Capítulo 43: Fur

Escrito por
| 14 | 2 Comentarios

Cuando levantó la taza para beber un sorbo de la infusión, buena parte del líquido se derramó encima de la bandeja de plástico rojo que tenía encima de la mesa.

Irritada por su torpeza volvió a dejar el tazón en su sitio y se frotó ambas manos con energía, con la firme convicción de que aquellas friegas le ayudarían a calmar el frenético temblor de sus extremidades.

Estaba nerviosa, angustiada y muerta de miedo.

Su corazón danzaba a un ritmo alocado, consiguiendo que la cabeza le diera vueltas de campana. El sudor frío que le recorría el espinazo y le perlaba la frente la mantenía destemplada y le ocasionaba continuos escalofríos. Tenía el estómago revuelto y se le había formado un espeso nudo en la garganta. Desde la noche anterior le acompañaba una persistente cefalea que le aguijoneaba todo el cráneo y le impedía pensar con claridad. Cada sonido que se producía a su alrededor la hacía brincar de su sitio, cada mirada que le dedicaban estaba a su parecer cargada de sospecha y le recriminaban en silencio todas sus decisiones. Todos sus errores.

Sus crímenes.

Lo sabían. Todas y cada una de las personas que se cruzaban en su camino podían ver en sus ojos escrito los abominables actos que había cometido. Con quien se tropezaba percibía la fetidez que desprendían sus remordimientos. Los que la rodeaban eran capaces de escuchar el atronador zumbido de los latidos de su corazón, que encerrado en su caja torácica aullaba a los cuatro vientos mil excusas sin sentido, tratando de justificar lo sucedido.

«No planee nada de lo que ocurrió». «Fue un accidente». «Se dio un golpe y me entró el pánico». «Al ver la sangre entre en shock». «Fue como si alguien me poseyera». «Cuando empecé a cortar ya no pude parar». «Tenía miedo por eso arrojé los trozos de su cuerpo al mar».

Repetía cada frase una y otra vez en su mente, mientras caminaba, durante los cinco minutos que estuvo haciendo cola en el área de servicio, ahora sentada en la mesa más alejada del restaurante, donde trataba sin éxito de sosegar sus nervios con la tisana. Recitó cada absurdo argumento entre dientes como un salmo, cuando sentó a Mark en la silla de ruedas, continuó autoconvenciendose en el transcurso del trayecto del portal hasta el lugar donde había estacionado el Volvo del periodista. Cuando abrió la puerta del maletero y lo dejó allí tumbado, cubierto con varias mantas y la silla de ruedas plegada a un lado, sintió que todos los ciudadanos de Copenhague habían sido testigos de su enajenación transitoria. Por un instante deseo cerrar la puerta del coche y salir huyendo, correr por las calles adoquinadas, atravesar cada carretera, cada puente galopando, arrojarse al mar y nadar sin parar hasta tropezar con un trozo de tierra de otro país donde nadie la conociera. En un remoto lugar donde pudiese renegar de su propia identidad. Donde olvidaría lo que había sucedido en su apartamento.

Lo que ocurrió en su hogar y el de Iben.

La echaba tanto de menos… La añoranza era tan inmensa que le dolía el pecho y le costaba respirar.

Iben. Su Iben. El amor de su vida. La mujer de sus sueños. Con quien planeó una vida entera. Se había ido y no volvería jamás.

Y todo por culpa de Mark Rung.

El periodista la hechizó con su talento, con su don de palabra, con su inteligencia. El hombre consiguió que Iben perdiera la cabeza, la cegó. Logró que la rechazara.

Ya no era su Iben. En las últimas semanas solo era una mujer consumida por un amor imposible. Obsesionada con un hombre que no le correspondía.

Con la taza humeante entre las manos se recordaba llorando de rabia y de impotencia al ver como la única mujer a la que había amado de verdad, le decía adiós para volcarse por completo en una relación que solo existía en su desquiciada cabeza.

Intentó razonar con ella, le explicó que Mark estaba casado y amaba a su esposa, le enseñó las fotografías de sus tres hijos, que el periodista mostraba en sus redes sociales. Le explicó que no iba a conseguir romper un matrimonio de diez años tan fácilmente. Trato por todos los medios de hacerle entrar en razón, pero era tarde, Iben estaba convencida de que ella era mejor que la mujer de Mark, decía que ella le cuidaría, que lo entendía, que lo amaba.

Le había dicho a ella que lo amaba. Tuvo que escuchar como el amor de su vida, le decía que estaba enamorada de otra persona.

«Ingrid, estoy enamorada de Mark».

Una frase que la mató en vida. Unas palabras que lapidaron sus sueños. Deseó morir. Se quiso arrancar el corazón y lanzarlo a una hoguera. Le pidió a todas las deidades que se apiadasen de ella y la mataran. Ansío morir cada día, cada noche. Iben era su todo y sin ella dejó de existir.

Le dió un sorbo corto a la infusión templada y comprobó gustosa que su estómago aceptaba sin problemas la manzanilla, así que continuó bebiendo. Cuando el tazón quedó completamente vacío, se ánimo a probar la tostada de pan integral con queso. El primer bocado le supo a gloria, lo masticó con ansias y lo tragó deseando no volver a vomitar.

Llevaba dos días sin ingerir nada sólido, era incapaz de retener algo en el estómago. Cuando recordaba la bañera llena de sangre, las salpicaduras en los azulejos, en el suelo…

Siempre pensó que toda la sangre del cuerpo era roja, carmesí, de color vivo y brillante y sin olor. Pero la verdad es que la sangre que brotó del cuerpo inerte de Iben adquirió de seguida un tono rojo oscuro, casi marrón. Tras el primer corte con el cuchillo eléctrico salió tal cantidad de sangre, que lo manchó todo. La porcelana nívea de la bañera se tiñó de aquel repugnante color en segundos y la atmósfera se saturó con un desagradable hedor metálico que se le incrusto en las fosas nasales y en el paladar, revolviéndole las entrañas.

No fue necesario tener conocimientos médicos para saber que cuando le cerceno la cabeza a Iben, esta seguía con vida.

Se había equivocado al comprobar su pulso. El golpe que se dio en la cabeza después de haberla empujado, le debió provocar algún traumatismo que la dejó en coma o algo por el estilo, porque ella realmente pensó que estaba muerta.

Si hubieses sabido que aún respiraba jamás la habría descuartizado.

Los recuerdos le descompusieron el estómago. Dejó el almuerzo a medias y salió corriendo hacia el lavabo situado en el exterior del área del servicio, tuvo suerte y encontró la mayoría de los cubículos vacíos. De rodillas delante del inodoro expulso lo único que había sido capaz de tragar desde el viernes por la noche, líquido. Agua, infusiones y algún caldo caliente.

Puede que ese fuera su castigo por el asesinato de Iben. Quizás el Todopoderoso la había condenado a subsistir a base de sopas y tisanas a partir de ahora.

No sería un mal castigo. Ella adoraba las hamburguesas, los bistecs y las salchichas, renunciar a todos esos manjares sería un gran sacrificio.

Al imaginar las delicias cárnicas que tanto le gustaban, volvió a vomitar.

Cuando terminó de regurgitar el poco líquido que quedaba en sus intestinos, se levantó despacio, quejándose entre dientes del intenso dolor que le atormentaba en los riñones.

Después de enjuagarse la boca y refrescarse la cara, volvió al interior del restaurante, ocupó de nuevo su sitio y tras cerrar los ojos e inhalar y suspirar unas cuantas veces, recuperó la entereza necesaria para planear su próximo movimiento.

Había enviado la carta de renuncia de Iben y Mark al periódico. La nota más sencilla de redactar fue la de Iben. Entró en su correo electrónico y escribió la renuncia con las mismas palabras que hubiese utilizado ella, la conocía tan bien que fue muy sencillo pensar como su novia. Estaba convencida de que Kirsten Ousen, se creería todo el contenido de la misiva.

El comunicado de Mark Rung fue más complejo. Utilizó el móvil del hombre y tuvo que leer bastantes mensajes suyos, para escribir algo mínimamente creíble. Pero lo hizo y estaba satisfecha con el resultado.

Ahora solo le quedaba llamar a su tía, cuando llegase a Fur iba a necesitar un poco de ayuda y sabía que Anette y su marido Nicolaj le tenderían una mano sin preguntar.

Hacía muchísimos años que no marcaba el número telefónico del «Fur Strand Hotel», Ingrid cruzó los dedos rezando, para que la voz de alguno de sus parientes sonase a través del auricular. Al segundo tono la simulada voz risueña de su prima Audrey le alegró la mañana.

—Audrey, soy tu prima Ingrid —la mujer del otro lado del altavoz se quedó muda— ¿Se puede poner tu madre al teléfono?

Su prima tardó unos segundos en reaccionar y cuando lo hizo antes de hablar tuvo que aclararse la garganta varias veces. Audrey estaba sorprendida de oír la voz de Ingrid, no habían tenido noticias de ella desde que abandonó la isla ocho años atrás.

—Espera un momento Ingrid, la voy a buscar.

Mientras estuvo esperando se imaginó el viejo hotel, con su fachada pintada de amarillo y los ornamentos de madera blanca, el tejado de dos aguas de teja negra y las impresionantes vistas al pequeño bosque propiedad del establecimiento, donde te podías sentar en una tumbona y disfrutar de una espectacular puesta de sol sobre el «Limfjord».

La entonación extremadamente cálida y familiar de Anette, la despabiló de su ensoñación.

—Ingrid, cariño, ¿Eres tú?

—Sí, tía.

La mujer pudo oír como la hermana de su difunta madre, suspiraba con nostalgia al escuchar su voz.

—Cariño, te hemos echado mucho de menos. Dame una alegría y dime que vas a venir a visitarnos.

Ingrid no pudo contener varias lágrimas. Su tía era la persona más amable y cariñosa del mundo.

—Pues sí tía, has acertado —desde el altavoz escuchó un pequeño grito de júbilo—. Ya voy de camino, acabo de cruzar el puente «Storebæltsforbindelsen». Ahora estoy en el área de servicio de Nyborg.

—En tres horas te tenemos por aquí, ¿Vienes sola?

La pregunta de su tía le cayó como un jarro de agua fría. Ojalá pudiese decir que iba acompañada de su novia

—Sí, voy sola.

—Te estaremos esperando. Te quiero Ingrid.

—Y yo a ti tía.

Al colgar sintió una mezcla de emociones muy dispares. Por un lado estaba deseando llegar a Fur, necesitaba una buena dosis de afecto, después de lo acontecido días atrás. Pero volver a la isla, también era regresar a un pasado complicado del que huyó cuando su madre expiró.

Allí le esperaban unos recuerdos casi peores de los que dejaba en Copenhague. En Fur estaba su tío Nicolaj, su antigua casa y el parterre donde su madre plantaba los arbustos de lavanda.

Aquel trozo de tierra maldita, fue el principal motivo de su marcha y ahora iba a volver al mismo sitio buscando paz y cariño.

El destino no se cansaba de mofarse de ella.

Dejó la bandeja en la mesa y abandonó el restaurante del área de servicio con prisas, deseando terminar el viaje. Había aparcado el todoterreno de Mark, en el último sitio del estacionamiento, junto a unos matorrales. Antes de subir al vehículo comprobó que no hubiese nadie alrededor y abrió el maletero.

El bulto que había debajo de las mantas, permanecía estático. Ingrid levantó los cobertores y comprobó la temperatura del hombre. El periodista volvía a tener fiebre.

Ingrid colocó de nuevo las frazadas tal y como estaban y cerró la puerta de un porrazo, estaba enfadada consigo misma. Debería de haberse librado de él. Había tenido una excelente posibilidad solo una hora antes y la desaprovechó por culpa de su estúpida sed de venganza.

Antes de llegar a Odense tomó un desvío que la condujo hasta una pequeña carretera secundaria. El camino circulaba cerca de un espeso bosque y un lago. Ingrid se había adentrado por un sendero de gravilla que se perdía en mitad de la vegetación y moría justo a orillas del pantano. Lo primero que hizo al salir del automóvil fue buscar una roca grande y pesada, encontró varias, la primera la lanzó al estanque, cerca de la tierra y pudo comprobar que en ese sitio el agua ya cubría lo suficiente para ocultar un cadáver.

La segunda piedra que escogió la sujeto bien fuerte entre sus dedos, mientras abría la puerta trasera del Volvo. Delante de la difusa silueta que escondían las mantas, dudó entre golpear la cabeza al descubierto o machacarla mientras aún la ocultaban las colchas.

Pensó que lo mejor era dejar al descubierto la cabeza de Mark, así seguro que iba a acertar a la primera en el lugar exacto donde quería golpear. Le colocó el pedrusco en la sien al periodista y estiró la mano hacia atrás para comprobar que la trayectoria era la indicada. Este ejercicio lo repitió tres veces. Tocó la piel sudorosa del hombre con la roca, alzó la mano y la acompañó de nuevo hacia la cabeza de Mark.

Pero cuando estaba dispuesta a ejecutar el movimiento definitivo, una vocecita en su cabeza le sugirió dilatar un poco más la tortura del hombre.

Y estuvo de acuerdo con aquella revelación, el final que había planeado para Mark era demasiado benévolo. El periodista tenía que sufrir igual que sufría ella.

Por ese motivo aún descansaba en el maletero del coche.

Sin más dilación subió al Volvo y arrancó, solo tres horas le separaban de la isla que la vio nacer y resurgir de sus cenizas.

Iben ya no podía hacer ese viaje con ella, pero de acompañante llevaba a su obsesión.

 

Comentarios

  1. Eli...

    1 agosto, 2020

    Ay, enmudecí. QUEDÉ PARALIZADA.
    Me atrapó el terror.
    Mi voto, y mi dolor por Mark.
    Abrazo querida 🙁

Escribir un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Cargando…
Ir a la barra de herramientas