El desconocido

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Alba, mi hija de 9 años, me va contando alegremente sus historias mientras caminamos de la mano hacia el colegio. Me habla de sus compañeras, Carolina y Marta; de lo mucho que juegan en el patio y de lo bien que se lo pasan juntas. Al oírla hablar me recuerda a mi hermana mayor. ¡Oh, Dios nos pille confesados! Le sonrío y sigo escuchando su parloteo.

Cuando giramos la última esquina lo veo; ahí está. En la cera de enfrente del colegio. Con la mirada fija en él. Solo. Taciturno. Desconozco si es el padre de algún alumno, pero nunca le he visto con ninguno. Cuando yo llego, él siempre está ahí; y cuando regreso a casa continúa en el mismo sitio. Apenas varia la posición. Siempre está solo. No habla con nadie. Es como si fuese una estatua al lado de la farola. Una parte más del mobiliario urbano.

Nada más llegar a la puerta del colegio le doy un beso y un abrazo a mi hija y ella, feliz, entra en el edificio.

Cuando giro sobre mis pasos para volver a casa observo al desconocido que continúa con la mirada fija en la puerta del colegio. Él parece no reparar en mí, por lo que lo examino con más detenimiento. Se trata de un hombre alto, moreno, posiblemente de mi edad, aunque por la expresión de su cara da la impresión de ser más mayor. Podría resultar incluso atractivo si no fuera por su aspecto descuidado y ese halo de tristeza que parece rodearlo.

Me entran ganas de acercarme para comprobar si necesita algo, pero enseguida me decido a no hacerlo. No sé nada de él. Podría ser un delincuente que está esperando a que se cierre el colegio para acechar a alguna madre rezagada y quitarle todas sus joyas y su dinero. Bueno… ¿a plena luz del día? ¿Y cada día? No; no tiene sentido. O… no sé… quizá sea un secuestrador que finge dejar a su hijo por las mañanas en el colegio para poder vigilar a los padres con sus niños estudiando a su próxima victima… Creo que he visto demasiadas películas, pienso mientras comienzo a caminar hacia mi casa.

De todas maneras hay algo inquietante en ese hombre. Aparte del hecho de que siempre está mirando al colegio y no habla con nadie, su mirada es… no sé; me produce escalofríos…

Mis pensamientos me persiguen de camino hacia mi casa: quizá es un profesor al que echaron por algún motivo que él consideró inadecuado o injusto y está esperando cada día enfrente del colegio como haciendo una especie de huelga silenciosa o algo así… o… no sé, puede que sea un padre divorciado con una orden de alejamiento al que le quitaron la custodia y desde hace tiempo no puede ver a su hijo y por eso está aquí; para verlo cada día a la entrada y salida del colegio… Tal vez debería poner en conocimiento del director que ese hombre está en la puerta cada día y no le he visto recoger a ningún niño… ¿Y si me toman por una especie de loca entrometida?

Sin embargo, a la mañana siguiente, no he de decidir qué hacer sobre el desconocido porque, cuando giro con Alba la última esquina para llegar al colegio, él no está ahí. El hombre desconocido, el que formaba parte del mobiliario urbano desde hace unas semanas, ya no está. Eso provoca en mi cierta extrañeza y confusión. ¿Le habrá pasado algo?

Doy un beso y un abrazo a Alba y espero a que desaparezca de mi vista dentro del colegio para dirigirme a un corrillo de madres, más grande de lo habitual, que hay en la puerta.

– ¡Buenos días! – digo al acercarme.

– ¡Buenos días! – me contestan.

– ¿Qué ha pasado algo? – pregunto.

– ¿No te has enterado, Marian? – me pregunta sorprendida la mamá de una compañera de la clase de mi hija de la que no recuerdo el nombre.

– Pues no… no sé …

– Pues resulta que ayer – me interrumpe la misma mamá -, a poco de cerrar el colegio por la mañana, vinieron de una institución mental a llevarse a un hombre que estaba aquí todos los días apostado en la puerta del colegio…

– ¿Uno moreno que siempre vestía con unos pantalones color caqui desgastados y que siempre estaba en la acera de enfrente al lado de la farola como esperando algo? – Interrumpo ahora yo para asegurarme de que se trata del mismo desconocido que tengo en mente.

– El mismo – me contesta ella.

– Pues por lo visto – ahora es otra madre la que continúa exponiendo lo sucedido – es un pobre hombre que perdió a su hija en un accidente de coche hace algunos años. – hace una pausa y añade: – Él mismo conducía.

– El accidente tuvo lugar hace años, pero él no lo ha podido superar. – dice ahora la primera de las madres -. Parece ser que a raíz de aquello la cosa fue cuesta abajo y sin remedio: su matrimonio empezó a hacer aguas y su mujer acabó dejándole; luego perdió su empleo y, por lo visto, también la cordura.

Continúan hablando del hombre desconocido, pero yo ya no escucho. Miro hacia donde ese hombre esperaba cada mañana. Así que eso es lo que hacía, pienso. Por eso tenía ese halo de tristeza que le rodeaba. Era esperanza, además de tristeza, lo que yo no llegaba a diferenciar en su mirada. De algún modo, esperaba ver a su hija salir por la puerta del colegio; que todo hubiera sido un mal sueño y poder volver a empezar. ¡Pobre hombre!

Suspiro y, sin mediar palabra, me alejo del resto de madres y emprendo el camino de regreso a casa. Una solitaria lágrima resbala por mi mejilla. ¡Cuanto dolor ha tenido que pasar esa familia!

Hay demasiadas historias tristes en este mundo.

Comentarios

  1. mary poppins

    1 junio, 2020

    Muy cierto lo que dices al final. Me gusta tu historia. Tiene ritmo

  2. Nerta

    1 junio, 2020

    Es muy bueno. Mantiene la tensión mientras empiezas a imaginar razones para explicar la presencia de ese hombre. El final está muy bien, triste pero muy bonito. Buen diálogo.

  3. The geezer

    5 junio, 2020

    Buenos días, solo quería dejar mi comentario, aunque coincide con otros compañeros/as de esta web, me gusta mucho tu capacidad de observar y detenerte en esos detalles inadvertidos pero que siempre pueden esconder grandes historias…Saludos y mi voto!
    César

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