Capítulo 46: La extraña decisión de Mark

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Cuando Júlia Rasmussen, le chasqueó los dedos frente a los ojos, Elisabeth dio un respingo. La pelirroja se encontraba sumamente distraída aquella mañana.

Tras ocupar su puesto en el escritorio junto a la oficina de Mikael, sacó de su bolso la cadena con el anillo que le había dado Bill y lo colocó sobre la mesa, al lado del retrato que tenía de Mark.

Se había quedado embelesada, con la vista dividida entre los dos objetos, mientras en su mente resonaba una y otra vez la melodiosa canción «La chica de Ipanema». Su cerebro se había propuesto volverla loca y debía reconocer que estaba a un paso de conseguirlo.

A ratos observaba la alianza de madera con incrustaciones de cristal y níquel y recordaba la noche que había pasado junto al músico. La discusión que mantuvieron hasta altas horas de la noche, los reproches que le dedico el hombre y los gritos. Fue horrible ver a Bill tan destrozado, tan roto y ser consciente de que su lamentable estado era solo culpa suya.

Ella era la única responsable del dolor que atormentaba al músico.

Seguidamente reproducía la despedida que acababa de vivir junto al hombre y una estúpida sonrisa se le estampaba en el rostro, mientras se mordía el labio inferior y apretaba los muslos. Aún conservaba el sabor de la saliva de Bill en su paladar, todavía notaba el tacto abrasador de las manos del músico sobre su piel.

Su cuerpo entero se quejaba al recordar lo que ambos habían iniciado y la forma tan abrupta en que los habían interrumpido, quedándose dolorosamente insatisfechos. Regresó al trabajo con el corazón desbocado, la respiración entrecortada y la mente convulsa. Sus manos y su boca ardían rememorando las caricias de Bill.

Sus besos.

Necesitaba más.

Al admirar la fotografía de su marido, la embargaba un torbellino de emociones. Había decidido ceder ante la insistencia de todos sus conocidos y admitir que Mark la había abandonado.

Aceptar esta posibilidad no le originó el consuelo esperado. Al principio cuando lo confesó en voz alta, creyó notar cierta paz, pero ahora ese sosiego se había transformado en el amargo sabor de la derrota. Debía confesar que se había rendido antes de luchar y ser una cobarde y una conformista no era propio de ella.

Se sentía traicionada y dolida, también culpable y como la mayor hipócrita del planeta. Lo peor de experimentar esas emociones, era saber que se lo merecía. Su esposo le había pagado con la misma moneda, así que no tenía ningún derecho a regodearse en su desdicha y llorar durante días, como deseaba hacer. Debía asumir su actual situación y hacerle frente con la mayor entereza.

Aún conservaba la esperanza de que en el algún momento Mark, deseara regresar, como hizo ella.

Y así la encontró la responsable del departamento administrativo. Con el ordenador apagado y vestida aún con la chaqueta, una hora después de haber llegado a la editorial. Tras pestañear varias veces para despertar de su obnubilación, Elisabeth miró a Júlia como si la viese por primera vez. La mujer morena de ojos grandes y de un tono azul irreal, la observó visiblemente preocupada.

—Elisabeth, ¿Te encuentras bien?

La pelirroja dudó un instante antes de responder y cuando lo hizo, solo fue capaz de mover la cabeza despacio, afirmando.

—¿Quieres que llame a Kenneth?, estás pálida.

Elisabeth tragó saliva, para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta e intentó tranquilizar a la administrativa. Cuando consiguió articular palabra, lo hizo con voz ronca y vacilante.

—Tranquila Júlia, estoy bien —la mujer frunció el ceño y le escrutó el rostro detenidamente con sus orbes aguamarina. Antes de que Júlia continuase con su interrogatorio, Elisabeth guardó el collar en el bolsillo de su chaquetón y colocó boca abajo el marco con la fotografía del periodista. Acto seguido se interesó por el motivo de la visita de la administrativa, para intentar desviar su atención—. ¿Necesitabas algo de Sonja o de mi padre?

La responsable del departamento administrativo, aparcó por un instante las preguntas personales y le entregó a la pelirroja un documento con diversas cifras escritas en el.

—Ha llamado el agente de Zaraida Fermat, quiere que se impriman el doble de ejemplares y solo en edición de lujo—Elisabeth repasó los números. La cifra que mostraba el papel merecía una reunión con su padre—. También ha dicho que lo que pide no es discutible.

El agente de Zaraida parecía estar dispuesto a arruinar la carrera de la escritora. Lo que el hombre exigía era una completa locura.

Tras agradecer a Julia la información y despedirse de ella, Elisabeth se despojó del abrigo y de las botas de agua granates y se colocó el calzado que utilizaba para andar por la oficina, unas zapatillas de estilo bailarina, con suela de goma de color rosa y confeccionadas en fieltro teñido de gris perla.

A la pelirroja le resultaba extraño cruzar la puerta del despacho del director editorial y no ver a Mikael sentado detrás de su escritorio. Añoraba la inmensa sonrisa que le dedicaba cada vez que atravesaba su oficina para hablar con su padre. El hombre siempre la retenía con algún ridículo pretexto y terminaba sentada en sus rodillas leyendo el manuscrito de algún libro nuevo, mirando en el ordenador las fotografías que guardaba de ellos dos juntos o ayudándole a elegir el restaurante a dónde iba a llevar a su última conquista, todo esto mientras el editor le llenaba de besos la cabellera y le acariciaba las piernas.

Le angustiaba pensar que su relación iba a cambiar inevitablemente, cuando el editor regresará de Madrid. Hacerse cargo de una adolescente de dieciséis años, que acaba de perder a su madre de forma trágica y que se veía obligada a mudarse de país, con un hombre, que aunque fuera su padre biológico, era un total desconocido para ella, debía afectar al carácter de Mikael. Así que lo más probable era que cuando coincidiese de nuevo con él, el editor sería una persona muy distinta a la que ella había conocido hasta ahora.

Aunque a Elisabeth lo único que le preocupaba realmente, era que su cariño hacia ella menguara. Ya había demasiada gente que la odiaba, necesitaba algún aliado, un hombro sobre el que poder llorar, alguien con quien desahogarse.

Extrañaba las demostraciones de afecto del editor. Sus besos, sus caricias y sus palabras cargadas de compresión y cariño. Quería que Mikael le demostrara que para él ella seguía siendo importante.

Cuando entró en el despacho del editor, encontró a Sonja como era habitual, sentada de espaldas a la puerta, leyendo en voz baja una y otra vez el mismo párrafo. Al saludarla, la mujer levantó su mano derecha y la movió enérgicamente de un lado a otro. De esta forma la ayudante del director editorial le hacía saber que estaba demasiado ocupada para hablar con ella.

Elisabeth trató de no distraer a la mujer y se encaminó hacia la puerta pintada de blanco situada a un extremo de la estancia, después de golpear dos veces la madera, entró sin esperar una invitación. Su padre se encontraba de pie junto a la mesa, mirando por la ventana, mientras mantenía una conversación telefónica en castellano. La pelirroja ocupó un sitio en el sofá tapizado con piel sintética y espero paciente a que el coordinador editorial acabase de hablar.

Cuando se despidió de su interlocutor Kenneth Ballagh, dejó escapar un pesado suspiro, mientras se quitaba las gafas y se masajeaba con cansancio el puente de la nariz.

A pesar de haber oído solo las últimas frases de la charla, Elisabeth supo que su padre ya estaba informado sobre las exigencias del agente literario de Zaraida.

—Este hombre ha perdido la cabeza.

La pelirroja sonrió al escuchar la exclamación de su padre. Kenneth era siempre tan correcto, que cuando una situación le superaba, resultaba cómico el esfuerzo que realizaba por expresarse sin acudir a los insultos, ni las palabras mal sonantes. En ese aspecto le recordaba al hombre con el que se casó.

Mark siempre se había enorgullecido de ser la definición de la palabra diplomacia hecha hombre. No importaba la persona con quien hablase, daba igual si compartía sus ideas o no, si su interlocutor gritaba o susurraba, si le maldecía o se comportaba con educación, el periodista jamás perdía la compostura. Se mantenía tranquilo e imparcial, con una sonrisa afable en el rostro y continuaba conversando con su voz usual, moderada y profunda.

En los casi once años que llevaban casados, Elisabeth le había visto perder los nervios en contadas ocasiones. Mark no solía chillar, ni blasfemar y bajo ningún pretexto recurría a la violencia. Cuando le llamó para decirle que se había acostado con Bill, el periodista simplemente le colgó, al volver a casa, la recibió serio y distante, pero hablo con ella de forma civilizada.

Pero desde que decidieron seguir adelante con su matrimonio y superar la infidelidad, Mark había perdido su habitual entereza en alguna ocasión. Tres fueron las más graves, en dos momentos le grito y en uno estuvo a punto de golpearla. Por suerte el hombre recobró el sentido común a tiempo y pagó su furia con la pared del dormitorio, antes de irse y dejarla sola consumida por el dolor.

Había pasado algo más de dos meses desde aquel incidente y aún hoy cuando lo recordaba se estremecía. Tenía la fecha grabada a fuego en la memoria, el uno de agosto.

»Cuando Moira la llamó por teléfono, ella estaba en su dormitorio, acababa de salir de la ducha, sus hijos tenían vacaciones y Mark y ella habían pedido el día libre para poder ir a la playa todos juntos.

»Aún no se había terminado de vestir cuando descolgó el teléfono, reconoció al instante la voz de la madre Bill, a pesar de que la mujer no conseguía articular más de dos palabras seguidas. El llanto incesante, los constantes resuellos y los lamentos que se escurrían entre vocablo y vocablo, alertaron a la pelirroja. Antes de comprender lo que Moira intentaba decir, Elisabeth imagino el peor escenario posible y rompió a llorar.

»Su mente proyectó todo tipo de macabros desenlaces y en todos el cadáver del músico la hacía responsable de su trágico final.

»Con gran esfuerzo la mujer le explicó lo sucedido, Geoffrey había encontrado a Bill desvanecido dentro de su apartamento. El teclista cansado de llamar al irlandés sin recibir respuesta, fue a su ático. Todos sabían que debían estar pendientes del músico la víspera de aquel fatídico día y Hicks decidió pasar la noche con él y hacerle compañía mientras vigilaba que no cometiera ninguna locura.

»Moira no escatimó en detalles, le describió cómo habían encontrado a Bill, tumbado sobre su propio vómito en mitad del salón, a las doce de la noche. El suelo de la habitación estaba repleto de botellas vacías de vodka, güisqui y cerveza, Hicks lo colocó de lado y le busco el pulso, cuando no lo encontró el hombre entró en pánico, llamó a emergencias y pidió una ambulancia. Mientras hablaba con los sanitarios descubrió las cajas vacías de somníferos y tranquilizantes. De camino al hospital, en la ambulancia, Bill sufrió un paro respiratorio, que le causó un ataque al corazón. Tardaron ocho minutos en reanimarlo.

»Moira llamaba a Elisabeth después de conocer el estado de su hijo. El irlandés se encontraba ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos y según los médicos su pronóstico era favorable. Después de narrarle todo lo sucedido, llegó el momento de los reproches y las amenazas.

»—Lo ha hecho por tu culpa, lo sabes, ¿Verdad? —a pesar de tener la voz quebrada, la mujer se dirigió a ella entre gritos—. Mi hijo ha intentado suicidarse, porque tu le has quitado las ganas de vivir —Moira escupía cada una de las palabras con una rabia desmedida—. Desde el primer día que te vi supe que no eras de fiar, estaba convencida de que arrastrarías a mi hijo al infierno.

»La mujer dejó de hablar de repente y comenzó a llorar de forma desesperada.

»La pelirroja se limitó a escuchar en silencio los sollozos de la mujer y dejó que la culpabilidad le corroyera las entrañas.

»Moira tardó algo más de un minuto en recuperar el aliento. Cuando fue capaz de hablar de nuevo, lo hizo para exponer sus condiciones y subrayar unas amenazas que Elisabeth supo que la mujer cumpliría.

»—Quiero que dejes en paz a mi hijo —el tono que utilizó Moira en esta ocasión era extremadamente claro, conciso y severo—. Nunca más vas a volver a llamar a Bill, no le vas a enviar mensajes, ni cartas y bajo ningún concepto le vas a venir a visitar —tras una breve pausa reanudó su desagradable soliloquio—. Si haces algo de esto te juro por lo más sagrado Elisabeth, que te buscaré y te mataré.

»Después de su sentencia de muerte, la mujer dio por concluida la llamada telefónica.

»Cuando Mark entró en la habitación, encontró a su esposa con el teléfono móvil aún pegado a la oreja, semidesnuda y llorando.

»El hombre se preocupó por su estado, la intentó consolar y le preguntó una decena de veces que había sucedido. Elisabeth tardó bastante en reaccionar, se encontraba hundida. Por su culpa Bill había estado a punto de morir.

»Cuando le explicó al periodista el motivo de su estado, este se lo tomó mucho peor de lo que la pelirroja pudo imaginar.

»El hombre se plantó delante de ella para crucificarla con la mirada, mientras se tiraba de los rizos.

»—¿Estás así por Bill?, ¿En serio? —su marido estaba fuera de sí, le hablaba a gritos, negaba una y otra vez con la cabeza y se frotaba el rostro con violencia, como si sufriera un tic nervioso—. Después del infierno por el que hemos pasado, te pones a llorar por ese desgraciado, ¡Joder, Elisabeth!, ten un poco de respeto por mi, sigo siendo tu marido —Mark se quedó callado un instante, conmocionado, como si hubiese resuelto un complejo enigma—. Estás pensando en ir a verle, ¿Verdad?, contesta Elisabeth, ¿Te vas a ir?

»Las preguntas de su esposo, dejaron sin habla a la pelirroja. El hombre había leído sus pensamientos.

»Quería salir corriendo hacia el aeropuerto y subirse al primer avión con destino a Los Ángeles. Pero las advertencias de Moira, aún le retumbaba en los tímpanos. No tenía miedo de la mujer, ni de lo que era capaz de hacer si la veía allí. Lo que le tiraba para atrás era que la madre de Bill había acertado en todo lo que le dijo, ella era la única culpable del ingreso del músico y lo mejor que podía hacer era alejarse de él para siempre.

»—No Mark, no voy a ninguna parte.

»Su marido la observó detenidamente. Los ojos pardos del periodista expresaban una profunda desconfianza.

»—Elisabeth, responde con total sinceridad, ¿Quieres ir a visitar a Bill al hospital?

»La pelirroja movió la cabeza lentamente arriba y abajo una sola vez.

»Aquel gesto fue suficiente para que Mark aullara a los cuatro vientos una maldición y tras mirarla con la mandíbula tensa avanzó varios pasos hacia ella, acortando la escasa distancia que mantenían, colocó su mano diestra cerca del rostro de Elisabeth y la abrió y la cerró varias veces, dudando de su próximo movimiento. Al final dejó la mano convertida en un puño y dio media vuelta, antes de abandonar el dormitorio golpeó la pared situada más próxima a la puerta. Después de descargar su frustración contra el muro, azotó la puerta tras de sí y se marchó de casa. No regresó hasta la mañana siguiente. Días después la pelirroja supo que había estado en casa de Jakob.

Aunque hubiese pasado dos meses desde aquel día, Elisabeth recordaba perfectamente el estruendo que provocó la mano de su marido al incrustarse contra el tabique. El ruido hizo que se tapara los oídos y aguantara la respiración.

La reacción del periodista la aterrorizó.

Aquella había sido sin duda la por discusión que habían tenido desde que se casaron.

—Cariño, ¿Te encuentras bien?

La voz preocupada de su padre la devolvió al presente.

—Estás pálida.

Antes de que pudiese responder, Kenneth, tenía los labios posados sobre su frente, para comprobar si tenía alguna décima, como hacía cuando era una niña.

—No tienes fiebre, ¿Te duele la cabeza o el estómago?

Elisabeth negó con la cabeza, mientras ideaba alguna excusa creíble para tranquilizar a su padre.

—No he dormido bien, papá. Es solo cansancio.

La explicación de la pelirroja, convenció al coordinador editorial. Pero el rostro de preocupación del hombre permaneció intacto. después de morder una de las patillas de sus gafas y rascarse la frente, decidió compartir con su hija, las preocupaciones que le estaba mortificando.

—Te diría que fueses a casa a descansar, pero con Sonja haciendo su trabajo y el de Mikael, no puedo prescindir de ti.

Elisabeth le mostró una sonrisa comprensiva. Le gustaba que su padre valorara su trabajo en la editorial.

—No te preocupes papá, estoy bien.

Tras darle un beso a su padre en la mejilla salió del despacho y se dirigió de nuevo a su escritorio.

Elisabeth debía contactar con el ilustrador, que realizaba la mayor parte de las portadas de los libros que publicaba la editorial «Nefelibata». Le tenía que proporcionar al dibujante un resumen del argumento de la obra, para que el hombre pudiera realizar los bocetos. Necesitaba organizar una reunión urgente con uno de los autores, este le había enviado un correo mostrando su estentórea molestia con las correcciones que se habían aplicado a su manuscrito. Tenía que actualizar las redes sociales de la editorial, lo que abarcaba fotografiar las portadas de las últimas novelas publicadas, copiar la opinión que los lectores les habían enviado, editar alguna de las entrevistas que le habían ofrecido los escritores, hacer público los próximos eventos…

Dos horas más tarde, cuando se disponía a ir hacia el comedor de la editorial, la pantalla de su teléfono móvil le mostró una llamada de Kirsten Ousen, la directora del periódico «Politiken». Elisabeth ocupó de nuevo su silla y respondió, con la esperanza de que la mujer le diera alguna noticia sobre su marido.

—Hola Kirsten.

La respiración pesada que escuchó a través del auricular, le predijo que las novedades sobre Mark no iban a ser agradables.

—Hola Elisabeth, te llamo porque necesito hablar contigo sobre Mark —la mujer guardó silencio unos segundos, esperando alguna respuesta por parte de la pelirroja, al no escuchar nada, siguió hablando, con una entonación sumamente preocupada—. He recibido su carta de dimisión y quiero hablar con él, necesito que me explique los motivos en persona, pero no contesta al teléfono, ¿Le podrías decir por favor que me llame?, es muy urgente.

La esposa de Mark, notó como le faltaba el aire.

—Elisabeth, ¿Sigues ahí?

La pelirroja cerró los ojos y aspiró y exhaló despacio varias veces, antes de replicar.

—Kirsten no he hablado con Mark desde el viernes por la noche. No sé donde está.

La directora enmudeció al oír su respuesta, pero Elisabeth estaba histérica. Necesitaba saber qué ponía en la nota que había enviado el periodista.

—Kirsten, me tienes que decir que ha escrito Mark —al no obtener contestación alguna, Elisabeth insistió—. Por favor Kirsten, necesito entender qué está pasando. Quiero saber porque se ha ido y si va a volver.

La mujer suspiró a través del altavoz. Cuando habló, lo hizo con tono dubitativo, Elisabeth supuso que la directora se veía ante un dilema. Deseaba ayudar a la pelirroja, a la que estimaba casi como a una hija, pero a la vez no creía oportuno revelar el contenido de la misiva que le había enviado Mark.

—En la carta lo único que explica es que dimite porque necesita tiempo para sí mismo. Ya está, no ha escrito nada más.

Lo que kirsten le reveló, la dejó aún más confundida.

—No lo entiendo. Lo que dices no tiene ningún sentido.

—Pues no te puedo decir nada más. Mark no ha expuesto ningún otro motivo para irse.

Elisabeth resopló irritada. Era imposible que el periodista abandonase el puesto del que se sentía tan orgulloso, porque «Necesitaba tiempo para sí mismo».

—Tiene que haber otra razón.

—Siento mucho no ser de más ayuda Elisabeth —Kirsten reguló su voz y la hizo sonar más tranquila y equilibrada. La mujer parecía querer contagiar su serenidad a la pelirroja desde la distancia—. Está mañana ha amanecido el día repleto de extrañas decisiones.

El comentario de la directora del «Politiken» despertó la curiosidad de Elisabeth.

—¿Qué quieres decir Kirsten?

—Iben también ha enviado su carta de dimisión.

El rostro de la compañera de Mark, afloró entre los recuerdos de Elisabeth y una idea descabellada comenzó a tomar forma.

 

Comentarios

  1. Eli...

    1 agosto, 2020

    Otra vez digo bueh, esto está cada vez más difícil.
    Y estando tan metida en tu novela, vuelvo a decir que me aterroriza, si bien este relato no fue tan duro; la incertidumbre crece…
    Mi voto y un abrazo @snoren

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