Capítulo 47: Tengo que contarte algo

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Las primeras notas de la canción «La chica de Ipanema», interrumpieron las palabras de Elisabeth, dejando a la mujer con la boca abierta y sin aliento.

«Olha que coisa mais linda mais cheia de graça

É ela menina que vem e que passa

Num doce balanço, a caminho do mar»

El pegadizo ritmo de la famosa pieza de Bossa Nova, enrareció al instante la atmósfera que se respiraba en el interior del pequeño utilitario de la pelirroja, dejando a los dos ocupantes sumidos en un incómodo silencio cargado de amargos recuerdos.

«Moça do corpo dourado

Do sol de Ipanema

O seu balançado é mais que um poema

É a coisa mais linda que eu já vi passar»

Bill cerró los ojos frustrado ante la embarazosa situación, en la que se veía envuelto por culpa del tono de llamada, que había escogido para su teléfono móvil. Estaban a punto de despedirse cuando el inoportuno sonido les dejo a ambos con la palabra en la boca. El músico deseaba retrasar la marcha de Elisabeth, quería estar más rato a su lado, aunque los minutos pasasen como hasta ahora, esquivando sus miradas y sin nada que decir, pero estaban juntos y eso para él era suficiente.

La música dejó de sonar tan de repente como había comenzado.

Cuando la pelirroja se dispuso a dar por terminada su extraña relación, con un parco «Adiós», la inoportuna llamada de Andrew consiguió lo que tanto ansiaba el irlandés, dilatar la huida de Elisabeth y aunque sabía que la mítica canción brasileña iba a causar una desagradable discusión, agradeció que la melodía ahogase las palabras de la mujer, pues para Bill, despedirse de Ondine con un vocablo tan aséptico, tan áspero, tan… Definitivo, como un «Adiós», le destrozaba el alma.

Dos pitidos seguidos, le anunciaron al hombre que acababa de recibir un mensaje.

Sin saber cómo revertir el efecto que había causado los acordes de la balada, Bill optó por acomodarse en el asiento y con los ojos cerrados dejó que el ritmo que aún resonaba en su interior, le guiase hacia el recuerdo de un día lluvioso en Nueva Orleans, donde ambos descubrieron un sencillo restaurante brasileño, bautizado como «Belo Horizonte». Mientras disfrutaban de unos deliciosos panes de queso veganos, elaborados con harina de yuca y levadura nutricional, comenzó a sonar por los altavoces del local «La chica de Ipanema». La sonrisa de Ondine al escuchar la melodía se ensanchó de forma exagerada, sus ojos avellana brillaron impregnados por una alegría absoluta y Bill supo que aquel era el momento indicado para hacerle la propuesta que tanto deseaba.

De nuevo comenzó a sonar la armoniosa guitarra y Joao Gilberto tarareo las primeras notas del tema carioca.

La voz vacilante de Elisabeth, interrumpió la ensoñación de Bill.

—¿Es tu móvil?

«Olha que coisa mais linda mais cheia de graça

É ela menina que vem e que passa

Num doce balanço, a caminho do mar»

El músico recuperó la movilidad al escuchar la pregunta de la pelirroja. Primero se rascó el brazo y después la nuca, tratando de ganar tiempo para ordenar sus ideas y darle una explicación coherente del motivo por el que tenía instalada aquella melodía en su celular. Pero Elisabeth detuvo su razonamiento al insistir de nuevo con la misma cuestión.

«Moça do corpo dourado

Do sol de Ipanema

O seu balançado é mais que um poema

É a coisa mais linda que eu já vi passar»

—Bill, ¿Te has puesto «La chica de Ipanema» como tono de llamada?

El irlandés suspiró pesadamente como muestra de rendición y le respondió con la cabeza gacha mientras se frotaba la cara.

Y como había sucedido antes, la música paró.

—Sí.

—¿Por qué?

El interrogante que Elisabeth soltó en voz alta, ofendió al músico. Este elevó el rostro despacio y la miró fijamente antes de contestar con rabia.

Otra vez resonaron los dos pitidos.

—Ya sabes porqué.

La pelirroja resopló molesta y desvió la vista hacia el frente, mirando a través del cristal las barcas que fondeaban en el canal de Nyhavn.

—No sé cómo puedes escuchar esa canción cada día sin volverte loco.

Los rítmicos acordes del bajo interrumpieron nuevamente.

—Apaga el teléfono, por favor Bill.

Antes de que el famoso cantante, compositor y guitarrista brasileño pronunciase la primera estrofa de la balada, el músico desconecto su celular.

Tras cinco segundos de incómodo silencio, el músico intentó animar a Elisabeth.

—Estaban buenos los panes de queso, ¿Verdad?

Elisabeth no pudo contener la risa ante el comentario de Bill.

Aquel gesto enloqueció al irlandés. Añoraba su sonrisa espontanea, sincera, escandalosa, sus besos, sus caricias…

Antes de responder, la pelirroja suspiró con melancolía.

—Estaban deliciosos.

La mano zurda de Bill se posó sobre el muslo de la mujer. Lo hizo sin pensar, actuó por reflejo, como si su cuerpo quisiera recuperar viejas costumbres.

Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, pensó en retirar la mano y disculparse, pero cambió de idea al percibir la reacción de Ondine.

A Elisabeth se le escapó un débil jadeó al sentir el calor que desprendía la piel del hombre, su cuerpo se tensó de forma exagerada bajo su tacto, sin poder evitarlo retuvo el aliento y sus latidos se aceleraron, mientras el estómago se le encogía.

Al comprobar que Ondine no le rechazaba, reforzó el agarre. Dejó que las yemas de los dedos y la palma de su mano, disfrutaran inmóviles de la extrema calidez que emanaba la dermis de la mujer a través de la gruesa tela de sus medias negras.

Unos segundos después, inició lentamente un sensual paseo por debajo de la falda de su vestido de punto.

Acompañó las caricias de unas palabras escogidas a propósito para reavivar los recuerdos de Ondine.

—Dijiste «Sí» —el músico módulo su voz, hasta alcanzar la entonación que utilizaba para interpretar las canciones más candentes, que protagonizaba su musa de pelo azafrán—. Cuando terminamos de comer, continuamos con la celebración en la habitación del hotel —la mano del irlandés rozó la ingle de Elisabeth, consiguiendo que la mujer diese un respingo sobre su asiento y dejase escapar otro gemido—. Te quité el vestido amarillo que llevabas, antes de cerrar la puerta de la habitación, después te empuje contra la pared, te agarre bien fuerte por las caderas y te levante del suelo —el dedo índice y corazón de Bill acarició suavemente el sexo de la pelirroja por encima de la tela—. Me rodeaste la cintura con tus piernas y mientras nos devoramos a besos me desabroche el pantalón, me deshice de él y de los calzoncillos y te penetre —el masaje sobre la zona íntima de la mujer se intensificó, Bill disfrutaba al ver a Ondine de aquella forma, entregada por completo a él, con los ojos cerrados, la cabeza reclinada hacia atrás y el labio inferior aprisionado entre los dientes, para acallar todos los gemidos que se le acumulaban en la garganta —. Fue todo tan repentino y tan salvaje, que pusiste cara de sorpresa, casi de susto, pero al sentir como me introducía dentro de ti, te excitaste de tal manera que casi me corro nada más empezar.

Bill moderó la intensidad de los roces y con la otra mano acarició el pómulo y los labios de Ondine, cuando esta respondió a su toque abriendo levemente la boca, el músico aceptó gustoso la invitación y la beso.

Echaba tanto de menos aquella boca, que pensó que iba a perder el conocimiento al paladear el sabor amargo a café de su saliva. Los dos jugaron ansiosos a entrelazar sus lenguas, exploraron con anhelo el interior de la boca del otro.

La excitación aumentó la temperatura dentro del automóvil. Elisabeth acarició con ternura la barba pelirroja del músico y después enredó sus dedos en el pelo teñido de su nuca. Sentía como le hervía la sangre y las punzadas y el hormigueo que notaba en el sur de su anatomía, le exigían ir un paso más allá. Su cuerpo reaccionaba a sus besos con idéntico desenfreno que un alcohólico al saborear la primera copa, ya no podía parar, necesitaba más, lo quería todo de él.

La desmedida pasión que la consumía le turbó el raciocinio. Sus manos, su boca, su cuerpo entero actuaban con voluntad propia, acariciando, besando y reaccionando de forma exagerada a cada toque que le dedicaba el irlandés. Quería subirse a horcajadas sobre Bill, sin importar lo concurrida que era la calle donde estaban estacionados, deseaba acompañarle hasta su habitación y quedarse con él bajo las sábanas durante todo el día y todas las noche. Le urgía tenerle dentro de ella, otra vez, como había estado tantas veces.

Era adicta al músico, en todos los sentidos, le necesitaba, le amaba y le odiaba por haberle creado semejante dependencia. A su lado era la persona más feliz del mundo y la más miserable a la vez.

Parecían estar destinados a quererse y destruirse continuamente.

Los cálidos labios de Ondine tenían extasiado al irlandés, sus manos se perdían sobre cada pliegue, palpaban cada curva con las ansias que había acumulado durante demasiados meses.

Lo que Bill sentía por Ondine no era sano, ni sensato, ni lógico, ni recomendable. El amor, la atracción, el deseo, que sentían el uno hacia el otro era autodestructivo. Mientras la besaba dejó de importarle cualquier cosa que no fuese la pelirroja. Su vida, su carrera, todos y cada uno de los compromisos que tenía para ese día, perdieron su interés. Deseaba hacerla suya, necesitaba perderse dentro de ella.

Quería escuchar su nombre convertido en un gemido de placer que durase eternamente.

Tenía suficiente dinero para cubrir los gastos que iba a ocasionar su negligencia. Estaba decidido, hoy pasaría el día junto a su pelirroja. Harían el amor una y otra vez, hasta quedar saciados o morir en el intento.

Antes de que pudiese compartir su loco plan con Ondine, golpearon con brusquedad el cristal de la ventana del copiloto.

Bill bufó irritado sobre los labios de la pelirroja, no quería separarse de ella, pero sabía que no le dejarían tranquilo hasta que cumpliese con sus obligaciones. Si darle tiempo a reaccionar, reclamaron de nuevo su atención aporreando la chapa del capó del coche.

Cuando quiso mover la cabeza para identificar al inoportuno visitante, Elisabeth le sujetó la cara con las manos e impidió que se alejara de ella, uniendo de nuevo sus labios. El músico olvido fácilmente su propósito y siguió besando a Ondine.

Los golpes en esta ocasión fueron acompañados de varios gritos.

El estruendo colmó la paciencia del irlandés, que con un rápido movimiento distanció su boca de la de Ondine y posó sus ojos cargados de odio y rencor sobre el sujeto que les miraba pegado al cristal del vehículo.

Antes de salir para reunirse con su mánager, Bill se quiso asegurar de que Ondine tenía las mismas ganas que él de volverse a ver.

—Esta mañana tengo que grabar un puto videoclip en no sé dónde y por la noche tenemos que seguir grabando en el «Tivoli», pero después soy todo tuyo —la pelirroja sonrió entusiasmada al escuchar la última frase— ¿Vas a querer estar conmigo o te va a dar la neura y me vas a ignorar?

La cuestión de Bill y su entonación exigente, consiguieron que la sonrisa de Elisabeth se esfumase tan rápido como había aparecido.

Andrew chocó otra vez sus nudillos contra el cristal de forma insistente.

El molesto soniquete hizo estallar al músico. Bill abrió la puerta con la intención de golpear a su mánager con la chapa de metal, pero este tuvo buenos reflejos y se apartó justo a tiempo.

Cuando los dos hombres se encontraron frente a frente, la discusión no se hizo esperar. Andrew fue el primero en reprochar la poca profesionalidad del irlandés.

—Habíamos quedado hace media hora, te he llamado cinco veces, te he dejado dos mensajes en el contestador —el hombre suplía su baja estatura, gritando y amenazando a Bill con el dedo índice—. ¿Sabes cuánto dinero nos cuesta cada una de tus gilipolleces?, ¿Quieres que te haga el cálculo?

El músico resopló sonoramente, tratando de controlar su temperamento. Después de tirarse del pelo y dar un breve paseo alrededor del automóvil, se dirigió hacia el lugar que ocupaba la pelirroja, abrió la puerta y se inclinó hacia ella, para poder hablar en voz baja.

Elisabeth mantenía una expresión indescifrable en el rostro.

—Me tengo que ir —Bill cerró los ojos y suspiró pesadamente superado por la situación—. Dime que nos vamos a volver ver.

La pelirroja trago saliva y movió la cabeza de arriba a abajo de forma dubitativa, el irlandés respondió a su gesto negando con vehemencia.

—Ondine, lo quiero escuchar, dímelo.

Elisabeth se mordió el labio inferior antes de satisfacer al hombre.

Aquella manía que tenía la mujer de aprisionar su labio color cereza entre sus dientes blancos, desataba en Bill la primitiva necesidad de devorarla a besos.

—Sí Bill, nos vamos a volver a ver.

Bajo la inquisitiva mirada de Andrew, el irlandés permaneció en la calle parado hasta que el automóvil de Elisabeth se perdió calle arriba. Bill accedió al hotel por la puerta lateral, con el mánager pegado a sus pies, cuando quiso subir al ascensor, Andrew le dio varios toques en el hombro para llamar su atención.

—El coche nos está esperando.

El músico sonrió con ironía al escuchar al hombre y le contestó de forma burlona.

—No voy a escaparme por la ventana Andrew, solo quiero ir a mi habitación para darme una ducha y cambiarme de ropa.

—Pues no hay tiempo —el mánager le mostró su reloj de muñeca a Bill—. Ya vamos con retraso.

El músico mostró su rendición alzando ambas manos, mientras suspiraba y negaba con la cabeza.

En la misma calle donde Elisabeth había estacionado su vehículo, les esperaba una furgoneta oscura con los cristales traseros tintados. Al subirse Bill comprobó que no había nadie dentro del furgón, solo el conductor y él, cuando Andrew ocupó un asiento a su lado, preguntó por el otro miembro del grupo.

—¿Dónde está Hicks?

Su mánager le miró serio, rascándose la perilla castaña. Cuando se sintió capaz de hablar sin perder los nervios, contestó la pregunta de Bill.

—Geoffrey nos está esperando en el edificio donde vamos a grabar —el músico asintió con un gesto y desvió la mirada hacia la ventana—. ¿Has vuelto con Elisabeth?

El interrogante de Andrew sorprendió al irlandés. Este decidió responder de forma escueta y sin mirarle.

—No lo sé.

A Bill le molesto el resoplido que lanzó Andrew, tras oír su réplica. Después de tantos años trabajando juntos, el irlandés conocía muy bien al hombre que estaba a su lado y sabía que ahora le iba a torturar con algún comentario cargado de lecciones morales desfasadas y estúpidas.

—Sigue casada, tiene hijos, ¿De verdad te quieres meter en medio de un matrimonio?

«No le hacía ninguna falta que nadie le recordase aquellos detalles, él los conocía muy bien».

—Estoy enamorado, Andrew, me da igual que este casada.

El mánager bufó de nuevo. El hombre parecía tan cansado de hablar del tema como el propio Bill.

—Estás cometiendo el mismo error de nuevo y lo sabes —Andrew se rascó otra vez la pequeña barba recortada y se peinó la mata de pelo con los dedos—. Elisabeth no va a dejar a su marido y tu vas a volver a perder la cabeza.

—Estoy dispuesto a correr ese riesgo.

La conversación terminó frente a un edificio que tenía aspecto de museo. La fachada del inmueble estaba decorada con arcos, columnas y estatuas y sobre el enorme portón por el que se accedía, unas letras doradas, anunciaron que se encontraban delante de la «Ny-Carlsberg Glyptotek».

La voz plana y sin emoción de Andrew le indico que ya podían bajar del automóvil. Mientras se dirigían hacia la escalinata que precedía la entrada al edificio, el hombre le explicó a Bill dónde estaban.

—Conseguí en un tiempo récord los permisos necesarios para rodar aquí, es una gliptoteca —aunque el músico no mostró ninguna curiosidad, Andrew aprovechó la ocasión para alardear de sus conocimientos y hablar sobre una de sus grandes pasiones—. Es un museo de esculturas, este en concreto recibe su nombre del heredero de la empresa cervecera «Carlsberg», el hombre era un gran aficionado al arte antiguo, tenía una colección enorme de esculturas griegas, romanas, egipcias y etruscas —el ánimo de Andrew fue mejorando conforme narraba los detalles del lugar, el empresario musical siempre soñó con trabajar en un museo—. Carl Jacobsen le regaló al estado danés todas las esculturas que había ido recopilando, con la única condición de que construyeran un museo para exponerlas.

Cuando el mánager terminó su relato, ambos hombres se encontraban dentro de la gliptoteca. Justo en la entrada se había desplegado todo el equipo necesario para el rodaje, los técnicos de luz y sonido, por un lado y los encargados de vestuario, maquillaje y peluquería por otro.

Andrew se quedó en medio de la sala, observando satisfecho el ir y venir de todos los presentes, le encantaba ver cómo fluía por sí solo un grupo de profesionales bien organizados. Por suerte en el mundo de la música no todo era caos y discusiones.

Bill examinó el inmenso salón buscando a Hicks. Consiguió localizarle junto a varios operarios que estaban probando un dron. Antes de poder acercarse hasta Geoffrey, una mujer de pelo corto y rizado le interceptó y tras estirar la mano diestra en su dirección se presento.

—Hola Bill, Soy Marie Kern, la directora —el irlandés le estrechó la mano con prisas, sin prestarle demasiada atención—. Tenemos que empezar ya, acompáñame.

Con su voz y sus gestos autoritarios, la mujer le dejó sin opción. Se dirigió hacia donde le había indicado, con una mueca en el rostro que reflejaba su mayúsculo fastidio. Era una forma bastante infantil de protestar, pero era lo único que podía hacer. No deseaba organizar ninguna disputa en medio del rodaje, era consciente del tiempo, el esfuerzo y el dinero que había invertido Andrew en aquel proyecto y aunque el hombre pensara de él que era un irresponsable sin remedio, Bill no le quería fallar, deseaba hacer un buen trabajo y no tener que soportar más regañinas como si fuera un niño pequeño. El músico ya estaba cansado de esa situación, donde todos daban por hecho que le debían tratar a base de órdenes y exigencias, tenían que controlar cada uno de sus movimientos, analizar cada una de sus decisiones y cuestionar todas sus acciones.

Después de su intento de suicidio, las personas que le rodeaban habían adoptado la pose de carcelero, inmiscuyéndose en su vida para criticar su actitud y para recordarle continuamente que lo que hizo fue un acto egoísta y cobarde.

Pero aún nadie se había interesado realmente en la razón que le empujó a tomar una decisión tan drástica y desesperada. Ni uno de sus conocidos se había sentado para hablar con él en profundidad sobre el tema y no sabía, ni entendía el motivo de su desinterés.

«¿Si tanto les preocupaba realmente por qué no le preguntaban?»

En realidad no fue una sola causa, la que le empujó a ingerir la cantidad ingente de alcohol y medicamentos que tomó, fue una concatenación de sucesos lo que provocaron su deseo de morir. El rechazo de Ondine fue el principal motivo, pero hubieron otros.

Y si esta vez todo salía bien y recuperaba el amor de la pelirroja, quizás era el momento oportuno para prestar atención a esas otras razones que le arrastraron al abismo y ponerles fin.

Aprovechó los escasos minutos a solas de los que disponía y mientras se cambiaba de ropa llamó a Sofía al periódico. La mujer suspiró aliviada cuando le notificó su cambio de parecer sobre la noticia que le pidió que publicase. Las repercusiones que iba a provocar aquella primicia, tenían a la periodista angustiada, así que por primera vez en su vida se alegro de perder una exclusiva.

Con un peso menos sobre su conciencia, la vestimenta colocada y después de haber pasado por la zona de maquillaje y peluquería, se encaminó hacia el lugar donde daría comienzo el rodaje.

Llegó a un espacioso jardín interior acristalado, repleto de palmeras y frondosos arbustos, adornado con una elegante fuente central, que presidía la estatua de una mujer desnuda a la que rodeaban una decena de infantes. El jardín se encontraba en mitad de un rectángulo que formaban cuatro pasillos, desde los que se podía acceder al amplio espacio selvático a través de multitud de entradas, todas en forma de arco.

El rodaje había comenzado con la actuación de una pareja de bailarines, Bill se quedó apartado, observando los movimientos hipnóticos del hombre y la mujer. Andrew se acercó a él y le entregó su «Fender Stratocaster», mientras el irlandés preparaba el instrumento para su actuación, su mánager le explicó algunos detalles sobre el rodaje.

—La bailarina es Julie Weel —Andrew señaló con la cabeza a la pelirroja que danzaba abrazada al hombre de cabello moreno—. Forma parte de la compañía danesa de danza y teatro desde hace dos años y antes estuvo en el Ballet Real de Dinamarca, donde estudió y llegó a ser bailarina principal durante un año.

Cuando terminó de relatar el currículum de la bailarina, Andrew guardó silencio para poder disfrutar de los gráciles movimientos de la joven. Unos segundos después el mánager le informó sobre los méritos del hombre que danzaba junto a Julie.

—Danielle me habló sobre este bailarín —Bill recordó a la cantante danesa y pensó que debería llamarla para agradecerle su consejo—. Ha salido en todos sus videoclips y la acompaña en las giras, se llama Mason Carlsson, es medio estadounidense y medio danés.

Al finalizar la coreografía la directora se acercó al músico y le indicó dónde debía colocarse y la actitud que debía mostrar durante el rodaje.

—De acuerdo Bill quiero que te sitúes frente a la estatua de «El beso» de Rodin, pero sin taparla —al contemplar la escultura de cerca el músico recordó a Ondine, volvió a saborear sus besos y sintió de nuevo el tacto de su piel bajo la yema de sus dedos. Bill se olvidó de dónde estaba y la expresión de su rostro consiguió que todos los presentes leyeran sus pensamientos—. Perfecto Bill, ese es el gesto que quiero que mantengas durante toda la grabación. Has conseguido una mezcla perfecta entre deseo, amor, nostalgia y sufrimiento. Muy bien.

La descripción de Marie sobre las emociones que su semblante transmitía, preocupó al hombre.

«Si había vuelto a besar a Ondine, ¿Por qué continuaba sufriendo?».

Tres horas más tarde habían terminado de rodar en la Gliptoteca, repitieron la misma escena multitud de veces, en distintos emplazamientos del museo, en el Jardín de Invierno, en la sala de pintura francesa junto a la estatua de bronce de «La bailarina» de Degas, en una de las amplias escalinatas y en la azotea.

Cuando la directora se sintió satisfecha, dejó de grabar y anunció que habían terminado. Los gritos de júbilo no se hicieron esperar, la mujer era excesivamente perfeccionista y metódica, les había hecho trabajar al máximo.

Bill se entretuvo firmando autógrafos y haciéndose fotografías con los técnicos y los bailarines, mientras Andrew y Geoffrey decidían dónde ir a comer y celebrar que habían terminado con éxito el primer rodaje. Ahora sólo quedaba el de la noche en le parque de atracciones Tivoli.

El mánager y el teclista se habían decantado por un de los mejores restaurantes del mundo, situado al norte del barrio de Christiania, el «Noma». De camino hacia la furgoneta Bill decidió llamar a Ondine, necesitaba oír su voz y quería saber si se había arrepentido de lo sucedido unas horas antes o por el contrario estaba como él, que se moría de ganas de volver a besarla y hacer el amor con ella.

La pelirroja contestó al teléfono tras el segundo tono.

—¿Cómo va tu mañana, preciosa?

La respuesta de la mujer fue un sonoro suspiro que destilaba cansancio y frustración. Al oír aquel sonido Bill se temió lo peor, Elisabeth había decidido terminar de nuevo con su inexistente relación. Antes de que el irlandés expresara sus temores, la pelirroja le explicó lo que sucedía.

—Me han llamado del periódico, Mark ha entregado su renuncia y su compañera de sección también —el irlandés no quería escuchar nada sobre el periodista, pero se mordió la lengua y dejó que la mujer se desahogara—. ¿Sabes lo que eso significa?

Bill esperó paciente a que la pelirroja se respondiese ella misma, pero esta se mantuvo en silencio, por lo que tuvo que contestar él.

—No, Ondine, no sé qué significa. Dímelo tú.

La mujer desató su rabia a través del auricular, hablando a gritos.

—Pues que Iben y Mark tienen una relación más allá del plano laboral —al escuchar el nombre de la compañera de trabajo del periodista, el irlandés comenzó a transpirar—. A saber desde cuando están juntos —el músico dejó de oír la voz de Ondine y recordó la cara de Iben y el descabellado plan que compartió con él en una cafetería meses atrás—. No entiendo por qué no me lo ha explicado, yo fui sincera, le conté lo nuestro…

La voz del músico interrumpió el monólogo de la pelirroja.

—Ondine —tras pronunciar su apodo tomó aliento y prosiguió—. Tengo que contarte algo.

 

Comentarios

  1. Eli...

    2 agosto, 2020

    Uy creo que me desorienté mal.
    Lo que pasó ayer y lo que pasa hoy, en tu novela.
    Me encanta ese ir y venir, pero esta vez me tomó como desprevenida.
    Buenooooooo…
    Más allá de esto, ahora tengo que esperar hasta el lunes para el próximo capítulo 🙁
    Y si se pone muy sangrienta se me complica 🙁
    Un abrazo y mi votoooo

  2. AsNoren

    2 agosto, 2020

    @clotildemacchi Sí es verdad que hay mucho enredo, pero ya se irá encauzando todo y lo entenderás sin problema. De sangre creo que no hay mucha. Gracias por leer y votar Eli

  3. Eli...

    3 agosto, 2020

    @asnoren, gracias a vos y abrazo!

    PD: que bueno que no habrá mucha sangre jajaja

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