EL HOMBRE POLILLA DE CAPILLA DEL MONTE (2) – APOSTILLAS A UNA POSTERGADA HISTORIA REGIONAL

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EL HOMBRE POLILLA DE CAPILLA DEL MONTE (2)

APOSTILLAS A UNA POSTERGADA HISTORIA REGIONAL

Por

Fernando Jorge Soto Roland[1]

 

INTRODUCCIÓN

 

Cuando en enero de 2020 me contaron por primera vez la historia de la extraña criatura alada avistada en la Ruta 17 de la llamada Zona Uritorco (a la que denominé irónicamente como Mothman, en función de una bizarra denuncia publicada hacía años en un librito de limitada circulación local), no imaginé las interesantes derivaciones que se darían de ese evento, en principio, insignificante.

 

No quería que un relato tan propio del folclore capillense se olvidara. Valía la pena mantenerlo en la memoria, enriqueciendo el fantástico patrimonio intangible del Valle de Punilla, cuyo mágico legado se ha convertido en su tarjeta de presentación a nivel nacional e internacional (como Roswell, Nuevo México, o Point Pleasant, West Virginia, en los Estados Unidos).

 

El lector que haya tenido acceso al mencionado primer artículo del mes de abril (2020)[2] habrá notado que fue aquel un trabajo inconcluso, casi una larga introducción. Varios puntos habían quedado sin confirmar en el relato que recogiera Fernando Diz, hacía ya más de una década; y lo que el periodista amigo recordaba resultó, a la postre, ser una versión bastante distorsionada de lo que efectivamente los testigos decían que ocurrió.

 

¿Cómo lo sabemos? Sencillo: no conforme con su recuerdo, Diz se puso en contacto con una de las principales protagonistas del extraño evento. La entrevistó, tras 11 años de espera, y emitió su testimonio en el programa radial Cielos Profundos, que produce y dirige desde hace dos décadas.[3] Por ende, tenemos ahora la versión oficial de los hechos.

 

Vaya mi agradecimiento a Fernando y a la testigo, con quien mantuve (tras la emisión del programa) una interesante charla telefónica en la que intercambiamos pareceres y detalles que, en mi humilde opinión, resultan imprescindibles a la hora de intentar una explicación racional de lo sucedido. Porque, como es lógico indicar, no creo que exista el Hombre Polilla.

Lo que sigue es el resultado del cruce de información y detalles que antes no teníamos.

 

 

 

FJSR

Buenos Aires

Junio de 2020

 

LA EXTRAÑA CRIATURA

DE LA RUTA 17

 

―11 AÑOS DESPUÉS―

 

Sandra Luz Baraybar vive hoy en San Pedro (provincia de Buenos Aires), es una importante productora periodística, amante del budismo Zen y ex-vecina de Capilla del Monte, en donde era propietaria junto con su marido (hoy fallecido) de un emprendimiento turístico ―Cabañas del Pilar― muy cercano a la emblemática formación rocosa conocida como El Zapato (símbolo del pueblo antes de que fuera fagocitado por la fama del Cerro Uritorco y sus extraterrestres).

 

Sandra dice haber vivido muchas “situaciones particulares” en Capilla del Monte y cree en algunos de los lemas de la llamada New Age, muy extendida en el pueblo desde fines de la década de 1990 y principios del siglo XXI. En su alocución por radio ―mientras introducía la cuestión que nos convoca― recordó algunas de las “experiencias impresionantes” que tuvo en la región, relacionadas con personas y gurús vernáculos ―como el que regentea la famosa Posta del Silencio― con los que compartió armonizaciones energéticas, interacciones con misteriosas luces provenientes del Uritorco y presencia de orbes y canoplas.[4]

Partidaria y creyente en la existencia de las buenas y malas vibraciones, solía ―con el fin de  alcanzar seguramente las primeras― organizar pequeños tours por todo el valle acompañando a los turistas que se hospedaban en sus cabañas. Y fue justamente en uno de esos viajes, en el que protagonizó el singular encuentro con el misterioso ser alado del que hablamos.

Vayamos a la esencia del relato.

 

Corría el mes de febrero de 2009 y Sandra, junto a su esposo, hospedaban en su complejo turístico a un matrimonio amigo, que acababa de casarse, proveniente de Buenos Aires. Decidieron, entonces, organizar un “tour familiar” y visitar las Grutas de Ongamira, un antiguo asentamiento comechigón del que vienen diciéndose mil y una fantasías desde hace décadas.[5]

 

Nos quedamos hasta tarde ―comentó Sandra. ―Bien de noche. Hasta las 22 horas, que fue cuando pegamos la vuelta. Es que mis amigos querían ver luces.

El regreso lo emprendieron por la única ruta posible ―la R-17― en dirección a la Ruta Nacional 38 que conduce directamente a Capilla del Monte.

Estaba muy oscuro y hacía frío. Venían lento, cada familia manejando su propio vehículo, uno detrás del otro. El de Sandra hacía de guía (un Citroen Picasso) y lo conducía su esposo, Junior Mazzei.

 

En determinado momento del viaje, tras pasar un badén, intempestivamente y sin previo aviso, Sandra vio como “un extraño ser” se colocaba justo enfrente al parabrisas de su auto. El marido, sus dos hijos y una amiga que viajaban en el vehículo también se sorprendieron y asustaron al verlo.

Sandra describió a la criatura de la siguiente forma.

  • Medía entre 40 y 50 centímetros de alto. No más de medio metro (cálculo que realizó teniendo en cuenta las dimensiones del parabrisas del Citroen Picasso).
  • Su color era gris oscuro.
  • Cuerpo ovalado.
  • La cara era casi humana: ojos redondos y saltones. De color negro con fondo blanco y una mirada intensa. Su nariz era redonda y tenía pequeñas orejitas, como de ciervo. La boca (que le llamó especialmente la atención) exhibía dientes puntiagudos (“como triangulitos”) y su cabeza era redonda.
  • Tenía 4 alas. Dos a cada lado. Alargadas, como las hadas de las películas de Disney. Eran delgadas, membranosas, rugosas y transparentes. La criatura aleteaba y la envergadura parecía cubrir todo el ancho del parabrisas. No tenían plumas”.
  • El par de brazos y piernas no estaban adosados a las alas. Colgaban como muertos”. Estaban caídos, como si  no los usara”. Los pies tenían dedos, aunque no llegó a contarlos.
  • No emitió ningún sonido, o al menos ellos no escucharon anda.

 

Llegó volando desde atrás. Se paró delante de mí, a unos 30 cm de distancia, parabrisa mediante”, relató mientras rememoraba la escena. “Nos pareció grande  pero, claro, lo teníamos muy cerca. Su aspecto era medio humanoide, medio como un murciélago”, me dijo en la charla telefónica que mantuve con ella. Pero no era un murciélago”, aclaró. “Sus alas eran muy distintas a la de esos bichos. Pensé en un insecto grande”.

Finalmente, el ser volteó hacia derecha y se perdió, volando hacia la oscuridad de la noche.

El avistamiento debió durar unos 10 segundos, según los cálculos de Sandra (una eternidad si se tiene en cuenta la experiencia descripta). Junior, su marido, instintivamente pegó un volantazo y frenó. Todos se bajaron del auto. Entonces, la historia terminó de completarse con los testimonios del grupo que venía detrás.

El matrimonio amigo también lo vio. Descendieron a los gritos, sorprendidos, especialmente La Tana que, además, estaba muy asustada. Nos preguntaron si lo habíamos visto y contaron que la criatura había venido volando desde atrás de su propio automóvil”.

Pasó por arriba nuestro” ―dijo su amiga― y vimos cómo bordeaba el auto de ustedes y se les ponía al frente”.

 

Cuando los ánimos se calmaron y pudieron esbozar algunas hipótesis sobre el tipo de criatura que se les cruzara en la ruta, todos convinieron que nunca habían visto antes algo parecido.

Era una cosa rara”, me dijo Sandra. “No pude catalogarlo. Me descolocó por completo”.

Cuando insistí en la posibilidad de que pudiera haber sido un murciélago, volvió a rechazarla.

Pensamos en duendes ―sostuvo en el programa radial. ―Pero los duendes no tiene alas”.

¿Elfos?, le sugirió el conductor.

Eso me cuadra mucho más”, respondió.

 

CONTRASTES

 

Si comparamos el relato que me hiciera Diz en el mes de enero pasado con la historia que acabamos leer, nos encontramos con unas marcadas e interesantes diferencias, en las que quiero detenerme un poco a fin de mostrar cuán maleables pueden resultar los testimonios cuando pasa el tiempo y la transmisión es por vía del discurso exclusivamente oral.

 

HISTORIA RECORDADA POR F. DIZ HISTORIA RELATADA POR SANDRA
Hora del avistamiento: tarde/noche (anochecer). Hora del avistamiento: a partir de las 22 horas. Noche cerrada.
Lugar: Ruta 17 en dirección a Ongamira. Lugar: Ruta 17 desde Ongamira hacia Ruta 38.
Movilidad: dos camionetas 4×4. Movilidad: dos autos familiares (uno de ellos un Citroen Picasso).
Velocidad en la viajaban: rápido, a 80 Km./hora Velocidad en la viajaban: lenta/ muy despacio
Dirección de la criatura: Venía desde arriba y de frente a los dos autos. Dirección de la criatura: Vino desde atrás de ambos vehículos.
Tamaño del ser: “Grande”. “Más grande que un cóndor”. Tamaño del ser: de 40 a 50 centímetros de alto.
Sonidos: “Creyeron oír ruidos sobre el techo”. Sonidos: Ningún ruido.
Forma del ser: “Humanoide”. Forma del ser: “Medio humanoide, medio murciélago. Insecto grande
Consecuencia del avistamiento: casi se produce un accidente al volantear y frenar con brusquedad. Consecuencia del avistamiento: Miedo, sorpresa, pero no hizo referencia al riesgo de accidente alguno.

 

Si bien el núcleo de la historia es el mismo, las circunstancias del evento y las características propias de la criatura difieren bastante. Y es lógico que ello así sea.

El primer informante (Diz) no registró oportunamente por escrito el relato que los testigos le refirieran 11 años atrás. Por ende, los agregados que detectamos en la historia ―quizás para darle mayor dramatismo al suceso― es algo que a todos naturalmente nos ocurre cuando transmitimos eventos de (supuesto) carácter sobrenatural. Generar suspenso es propio de todo buen narrador y Fernando ha demostrado serlo desde hace muchos años.

De alguna manera esas divergencias explican porqué bauticé como Mothman (Hombre Polilla) a la supuesta criatura avistada en la Ruta 17. Era más grande de lo que dicen que fue; más ruidosa y de un aspecto humanoide del que Sandra no se expidió de forma tan tajante. Ella habló de medio humanoide, medio murciélago, casi un insecto grande.  Algo que nunca terminó de definir completamente. Los brazos y las piernas, colgando “como muertos”, son en primera instancia desconcertantes. Ni qué hablar la forma y posición de las cuatro alas denunciadas.

El horario en que se dieron los hechos es algo que también considero importante.

Una cosa es ver una criatura extraña al anochecer, con la claridad remante que supone esa frase; y otra muy distinta observarla (por segundos) en plena oscuridad.

La noche cerrada y fría a la que Sandra aludió constituye un escenario poco propicio a la hora de identificar objetos y seres vivos. Por más ducho que uno sea en esas lides, convengamos que somos animales diurnos y nuestros sentidos corren en desventaja cuando baja el sol. Tal vez por ese motivo los contactados, que buscan platos voladores o místicas luces provenientes de Erks por esos lares, llevan a sus expectantes clientes únicamente por la noche.[6]

 

Finalmente quisiera descartar la influencia que pudiera haber tenido, entre los testigos, el famoso filme Las Profecías de Mothman (Mensajero de la Oscuridad en Argentina) del año 2002 (que tanto impactó en el imaginario yanqui). Sandra me confió no haber visto nunca la película.

 

Nueve en total fueron los protagonistas del evento. Cinco del auto guía y cuatro del que venia detrás. ¿Presenciaron todos la misma “cosa”?

El hijo mayor de Sandra, su marido y una amiga (La Tana, que viajaba en el auto rezagado), dijeron que sí. Todos concordaron con las características arriba descriptas. Esto nos aleja de la hipótesis (poco probable) de la alucinación colectiva. Lo no que quita que se haya dado ―a posteriori y de forma involuntaria― el efecto de convergencia hacia la armonía entre los relatos del grupo. Claro que, aunque muy común en otros casos, no podemos probarlo en éste.

¿Existe, por lo tanto, un monstruoso ser alado, extraño, con aparente aspecto humanoide y sin catalogar, deambulando en las inmediaciones de la mística Ruta-17?

Hasta la fecha nadie más ha denunciado algo parecido. Estaríamos, como señalo Diz, ante un caso único en la región.

El tiempo dirá el resto.

 

PALABRAS FINALES

 

Verba volant, scripta manent.

 

Testimonios. De ellos está hecha la ufología, la criptozoología y demás disciplinas pseudocientíficas ligadas al campo de lo paranormal. Invaden las redes sociales y la Web en general, sin olvidar, claro, la numerosísima producción bibliográfica que ha venido moldeando por décadas a gran parte del imaginario colectivo contemporáneo.

Los meros testimonios constituyen la principal materia prima ―siempre insuficiente― con la que se construyen etéreas realidades alternativas, mágicas, ajenas casi siempre a la razón cartesiana, al más elemental sentido común, tanto como a la experiencia concreta de las cosas. Con ellos (con los testimonios) se ha buscado convencer ―no probar― sobre la existencia de un universo por demás líquido, volátil, especulativo y alejado de la mirada escéptica que persigue (o debería perseguir siempre) la comprobación crítica y material de la realidad.

Epistemológicamente flojos, los testimonios por sí solos no alcanzan el nivel de cientificidad requerido por la Academia y el Derecho. Sin pruebas en las cuales sustentarse, son simples relatos que aspiran a ser más de lo que son. Meras narraciones que buscan apoyarse únicamente en el atractivo de sus tramas; en los cuestionamientos y misterios que plantean, casi de un modo subversivo. Porque la ficción tiene mucho de todo eso. Especialmente cuando apunta sus lanzas contra la ciencia y aquellos que la representan.

 

Atentos casi siempre a exacerbar la imaginación, los testimonios que alimentan el mundillo de lo paranormal nunca se apoyan en evidencias firmes e incontrovertibles. Los errores, la falta de información y a veces el fraude son sus pivotes más comunes. Miles de fotos y filmaciones (siempre movidas y fuera de foco) confirman estos dichos, a pesar de lo mucho que ha avanzado la tecnología en los últimos 100 años. Aún así, las disciplinas aludidas al principio de esta conclusión poco han prosperado. Las misteriosas anomalías de antaño se mantienen firmes (cuando no refutadas) y ajenas a la necesidad de un conocimiento fáctico y concreto. Los monstruos, extraterrestres y demás seres feéricos que desfilan en esos relatos siguen sin estar identificados, muy a pesar del largo tiempo transcurrido y el deseo de muchos por inscribirlos en los catálogos de los libros de biología y zoología.

 

Evanescentes. Elusivos. Poco claros. Indefinidos, inciertos por definición, los seres misteriosos se fortalecen con la credulidad y la avidez de creer en ellos, muy a pesar de que la realidad demuestre lo contrario. De ahí la intentona de algunos sabios del esoterismo que pretenden cambiar el paradigma vigente de “realidad”, espiritualizándolo, en concordancia con la herencia New Age y la tendencia a elucubrar alambicadas teorías mistéricas, repletas de conceptos confusos y difícil interpretación.

 

No podemos apoyarnos sólo en testimonios a la hora de intentar “probar” la existencia de entidades extraordinarias. La buena fe del denunciante no alcanza. La mente nos juega casi siempre malas pasadas. Suele engañarnos a cada paso, confundiéndonos por la escasa información que solemos manejar y la permanente recreación al que nuestros recuerdos son sometidos. Los editamos y reconstruimos a lo largo del tiempo. No son fijos. Cambian. Los cambiamos y reinterpretamos constantemente. Generan “ruido” y se alimentan de nuestros errores y prejuicios integrándose a experiencias y recuerdos que, a la postre, pueden incluso resultar falsos.

 

Cual compleja coctelera, en la que se mezclan diversos aportes provenientes de las lecturas previas, el cine, la televisión y el sistema de creencias de cada uno, la memoria es reacomodada y manipulada. Confusa. Rellena los espacios en blanco según criterios no siempre racionales, siguiendo un procesamiento emocional y engañoso de la información a la que tenemos acceso.

 

Así, pues, reajustamos los recuerdos a nuestros pareceres y credos. Solemos ser poco críticos con nosotros mismo. Sólo en contadas ocasiones nos ponernos bajo el control de otros; y cuando lo hacemos buscamos aprobación y no críticas.

 

Incluso, cuando dos o mas personas resultan ser testigos de un mismo hecho, es muy común que surjan disonancias en los detalles. Ningún recuerdo es idéntico a otro, máxime cuando estamos ante fenómenos aparentemente extraños, desencadenantes de miedo, ansiedad, angustia y gritos. La sugestión y la insuficiencia de datos alimentan la información ambigua. Los errores de percepción son, en estos casos, la regla. Casi siempre basta con indagar en profundidad algún caso incierto para encontrar explicaciones normales a sucesos que, en principio, parecieran no serlo.

 

Fallamos. Todos fallamos, en especial cuando nos encadenamos a nuestras propias “teorías” y buscamos confirmarlas, encontrando acontecimientos que concuerden con ellas. Claro que esas “teorías” pueden ser plausibles o imposibles. En nosotros está elegir unas u otras. Esa elección se complica cuando el tiempo y surge la dicotomía entre lo oído, lo recordado y lo dicho.

 

A más de 11 años del extraño suceso acaecido en la Ruta 17, lo testimonios siguen siendo insuficientes a la hora de explicar qué fue lo que realmente vieron.

¿Hadas? ¿Elfos? ¿El Hombre Polilla? ¿Seres elementales del folclore reencarnados? ¿O un simple murciélago mal iluminado en plena noche serrana, bajo un clima expectante lleno de misterio? Recordemos que estaban buscando luces (tradúzcase, naves extraterrestre) en una región que arrastraba desde hacía más de 20 años la fama de ser un portal o base de alienígenas.

Había una predisposición a ver “cosas raras”. Estaban cansados después de todo un día de viaje y caminatas al aire libre. Era de noche y tenían las defensas bajas.

 

En lo personal, creo que lo más lógico sería explicar los sucesos relatados partiendo de las condiciones previas que acabo de señalar, evitando caer en la tentación de considerar la brutal irrupción de monstruos paranormales en la realidad cotidiana.

Cuando escribí el primer artículo, hace ya unos meses, considerando sólo el relato que me hiciera Fernando Diz, no tenía (teníamos) los reveladores detalles que Sandra brindó en la entrevista radial y en la posterior charla telefónica que mantuve con ella. Los sucesos se reacomodaron. Hilamos más fino y los detalles revelaron, una vez más, que sólo la falta de datos permiten elucubrar explicaciones fantasiosas, sobrenaturales o extrañas.

 

FJSR

JUNIO 2020

 

 

 

[1] Profesor en Historia por la Facultad de Humanidades de la UNMdP (Argentina).

[2] Véase del autor: El Hombre Polilla (Mothman) de Capilla del Monte, abril 2020, Falsaria. Disponible en Web: https://www.falsaria.com/2020/04/el-hombre-polilla-mothman-de-capilla-del-monte/

[3] Véase: Cielos Profundos, todos los lunes, martes y jueves de 20 a 21.30 horas por FM Astral 93.7 mhz y 1087,1 mhz, Capilla del Monte. Disponible en Web: http://www.fmastral.com.ar/ (Los programas grabados ―podcasts―se suben a Ivoox. Programa disponible en Web: https://ar.ivoox.com/es/cielos-profundos-audios-mp3_rf_51660488_1.html) y el viejo blog Cielos Profundos. Disponible en Web: http://cielosprofundosfm.blogspot.com/

[4] A respecto véase: “Orbes, orbs y canoplas” en Viendo un poco más. Disponible en Web: http://viendounpocomas.blogspot.com/2011/03/orbes-orbs-canoplas.html.

[5] Véase: De Filippi, Sebastiano y Soto Roland, Fernando Jorge, Los Señores del Uritorco. La verdadera historia de los Comechingones, Editorial Biblos, Buenos Aire, diciembre 2019.

[6] Lo digo con la experiencia que me ha dado visitar todos los rincones místicos de Capilla y sus alrededores acompañado por gurús y contactados de todo tipo.

Comentarios

  1. gonzalez

    22 junio, 2020

    Me gustó mucho, Fernando. Te dejo mi voto y un fuerte abrazo. (Desde Argentina)

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