A tiempo y sazón

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La tormenta había amainado pero todavía se podía ver a través de las hendijas de las paredes el reflejo de los relámpagos perseguidos por el rugido de los truenos distantes que hacían retumbar la casa augurando amenazantes que lo peor aún estaba por venir.

Carmen Julia, sin esperar ayuda alguna de su marido, se había acurrucado en una esquina junto a sus tres hijitos y los había convencido de que junto a ella no corrían ningún peligro. Su marido, José Miguel, ignorando la tormenta que amenazaba a su familia, dormía plácidamente los residuos de la juerga de la tarde anterior.

‒¡Mami! ‒exclamó su hijita antes de acostarse‒, tengo miedo. ¡Los perros están ladrando y me asustan!

‒Hija ‒dijo su madre cariñosamente para tranquilizarla‒, no te preocupes, están asustados por los truenos y los relámpagos, igual que nosotras.

‒Es que la gente dice cosas ‒dijo la muchacha arropándose de pies a cabeza.

‒¿Cosas…? ‒preguntó su madre inquisitiva‒, a ver, ¿y qué cosas dice la gente?

‒Que los perros ladran cuando ven fantasmas…espíritus ‒respondió la muchacha.

‒¡Ay, hija! ‒respondió su madre mirándola con una sonrisa dulce‒, eso son cosas de la gente, duérmete.

Carmen Julia, que no se atemorizaba por nada, finalmente dejó a su hijita dormida junto a sus dos hermanitos, se aseguró de cerrar bien la ventana, y se fue al cuarto, donde su marido seguía dormido, sin enterarse de nada.

Carmen Julia y José Miguel habían discutido acaloradamente esa tarde —como nunca lo habían hecho anteriormente— antes de que él se tumbara a dormir sin hacer caso de la tormenta que estaba pronosticada para esa noche.

—Siempre andas de juerga con tus amigos y ni siquiera procuras a tus hijos —le había incriminado Carmen Julia—. Están creciendo y antes de que te des cuenta no te van ni a conocer.

—¡No me importa! —le gritó José Miguel—. Trabajo todo el día y no me sobra ni un minuto. Cuando tenga tiempo…

—¡Cuando tengas tiempo!…, ¡cuando tengas tiempo!…—gritó Carmen Julia enojada—. Siempre dices lo mismo y un día cuando abras los ojos ya no vas a tener tiempo.

Carmen Julia estaba cansada de las juergas de José Miguel y sus amigos y en varias ocasiones le había advertido que si no se preocupaba un poco más por el cuidado de sus hijos los iba a perder.

Cuando al fin, una hora más tarde Carmen Julia, ya exhausta, pudo recostarse, escuchó a su hijita que la llamaba a gritos, desesperadamente.

Carmen Julia se levantó, saltó sobre su marido tratando en vano de despertarlo pero este seguía dormido y sin moverse. Sin perder un minuto más, corrió al cuarto donde estaba la muchacha con sus hermanitos. La encontró como petrificada en una esquina, gritando a la vez que señalaba hacia la ventana abierta. Cuando la muchacha estuvo más calmada y pudo hablar, le dijo entre sollozos que el viento había abierto la ventana y que un perro enorme, con la boca llena de espuma y furioso, había tratado de entrar al cuarto.

Carmen Julia valientemente y sin titubear se apresuró a cerrar la ventana que ya había dejado cerrada antes de acostarse, agarró a los otros dos muchachos y se los llevó para el cuarto donde su marido seguía dormido sin darse cuenta de nada.

El perro se amaneció toda la noche lanzándose contra las paredes, aullando y corriendo por debajo de la casa tratando de levantar las tablas del piso de madera para meterse adentro. A veces hacia tanta fuerza que casi alzaba el piso y cuando las tablas se levantaban, Carmen Julia y sus hijos veían los ojos rojos, llenos de furia y la espuma en la boca del perro que gruñía mirándolas furioso.

Al otro día, cuando José Miguel despertó, se sorprendió de encontrar a su mujer y sus hijos abrazados y dormidos en la cama. Carmen Julia y sus hijos le contaron lo que había pasado pero él no creyó ni una sola palabra de lo que decían.

‒¡Ay, no sean tontos! ‒respondió molesto‒, que perro ni que perro, eso son tonterías de ustedes.

José Miguel salió al patio y cuando vio el reguero se fue a buscar sus herramientas para arreglar las tablas del piso que según él, se habían desclavado por culpa de la tormenta. Cuando fue a buscar los clavos se dio cuenta que ya no le quedaban y le dijo a su mujer que iba a la ferretería a comprar una libra.

Tan pronto José Miguel tomó el camino hacia la ferretería le extraño que ninguna de las casas de sus vecinos parecía haber sufrido daños por la tormenta. Uno de sus vecinos, sentado tranquilamente en su balcón leía el periódico. José Miguel se detuvo y le preguntó si necesitaba materiales para reparaciones ya que él se dirigía a la ferretería y se los podía encargar. El vecino lo miró confundido y le dijo que no necesitaba hacer ningunas reparaciones.

‒¿La tormenta no le rompió nada? ‒ preguntó José Miguel.

‒¿Qué tormenta? ‒preguntó su vecino‒, lo único que escuché fue los perros ladrando.

José Miguel se despidió y siguió camino abajo hacia la ferretería. Mientras más caminaba, más se extrañaba él de que ninguna de las casas de sus vecinos estuviera dañada. Cerca de la ferretería, José Miguel se encontró con otro de sus vecinos y le preguntó si todo estaba bien en su casa después de la tormenta de la noche anterior.

‒Yo no oí nada ‒respondió el vecino—, me quede dormido escuchando la lluvia.

De repente José Miguel se acordó de lo que le habían contado su esposa y sus hijos y comenzó a preocuparse.

Cuando fue a pagar la libra de clavos que le despachó Don Emilio, José Miguel se atrevió a preguntar si nadie había pasado por allí a buscar materiales para reparar sus casas.

‒No ‒respondió don Emilio—, solamente Don Rufo vino por aquí a buscar unos sacos viejos para enterrar su perro que parece, según él, amaneció muerto esta mañana.

—¿Cómo era el perro ese? —preguntó intrigado José Miguel.

—Era un perro grande y bravo —respondió don Emilio haciendo gestos exagerados con las manos—. Ese perro le metía miedo a cualquiera. Me dijo Don Rufo que parece que se murió de rabia.

A José Miguel se le hizo un nudo en la garganta al escuchar a Don Emilio.

—¿Y cómo cree usted que agarró la rabia el perro si lo tenía siempre encerrado?

Don Emilio pausó un momento para terminar de facturar y embolsar los clavos que había pedido José Miguel.

—Me dijo que un tiempo atrás se le había escapado —respondió Don Emilio—, y que más tarde lo encontró por unos pastizales de su finca peleando con una mangosta que ya lo había rasguñado por todos lados. También me dijo que desde entonces, el perro ya no era el mismo.

Don Emilio le entregó la bolsa con los clavos mirándole preocupado.

—Don Rufo tuvo mucha suerte —dijo.

—¿Por qué dice eso? —preguntó José Miguel.

—Si el perro lo hubiera mordido, se moría de seguro —respondió Don Emilio—. La rabia es mortal.

Al José Miguel escuchar la palabra “mortal,” se le erizaron los pelos y un sudor frio le bajo por la espalda. Sin decir más, agarró la bolsa con los clavos y salió corriendo de la ferretería.

Llegó a su casa jadeante, casi sin poder respirar, y llorando como un niño. Al entrar por el portón comenzó a llamar desesperadamente a sus hijitos y a Carmen Julia. Los niños corrieron a recibirlo y él se lanzó sobre ellos y los abrazó como si hubiera regresado de un viaje muy largo.

Con los ojos llenos de lágrimas miró avergonzado a Carmen Julia que desde el dintel de la puerta lo observaba altiva, sin actitud de superioridad, pero orgullosa de saber quién era.

—¿Qué hubiera sido de ellos si el perro…?

Carmen Julia no dejó que su marido terminara la pregunta. Erguida, con los brazos cruzados sobre su pecho, lo interrumpió en mitad de pregunta.

—Nunca estuvieron en ningún peligro —dijo—, estaban junto a su madre.

Carmen Julia bajó los brazos llena de orgullo y con la mirada en alto, observó a su marido que abrazaba y besaba a sus hijitos. Después, todavía avergonzado, con ojos humedecidos, la miro tiernamente.

—Desde hoy todo va a ser diferente —respondió José Miguel—. ¡Te lo prometo!

“En el tiempo oportuno,” pensó Carmen Julia.

Comentarios

  1. SDEsteban

    1 junio, 2020

    En esencia, me recuerda a unos de mis escritos que aún no he publicado. Me ha gustado mucho. Mi voto y un saludo!

  2. Gian

    1 junio, 2020

    Excelente relato. Me gusta.

    Saludos y mi voto.

    Gian.

  3. MadreMar

    1 junio, 2020

    Hola José Rubén. Me alegra haberme pasado por Falsaria de nuevo y descubrir este relato tuyo tan bien escrito. Mis felicitaciones. Un saludo. Lourdes.

  4. Mabel

    1 junio, 2020

    Muy buen Cuento y muy buen diálogo. Un abrazo José Rubén y mi voto desde Andalucía

  5. Esruza

    2 junio, 2020

    Estoy de acuerdo con Madremar, me ha fustado mucho, José Rubé.

    Un saludo

    Estela

  6. MP

    3 junio, 2020

    Muy bello relato Jr un abrazo y mi voto.

  7. JR

    3 junio, 2020

    @silvia-docongmail-com – Silvia, me gusta mucho tu estilo de contar y creo que la razon es que nuestra forma de hacerlo es bastante parecida. Gracias por leerlo. Me alegra que te haya gustado.

    Saludos!

  8. JR

    3 junio, 2020

    @gian – Saludos gian. Me alegra que te haya gustado. Gracias por comentar y por tu voto.

  9. JR

    3 junio, 2020

    @lfranquet – MadreMar, es un gusto tenerte y leerte de nuevo en este foro. Muchas gracias por tu hermoso comentario. Que bueno que te guste.

    Saludos!

  10. JR

    3 junio, 2020

    @mabel – Mabel, gracias como siempre! Me alegra mucho tus comentarios y apoyo de siempre.
    Te devuelvo tu abrazo al doble.

    Saludos!

  11. JR

    3 junio, 2020

    @estelarz39hotmail-com – Estela, muchas gracias por leerlo y comentar. Muy agradecido de tu apoyo. Me emociona que te haya gustado.

    Saludos!

  12. JR

    3 junio, 2020

    @mariela-puzzo – Mariela, muchas gracias! No sabes como me llena de orgullo que te guste y comentes mis simples relatos.

    Saludos y te devuelvo el abrazo doble.

  13. gonzalez

    17 junio, 2020

    Amigo Cesar, me gustó mucho. Mi voto y un abrazo.

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