir. Primero me dirijo a la derecha, subo dos escaleras y en esa zona del vagón hay pocos asientos y todos ocupados. Entonces doy media vuelta hiendo al otro lado. Veo en primera fila a una chica y le pregunto si este tren lleva a Órdenes, me dice que sí, que es la siguiente parada. Se lo agradezco y sigo andando hasta ver algún sitio libre. Justo veo uno al lado de una chica joven, la miro, me mira y le pregunto si puedo sentarme, ella asiente con la cabeza a pesar de estar hablando por el teléfono, y me siento.

Cuando termina de hablar, hablo con ella.

—Perdona, ¿sabes si este tren lleva a Órdenes?

—Sí, —responde después de dudar un poco— es la siguiente parada.

—Gracias, es que trenes pillo…ninguno, la verdad, y estoy algo desorientado.

Ella se ríe un poco, pero contemplo que le cuesta mucho hablar, al menos conmigo. Ambos seguimos a lo nuestro y me doy cuenta que encima de mi cabeza hay una pantalla que indica los destinos del tren, gracias a ello me aseguro al máximo de que voy en la dirección correcta. También puedo ver unos botones debajo de los portaequipajes, y nuevamente pregunto a la joven:

— ¿Hay que pulsarle a algún botón para que el tren pare en la siguiente parada?

—Me mira y niega con la cabeza.

Hace muchos años que no me subo a un tren, y eso que hubo una época que prácticamente lo cogía a diario, pero uno se acaba olvidando, por eso parece que ando muy perdido.

Va avanzando el tren y yo espero a que se detenga. Al cabo de unos minutos una voz suena por los altavoces diciendo que la próxima parada era Órdenes, bien, poco a poco me voy acercando a mi casa. A medida que avanza el tren me surge una duda, y vuelvo a preguntar a la joven:

—Una cosa, ¿aquí no viene el revisor a cobrar el viaje?

Ella sonríe un poco y eleva los hombros. No lo sabe.

Yo sonrío también y vuelvo a mirar hacia adelante.

El tren al fin llega a la estación de Órdenes, me levanto y agradezco de nuevo a la chica, segundos después me bajo del transporte, al menos el viaje me ha salido gratis. Recorro ese andén siguiendo a una mujer a ver a donde se dirige, va hasta el andén que está enfrente y que lleva a la salida, allí veo a un señor de entre 40 y 50 años que está a punto de subirse a su coche y hablo con él.

—Perdona, ¿sabes a cuanto está el centro de Órdenes?

El señor arquea las cejas mirando a su alrededor.

—Pues te queda a unos 9 kilómetros,

— ¡¿Qué dices, tanto?¡ Es que en mi móvil me dice que está a 4,5 kilómetros y que tardo unos 54 minutos en llegar.

—Sí, pero eso era la estación antigua. Hace poco hicieron esta nueva y está más lejos que la anterior.

Yo estaba flipando un poco, pero de pronto:

—Venga, sube.

— ¿De verdad? ¿Está seguro? —le pregunto con duda.

—Sí, vamos.

Subo al coche y él muy amable me lleva. Le digo que voy a Sigüeiro  pero que me vale Órdenes para coger el bus e irme allí. Pero a él tanto le da llevarme a un sitio que a otro, ya que está, pues que me lleva sin problema a Sigüeiro. Le insisto que no quiero que se moleste tanto, pero a él no le importa hacerlo, que no le cuesta nada.

Durante el trayecto hablamos y le cuento también un poco mi historia. Me cuenta que hoy en día ya no hay tanta solidaridad, que se está perdiendo, y le contesto que es normal, que tantas noticias y sucesos malos que pasan, pues que es difícil confiar en los desconocidos, y él lo entiende, pero que algún samaritano siempre hay. Me cuenta alguna historia suya, y seguimos hablando hasta que llegamos a Sigüeiro. Me faltan palabras para agradecer lo que hizo por mí, y al despedirnos me estrecha la mano:

—Javier —Dice su nombre.

—Gonzalo—Digo el mío.

Desde ese pueblo camino hasta mi casa, que son unos 3 kilómetros. Y al llegar, doy por finalizada la gran aventura que he vivido, emocionante y un poco agobiante, pero divertida y difícil de olvidar.

Comentarios

  1. gonzalez

    21 mayo, 2020

    Me gustó mucho, Gonzalo. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo.

  2. Mabel

    21 mayo, 2020

    Muy buen Cuento. Un abrazo Gonzalo y mi voto desde Andalucía

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