Capítulo 14: Separados

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En el semblante de Iben se dibujó una sonrisa triunfal al ver a la rubia salir de la sala de reuniones con los ojos irritados y el rostro encendido. La periodista disfrutó en silencio con la huida de la mujer. A pesar de ir vestida con una falda de tubo estrecha y tacones de aguja, la amiga de Mark recorrió la oficina a la carrera.

Cuando la vio entrar en la redacción con aquel andar tan decidido y su apariencia de diva, se quedó impresionada con el efecto que causaba en la gente que la rodeaba. Todo pareció detenerse en la oficina en cuanto ella entró en escena, estaba casi segura de que hasta los teléfonos dejaron de sonar a su paso. Las mujeres observaron a la rubia con envidia y resquemor, mientras el contoneo de sus caderas dejó extasiado a los hombres.

La mujer era realmente imponente y lo sabía.

El mundo era su pasarela privada por la que desfilaba con una lacerante seguridad un cuerpo de medidas perfectas, incluso desnuda seguiría siendo elegante gracias a la sedosa melena rubia que le cubría los hombros. Si la amiga de Mark hubiese nacido en otra época sin duda sería la musa de grandes pintores, poseía un rostro de proporciones perfectas, ojos felinos de tono azul grisáceo y unos labios carnosos y rosados. Un conjunto idóneo para decorar la pared de cualquier museo de renombre.

Este tipo de personas siempre había despertado la curiosidad de Iben, gente que sin esforzarse atraía la atención de todos los mortales. Seres perfectos, nacidos para ser la portada de alguna revista de moda, para protagonizar una valla publicitaria, de sonrisa de anuncio, sensuales curvas y un magnetismo arrollador. Todos maravillosos, magníficos, insuperables… por fuera, pero vacíos por dentro, como un exclusivo huevo de Fabergé.

En su corta carrera profesional Iben ya se había topado con algunos individuos como la rubia y a parte de su belleza, todos compartían taras internas, que creían ocultar bajo la ropa de diseño y el maquillaje caro. Pero la inestabilidad, la baja autoestima, la inseguridad… al final rezumaban. Cuando aquella Venus de Milo entró en el periódico, despertó la voraz curiosidad de Iben.

«¿Qué defecto, qué flaqueza podía tener esa mujer?».

Al pararse delante del escritorio de Mark y tener la desfachatez de rebuscar entre los apuntes del periodista sin mediar palabra, Iben supo que la rubia y ella compartían el mismo pecado.

Cuando se dispuso a reclamar a la mujer por su inapropiada curiosidad, esta le dijo con un tono de voz refinado pero autoritario, como todo en ella, «Soy amiga de Mark». Aquella frase la dejó sin réplica.

Esas palabras le escocieron.

Por eso ahora sonreía al ver como la «amiga de Mark», huía del despacho. El hombre que las hacía suspirar a ambas había herido a semejante monumento, el periodista no sucumbia a los encantos de la perfección oxigenada. Ese detalle sin duda era algo muy bueno para la imperfecta Iben.

Mark se demoró algunos minutos y cuando salió su cara mostraba un disgusto colosal, al parecer la rubia era alguien especial para él, una amiga de verdad, importante, aunque no imprescindible.

La periodista había escuchado la conversación que el hombre mantuvo con su esposa y pensaba que este iría con ella a comer, incluso había planeado seguirlo para conocer en persona a la mujer que consiguió encandilar a su amor platónico. Pero Mark en vez de salir del periódico y dirigirse hacia el restaurante vietnamita, ocupó su asiento en el escritorio y continuó trabajando. Iben deseaba preguntarle sobre lo que había sucedido en aquel despacho, quería saber el motivo por el que la rubia escapó de la oficina en tan penosas condiciones, ansiaba que el periodista acudiese a ella y le hiciera confidente de la razón por la que no iba a comer con su esposa.

Por ahora debía conformarse con observar disimuladamente desde su escritorio. Recrearse con el rostro y los gestos del periodista, mientras fingía encontrarse absorta en su trabajo. El mayor atractivo de Mark era lo interesante que resultaba a simple vista, sus rasgos no eran precisamente los de un Adonis, el hombre no poseía ningún exótico atributo que le hiciese destacar sobre el resto. Era de estatura media, más bien bajo, no debía sobrepasar el metro ochenta, si llegaba. Su pelo de un moreno común, con tendencia a rizarse si se lo dejaba un poco largo, con ojos pequeños de color pardo y labios inusualmente carnosos y rosados para ser hombre. Tampoco resaltaba por su estilo de vestir, su ropa consistía en camisas lisas o estampadas con pequeños cuadros, pantalones vaqueros oscuros o pantalones de vestir de idéntico tono y zapatos.

No, no se enamoró de Mark por su físico o su glamour. Lo que le atrajo de él fue su personalidad y su inteligencia. Mark Rung, era el hombre más interesante que Iben había conocido nunca.

La prosa de sus escritos fascinaba a Iben. El coraje que demostraba al publicar artículos sobre temas moralmente censurables, había atraído la atención de todo un colectivo profesional, devolviendo la fe en el periodismo neutral y auténtico. La carrera del hombre estaba marcada por una búsqueda insaciable de la verdad y la justicia. Mark era un periodista que inspiraba. Una persona cuyos valores lo hacían meritorio de un sinfín de elogios. Un hombre que despertaba el interés femenino sin pretenderlo.

A Iben August le maravillaba ver al periodista trabajar. Cuando éste escribía conseguía abstraerse de todo y de todos los que le rodeaban, se concentraba en la pantalla del ordenador y el resto del mundo desaparecía para él. De vez en cuando le veía hacer alguna mueca o maldecir entre dientes, pero ni siquiera su frustración le distraía.

Y mientras Iben veía al periodista teclear ensimismado en su propio mundo, ella anhelaba en silencio ser capaz algún día de atraer su atención, conseguir romper el hechizo que obraba sobre él la pantalla en blanco. La periodista se cuestionaba qué tipo de persona podría obrar tal milagro, que cualidad hacía falta poseer para que el hombre ignorase su próximo artículo.

«¿Su mujer lo conseguía?, ¿La esposa del periodista era capaz de hacer que Mark levantara la vista del ordenador?».

Una risa fue todo lo que necesito Mark para dejar de escribir y dedicarse a escrutar la sala con ojos hambrientos, en busca de la responsable de aquel alegre sonido. Una risa captó su atención a través del habitual bullicio del periódico, filtro aquel sonido entre la infinidad de tonos de llamada, lo escuchó en medio del persistente tecleo que resonaba desde cada mesa, percibió aquella risa ordinaria a través de la desganada voz de los locutores, que radiaban la actualidad desde los diversos televisores, la oyó entre el incesante taconeo y rechinar de los pasos y las carreras sobre las baldosas de la oficina.

Era una risa simple, sin ningún atributo singular, no era armoniosa, ni resultaba contagiosa, pero en el periodista aquel sonido tuvo el mismo efecto que la melodía producida por la flauta de Hamelín. Iben siguió la mirada del hombre y encontró a la causante de aquella risa junto al escritorio que ocupaba la sección cultural.

La pelirroja que Iben August espiaba a través de sus redes sociales se encontraba de pie junto a Sofía Larsen.

La mujer iba ataviada con un vestido de tela ligera y estilo infantil, de color turquesa estampado con unas pequeñas flores de tonos malva, a su inmadura indumentaria le había añadido un sencillo calzado de algodón de color celeste. Y como si quisiera imitar a Pipi Lastrum, Elisabeth se había sujetado el pelo con dos trenzas que colgaban sobre sus pequeños pechos y le llegaban hasta la cintura.

Al observar a la esposa de Mark, Iben miró de nuevo al periodista sin entender que tenía de especial aquella mujer que el hombre admiraba encandilado.

La directora del periódico, Kirsten Ousen se unió a la pequeña reunión y tras saludar a la pelirroja la abrazó con un cariño tan enorme y sincero que fue palpable desde la distancia. Las tres mujeres hablaban y reían como lo hacían las viejas amigas, relajadas y divertidas, mirándose a los ojos, acariciándose mutuamente el pelo o los brazos, con una perpetua sonrisa estampada en el rostro.

Al instante Jakob Christensen, el periodista responsable de los artículos de política, se acercó al alegre trío. Este se paró junto a Elisabeth e intercambió con ella unas escasas palabras, la actitud del periodista era algo forzada, hablaba con la pelirroja sin sonreír y se rascaba constantemente la barba y la ceja derecha, como un tic nervioso imposible de contener. De repente la pelirroja abrazó a Jakob, aquella muestra de cariño espontánea sorprendió al hombre y a las dos mujeres que les acompañaban. Pero al momento el periodista correspondió el gesto y estrechó entre sus brazos a la mujer de Mark.

Mientras Jakob disfrutaba con la cercanía de Elisabeth, buscó a su gran amigo y le dedicó una mirada que Iben fue incapaz de descifrar, aunque percibió en aquel gesto una profundidad que acrecentó su malsana curiosidad.

Mark permanecía recostado en la silla, con el rostro apoyado en su mano derecha, observando toda la estampa con auténtica devoción, con una sonrisa bobalicona impresa en la cara tan intensa y sincera que sus ojos también centelleaban conmovidos.

Al ver aquella expresión pintada en el semblante del hombre, Iben sintió como le hervía la sangre. Sin meditarlo dos veces se puso de pie y dejó que su «yo» más visceral la guiase.

Cuando estuvo al lado de la esposa de Mark Rung, la periodista tuvo que carraspear varias veces para captar la atención de los presentes. Saludó a sus compañeros con un gesto y centró toda su atención en la pelirroja que la observaba curiosa.

—Hola, mi nombre es Iben August —la mujer le tendió la mano y Elisabeth se la estrechó gustosa—. Te conozco por algunas de las acciones que has hecho aquí en Copenhague, con la asociación animalista en la que estás.

La esposa de Mark asintió sonriente.

—Encantada de conocerte Iben, me llamo Elisabeth.

La periodista estaba utilizando todas sus dotes teatrales para sonreír a la pelirroja y parecer sinceramente interesada por su labor de activista.

—Es impresionante todo lo que hacéis por los animales —Elisabeth hizo un gesto de complacencia y Kirsten le acarició el brazo visiblemente orgullosa por los logros de la pelirroja—. Recuerdo cuando os colásteis en una granja porcina y robasteis un montón de cerdos, fue una acción que causó un impacto enorme en todos los medios de comunicación —los periodistas seguían la conversación con cierto recelo—. Antes trabajaba en otro periódico y fui a hablar con el dueño de la granja días después de vuestra acción, ¿Sabias que tuvo que cerrar?

Jakob se mantuvo en silencio y buscó a Mark con la mirada, para pedirle ayuda. Kirsten también permaneció muda, observando a Iben con el ceño fruncido. La única que trató de hablar fue Sofía, pero la pelirroja se adelantó a su amiga.

—Nosotros solo nos limitamos a denunciar una situación de maltrato animal —cuando Iben trató de interrumpir lo que consideraba un triste argumento por parte de Elisabeth, está prosiguió hablando—. Aquella granja ostentaba de forma irregular el sello de ecológica y no sé qué te contó, Ulrich Hansen —la periodista la miró confundida por el dato —. Así se llama el granjero—aquel apunte hizo sonreír a la mujer ampliamente, acababa de demostrar a Iben qué se acordaba mejor que ella de aquel suceso—. El motivo por el que tuvo que cerrar fue por la denuncia que interpuso contra su explotación ganadera el ministerio de sanidad y agricultura, gracias a las pruebas que aportó nuestra asociación.

Los tres periodistas que acompañaban a la esposa de Mark imitaron su mueca de suficiencia, tras oír la explicación de la activista.

Iben August se removió incómoda, sin duda había subestimado a la mujer. Antes de poder exponer un nuevo tema de conversación, Sofía Larsen se adelantó y le preguntó por su reciente viaje a Estados Unidos. La periodista sabía que su presencia estaba de más en aquella reunión, pero al ver la expresión contrariada de Elisabeth al escuchar la cuestión de su amiga, no pudo evitar quedarse y prestar toda la atención posible.

Cuando Sofía le rogó que le consiguiera una entrevista con el cantante que Elisabeth había acompañado de gira, la mujer puso una cara de espanto mal disimulada y tuvo que tragar saliva varias veces antes de hablar. Como era de esperar le dijo que lo intentaría.

Mark llegó justo en aquel momento y por la expresión que puso al oír el tema de conversación, Iben ratificó que alrededor del nombre de «Zachary William Day», había una historia de la que nadie quería hablar y de la que ella se iba a enterar muy pronto.

Sin despedirse Iben August abandonó la animada congregación y se dirigió hacia los servicios. Tras cerrar con el pestillo se sentó sobre la tapa del retrete y se dispuso a buscar el nombre del músico irlandés en la aplicación de Instagram.

Las primeras fotografías eran las típicas de cualquier artista egocéntrico. Las imágenes mostraban a un hombre de unos treinta años teñido de rubio en distintas situaciones, en algunas estaba sobre el escenario y otras estampas eran más cotidianas, paseando con un perro en miniatura, sentado en el sofá, viajando en avión… Aburrida ya de aquellas instantáneas insípidas, la periodista avanzó unas cuantas sin prestarles demasiada atención, hasta que la vió.

Con una sonrisa triunfal en la cara, Iben se recreó con la imagen de Elisabeth y Bill desnudos y abrazados en una cama. Aún no sabía cómo, pero esa fotografía le iba a ayudar a conseguir lo que tanto deseaba.

Acaparar el interés del periodista, convertirse en su confidente, transformarse en su distracción…

Ser la amante de Mark.

 

Comentarios

  1. Eli...

    10 julio, 2020

    Fue éste, el que leí ayer, no el 10.
    Luego me volví al primero.
    Contigo, siempre me confundo ja, ja, ja.
    Otro abrazo hoy.

  2. AsNoren

    10 julio, 2020

    Jejeje Tranquila Eli, es normal que te líes, hay muchos capítulos.

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