Yohei Gakko 2 – The demigoddess and the necromancer – Chapter 7

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-Puede que esto sea un problema -dijo Kai mientras se rascaba la nuca.

-Lo siento, ésta es la única habitación que tengo libre así que tendréis que compartirla –se disculpó Roland

-Bueno, mientras tengamos un lugar donde dormir…

-Voy a sentirme un poco incómoda –replicó Miruru

-¡¿No te importa dormir al raso pero si conmigo?!

-¡E-es que no estoy acostumbrada!

 

Mientras tanto, el tendero los miraba con preocupación, sintiéndose un poco culpable.

-En fin. Si nos da unos minutos, nos instalaremos –sentenció Kai.

-Claro. Estáis en vuestra casa –dicho esto, se marchó de la habitación, dejándoles solos.

 

Tras esto, el nigromante observó la habitación. Era sencilla, sin decoraciones ostentosas, y constaba de dos camas separadas en el centro y un gran armario de madera en una de las esquinas.

-No está mal. Incluso tenemos un sitio donde guardar nuestras cosas –comentó, señalando el mueble.

-Tampoco es que tenga algo que guardar –dijo Miruru.

-Entonces para mí –declaró Kai, acercándose a él. Entonces, se dio cuenta de que la chica se había quedado callada- ¿Qué te ocurre?

-Cuando estaba en Yohei Gakko, estábamos separados los unos de los otros. La llamábamos habitación, pero lo cierto daba una sensación más parecida a la de una celda de aislamiento, sólo que con muchas comodidades.

 

Nos llevábamos bien entre nosotros, pero no se puede decir que tuviésemos una relación estrecha. Quizás por eso, compartir habitación con alguien, es algo nuevo para mí.

-No le des más vueltas. Verás como te acostumbras. Al final, hasta será divertido -dijo Kai alegremente-. En cualquier caso, creo que no vendría mal darnos un baño. Ve tú primero. Yo me encargaré de pedirle a Roland algo de ropa. No conviene que tengamos este aspecto todo el tiempo.

 

Ella asintió y acto seguido se marchó.

 

-Roland –dijo Kai, una vez hubo terminado de guardar sus cosas en la habitación.

-Dime –respondió el dueño, deteniéndose un momento en su tarea de barrer.

-Me preguntaba si nos podrías prestar algo de ropa.

-¿Ropa? Bueno, en tu caso no creo que haya problema, pero no sé si tendré algo de la talla de Miruru.

-Siento las molestias.

-¡No importa! ¡Ven! ¡Acompáñame a ver qué tengo!

 

De esa forma, el hombre lo guió hasta otra habitación que, por lo que dedujo, se trataba de la suya.

 

Ésta no se diferenciaba mucho de la que compartían Miruru y él, sólo que, en lugar de haber dos camas, sólo había una de matrimonio.

-Ah, así que vives con tu mujer –observó Kai.

-Vivía. Falleció hace un par de años.

-Oh… lo siento.

-Tranquilo. No lo sabías. Además, tuvo suerte. Murió en paz en tiempos de guerra. No podría pedir más.

 

A la vez que hablaba, se puso a rebuscar en un viejo armario, ligeramente roído.

-Creo que todavía tengo algo de ropa que ella solía usar. No se si le vendrán pero se puede hacer algún apaño.

 

Después de un rato buscando en el interior del mueble, sacó varias telas de tamaño un poco más grande de lo que medía la semidiosa.

-Sí, tendré que hacerles un arreglo.

-¡De verdad, no hace falta! ¡No quisiera molestarte! Bueno, no más de lo necesario. Ya me entiendes.

-¡Jajaja! ¡Ya te he dicho que no pasa nada! Estoy seguro de que a mi mujer no le hubiese importado.

 

-Miruru. Soy Kai. Vengo a traerte la ropa –dijo el joven al llegar frente a la puerta del cuarto de baño. Sin embargo, no escuchó respuesta, tan sólo el sonido de gotas salpicando.

-¿Miruru? –repitió, dando un par de golpes en la puerta, continuando sin obtener respuesta.

-¿Estás bien? –preocupado, volvió a golpear la puerta.

“¿Y si le ha pasado algo? No. Es poco probable. Seguramente no me haya escuchado.”, pensó.

-¡Miruru! –gritó el nombre de la chica por tercera vez, aporreando la puerta de una forma que creyó que la iba a echar abajo.

“Creo haber gritado lo suficientemente fuerte como para que me oiga.”

-¡V-voy a entrar! –avisó mientras abría la puerta.

 

Una vez dentro, distinguió entre los vapores del agua caliente el cuerpo de la joven, durmiendo plácidamente en la bañera.

-Está durmiendo, ¿verdad? –se preguntó el chico, preocupado. Acercándose un poco más para estar seguro- ¡Eh! ¡Eh! Será mejor que despiertes o te va a dar algo –continuó, probando esta vez a tocarle el hombro.

 

En ese momento, Miruru fue abriendo los ojos poco a poco. Medio adormilada, desplazó la vista hacia Kai.

-¿K-Kai? –preguntó con voz monótona, sobresaltándose poco después- ¡¿Q-qu-qué haces aquí?! –tartamudeó.

-Te habías quedado dormida y me he visto obligado a…

-¡Fuera!

-Pero si yo sólo…

-¡He dicho fuera!

 

Entre los gritos de la semidiosa, y sabiendo lo peligroso que podía ser enfrentarse a ella, Kai escapó de allí.

-Qué humos –se quejó.

 

A la mañana siguiente, los dos se reunieron con Roland en la tienda.

-Bien, lo que haremos será simple. Vosotros os dedicaréis a atraer a los clientes y yo me encargaré de las ventas –explicó el hombre, a lo que ellos asintieron.

-Por cierto, veo que te han quedado bien –comentó Roland al observar la ropa de Miruru-. Tenía miedo de que no te viniese, pero parece que sigo teniendo buena mano para estas cosas –rió

-Gracias –dijo ella.

-No hay de qué.

-Pongámonos manos a la obra –sentenció Kai, recibiendo una mirada asesina por parte de su compañera, quien seguía enfadada por lo ocurrido en el baño.

 

El chico todavía recordaba cuando entró en el dormitorio sin siquiera dirigirle la palabra.

-Te aseguro que no pretendía ver nada -explicó Kai.

-Eso ya no importa. Empecemos a trabajar. ¡Vamos!

 

Tras un suspiro, el nigromante asintió.

-Cuarto espíritu: Lein –dijo, creando varias bolas de metal.

 

Entonces, las lanzó hacia arriba, quedando éstas suspendidas en el aire gracias al poder de Miruru.

 

Posteriormente, la chica hizo que se desplazasen una detrás de la otra, bailoteando y formando dibujos y patrones. Lo mismo hacia que se cruzasen unas con otras que  chocasen entre ellas o formase figuras geométricas.

 

Aquel curioso espectáculo atrajo la atención de varios transeúntes, quienes se detuvieron a contemplarlo.

 

Antes de que se diesen cuenta, ya había una multitud frente a ellos, dejando a Roland impresionado por el impacto que habían tenido las habilidades de los jóvenes.

 

Por su parte, el equipo había decidido cambiar su actuación: ahora Kai se encargaba de hacer malabares con las bolas mientras Miruru las hacía estallar en el aire.

 

La gente aplaudía y se acercaba al puesto a preguntar por lo que vendían, aunque muchos también preguntaban por el dúo de intérpretes.

 

Una vez se hubo calmado un poco el ambiente, Roland se acercó a ellos.

-Parece que ha funcionado –dijo-. Es increíble, ¿cómo sois capaces de hacer eso?

-Llamémoslo experiencia –contestó Kai.

-¡Jaja! Me habéis dejado impresionado. Más incluso que la primera vez –declaró el tendero, poco antes de continuar con su trabajo.

 

-Lo hemos conseguido. Buen trabajo –dijo el nigromante, a lo que Miruru se limitó a asentir.

-¿Sigues enfadada?

-Ya te he dicho que no importa.

-Oye, lo siento, en serio.

-No te preocupes más por ello.

 

Durante unos segundos, ambos mantuvieron un silencio incómodo que fue roto por Kai.

-Oye, hay algo que me he estado preguntando- ¿En qué consiste tu poder exactamente?

-¿Mi poder?

-Si no quieres contestar no hace falta –explicó Kai, quien, en ese momento, no quería hacer algo que la pudiese enfadar.

-No me molesta. Mm… es un poco más complejo de lo que puede parecer a simple vista

-¿Eh?

-Para que me entiendas. Es como si lo que tuviese frente de mí se convirtiese en una especie de dibujo.

-¿Dibujo?

-Así es. Todo lo que hay delante de mí puede ser desplazado a voluntad, modificado de la forma en la que yo desee.

-Cambiar el medio a voluntad.

-Así es. Eso incluye cualquier modificación física: compresión, expansión, destrucción…

-Vaya. Parece una habilidad temible.

-No creas. Si conoces a los que son como yo, sabrás que no es un poder que pueda ser usado a la ligera.

-Entiendo. Debe de ser una gran carga.

-Para conseguir algo hay que pagar un precio. Supongo que éste ha sido el mío –dijo ella, desviando la mirada hacia un lado, lo que provocó que el chico se preocupase, sobre todo al observar cómo ella apretaba con fuerza su propia muñeca.

-En fin, no merece la pena preocuparse por ello a estas alturas. Adquirimos nuestros poderes por un gran objetivo. No hay que sentirse mal por ello.

-Supongo que tienes razón.

-Por cierto, esta tarde daré una vuelta por la ciudad.

-¿Por?

-¿Recuerdas que te dije que estaba buscando a una persona? -ella asintió, recibiendo una foto con la imagen de dicha persona- Tengo que seguir preguntando hasta dar con él.

-¿Quién es? –preguntó Miruru.

-Una persona muy querida para mí. O al menos, lo era.

-¿Ahora ya no?

-La verdad es que no lo sé. Por eso le estoy buscando.

 

La joven observó detenidamente la foto. Se trataba de un joven de aspecto amable e inteligente, pero, por alguna razón, no le causó una buena impresión.

-Te ayudaré a buscarlo.

-¿En serio?

-Sólo tengo que preguntar si alguien lo conoce, ¿no? No parece complicado –dijo sonriente.

-Gracias. Seguro que entre los dos vamos más rápido.

 

-¿Os vais? –preguntó Roland, una vez hubo terminado su trabajo.

-Hay algo que debemos hacer en la ciudad.

-Ah, claro. Si puedo ayudaros en algo…

 

Entonces, Kai sacó la foto y se la enseñó a Roland.

-¿Le suena de algo? –preguntó.

 

Roland la observó detenidamente.

-Es curioso –dijo, a lo que el nigromante frunció el ceño.

-¿El qué es curioso?

-Recuerdo haberle visto, pero creo que fue hace bastante tiempo.

-¡¿Dónde?! – preguntó Kai, esperanzado.

-Mm… juraría que vino a esta tienda. Estuvo preguntando por algunos productos, compró algo y se marchó en aquella dirección –indicó, señalando la calle situada a espaldas de los jóvenes-. Siento no ser de más ayuda.

-Al contrario. Por fin tengo una pista. Gracias.

-No hay de qué. Id con cuidado.

 

Tras esto, emprendieron camino.

-Inspeccionaremos un poco la calle y preguntaremos. Puede que haya más gente que le sepa algo

 

En respuesta, Miruru asintió mientras su cola se balanceaba de un lado a otro.

-Mm…

-¿Qué? –preguntó la chica, al darse cuenta de que la estaba observando.

-¿No sería mejor ocultarla? –propuso Kai, haciendo que la chica girase la cabeza.

-¡¿Qué?! ¡¿Por qué?!

-La gente puede verlo raro. De hecho, me parece extraño que todavía no haya llamado la atención.

-Le das demasiada importancia. La gente está acostumbrada a estas cosas.

-Yo no estoy tan convencido.

-Además, cuanto más llamemos la atención mejor, así más gente se acercará a nosotros.

-De eso tampoco estoy muy convencido.

 

Así pues, estuvieron preguntando a varias personas, recorriendo enteramente la calle, que, por cierto, debía ser importante, por la amplitud de la misma y la cantidad de gente que la transitaba. Por desgracia, las respuestas que obtuvieron no les sirvieron de mucho.

-Algunos dicen que le vieron por aquí hace años y otros, que no sabe nada –comentó Kai, algo desanimado.

-Sigamos buscando –sugirió Miruru.

 

Pese a su insistencia, siguieron sin encontrar nada destacable.

-Ya es de noche, será mejor que volvamos –desistió el nigromante.

-Me han dicho que estáis buscando a alguien –dijo de repente una voz detrás de ellos- ¿Estoy en lo cierto?

 

Al darse la vuelta, descubrieron a una mujer de pelo color castaño y largo. Su vestimenta no dejaba mucho a la imaginación, lo suficientemente apretada para resaltar sus curvas y con un escote bastante pronunciado. Su mirada era arrogante y seductora, con un fuerte aire de seguridad en sí misma, como queriéndoles decir que era superior a ellos.

-¿Quién eres? –preguntó Kai, con desconfianza.

-Soy lo que se conoce como una informante.

-¿Informante?

-Así es. Doy información a cambio de un pago. Quizás pueda ayudaros. ¿Me prestas esa foto un momento? –preguntó.

 

Sin estar muy convencido, el chico se la entregó.

-Oh. Conozco a esta persona –dijo, sin cambiar la expresión.

-¿Hablas en serio? –se extrañó Kai.

-Claro.

-Si es así, dinos lo que sepas de él, por favor.

-Sin problema, pero, como acabo de decir, no será gratis.

-¿Puedo fiarme de ti?

-Por supuesto. Tengo mis principios y soy seria con mi trabajo, pero probablemente, incluso así, te cueste creerme –entonces, del interior del bolsillo de su ajustada ropa, sacó una tarjeta-  Por si quieres pensártelo. Mi nombre es Anna –dijo entregándosela junto a la foto- Nos vemos.

 

Tras esto, se marchó, dejándolos a solas bajo la luz de las farolas.

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