La búsqueda de la libertad (7)

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Ingolf deambulaba sin rumbo por las calles del norte de Gatonés. Aquella parte de la región se caracterizaba por un clima tan frío que durante todo el año parecía ser invierno. Al ser un lugar tan gélido, lo cierto es que las calles casi siempre se quedaban desérticas en cuanto llegaba la noche. El mundo parecía detenerse, la oscuridad se adueñaba de cada rincón y el eco de las pisadas de los pocos transeúntes retumbaban como truenos de una tormenta enviada por el mismo demonio.

 

A medida que avanzaba la noche, la ciudad parecía convertirse en un cementerio. Caminos polvorientos, custodiados por altos cipreses, abandonaban las calles de Gatonés para adentrarse sin disimulo en el Condado de Ágata, un territorio donde ningún hombre se atrevía a entrar. Su frontera era como un tabú. Desde tiempos remotos se contaban historias misteriosas de mujeres que habitaban aquella comarca. Las madres y las abuelas solían relatar a sus pequeños cuentos y fábulas donde se hablaba de mujeres perversas, maldiciones de brujas, castillos encantados, cofres misteriosos de donde salían monstruos de dos cabezas. Todo ello acompañado de sacrificios que se realizaban sobre varones que se perdían o se adentraban en aquella tierra maldita.

 

Ágata daba nombre al condado, por ello, desde tiempos inmemoriales, todas sus gobernantas perdían su nombre real para tomar el de su diosa. La diva tenía su propio templo, construido en piedra y de forma cuadrangular. Se encontraba ubicado en el interior de un monte frondoso, rodeado de diferentes caminos ocultos entre la maleza, donde predominaban tierras movedizas que podían tragarse ejércitos enteros. En su interior, una poderosa imagen de tres metros de altitud, ojos verdes como las aguas del mar que se encontraban  al este de Marovia, largos cabellos, pechos turgentes y belleza de mujer cautivadora. En su falda se disponía el trono de la gobernanta. Era un sillón de oro con los brazos revestidos de satén. La sala donde se ubicaba era como un laberinto de sensaciones que sólo podían padecer aquellos que se adentraban en ella. Era como sentirse un pequeño guijarro en medio de un camino de enormes rocas.

 

Las puertas del templo se encontraban tan cerradas como las fronteras del Condado de Ágata y, cuando se abrían podían estremecer hasta las almas más calmadas. Ni qué decir tiene que si algún intruso violaba con su presencia la intimidad del santuario corría el riesgo de ser detenido y condenado a muerte. Las habitantes de la zona tan solo solían acudir allí para la ceremonia de coronación de su superiora, para rituales en los que se solía invocar el poder de su diosa contra los desastres, ya fuesen epidemias, catástrofes climatológicas o para llevar a cabo duelos por las mujeres más longevas y queridas.

 

Pocos eran los hombres, que tras aquellos cuentos que escuchaban en la niñez, hubiesen tenido el valor de adentrarse en aquella tierra. Y si alguno había tenido la osadía de hacerlo, lo cierto es que jamás se le había vuelto a ver. Quien decidía correr el riesgo y averiguar por su propia cuenta la verdad, no solía regresar a su casa.

 

Aquella noche, Ingolf había bebido en exceso. Era algo habitual en él. Se había reunido con varios conocidos de la zona en una taberna donde había hablado sin parar. Contra más ebrio se encontraba, más historias salían de su boca. Una de aquellas patrañas que contaba era su obsesión por adentrarse en aquellos senderos polvorientos que conducían hasta el Condado de Ágata. No era la primera vez que alardeaba de ello, mas también era cierto que al día siguiente, “el loco de Gatonés”, como era conocido entre sus vecinos, volvía a pasearse por las calles de su ciudad como si nada hubiese pasado, por lo que algunos lo escuchaba, se reían con él, mas nadie lo creía. Si lo había intentado o no era algo que quedaba en el más estricto de los secretos de Ingolf, que parecía olvidar el tema y no volvía a él hasta que perdía de nuevo los límites y se emborrachaba sin control.

 

Aquella última noche que le dio por hablar sobre el mismo tema, salió de la taberna y deambuló sin rumbo fijo, haciendo eses, clamando al cielo y voceando insultos sin un destinatario evidente. Ingolf no tenía un enemigo en particular, el mundo era su gran adversario. Un día hablaba mal de Filibert, el señor de Gatonés, al día siguiente se mofaba de los comerciantes, de los sacerdotes, de las mujeres o de los vagabundos. Su mente vagaba habitualmente en una neblina que no lo dejaba coordinar con coherencia, mas no tenía maldad alguna. Nunca había causado problemas a nadie y no se le conocían actos violentos por los que se le pudiera juzgar. Era un simple loco, un chiflado que no tenía donde caerse muerto la mayoría de las veces. Más de uno de sus vecinos lo catalogaba como un pobre desgraciado.

 

Tal vez no se diera ni cuenta del rumbo que tomaron sus pies, tal vez había hablado tantas noches sobre aquella posibilidad, que una fuerza sin control de su cerebro lo condujese hasta la frontera sin ser él consciente. Fuese por el motivo que fuera, Ingolf se adentró en aquellos senderos misteriosos que se dejaban envolver por una espesa niebla cada anochecer. A medida que iba avanzando fue sintiendo una pesadez en todo su cuerpo. Caminaba como impulsado por el viento, las piernas le pesaban, el corazón le latía más rápido de lo habitual, su frente se bañó de un sudor frío, los ojos comenzaron a ver borroso. Sin embargo, nada lo parecía detener. Era como si no tuviese control sobre sí mismo, como si una fuerza poderosa lo transportase en volandas hacia donde siempre había querido ir. De repente, a lo lejos, creyó intuir la presencia de unos cuerpos que iban ataviados con túnicas blancas, casi transparentes. Cualquiera hubiese sentido temor en su lugar, mas Ingolf se sintió poderoso ante aquella extraña apariencia. Se acercó más y más, hasta que, finalmente, distinguió a una decena de mujeres con cuerpos esbeltos y belleza extrema. Efectivamente, sus hábitos dejaban poco a la imaginación. Desde la distancia que les separaba de ellas pudo ver con claridad sus pechos, sus piernas, la oscuridad de sus entrepiernas. Todas ellas eran morenas, de cabellos largos y ondulados. Le hacían gestos con los dedos de sus manos como animándolo a seguir adelante, para que se acercase hasta ellas. Ingolf se detuvo por un instante y, a continuación, rió con fuerza. Si aquello era el infierno que las madres de Gatonés habían inculcado a sus hijos, cómo sería entonces el paraíso al que hacían referencia los sacerdotes desde los altares de sus iglesias.

 

Las mujeres decidieron tomar la iniciativa y rodearon al pobre loco. Se acercaron tanto a él que podían acariciarlo con sus manos, rozar sus cuerpos, susurrarle al oído. Lo alentaban a quitarse la ropa, a mostrarles su virilidad, a tomarlas sin control. Se movían a su alrededor con gran agilidad, era como si sus pies no tocasen el suelo, parecían levitar. Algunas de ellas parecían hablar en un idioma diferente, extranjero, desconocido. Ingolf era incapaz de descifrar qué decían, mas poco o nada le importaba. Jamás se había visto envuelto de tanta ternura, de tanto amor, de tanta belleza.

 

Finalmente, lo acompañaron entre caricias y promesas de amor. Avanzaron a través de la niebla hasta llegar a un lago donde los peces saltaban desde el interior de sus aguas. Allí algunas de aquellas mujeres comenzaron a caminar deprisa, mientras lo animaron a seguirlas. Llegaron hasta la orilla del lago y se adentraron en él tras deshacerse de sus túnicas. Ingolf se quedó con dos de ellas, algo apartado. Sus dos acompañantes también se desnudaron y comenzaron a besarlo en el cuello y en el rostro. La borrachera parecía haber desaparecido por completo. Se dejaba quitar la ropa mientras observaba a aquellas mujeres nadar como sirenas delante de sus ojos. Sintió las caricias en su cuerpo descender por su pecho, su ombligo, se pene. Hubiese tomado sexualmente los cuerpos de aquellas mujeres, mas los sentidos de su cuerpo parecían continuar poseídos por una fuerza externa. De repente, las que se encontraban dentro del agua salieron a toda velocidad. Volvieron a cubrir sus cuerpos desnudos y miraron con seriedad detrás de Ingolf. Las dos mujeres que se habían quedado con el loco se encontraban de rodillas delante del sexo del hombre y, al instante, también se incorporaron para observar en la misma dirección que las otras. “El loco de Gatonés” se giró casi por instinto, sin reconocer quién había ordenado a su cuerpo hacerlo. Ante sus ojos apareció otra dama. Ésta vestía con un vestido verde de perlas. La prenda se le ceñía como un guante al cuerpo, resaltando unos grandes pechos y unas caderas anchas. También tenía el cabello negro y ondulado, mas lo llevaba más largo que el resto.

 

―¿Es él? ―Preguntó la recién llegada.

 

―No, Ágata. Tampoco es él ―Contestó una de ellas.

 

―¿Entonces a qué jugáis? ―Pareció reñirles la señora del condado.

 

―Nos ha parecido divertido. Al contrario de los demás, no parece tener maldad. Se ha dejado cautivar sin oponer resistencia.

 

―Solo nos estábamos divirtiendo ―Indicó una de las que habían desnudado a Ingolf.

 

―Si no es el Elegido no me interesa. Ya sabéis lo que tenéis que hacer con él.

 

―Tal vez deberíamos preguntarle si lo conoce. Parece un hombre dócil, tal vez pueda hacérnoslo llegar.

 

―La leyenda cuenta que el Elegido vendrá por sí mismo. No necesita la ayuda de ninguno de ellos para venir hasta nosotras. Lo sabéis de sobra, no sé a qué viene tanta indulgencia. Deshaceros de él ―les ordenó a las dos jóvenes que aun se encontraban desnudas―. El resto venir conmigo, tenemos cosas que hacer.

 

Ágata desapareció entre la niebla con el grupo mayúsculo de aquellas mujeres. Ingolf se quedó con sus dos acompañantes a la orilla del lago. En ningún momento le habían dado la posibilidad de hablar, tampoco él hubiese sabido qué decir. Las dos jóvenes se miraron al ver desaparecer a su superiora y sonrieron con picardía. Tomaron de las manos al hombre y se adentraron con él en el interior del agua. Una vez allí, continuaron acariciándolo mientras ellas se besaban. “El loco de Gatonés” pareció recobrar el control de sus sentidos o eso quiso creer él. Se dejó hacer al tiempo que se excitaba viendo a las dos chicas acariciarse. Hizo el amor con ambas como si se tratase del hombre más dulce del mundo. Cuando terminaron, las jóvenes se susurraron algo al oído. Había llegado la hora de matarlo, mas decidieron obrar con rebeldía por primera vez en su vida. Contrario a lo que Ágata les había ordenado, acompañaron a Ingolf de nuevo hasta la frontera y lo dejaron en libertad, no sin antes comentarle que debía buscar al Elegido.

 

―¿El Elegido? ¿Quién es el Elegido? ―Al fin Ingolf podía volver a articular palabra.

 

―Es el hombre que hará justicia y gobernará Marovia. Solo con él nuestro condado estará a salvo de incursiones militares. Nuestra tierra un día será conquistada si el Elegido no aparece y nos protege.

 

―¿Y cómo sé yo quién es el Elegido o dónde puede estar?

 

―Si te dejamos en libertad es para que lo busques y lo acompañes hasta Ágata. Lo reconocerás por una marca que tiene en su bajo vientre. Es una mancha en forma de cruz. Tiene la particularidad de que, al igual que Jesucristo, él también es hijo de un carpintero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

  1. AsNoren

    28 junio, 2020

    “El loco de Gatonés” se ha llevado un buen recuerdo del Condado de Ágata.

  2. Kiwi

    28 junio, 2020

    jajaja un tipo con suerte por el momento.

  3. Nerta

    30 julio, 2020

    je je, pues sí, al final se ha salvado y encima con premio. Muy bueno, buenas descripciones, la historia continua interesante.

    Un abrazo

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