EL PASTORCITO Y EL PRADO ENCANTADO

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Erase una vez un pastorcito y su familia se adentraron a tierras desconocidas, huyendo de la mala fortuna de la bulliciosa ciudad.

En el campo, la familia estaba feliz, lo poco que tenían les alcanzaba para vivir cómodamente, aunque sin lujos, sus hijos crecían saludables y fuertes.

Un día el pastorcito, duran0te su jornada de pastoreo de ovejas, encontró un pasaje secreto a tierras nunca exploradas. En ese lugar había un hermoso prado, extenso y verde, rodeado de árboles frutales, y donde corría un manantial cristalino. El esplendor y la riqueza de esas tierras maravilló al pastorcito, que exclamando dijo: – ¡Ojalá pudiera llevarte a casa, para que mi familia te viera, con todo y pajaritos! Que imagen más maravillosa!. Al quedar en silencio, de repente sopló una brisa, y un susurro en su oído el pastorcito escuchó.

–      ¡Dime! Dime pastorcito que lo que dices es cierto.

–      ¡Dime! Que lo que deseas es verdad y contigo me iré a tu casa.

El pastorcito al escuchar la voz entró en pánico, y asustado salió corriendo hacia su casa, olvidando el rebaño. Cuando llego a la casa, blanco como un papel, su mujer asustada le preguntó: ¿Qué te pasa mi amor? ¿Dónde están las ovejas del patrón?

El pastorcito recapacitando y sabiendo que tenía que volver por las ovejas, asustado maldijo el tener que volver por ellas. A regañadientes partió de vuelta. Cuando llegó a ese hermoso lugar, nuevamente escuchó esa intrigante voz, diciendo: – No te asustes pastorcito, el prado que pisas es un campo mágico, mi dueño a partido ya y no volverá más, y desde entonces, durante mucho tiempo he deseado ser encontrado por un hombre bueno y de buen corazón, como tu pastorcito. Por eso, me has hayado. Yo no quiero hacerte daño, sino todo lo contrario. Si así lo deseas, de los frutos de esta tierra te daré. Si quieres que esté a tu lado, sólo deséame con todo tu corazón, y estaré allí para ti.

El pastorcito entonces con duda preguntó: – ¿Todo esto será mío? ¿todas esas frutas y animales?

Luego de un largo silencio, el pastorcito nuevamente logró escuchar la voz que decía: – Todo lo que tu corazón desee como regalo te daré. Pero, a nadie deberás contar porque inmediatamente desapareceré.

Al estar todo nuevamente en silencio, y al ver lo maravilloso de las cosas del lugar y que en su corazón no sentía miedo alguno, el pastorcito exclamó: – ¡ te deseo con todo mi corazón prado encantado, que tu magia haga feliz a mi familia, que tu magia endulce mi corazón.

De repente y de la nada, un torbellino envolvió al pastorcito, y de un parpadeo, llegó a la casa con el rebaño. Pero, algo era diferente.

Toda la casa del pastorcito estaba rodeada de un prado verde formidable y hermoso, frondosos árboles frutales y animales de granja y ornamentales.

El pastorcito al ver tales maravillas, sintió una alegría inmensa y de un salto entró a la casa.

La mujer del pastorcito incrédula no veía lo que con afanosa alegría decía el pastorcito. Fue entonces, cuando recordó que la voz le había dicho que no hablara de lo sucedido o desaparecería y entonces se calló.

Al día siguiente, el pastorcito salió muy temprano al prado que rodeaba su casa, y tocando el pastizal con los dedos de sus manos exclamó: ¡Quisiera poder tener suficiente dinero para comprar un hermoso vestido a mi mujer!

De repente, escuchó una vez más la voz decir: tus deseos son órdenes. Y de inmediato, se abrió el cielo y desde este bajó una luz dorada, que iluminó todo el lugar, y cayó sobre una roca cercana. El pastorcito siguió escuchanco aquella voz que le decía: levanta la roca y ve al pueblo y compra el vestido para tu mujer.

Y de repente, al levantar la piedra encontró que esta era de oro. La piedra dejó un agujero en la tierra, y todo objeto que se dejaba en el y luego se tomaba se convertía en oro en un parpadeo.

Cuando el pastorcito dijo que era suficiente, y que eso no solo le alcanzaba para el vestido sino para muchas cosas más, la magia se detuvo. El pastorcito asombrado y asustado entonces preguntó: ¿y todo esto, ¿cómo podré devolvértelo? ¿qué podré hacer por ti prado encantado? Por todas estas maravillas que me das.

El pastorcito entonces escuchó la voz responder: – Siempre que me cuides, yo estaré. Siempre que me mantengas en tu corazón, yo permaneceré. Cuando eso deje de suceder, yo inmediatamente desapareceré y moriré, pues tu amor es el que me sustenta y hace que todo esto que está pasando sea posible.

El pastorcito sin entender totalmente esas palabras comenzó a tener una gran vida, su familia de un momento a otro vivía en una abundancia. Sus vecinos se reunían y cuchicheaban imaginando que sucedía. Todo era felicidad, hasta que la esposa del pastorcito empezó a tener celos en su corazón. Alterada por los murmullos y habladuría. Y al ver como el pastorcito pasaba mucho tiempo inmerso en el prado contiguo a la casa, empezó a preguntarse que tanto él hacía. Empezó a ver que el pastorcito entraba sin nada y de vuelta venía con muchos regalos. Su mente no entendía lo que sucedía, y entonces comenzó a sospechar que el pastorcito con la patrona se veía.

Un día, mientras cenaban el pastorcito y su esposa, una sonrisa se dibujaba en el rostro del pastorcito, el veía por la ventana frente al comedor, maravillosas criaturas, que el prado encantado sólo a él le mostraba, juguetonas y agradables, de múltiples colores, eran sin duda un episodio hilarante.

La mujer que ardía en celos se dio cuenta, que ni atención le prestaba, pues para ella el prado que los rodeaba era como cualquier otro lugar en la entrada, no dijo ninguna palabra.

Noches después, un llanto lastimero despertó al pastorcito, era su mujer quien lloraba desconsolada. El pastorcito angustiado le preguntó que sucedía, y ella le respondió: – ¿Tú me engañas? Todos los días te vas hacia ese prado de al lado y en su espesura te pierdes de mi vista, ¿acaso a escondidas te ves con la patrona ?, fíjate que no nos falta nada, ¿aún me quieres? dime solo la verdad, no hagas nada que te avergüence. Mientras tanto el pastorcito en su mente pensó en su patrona, una señora que era muy rica, pero que era mucho mayor. de repente su mujer lo sacó de sus pensamientos al gritar : ¡No lo hagas! no me dejes hablando sola.

El pastorcito algo aliviado porque en el fondo de su corazón sentía que nada de lo que se le acusaba era cierto, le dijo a su mujer: – Mi vida, ¿eso es lo que te acongoja?, te juro que en mi corazón, sólo estas tú, y nadie puede ocupar ese espacio en el. Y con el alivio en el pecho replicó: – Además esa señora no me quiere ni a pedacitos, y con un gesto de sonrisa, que rápidamente ocultó, su esposa replicó: Entonces no habrá problemas con lo que quiero pedirte.

–      Ninguno – contestó rápidamente el pastorcito, sin saber que pediría su esposa.

La mujer sin demora le dice: – quema todo el pastizal y el monte que nos rodea, limpiemos nuestra casa, preparemos la tierra y sembremos hortalizas, así, no dependeremos de lo que se consiga en el pueblo.

Con ello la mujer buscaba despejar la vista de su casa hacia sus patrones, pues ver ese prado circundante, era algo que la inquietaba, y tener todo a la vista tranquilidad le daba. Realmente, a la familia del pastorcito no le faltaba nada, pero el pastorcito para no pelear, a su mujer escuchaba.

Cuando en silencio todo se quedó, el pastorcito lleno de preocupación salió de la habitación y con el corazón acongojado pensó- y ahora que hago yo -. Pues el pastorcito con la voz que escuchaba en aquel prado había forjado una amistad, que lo enternecía y a la vez le asustaba.

La mañana siguiente, la mujer del pastorcito ya tenía una antorcha lista, y diciendo al pastorcito: mi vida date prisa, le dio la antorcha al pastorcito.

El pastorcito casi con lagrimas prendió fuego al prado que rodeaba a la casa, quemándolo todo. Sin decir una palabra y dándose prisa para que el prado no le hablara.

Entre tanto la magia del prado con dolor entendió el mensaje del corazón del pastorcito, y ninguna palabra se escuchó. Como pudo se resistió a las llamas, pero falló. Sólo quedó una pequeña flor, que rodeada de un poco de agua, se alzaba como la vida en medio de las llamas. El pastorcito no se dio cuenta y no supo que algo tan pequeño quedaba sin quemarse.

 

Pasó el tiempo, y el pastorcito hizo lo que la mujer quería, aro la tierra y de la cosecha se sostenía, pero con pesadez se recordaba de la promesa que tenía con el prado encantado.

 

Mucho tiempo después, el pastorcito finalmente encontraría la flor que del prado sería, se dio cuenta de que esa flor no era como las demás, pues la envolvía un perfume y una fragancia que le encantaba y que le recordaba los tiempos que pasaba en aquel prado encantado. Así que se llenó de aliento y gritó: – ¡Te deseo Prado encantado, Perdóname por haberme alejado y por hacerte daño, como prueba de que siempre te he pensado, ¡es que aún hoy sigues aquí a mi lado!

De inmediato, una voz susurró: – de día y de noche, esperé este momento y como todo lo que digo es cierto, llenaré tu vida de todo lo que tu corazón desee y pida con acierto.

Inmediatamente, todo floreció alrededor, la cosecha dio buen fruto y todos los animales de la granja engordaron. Luego de suceder todo esto, la voz volvió y le dijo al pastorcito: – Como prueba de que me tienes en tu corazón, no olvides regar esta flor que encontraste, el agua que cae del cielo no la sostendrá, solo la que caiga de tus manos la salvará. Si la dejas marchitar, morirá y ya no existirá más. Pero si con diligencia la cuidas, las bendiciones en ti y en tu familia no te dejaran.

El pastorcito al escuchar esto, en seguida saca un pañuelo de su bolsillo y empapándolo con el sudor de su frente, deja caer una gota en la base del tallo, y la flor con vigor hizo que toda fuente se llenara de peces y patos, los arboles viejos rejuvenecieran y dieran fruto dondequiera que los viera.

El pastorcito volvió a su casa, satisfecho y lleno de alegría, porque con el prado encantado una vez más una amistad tenía.

La mujer del pastorcito ya con nadie lo celaba y este con diligencia la cuidaba, para no molestarla. Sin embargo, todos los días se escapaba a hablar con la voz que la hermosa flor emanaba.

El pastorcito con prudencia ya no pedía ni tesoros, ni nada banal lo llenaba, solo la prosperidad y a veces nada pedía, pues darle compañía a la flor le enternecía. Con la paz de tenerlo todo cuanto su corazón anhelaba y a la vez nada pues no podía decir ninguna palabra, lo llenó de orgullo y temor de Dios, pues sentía que si mal utilizaba el poder de aquella flor, seguro con su vida la pagaba.

 

Un tiempo más tarde, la mujer del pastorcito extrañada de que su esposo, todos los días en alguna hora se perdía. Cerró todas las puertas y ventanas de la casa mientras este dormía y a donde una vecina pasó todo el día.

El pastorcito encerrado estaba y cuando se dio cuenta, una ansiedad casi que lo ahogaba y la angustia lleno su pecho al no poder ir al encuentro con la voz que emanaba de la flor.

La mujer muy tarde llegó, y el pastorcito de inmediato le reclamó, la mujer con lágrimas exclamó: solo esta vez, se me pasó, Perdóname mi amor. Y el pastorcito con un beso y un abrazo la consoló.

Pero ese día al pastorcito se le olvidó ir a donde la flor, y ese día no la regó.

Al día siguiente, fue a primera hora del día a donde la flor estaba y al ver que no le había pasado nada, pensó: – no vendré todos los días para evitar líos en mi casa, ya que intacta esta la flor así no lo riegue  todos días.

Y así, el pastorcito comenzó a ausentarse, primero dos días, luego eran tres días, y luego cinco días y hasta una semana y la flor aún vivía.

La flor que alguna vez fue parte de un hermoso prado, no cesaba en concederle los deseos que el pastorcito pedía, pues estaba convencida que en el corazón del pastorcito residía, pero un día comenzó a marchitarse.

Por cada deseo que cumplía, una hoja se marchitaría, y el pastorcito descuidado ni siquiera eso veía.

Hasta que un día, el pastorcito temprano se daría cuenta que en donde estaba la flor, sólo tierra había, tan seca estaba, porque habían pasado meses, el pastorcito había olvidado darle agua a quien por él vivía.

 

Triste con su suerte, a su casa volvería, anhelando algún día regresar al prado encantado que alguna vez había encontrado.

Años pasaron y el pastorcito nunca más volvería a aquel campo, y cansado de buscar ese lugar mágico, volvió con su mujer a la ciudad, de la que alguna vez dijo que no volvería jamás.

Comentarios

  1. Mabel

    17 julio, 2020

    ¡Me encanta! Un abrazo y mi voto desde Andalucía. Bienvenido

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