«Resurrección»

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21 de mayo de 1922

Mi estimada Elizabeth Rimbei:

Escribo esta carta con enajenación, en el umbral que separa la razón de la locura, y para serle sincero, los hechos acaecidos en el último tiempo son muy difíciles de relatar en simples palabras. Espero lea estas líneas con absoluta mesura y tome la decisión correcta.

Antes que nada, vuelvo a presentar mi gratitud por la generosa donación recibida de una entrañable amiga y dichosa señora. A pesar de su infortunio y devastadora pérdida, ofreció los restos de su querido hijo para los avances de una honesta, aunque controversial investigación. Sin embargo, debo asegurar con decidía y amargura, que, pese al éxito obtenido en las pruebas realizadas al queridísimo Benjamín, los resultados me han destrozado el alma y perturbado sobremanera. No me malinterprete, la resurrección de su hijo se ha realizado con éxito, debimos remover la carne putrescente y trasplantar ciertos órganos que ya no servían por lo deteriorado del cadáver, como le he informado en nuestra última reunión. La reestructuración y reanimación cerebral por medio de electrólisis discontinua se ha realizado con magnificencia, pese a ser un procedimiento portentoso e innovador. A pesar de la disputa con mis colegas en cuanto a la ética de mis experimentos, el pequeño Benjamín dio sus primeros respiros de vida (por segunda vez), a las 3:33 am del viernes 9 de abril. Ahora entiendo que debí escuchar a la colectividad y dejar la obstinación de lado, como dijo el filósofo Immanuel Kant: “El disfrute del poder corrompe de manera inevitable el juicio de la razón”. Pero estoy divagando.

Las semanas subsiguientes, el pequeño Benji solo manifestaba los instintos básicos del ser humano, comer, dormir, y realizar sus necesidades. Cuando necesitaba alimentarse el niño solo gritaba, como si de un recién nacido se tratase, era el único atisbo de inteligencia que demostraba. Sin embargo, la mirada del niño carecía de… vida (por decirlo de cierto modo, y disculpe mi expresión prosaica). Por este motivo decidí que lo mejor para la investigación era dejarla al margen del avance que habíamos logrado.

Cuando estaba perdiendo las esperanzas en que pudiera desarrollar sus facultades mentales, comencé a notar cambios, sutiles, pero evidentes. Benji, además de manifestar sus necesidades básicas, y perdone nuevamente la vulgaridad en mis palabras, pero el niño nos miraba de cierto “modo”. Poco a poco comenzaba a salir de su letargo mental y percibía su entorno y eso, querida amiga, era un logro significativo. Sin embargo, mis ayudantes se sentían incómodos ante la mirada penetrante del pequeño Benjamín. Las enfermeras evitaban entrar a su cuarto y se comentaba en el grupo que el niño tenía los ojos del mal. Siendo un hombre de ciencia, las inquietudes de mis empleados me resultaban irrisorias. Cansado de sus fantasías chabacanas, reuní a mi equipo en la habitación del paciente y quise mostrarles lo infantil de sus conjeturas.

_ Los ven, ¡Es un reflejo completamente normal de la percepción del niño! No hay nada extraño en su conducta, al contrario, nos demuestra una evolución cognitiva favorable para Benjamín _ Les dije animoso, mientras movía mi dedo índice frente al niño quien lo seguía hipnotizado con su mirada penetrante y expresión alelada. En ese preciso momento todo lo que creía conocer se desmoronó. El niño dejó de seguir mi dedo y posó su mirada directo en mis ojos, como burlándose de mis palabras. Una sonrisa demencial se dibujó en sus labios morados y cuarteados, luego abrió su boca. Maldigo el día en que decidí avanzar con este experimento, y si le escribo esta carta es porque usted, tanto como yo, cruzamos los límites de las normas establecidas por Dios. Como vera, ya no soy un hombre de ciencia y si nombro a Dios en esta encrucijada es porque necesito creer en él para sobrellevar está pérdida que me roe hasta las entrañas. En fin, el niño abrió su boca y del interior de ella una voz sepulcral, ahuecada, como proveniente del mismísimo infierno susurró:

_ ¿Y a ti quien te dijo que volvió Benjamín? _ Paralizado ante aquellas palabras, la mirada del niño llamó poderosamente mi atención, sus ojos no reflejaban la luz, pero en ellos, y realmente no puedo explicar de qué manera, pude entrever a mi querida Leonor y al pequeño Eliot siendo consumidos por las llamas del infierno, sufriendo, agonizando tormentos por toda la eternidad. Es muy confuso, aun hoy, escribiendo esta carta, y fuera de toda lógica posible, no puedo encontrar una puta explicación. Pude padecer su dolor, el hambre y el frío que estaban sufriendo y que sentirían hasta el fin de los tiempos. Sobrevolé el inframundo, almas en pena caminaban sin rumbo en tierras áridas y desoladas hasta donde llegaba la vista, y entre esos desgraciados, mi pobre Leonor y mi querido Eliot. Al salir del trance y en un estado de paroxismo absoluto, me fui a mi hogar sin pronunciar palabra. Un terror invadía cada poro de mi cuerpo, los latidos del corazón punzaban mi cabeza y entrecortaban la respiración. Aun así, mantenía la esperanza de que la aciaga alucinación sea una histeria colectiva provocada por mi grupo de trabajo.

Cuando llegue a casa, mi esposa e hijo yacían muertos en mi cama con muecas de espanto en sus rostros. Literalmente, habían muerto del susto, y yo sabía quien se los había provocado.

Todo el grupo de trabajo padeció la misma experiencia, cada empleado presente aquel día sufrió la pérdida de sus seres queridos en las mismas circunstancias y fueron atormentados con las visiones de sus trágicos destinos.

Hace un mes enterré a mi mujer e hijo en cristiana sepultura. Rezo por sus almas, yo, un hombre de ciencia… Tomo el rosario en mis largas noches de vigilia y rezo como un niño asustado. Mis empleados se fueron, me dejaron solo con la criatura. Dejé de alimentarla para que muriera, cada día del último mes escucho sus gritos ordenándome que le lleve comida. Y sencillamente no muere.

Mi querida amiga, he decidido acabar con mi vida, para cuando reciba esta carta yo ya estaré muerto y espero con terror el reencuentro con mi familia. En cuanto al niño, se encuentra encerrado en el baúl que le llegó junto con la carta, debí encadenarlo y amordazarlo para que se mantuviera en calma. Cumplí con la promesa de traerlo a la vida, sin embargo, puedo asegurarle que la criatura que habita dentro del cuerpo del pequeño Benjamín es el mismísimo demonio. Haga con él lo que considere oportuno, si quiere mi consejo, no abra ese baúl, entiérrelo lo más profundo que pueda. Y si decide conservarlo, se lo ruego, no lo mire a los ojos, ni intente hablarle jamás.

Atte. Dr. Collins Marcus

 

Comentarios

  1. Vir

    16 junio, 2020

    Se me ha erizado la piel. Tienes mi voto.

  2. Leire_G

    16 junio, 2020

    Sencillamente impresionante

    Tienes mi voto, por supuesto

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