BLATTELLA GERMÁNICA

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Aunque cada vez se hacía más difícil, todas las tardes iba a comer al mismo lugar. Caminaba por los túneles y me arrastraba hasta salir por los hoyos de la rejilla, que daba al lavaplatos.
Entraba, comía y salía. La misma rutina, todos los días, bastante sencilla.
Hasta que una tarde, escuché de repente, el chirrido de una silla. Siento una sombra agrandarse sobre mi, me doy vuelta y la veo.
Nos quedamos mirando fijo, ella sin mover un músculo y yo sin mover una antena. Y aunque no podía comunicarme con palabras, sabía que me entendía. O al menos, que estábamos en medio de una escena particular.
Había visto en otras ocasiones la misma situación, pero desde distintos ángulos. Cuando salíamos con mis primos, siempre me decían que apenas aparezca «la sombra», había que correr de inmediato.
Pero ahora no pude, quedé tiesa y aterrorizada. Un poco sorprendida también, al ver que «la sombra» tampoco corría a buscar su «lluvia apestosa», para echarme encima.
Me giré lentamente y corrí hacia la rendija. Ahí sabía que ya estaba a salvo (al menos en los costados, porque siempre tiraba lluvia después, en medio de los hoyuelos).
Esa fue la primera vez que «interactuamos», si se puede llamar así. Y con el tiempo, fuimos desarrollando una clase de negociación, donde yo solo aparecía por las noches (o cuando no me estuviera viendo) y en otras ocasiones, simplemente me dejaba ir.
Pasó como un mes, donde «convivimos» con esta dinámica.
Hasta que una vez, me encontró pariendo. Yo quedé «helada» (como solía pasarme cada vez que me asustaba) y creo que ahí me di cuenta; ella jamás me reconocería.
Eran como 35 pequeños, todos con sus pequeñas antenitas. Tenían minutos de nacer y no dudó ni un segundo.
Apareció con su «lluvia apestosa» y mató a todas, toditas mis crías…no dejó que ni una sola escapase.
Había visto morir hermanos, esposos ¡Y hasta a mis padres!, pero nada se comparaba con esa mirada gigantesca de asco, combinada con la muerte de treintenas de mis hijos. ¡Oh, y esa pestilencia que aturdía mis sentidos!
Pude escapar, pero todo había cambiado. Mis pensamientos, mis recorridos por los túneles, no se sentían igual. Hasta mi apetito había disminuido ¡Extrañaba tanto a mis hijos!…
Sabía que ella no me reconocería entre mis demás hermanas, a pesar de nuestras negociaciones anteriores. Por eso decidí hacerlo; rompí las reglas y salí de día. Fui a un lugar, que estaba segura activaría sus impulsos y ascos; su cama.
Soltó un grito apenas me vio. Me miró con repulsión y de un manotazo me botó al suelo.
La miré por última vez, como una amiga con la que hacía mi última gran negociación. El último trato, que con la inmensa sombra de su zapato, me daría algo más preciado que cualquier miga que haya probado en su cocina.
Así que me paré firme, acomodé mis antenas y abracé «la sombra», que me llevaría de vuelta a casa y a mis tan amados hijos.

Comentarios

  1. Eli...

    20 julio, 2020

    ¡¡¡Genial, genial, genial!!!
    Aunque ni puedo mirar la foto.
    Voy a ver si acepto convivir con alguna o, si las suelas de mi zapatos, junto al asco que les tengo, lo aceptan.
    El sentimiento de tu relato, es maravilloso.
    Voto, te sigo y saludos…

  2. Jota

    26 julio, 2020

    Estupendo relato Jannie, mi voto y me sumo a seguidores… 🙂 ÉXITOS!!!

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