El GALLO DEL FORASTERO. CAP 3

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Tomando lo necesario salieron con los gallos guardados en sus maletas, antes de montar al gallo guacharaco en su camioneta Plutarco miró fijamente al animal y le susurró las siguientes palabras;

“Si no ganas tus peleas, te pego un pepazo y listo se acabó la maricá“.

Algo increíble pasó mientras el gallero esbozaba esas palabras, el gallo se lo quedaba mirando alzando la cabeza  como si de verdad escuchara.

Antes de salir al pueblo Plutarco entró a su habitación en busca de un fajo de billetes que celosamente escondía en un escaparate metálico de color marrón el cual era bastante antiguo y raro a la vez. Prestos a desafiar a todo aquel que se atreviera, partieron a las fiestas con la expectativa de si habría concentración gallística.

Los dos hombres tomaron la troncal para realizar sin contratiempo el viaje, en épocas de fiestas el camino se congestionaba.

Mientras viajaban a su destino pararon a refrescarse un poco, se  tomaron un par de cervezas cada uno, el calor sofocaba la mañana y el guayabo hacía sus estragos. A pesar que apenas estaba saliendo el astro rey pero sus rayos incandescentes  esparcían un calor asfixiante muy común en esos meses del año.

Al entrar a la calle de la gallera central, ven pasar un carro de los que llaman “Topolino” con un megáfono en el techo invitando a las corralejas y a todo aquel que tuviera gallos para ponerlos a pelear en horas de la tarde.

El anuncio decía que era una concentración sorpresa ya que todos los aficionados a las riñas de estos animales recibieron el recado de un gran gallero de la región y no se asustaron, por el contrario dicen que cumplirían el reto. El dicho popular entre esos personajes era  “quién dijo miedo”.

Cuando el forastero y Plutarco escucharon eso se les dibujó una sonrisa en su rostro como menospreciando a todo aquel que se atreviera a retarlos. Deciden darse una vuelta por las corralejas para escuchar que se dice, que cuchicheos hay de la concentración y sobre todo a hablar un poco más de la cuenta para crear expectativas.

Parquean la camioneta a un lado de la carretera se bajan los dos y se instalan en una de las cantinas que ya estaban atendiendo a pesar de ser muy temprano para el inicio de las corralejas. En el sitio se podía percibir un olor a fritanga y el afán  de los comerciantes de buscar un puesto de privilegio a la entrada del evento se notaba a leguas.

Plutarco envía a un muchachito a que le busque a su amigo Tobi,  para que este cuidara los gallos mientras ellos dos se dedicaban a buscar posibles apostadores de su gallo guacharaco al que le tenían una fe ciega.

El muchacho del mandado haya a Tobi muy fácil estaba mirando una trifulca que se formó de una pequeña discusión que tuvieron dos jugadores de “Arrancón” el juego de naipes a lo criollo.

Tobi acude al llamado de su amigo y se dispone a cuidar a los animales atendiendo las recomendaciones de los hombres. Mientras estos se instalaban con más confianza en la cantina, más cuando el dueño del negocio les prometió traerles compañía femenina para que pudieran charlar y si querían echar una zapateada.

Al poco rato llegaron dos hermosa y caderonas mujeres vestidas con vestidos cortos de colores alegres y cintillos en la cabeza. No cabía duda que eran las hembras que esperaban los dos hombres para bailar y echar una “gustadita” antes de entrar en materia con los gallos.

Comenzó el bailoteo, Plutarco tomó por la cintura a la mujer más voluminosa apretándola y poniéndola en aprietos, ya que el gallero era un pésimo bailarín pero un excelente manoseador cuando de pasarse de la raya se trataba.

La mujer hace una llave con su brazo y logra mantenerlo a distancia, pero el gallero insistía en acercarse cada vez más. Cuando se acabó la pieza musical la mujer sutilmente le dice al gallero que desea sentarse, este parece que entendió el mensaje y le dice que se tranquilice que la está pasado muy bien con ella.

Bailaron si así se puede decir por un largo rato, el forastero también hacía de la suyas con la otra dama que si parecía agradarle la compañía de este. Se tomaron una caja de cerveza y la situación se puso color de hormiga cuando el gallero amenazó al dueño de la cantina con no pagar la cuenta ya que la mujer que le trajo le salió arisca.

El dueño de la cantina que era un hombre pacifico por algo tenía este negocio, convenció al forastero para que le dijera al gallero que él no quería problemas que solo pedía el pago de las cervezas que de las damas él se encargaba.

Plutarco se enfureció más y sacó su pistola mostrando con ella su falsa hombría, no tenía necesidad de eso si podía arreglar todo sin hacer uso de ella.

Hubo arreglo en la cantina pero Plutarco partió un par de botellas tirándolas contra la pared, dando muestra que su disgusto era en serio.

Los dos hombres partieron a la gallera, se les notaba el desespero más a plutarco que al forastero. Caminaban por la calle hablando en voz alta y dando señales que no le tenían miedo a nada ni a nadie.

En medio de la caminata Plutarco nuevamente sacó su pistola e hizo un tiro al aire que dispersó a los transeúntes que se dirigían a la corraleja. El hecho causó conmoción hasta el punto que evitaban cruzarse con ellos.

Por un momento pensaron ir a la corraleja pero el forastero le insiste a Plutarco llegar a la gallera temprano para medir el favoritismo de los animales que estarían en la contienda.

Al llegar a la gallera encontraron solo unos cuantos pelagatos que estaban haciendo bulto para alegrar el sitio, pero galleros y aficionados apostadores brillaban por su ausencia. Eso fue aprovechado por plutarco y su amigo forastero para armar los gallos. Bien es sabido que un buen gallero no deja que lo vean mientras arma sus ejemplares.

Además el forastero le rezó una rara oración al gallo guacharaco que ya no era su gallo prácticamente, ya que lo tenía negociado con el popular Plutarco. Este le preguntó sobre esa oración y el forastero le respondió que es un secreto de familia que viene desde hace más de cincuenta años, cuando sus antepasados empezaron a  pelear gallos en la alta guajira cerca de la frontera con Venezuela.

Sin apuros los hombres armaron sus gallos y saltaron al ruedo para calentar a los animales, lógicamente agarrados porque el gallo guacharaco estaba que mataba a cualquier contendor.

Plutarco ordena que pongan música y le dice al encargado que le coloque corridos mexicanos para calentar la sangre según él, fue complacido y empezó a sonar un viejo tocadiscos con dos pequeños altoparlantes que hacían un poco chillona la música , pero ya entrado en gastos era mejor que el silencio fúnebre que reinaba en el lugar.

Se corrió la voz y se fueron aglomerando las personas rápidamente, la cuestión fue tomando forma en menos de media hora. De pronto se acercan los primeros contrincantes unos galleros de San Onofre muy conocidos y sacan del guacal a su gallo chino color blanco, este era un poco robusto para ser de pelea y siempre  era armado con  unas espuelas de Carey filosas y mortales.

Los galleros de san Onofre venían vestidos con guayaberas blancas, eran de baja estatura y poco conversadores. Buscaron al juez de la contienda y expusieron su ejemplar para los que quisieran retarlos.

El juez pregunta si hay retadores para el gallo chino de los de San Onofre y plutarco sin dudar levanta la mano y dice que él quiere retar a los del gallo chino. Procede a presentar el gallo “guacharaco” al juez y este intrigado lo mira por todos lados como buscando algo. Era normal a simple vista  que el gallo guacharaco era único, sus características no eran comunes en otros de su especie.

Al final el juez autoriza la contienda entre el gallo chino y el gallo guacharaco apodado “Chapulín” por él que hasta ese momento era acompañante de Plutarco.

Comienzan las apuestas, mientras tanto los galleros ultiman detalles en el centro del ruedo con sus animales antes  de que el juez decrete el inicio del pleito. El gallo chino toma favoritismo rápidamente y  dobla en apuestas al guacharaco, eso a plutarco no le preocupa porque su confianza en “Chapulín” era brutal.

El pleito de los gallos inicia y desde ese momento el fragor de la batalla se inclina a favor del gallo chino, parecía una tunda asegurada al animal de Plutarco.

Todos los que apostaron a favor del guacharaco miraban a Plutarco y al forastero como reclamándole en silencio, solo con la mirada se podía deducir tal desazón.

Pero todo no estaba perdido para el gallo guacharaco, sagazmente estaba cansando a su contendor y en un par de  pases le propino dos espuelazos que deja en malas condiciones al gallo chino. La gritería se apoderó del recinto, la música no se escuchaba por el estrepitoso ruido de los exaltados apostadores y dueño de los animales.

Los presentes quedaron pasmados por la exhibición del fino estilo que presentaba  el guacharaco, en esa gallera no se habían visto esos lujos y saltos dignos de un peleador de carne y hueso como los del deporte de las narices chatas.

A medida que la gritería se hacía más intensa el gallo guacharaco daba sus últimos porrazos al gallo chino, luego de unos segundos este cae con un ala estirada y emanando copiosamente sangre por su pescuezo. Esa herida mortal sacó de contienda al gallo chino en medio del desconcierto de sus dueños y la alegría de los que apostaron al favor del guacharaco apodado “chapulín”.

Ese nombre retumbaba en la gallera hasta el punto que algunas personas salieron a buscar amigos y conocidos para que apostasen a favor del guacharaco, que en poco tiempo se convirtió en una sensación.

La gallera era un hervidero para entrar había que hacer fila, los curiosos entraban a empujones y las gradas estaban abarrotadas de un público ávido de observar las calidades del gallo guacharaco.

Se animan los apostadores y nuevamente los galleros de san Onofre apadrinan a un pollo de propiedad de un caballero de Sahagún (Córdoba) que apenas empezaba en estos avatares, pero los galleros le vieron madera y querían desquitarse la derrota sufrida a manos del buen gallo de Plutarco.

 

 

 

El mismo Plutarco dice que el gallo guacharaco debe descansar y que no lo manda al ruedo nuevamente porque se estropea o puede sufrir una derrota inesperada, dice que lo reposará al menos ocho días.

Los galleros de San Onofre le insisten a Plutarco para que suelte a ruedo nuevamente al gallo guacharaco y este se niega rotundamente.

El forastero le dice que el gallo guacharaco estará listo para otra pelea solo hasta que el nuevamente le aplique una sanación que él le tiene preparada. Plutarco le pregunta sobre esa sanción y el forastero le dice que suelten el pollo que le sirvió de sparring al guacharaco.

Plutarco habla con los galleros de san Onofre y le comenta que él está dispuesta a apostar con ellos pero con otro gallo diferente al guacharaco, los galleros lo piensan y aceptan pero por la mitad de la apuesta que tenían inicialmente.

Comienza la contienda y el pollo de los galleros toma delantera mientras que el pollo de Plutarco solo esquivaba y daba vueltas al ruedo, parecía acobardarse y no peleaba a fondo.

Rápidamente el pollo de los galleros de san Onofre empieza a darle una tunda al pollo de plutarco que se veía cansado sin aliento. En un dos por tres el pollo de Plutarco cae patas arriba, dos heridas lo ultimaron instantáneamente y queda tendido sin vida a la vista de todos.

Sería el primer revés de Plutarco esa tarde, los galleros de san Onofre se habían recuperado un poco de su primera caída pero seguían con la espinita. Por eso le insisten a Plutarco que tire otra vez al guacharaco.

Plutarco queda en silencio recoge a su animal muerto  y se va en busca de su amigo forastero que se hallaba en uno de los baños de la gallera haciéndole la dichosa sanación al guacharaco.

CONTINUARÁ

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