Algún Buenos Aires

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El viaje al centro de la ciudad siempre es lento, apretado y con la sensación de que nadie quiere estar ahí. Casi siempre hay refacciones que no le mejoran el viaje a nadie pero atrasan a la mayoría, menos a los que tienen moto. Estos van esquivando todo lo que está a su paso a una velocidad poco recomendable y seguramente con una futura multa muy cara que no concientiza a nadie. Llegar a horario a destino es casi un mérito, el reconocimiento es no perder el presentismo de un sueldo precarizado de un trabajo que no nos gusta y que lo utilizamos solo por la posibilidad de escaparnos 15 días o 30 según la estabilidad laboral de cada quien, para recargar energías y volver a un lugar que no elegimos vivir pero a la fuerza de afectos nos acostumbramos. Lo poco rescatable de este viaje al centro son los edificios historicos-politicos, casi siempre con personajes adentro que no conocen la historia o la modifican para sus beneficios (y les creemos). Otra cosa pintoresca son la cantidad de turistas que vienen a visitar la ciudad y lo hacen sentir a uno lejos de la prioridad de los arrebatadores, motochorros, pirañas, etc. Más edificios, más extranjeros, más pirañas, multitudes en las calles militando alguna causa perdida. Pero hay unas señoras, unas mujeres que en esas calles enseñaron que militar las causas perdidas, desaparecidas, dan justicia y no las olvidamos nunca más. La belleza de Buenos Aires esta, quizás, en sus parques y plazas, en sus edificaciones tan variadas y en sus barrios tan similares, en su diversidad cultural.

En estas calles un gris monótono rodea la oficina de un call center. Dos personas, varón y mujer respectivamente, se hablan enfrentados sin mirarse, una de las paredes grises los separa y dos monitores. Con la mirada fija en la pantalla repitiendo un speach durante seis horas seguidas se escriben en papeles de tamaño anotador conversaciones que nadie conoce ni escucha, miden específicamente el momento en el que pasan el mensaje para que ninguna jefa los encuentre. Entre estos dos jóvenes precarizados se siente una tensión sexual que no concretan, por lo aburrido que se hace tener una relación con alguien que estás obligado a ver todos los días y renunciar no es una opción por contexto, solo es un escape de su rutina gris y llena de números bancarios, de unas jefas con buenas costumbres y mala profesión. O capaz son el reflejo del aburrimiento.

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