Un nuevo atardecer

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Vicente miró el gran ventanal, el atardecer se aproximaba. A sus sesenta años ya nada le parecía asombroso, pero solo una cosa atraía paz a su espíritu. El atardecer, le traía recuerdos bellísimos de su mujer. Juntos, día tras día, contemplaban el último rayo de luz, desvaneciéndose por completo en el horizonte.

Esa tarde el ventanal se llenó de distintos médicos, enfermeras y demás personas, cambiaban de su cuerpo distintos cables. Él indiferente ante esos desconocidos, que deambulaban de un lado a otro, sin dirigirle la palabra.

Al quedar solo en la inmensidad de la soledad, cerró sus ojos, quería oscuridad, ni atardecer, ni dolor, solo pretendía dejarse morir. Escucho su nombre.

Abrió de golpe sus ojos; un hombre alto de tez clara, casi transparente, ubicado en el umbral de la puerta de la habitación. Observaba tranquilamente el ventanal. Vicente espero alguna pregunta del desconocido, en las últimas semanas solo eso recibía. Simplemente el hombre quedó en silencio. Prestó atención el atuendo del extraño, sus vestimentas negras cubrían su cuerpo y eran particulares.

El extraño, con un movimiento sigiloso, acercó una silla colocándola junto a él. Pegada a la camilla del hospital.

«Dime una cosa Vicente, si yo en este preciso momento te dijera que puedo traerte recuerdos ¿qué cambiarías de ellos?»

El respondió, asombrado y manteniéndose sereno: «¿Eres doctor?»

El hombre soltó una leve risita y contestó: «No, pero podría decirse que estoy familiarizado con las enfermedades, por favor contesta mi pregunta»

Pensó que ese ser tan peculiar, sentía lástima por él. Podía sentir a la parca cerca, mucho tiempo en esta tierra no le quedaba. Sin titubear dijo:

«Tengo muchos recuerdos, pero la mayoría son feos, malos y decepcionantes. Los cambiaría sin meditarlo dos veces. Los atardeceres y momentos que compartía con mi mujer, son recuerdos invaluables, que no cambiaría por nada en el mundo. Josefina falleció, los recuerdos junto a ella, es todo lo que me queda».

El extraño insistió:

«De todos esos recuerdos malos ¿cambiarías alguna actitud?, ¿lo manejarías de otra manera?»

Vicente pensó las preguntas unos instantes y respondió:

«Si por supuesto. Cambiaría los momentos que desperdicie; peleas sin sentido con ella. Pero es demasiado tarde».

El hombre observó la parte derecha de la camilla fijamente. Esa actitud asustó a Vicente, mirándolo con extrañeza. El desconocido, ignoro su gesto y le dijo con tono firme:

«Nunca es tarde para tener un nuevo comienzo. Los días son únicos e irrepetibles y a través de ellos aparecen recuerdos…momentos maravillosos. Rescatando lo bueno e ignorando lo malo. Pero ahora necesito que recuerdes los momento malos»

Vicente quedo en blanco, como si una de las máquinas conectadas a él, borrara su memoria. Un  calor sofocante invadió su mano derecha y solo veía la sonrisa de su mujer. Recuerdos, como fotografías rápidas pasaban por su mente.

Él solamente pudo balbucear, entre confundido y tranquilo: «Me acuerdo solo de momentos buenos y extraordinarios»

El extraño hombre sonrió, con un gesto le dio a entender que prosiguiera.

Vicente inició sus anécdotas describiendo a su mujer de joven. Su primer encuentro en un autobús; ella subió en una de las paradas. Apenas el sol reflejo su rostro, su sonrisa lo hipnotizó. A la escena la vivió, transcurriendo en cámara lenta. Sus largos cabellos, cubrían por segundos su rostro perfecto. Sus ojos color almendras y esa sonrisa dulce, cautivadora, le devoró el alma. Sentada junto a él, por supuesto, ella ignorando la situación. En cambio, Vicente transpiraba y sus nervios estaban por colapsar, al estar cerca de la hermosa musa de sus sueños.

El transcurso del recorrido, no pudo decir ninguna oración. Ensayaba en su mente, pero no se atrevía hablarle. Hasta que esa muchacha hermosa, desapareció de su lado, abandonando el autobús. Le tomó unos segundos, decidir si buscarla o no. Apretó fuerte el asiento y salió disparado. Escuchó los insultos del chófer, por arrojarse abruptamente sin previo aviso.

Al llegar al ser celestial, tomo sus hombros por detrás, girándola bruscamente y los dos quedaron enfrentados. Ella tomó su mano derecha entrelazándose a la mano de él. Sin diálogo, le sonrió y desde ese momento nunca se separaron.

Al fallecer Josefina. Su mundo se derrumbó. Sus hijos y nietos trataron de animarlo, sin lograr conseguirlo. Vicente la extrañaba a horrores. Entrando en un cuadro de depresión… no comía y mucho menos dormía. Su salud empeoraba a cada instante. Deseaba morir, para reunirse con su amada Josefina.

Su fisonomía de hombre fuerte y robusto, se convirtió en un simple deterioro. Sentía un hueco en su alma, ella se la arrebató de la noche a la mañana.

Esa última noche, cinco años atrás. Comieron, rieron y bailaron como nunca en cuarenta años de matrimonio. A la mañana siguiente, cuando quiso despertarla, su preciosa Josefina no abrió sus ojos y su cuerpo era un cubito de hielo.

Un ataque cardíaco dijeron los médicos. Murió durmiendo. Así se marchó sin decir adiós.

Vicente, maldijo y hasta el día transcurrido no podía hacer las paces con dios. La muerte tenía que llevarlo a él primero.

A ella, le reprochaba en cada atardecer su abandono. Prometieron que partirían al otro mundo al mismo tiempo y ella lo dejó solo… a la deriva. Su presente ahora, tenebroso y sin sentido.

Tenían todo. Su familia constituida, posición económica, no les faltaba nada y la muerte no formaba parte de su vida, no pensaba en ella, hasta que le arrebató a Josefina.

Vicente al terminar el relato, lloraba desconsoladamente; el extraño secó sus lágrimas con ternura. Suspiro y expreso:

«No tienes que estar enojado con dios. Tu mujer no sufrió, simplemente dejó su cuerpo… vive en  cada ser que la amo. Y Josefina vive en ti»

Vicente, respondió:

«Entonces, maldigo a la muerte»

El hombre desconocido, se tornó reflexivo y le dijo con voz autoritaria:

«Todos estos años que desperdiciaste en poder compartir con tus hijos, nietos y demás seres que te valoran y quieren. También sufrieron, no solo la pérdida de ella, si no la tuya al excluirlos apartándolos así de tu vida. No creo que Josefina apruebe lo que hiciste luego de su partida y no  maldigas a la muerte, porque ella siempre está ahí esperando, para que dejes el último aliento aquí en la tierra».

Mientras el hombre se acercaba cada vez más a su rostro. Vicente casi sin aliento y con un dolor fuerte en el pecho, le susurro:

«Sabes que lo que deseaba cada noche… soñarla. Contemplar su rostro por última vez y nunca apareció en ninguno de mis sueños.»

El hombre se alejó unos centímetros rápidamente. Vicente comenzó a respirar normal y el dolor sofocante desapareció.

El hombre de atuendos raros se incorporó, con aire decidido y decretó:

«Vicente vive tu presente y deja marchar a Josefina. Vislumbra el atardecer con alegría, ama a tu prójimo y tus seres queridos. Haz que Josefina sienta orgullo de ti, no mueras en estas condiciones. El día que te toque partir, que tú ser abandone esta tierra feliz y deja el pasado de recuerdos malos atrás, ya pasaron. »

El extraño se dirigió a la puerta a paso rápido. Se frenó antes de marcharse, y de perfil sonrió:

«Nos volveremos a ver Vicente pero en otras circunstancias… te salvo el recuerdo de Josefina»

Vicente lloro como un bebe acurrucado hasta quedarse dormido. En su sueño, vio en un atardecer a su preciosa Josefina, rebosante de alegría en un paisaje magnífico. Ella recogía flores, bailaba y solo se limitaba a sonreír, feliz.

Al despertar, supo que ese hombre tan extraño y peculiar, era la muerte, lo visitó y le regaló una segunda oportunidad al aferrarse y contarle recuerdos buenos. También noto la expresión cambiante por un instante de ese ser y se dio cuenta que Josefina se posó a su lado, borrando todos los recuerdos malos y colocando en su corazón los mejores momentos. Sacó sus propias deducciones al percibir calor en su mano y la nubosidad de ningún recuerdo malo. Por eso, la muerte miraba fijo a su lado y ante ese suceso, Vicente se sentía radiante. Su Josefina lo salvó y seguía cuidándolo.

A las dos semanas salió del hospital recuperado.

Una tarde de mayo. Se preparó, dejó a un lado la cobardía y espero el atardecer. Este sería distinto, sin dolor, ni amargura. Comprendió que la vida es un suspiro y que la muerte es parte de ella.

Retomo la unión con dios y dejo ir a Josefina para siempre. Estaba seguro, que cuando sea el momento de dejar este mundo, ella vendría a buscarlo con ese extraño hombre. Dentro de su ser, fue un nuevo atardecer. Lleno de amor y esperanza, la magia invadía el aire. La vida le ofrecía otra oportunidad y luego de dolorosos años, por fin sentía paz. Viendo al sol marcharse, dando paso a la hermosa noche, abarrotada de estrellas.

 

 

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