ATADA. CAPITULO 1

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CAPITULO 1 Cristian

Hacia ya seis meses que nos conocíamos, que trabajaba para él. Bueno, en realidad, era algo más que trabajo y conocernos lo que había entre Cristian y yo. Fue en un bar, yo había acudido allí en busca de trabajo. Hacia ya cinco años que había tenido que dejar mis estudios de psicología para buscar un trabajo, ya que la tienda de fotografía que mi marido había puesto cuando nos casamos, cada día tenía más perdidas y para compensar esas perdidas y poder pagar las facturas, yo tuve que buscar trabajo. Empecé dando clases de matemáticas e inglés a niños, luego a limpiar en las casas del vecindario y finalmente cuando ví aquel anunció de que buscaban camarera en un bar cercano a casa y pagaban bien, decidí llamar y preguntar. Así que aquel día en que había quedado con el dueño del bar para hacer una pequeña entrevista. Cristian estaba en aquel bar, y supongo que debió oir la mayoría de las cosas que le había dicho al dueño del bar porque al terminar, cuando el dueño me dijo:

– Bueno, ya te llamaremos para decirte algo.

Tras despedirme, Cristian que estaba sentado en una mesa, se acercó a mí y me dijo:

– ¿Puedo hablar contigo? Tengo una propuesta para tí, mucho mejor que ese trabajo como camarera.

Al oír eso, por supuesto, mi antena se puso en alerta y pensé, dejemos que este tio me diga que es lo que me quiere ofrecer. Además era atractivo, y tenia algo, no sabría explicar muy bien el que, que me hipnotizó.

Salimos del bar y nos acercamos a una cafetería que había un par de tiendas más abajo.

– Me llamo Cristian – se presentó – y soy fisioterapeuta.

Al darle la mano, fue como si una corriente eléctrica me traspasara.

– Yo soy Ana, y trabajo en lo que puedo – le dije.

Nos sentamos en una de las mesas y tras pedir sendos cafés, él empezó a hablar.

– Mira he oído gran parte de lo que le decías a Francisco (el dueño del bar) y por lo que veo estás desesperada por encontrar un trabajo para pagar tus deudas ¿no?

– Si, así es – le dije.

– Pues yo tengo ese trabajo. Sí, ya sé que parece mentira o una broma, pero es cierto. Es un trabajo en el que trabajarás a gusto y te lo pasarás muy bien y además te voy a pagar muy bien, pero también debo decirte, que el trabajo exige ciertas cosas que no sé si estarás dispuesta a aceptar.

– ¿Qué cosas? – le pregunté curiosa.

Y entonces, se puso muy serio,  cogió mi mano entre las suyas, me miró como si tratara de adivinar mis pensamientos y finalmente dijo:

– Estoy buscando una sumisa.

Aparté mi mano de las suyas, como si me hubiera quemado a la vez abrí los ojos como platos y le pregunté sorprendida:

– ¿Qué? ¿Me estás diciendo que me pagarías por ser tu sumisa? ¿Sumisa en el sentido estricto de la palabra, es decir, que follaríamos y me atarías, y me castigarías, y todas esas cosas?

– Sí eso es – me respondió como si lo que me acababa de decir fuera lo mas normal del mundo.

Sin duda, fue en ese momento que me dí cuenta que Cristian era un tío peculiar y diferente a cuantos había conocido antes.

Antes de seguir debo decir que sabía perfectamente lo que era el BDSM y de que iba todo eso de la sumisión. Y no, no era por el famoso libro que todas o casi todas mis amigas habían leído, el del presuntuoso Grey y la mojigata Anastasia, no. Lo sabía porque era algo que me atraía y había leído sobre ello en algunas webs e incluso de vez en cuando, miraba algunos vídeos en Pornhub o Youporn.

– ¿Y además me pagarías por eso?

– Sí.

– ¿Por qué? – le pregunté.

– Simplemente, porque tú me gustas, me atraes sexualmene – dijo volviendo a coger mi mano entre las suyas –  porque creo que serías una buena sumisa y porque he visto también que realmente necesitas ese dinero.

–  Es cierto que necesito el dinero, pero de ahí a convertirme en una puta… – le eché en cara.

– Esta bien, sino quieres no follaremos, nos saltaremos esa parte, pero por favor, acepta mi proposición y sé mi sumisa. E incluso si eso te tranquiliza, tus obligaciones como sumisa incluirían el limpiar mi casa, hacerme la comida, ir a comprar. ¿Vamos que me dices?

– ¿Cuanto me pagarías? – le pregunté curiosa.

– Dos mil euros al mes.

De nuevo, me sorprendió. Por una parte, me parecía demasiado, por otra, una minucia teniendo en cuenta, que él me atraía y que la idea de ser su sumisa, desnudarme frente a él y follar me resultaba incluso atractiva.

– ¿Lo dices en serio?

– Sí.

Me quedé callada, pensativa un rato y finalmente le dije:

– Deja que me lo piense, ¿de acuerdo? Dame un par de días.

– Esta bien. Pero dame tu número de teléfono, no dejaré que te escapes así como así.

Le dí mi numero de teléfono, más que nada para que me dejara ir y me marché a casa.

 

Cuando llegué a casa no podía dejar de pensar en la proposición de Cristian. Por un parte me parecía una oferta muy tentadora. Ya que ganar 2000 euros al mes por hacer de chacha y dejarme pegar y atar, me parecía fantástico. Hasta ese momento, había tenido que trabajar en varios sitios a la vez para lograr a fin de mes juntar unos 1.000 o 1.200 euros. Así que conseguir el doble con un solo trabajo me parecía maravilloso. Pero por otra parte, estaba eso de ser su sumisa, de que tuviera que ir desnuda por la casa, que pudiera castigarme por hacer algo mal. Aunque si lo pensaba detenidamente y lo visualizaba en mi cabeza, tampoco parecía algo tan malo.Es más resultaba excitante, sobretodo si me imaginaba su mano sobre mi, acariciándome o su boca besando la mia, sintiéndonos ambos cuerpo con cuerpo.  A fin de cuentas, era una de mis fantasías, el ser la sumisa de alguien, que me ataran, que tuviera que obedecer y que si no obedecía fuera castigada. Además, hacer eso, ser su sumisa, suponía que le pondría los cuernos a Max, mi marido.

Pero también resultaba que si estaba en aquella situación de buscar trabajo desesperadamente, era por culpa de Max. Su tienda de fotografía, cada día daba más perdidas y en consecuencia, más deudas que había que pagar y eso además, había ido socavando nuestro matrimonio de modo y manera que la situación entre nosotros cada vez era más insostenible. Ya ni siquiera hacíamos el amor, y yo trataba de evitarle tanto como podía, pues mirarle a la cara y saber que por él tenía que trabajar fregando suelos, y que había tenido que dejar mis estudios de psicología, me dolía y me hacia verle como el causante de todas mis desgracias. Estaba sentada mirando la televisión cuando llegó Max del trabajo. Me saludó y luego me preguntó como me había ido la entrevista en el bar. Le dije que no muy bien, y le conté que me había encontrado con un tío que me había propuesto ser su chacha por 2.000 euros al mes. Obviamente me reserve de contarle la parte más sucia del trato.

– Pues acéptalo, no sé que es lo que tienes que pensar – me dijo Max – sabes que nos hace falta ese dinero.

– Pero si acepto ese trabajo, tendré que trabajar casi 12 horas al día – le dije – de 9 a 9.

– Sí, pero son 2.000 euros, con eso podremos pagar muchas deudas.

– Bueno, no sé, tengo un par de días para pensármelo y decirle algo – le expliqué.

– No tienes nada que pensar, llámalo ya y dile que lo aceptas. ¿Tienes su número de teléfono, verdad?

– Sí.

– Pues llamalé y dile que aceptas.

Cogí el teléfono y llamé a Cristian. A fin de cuentas, me moría de ganas por volver a verle.

– ¿Señor López?

– Hola preciosa – me contestó a través de la linea del teléfono, en un tono muy familiar. Menos mal que mi marido no lo pudo escuchar.

– Es sobre ese trabajo que me ha ofrecido esta tarde – le dije seriamente

– ¿No me digas que vas a aceptar? – dijo él como si no se lo creyera.

–  Sí, creo que es una muy buena oferta y no puedo rechazarla.

– De acuerdo, te espero mañana a las nueve en la siguiente dirección:…

Me dió su dirección y me dijo que allí hablaríamos sobre los términos de nuestra relación.

Y nada más colgar las dudas resurgieron en mi cabeza. ¿De verdad debía aceptar aquel “trabajo”? ¿Estaba bien que engañara a Max de aquella manera? Si aceptaba mantener relaciones sexuales con Cristian, eso me convertía en una puta ¿estaba eso bien? ¿Era yo una puta? ¿O lo hacía porque aquel tío además estaba más bueno que un queso, y en sus ojos había visto que de verdad, me podía ofrecer no sólo un trabajo sino también todo el mundo?

 

Al día siguiente seguía con las mismas dudas del día anterior, así que pensé que antes de aceptar el trabajo, escucharía sus condiciones y le preguntaría el porque me había ofrecido aquello, según su respuesta le diría que sí o que no, y obviamente no iba a permitir contacto sexual, o sea penetración. Iba con esa idea en la cabeza, pero cuando llamé al timbre y Cristian me abrió, fue como si toda la idea se cayera al suelo y se rompiera en mil pedazos. Cristian acababa de salir de la ducha, pues sólo llevaba una toalla alrededor de su cintura que tapaba lo más esencial de su anatomía. Así que pude admirar su bien musculado y atractivo cuerpo. Llevaba el pelo mojado aún, y me dijo:

– Disculpa que te haya recibido así, pero me he quedado dormido y acabo de salir de la ducha. Pensé que me daría tiempo pero ya veo que no, has sido muy puntual.

– Sí, disculpa.

– Para nada, pasa y acomódate mientras yo me visto – me ofreció cerrando la puerta y entrando hasta el salón.

– Gracias.

Dejé mi bolso y mi abrigo sobre el sofá y me senté. Mientras esperaba observé a mí alrededor. Era un piso bastante grande, un ático, en la última planta del edificio que precisamente ocupaba toda la planta, tenía una enorme terraza desde la que se accedía desde el salón y pude ver un pasillo que supuse llevaba a las habitaciones y al baño, pues era por donde Cristian había desaparecido. La decoración era un tanto minimalista, pero elegante.

Al cabo de un rato, no mucho, Cristian apareció perfectamente vestido.

– Bueno, siento haberte hecho esperar – se excuso.

– No pasa nada.

– En fin, empecemos ya.

– Espera – le dije antes de seguir – ¿Puedo preguntarte algo?

– Sí, claro.

– ¿Por qué me has ofrecido este “trabajo” o lo que sea?

– ¿Quieres decir porque te he ofrecido ser mi sumisa? – fue claro.

– Sí.

– Bien, te cuento. Debo decir, que he hecho trampas, lo reconozco. El otro día en el bar, no era la primera vez que te veía – empezó a explicarme – En realidad, ya te había visto otras veces. La primera fue hace un par o tres de semanas, en ese mismo bar. Estabas con una amiga.

Y entonces recordé. Yo solía ir a ese bar con Andrea, mi mejor amiga. Muchas veces a las nueve, para desayunar juntas antes de ir a trabajar. Luego yo me iba a casa de la Sra. Sánchez, una de mis clientas a la que le limpiaba la casa, cada martes y jueves.

– Estabais hablando – siguió contándome – y oí algo que me llamó la atención. Ella dijo algo sobre la sumisión, creo que hablabais de un libro y tu dijiste que no te importaría probarlo. Obviamente, como Amo que soy aquello me llamó la atención y puse mis ojos sobre ti. Os estuve observando el resto de la conversación y cuando supe que volverías, obviamente intenté averiguar cuando y volví. Estuve escuchando de nuevo, la conversación con tu amiga, no te lo tomes a mal, pero tu me gustabas e intentaba averiguar más cosas sobre tí. Hasta que me enteré que buscabas trabajo y supe que el dueño del bar iba a hacerte una entrevista para trabajar allí, así que pensé que no podía desaprovechar ese oportunidad y por eso estaba allí la otra tarde y por eso, te propuse ese “trabajo”. Por eso, y porque sabía, porque tú se lo dijiste a tu amiga en una de aquellas conversaciones, que necesitabas un trabajo en el que ganaras más. Y ahora que ya sabes toda la verdad, eres libre de hacer lo que quieras, si de verdad quieres seguir y ser mi sumisa, puedes quedarte, sino, si crees que te he engañado o me he aprovechado de ti, puedes irte. – terminó.

Me quedé en silencio un rato, tratando de digerir y analizar lo que acababa de decirme. En realidad, no me parecía mal, además, estaba siendo sincero conmigo y eso es una de las cosas que más aprecio. Y como muy bien él había oído aquel día, me atraía la sumisión y no me importaría probarlo. Así que aceptar su proposición suponía eso, entrar en el mundo de la sumisión de su mano. Le miré a los ojos y le dije:

– Pero estoy casada, ya lo sabes y…

Me interrumpió diciendo:

– Y también sé que tu matrimonio no va muy bien y empieza a hacer aguas. Sino fuera así, no estarías ahora aquí y no te estarías planteando aceptar mi proposición. Ni siquiera hubieras venido hasta aquí.

Tenia razón. Así que me armé de valor y le dije:

– Esta bien, acepto, pero habrá algunas condiciones – le dije.

– Me parece muy bien – aceptó él.

Empecé a ponerme nerviosa, no sabía por donde tirar, no sabía que tenía que hacer. Y creo que él se dió cuenta, porque me dijo:

– Tranquila. Dime, yo te gusto ¿verdad?

– Sí.

– Y tú a mi, y mucho. ¿Qué tal si antes de meternos en el meollo empezamos conociéndonos poco a poco, como una pareja normal?

– ¿A que te refieres? – le pregunté sin entenderle.

– A que antes de empezar con las practicas y todo eso, hablemos de ello, de lo que nos gusta, de lo que no, etc, pero no solo en el BDSM sino en todo. Vendrás aquí, harás las faenas de la casa, porque debo confesarte que necesito a alguien que me limpie y mantenga la casa en condiciones, y después hablaremos, saldremos y nos conoceremos.

– ¿Tendré que hacer las faenas de la casa? – pregunté un tanto sorprendida.

– Si, necesitamos una tapadera de cara a los demás, a los que nos conocen y tú necesitas ese dinero, si dejas de trabajar para otras personas, cosa que te voy a exigir, tendré que pagarte ¿no? Y tendrás que trabajar, no quiero aprovecharme de ti y sino te pago, tu marido sospechará, y además, sé que necesitas ese dinero, y a mi, se puede decir que me sobra.

– ¿Te sobra el dinero? – le pregunté divertida.

– Sí, bueno, ya te iré contando – me dijo tratando de esquivar el tema

Comentarios

  1. Mabel

    30 junio, 2020

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenida

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