Enséñame a volver a escribir

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No sabía qué marcaba más el paso del tiempo, ¿las ya adustas clavijas de un reloj en lo alto de la pared de madera? O, ¿el lapicero que en ademán de frustración toqueteaba la hoja en blanco? En cualquier caso, la quietud que resaltaba aquellos sonidos monótonos pesaba más en mi mente ya cansada.

«Y sus palabras, que recorrían memorias casi olvidadas, eran barboteadas de la mano de un sinfín de muecas de dolor y quejas. ¿Qué quería decir la joven que reclamaba en vano al destino este camino sinuoso? ¿Podrían estas tragedias humanas significar algo más allá de lo caótico de la existencia…?»

No, no y ¡no!

Arranqué la hoja de la pequeña libreta con cierta tosquedad y retorcí el papel hasta convertirlo en una bola de nieve sobre el mesón.

Presioné mi cien que casi palpitaba; ahora sentía más desazón que simple letargo. Seguía sin hacérseme lo suficientemente cautivadora aquella escena, pues, ¿cómo retratar algo que había preferido dejar de lado por la propia búsqueda de mi razón de ser en un mundo sin pies ni cabezas?

¿Amores? ¿Destinos? Antes que un cántico profético y divino que te invitaba a sentir a la otra persona desde el alma, nos interesábamos más por satisfacer nuestras necesidades en una relación más transactiva que dadivosa. Casi sonaba ridículo.

Un mundo parece colapsar ante el peso del descontento; a veces no sabía a quién apoyar y a quién señalar. ¿Qué lado está en lo cierto cuando pienso en cómo no morir de hambre? ¿Debo pensar en la humanidad antes que en la naturaleza?

Ah, pero a pesar de tantos cuestionamientos que invitan a rebuscar entre libros y pretender que es posible responder a esas preguntas… resulta inevitable no querer perderse entre los sentimientos y sus sinsabores, o al menos eso era lo que mi editor enfatizaba.

Tal vez como un escape, tal vez como una promesa donde se vuelcan todos sus deseos; las personas querían encontrar ese sentimiento que los moviese e hiciese sus días un poco más coloridos.

Eso lo entendía, más o menos.

De repente, la campanilla del café sonó, anunciando la entrada de una persona; sonreí con algo de tristeza para mis adentros, pues ya suponía por la hora de quién se trataba.

El café se encontraba en una avenida algo concurrida, pero el ambiente de adentro contrastaba perfectamente con los ajetreos de la vida. Bueno, quizás ya no tan concurrida. Aquella enfermedad vino para quedarse y cambiar la manera de vivir en las grandes ciudades, incluso algunos años después.

Sin embargo, para una persona esta enfermedad supuso que el tiempo no siguiera avanzando. Era triste de solo pensarlo.

—Viviana, veo que estás de nuevo intentando escribir. —La tan conocida voz me sacó de mi ensimismamiento, tomando la bolita de papel entre sus dedos. ¿No me digas? Como si pudiese haber otro motivo por el que me esté arrancando los cabellos—. Vamos, si me permites comentar al respecto, si no puedes arriesgarte a equivocarte en un primer instante, nunca podrás terminar nada.

—Créeme que lo sé…

—Además, he podido leer uno que otro de tus escritos en la revista de Adages&Proses, son bastante atrapantes. —Stuart me interrumpió, probablemente creyendo que mi bloqueo surgía de una absurda desconfianza.

Si tan solo supiera que mis maneras con las palabras astutas no son las mismas que con las emociones y sentimientos.

—Mis monografías y divagaciones filosóficas no vienen al caso cuando se trata de poesía o relatos. He de decir que mis historias y manera de contarlas a lo mejor lograrán que el lector se quede dormido —. Bueno, en vista de este mundo siempre apesadumbrado por la falta de sueño, quizás no sea un hecho vil en verdad.

—Ah, pero ustedes siempre andan cuestionándose sobre la significancia de la vida y la razón de la persona, ¿no es verdad? ¿Cuál es el sentido de todo? —Stuart al parecer quería inmiscuirme de nuevo en uno de sus soliloquios, aunque en parte no podía disgustarme demasiado por eso. Él tenía unas formas elegantes y poéticas de expresarse a pesar de ser un hombre de números. Colocó su chaqueta en el respaldar de la silla en su asiento de preferencia en el café mientras se sentaba con cierta lentitud; después de todo, ya era un hombre entrado en años.

—Es una búsqueda constante, tal vez absurda, tal vez una pérdida de tiempo por no haber una esencia detrás de nuestra existencia propiamente —espeté alzando un poco la voz para que me escuchara ante su pregunta retórica, pues sabía ya de antemano a dónde quería apuntar.

—Oh, ¿es así? ¿Existimos antes que todo? Las emociones entonces podrían existir o no como en un limbo entre nuestra experiencia y la realidad. Muy poco confiable, sí, pues es algo tan subjetivo, pero al mismo tiempo dota de muchos matices esa experiencia que tenemos de la realidad.

Ahí iba el matemático con sus interpretaciones.

—Incluso cuando amamos…

Hubo una pausa la cual hizo que el corazón se me estrujase. Wyatt, el amable dueño del café quien hacía unos momentos se había adentrado a buscar algo a la cocina antes de la llegada de Stuart, salió al mostrador probablemente para saludar a su viejo amigo; mas se quedó en silencio al notar la expresión de dolor de Stuart.

Stuart y Wyatt se conocieron de casualidad hacía décadas. Según lo que me han contado, Stuart era un recién egresado de la Facultad de Matemáticas quien había pasado un trago amargo con la vida y necesitaba desesperadamente de una mano amiga, y no encontró más consuelo en una tarde lluviosa que entrar al café de Wyatt. Siendo un emprendedor quien había creado con su esfuerzo este local que resultaría magnifico años después, con poca ayuda más que sus hermanos, Wyatt entendía las peripecias de estar desahuciado, por lo que no dudó en darle un café y un bocadillo a Stuart sin pedir nada a cambio.

Desde ese instante, con un simple gesto que resultó mucho para el joven egresado, su amistad fue cultivándose. Además, Stuart tendría más motivos para mantener en un lugar especial el café de su buen amigo.

Pues algunos años después conocería al amor de su vida, Hannah.

Era una hermosa cantante quien trabajaba en un modesto teatro de la ciudad; y, de vez en cuando, venía al café a degustar las excelentes infusiones de Wyatt. En un azar, Stuart la vio entrar y no pudo evitar intentar conquistarla; no resultó fácil, pues Hannah era muy astuta y creía en tener un gran porvenir.

Pero al final, Hannah al final se enamoró de Stuart y ambos se volvieron una pareja envidiable quienes se profesaron un amor profundo y auténtico por las décadas siguientes… hasta la muerte de Hannah por aquella terrible gripe del 2020. Murió con 50 años, siendo unos años menor que su esposo.

Y desde ese día, es difícil decir si Stuart continúa viviendo en el presente o solamente sobrevive de los recuerdos y la nostalgia.

Lo suyo fue un amor como para escribir mil baladas y poemas, siendo quizás de las pocas historias que me han hecho repensar mi postura sobre aquel misterioso sentimiento.

Las horas siguieron transcurriendo mientras que Stuart parecía volver a la aparente normalidad. Era usual que la melancolía lo azorase, escondiéndose detrás de una sonrisa lastimera e falsa para no preocupar a sus allegados. Aunque lentamente parecía vivir un poco más el día a día, puede que nunca dejase atrás el recuerdo de su amada del todo.

El sacrificio de amar, supongo.

**************************************************

Me encaminaba ahora al café DeRosé donde probablemente me esperaba Wyatt, ya que estaba acostumbrado a que los martes me pasase por su local luego de terminar la jornada en la editorial. Si bien no me quedaba a disfrutar del ambiente cálido y vintage del lugar, debía darme el gustillo de comprar su pastel de cereza.

Hoy la lluvia caía a cantaros, por lo que además de mi mullido abrigo portaba mi paraguas tal como los otros transeúntes quienes se atrevían a caminar con esta tempestad.

Por lo que fue desconcertante toparme con un hombre con abrigo empapado por no estar cubriéndose con nada más mientras se apoyaba de un poste, ¿estaría enfermo o adolorido? Me parecía deprimente que algunos transeúntes apenas le dedicasen una mirada.

Quizás eran muchas las aflicciones propias para fijarse en las ajenas.

—Disculpe, ¿se encuentra bien? —increpé al hombre de espaldas. Este se sobresaltó, viendo como sus hombros se tensaron, para luego girar lánguidamente y así encararme. Pero al notar mi mirada de cierta preocupación, se relajó un poco.

—Oh, estoy bien, tan solo… —Intentó justificarse hombre quien aparentaba unos pocos años más que yo. Su piel pálida le otorgaba, sin embargo, un aspecto enfermizo; mechones negruzcos se pegaban a su frente por lo empapados que se encontraban.

¿Cómo podría olvidarle?

Estaba cubriéndole de la lluvia con el paraguas, pero era evidente que pescaría un resfriado si no se resguardaba de la lluvia.

—No digas nada, solo acompáñame.

«Bajo la lluvia puedo notar ensombrecida tu mirada; no te encuentras y yo me preguntó si podrás notar mi silente presencia. En un mundo que viene y va, ¿puedo decirte mi nombre sin ser acusada de atrevida?»

 

Posando mi mano sobre su hombro, le conduje al café DeRosé sin mediar más palabras; sea lo que sea por lo que estaba pasando no era de mi incumbencia y dudaba que se sinceraría con una desconocida, pero lo menos que podía hacer era evitar que quedase desamparado bajo la lluvia.

Al llegar, solo bastó echar una mirada a Wyatt para que entendiese la situación.

Pocos minutos después se encontraba el joven cubierto con una abrigo largo de Wyatt, arropándole del frio, y con una taza de chocolate caliente humeando en frente de su nariz. Claramente se encontraba desconcertado por la atención y lo acogedor del café de Wyatt.

Intercambiábamos miradas sin decir nada, notando que el muchacho se cohibía de hablar; no le presionaría, pero por algún motivo quise distraerle de lo que le estuviese atormentando.

—¿Quieres escuchar algo curioso acerca este café? —Él me miró confundido, pero asintió al final. Remojé mis labios y comencé a hablar; sentía los ojos de Wyatt sobre mí.

—Desde que el dueño de este, el amable Sr. Wyatt quien te dio su abrigo, abriera este bonito lugar, han habido historias que siempre se repiten: amores que se ven por primera vez, amistades que se reencuentran, un familiar quien creías extraviado.

Él entreabrió sus labios con algo de asombro, lo cual supo esconder con un gesto de escepticismo. En su lugar también me encontraría extraña y escucharía aquella historia con sumo escepticismo, pero no dejaba de ser una curiosidad de este local. Por eso no desistí.

—Aunque algunas historias terminan en felicidad y otras más en tragedia. Pero, ¿no es así la vida? Y quizás sea esa la lección que el café y su presencia perpetua como un momento de casualidad evoca. Porque cada tanto, vidas de personas se entrecruzan siendo este su testigo.

El joven parecía tranquilizarse paulatinamente a la par que el relato y la taza de chocolate espantaba el frío.

—Al final, es una cábala de este lugar, ¿tal vez Wyatt trajo consigo la magia a la posmodernidad? —Reí mientras que una tímida sonrisa se asomó en los labios del joven—. Pero, ¿quién sabe? Después de todo hizo que pudiese hablarte nuevamente, Ioan.

Ioan quedó pasmado, pues para él yo no era más que una amable —o impertinente— persona. Solo esperaba que lo extraño del giro de la situación no lo convidase a huir hacia la lluvia, por lo cual, rápidamente agregué que:

—Sé que esto puede resultar inusual, incluso aterrador de lo inesperado que es. Pero lo cierto es que podría decirse que te conozco superficialmente por lo que tu abuela, la Sra. Ciobanu me ha contado sobre ti. —Comencé a relatar, haciendo que su anterior estupefacción se tornarse en curiosidad—. Esa señora, a pesar de su edad, es sumamente creativa y perceptiva, muy buena con las poesías y las epístolas; bueno, considerando mi profesión, no es de extrañar que hubiésemos congeniado.

«¿Aún quieres saber cómo pude verte entre la bruma? Eras demasiado hermoso como para no notarte. Mas no se trataba de una belleza de la tez, sino lo sincero de tu alma. Con tal iridiscencia, ¿cómo no sentirme cautivada por esa luz?»

—Ahora que lo mencionas… me resultas familiar, por lo que debí haberte visto de reojo cuando iba de visita al apartamento de la abuela —concedió él mientras funcia el ceño quizás intentado recordar en qué ocasión pudo haberse topado conmigo.

Sonreí con cierta sorna, puede que no sea una persona que destaque lo suficiente como para hacerse notar.

Él me dedicó una mirada matizada por muchas emociones, era como si quisiera comunicar más de un sentimiento a la vez, pero le resultaba algo sobrehumano. No obstante, creí vislumbrar un deje de arrepentimiento, curiosidad y sí, bochorno.

—Oh, tal vez pasé algo desapercibida. Creo que soy una persona que prefiere andar por ahí sin ser motivo de atención.

—O quizás se haya debido a que andaba algo distraído. No fueron visitas tan amenas. —Comenzó a relatar Ioan mientras terminaba su taza de chocolate que comenzaba a enfriarse, pues ya no humeaba como antes—. Es decir, terminaba discutiendo con la abuela sobre el hecho de que se mantuviese tan aislada de la familia, así como reproches hacia mi persona por no haber encontrado algo que me apasionase.

Me sorprendió algo que Ioan me estuviese contando tales cosas, pues creí que a pesar de brindarle la mano afuera del café no confiaría tan fácilmente en mí. Casi me desconcertó escucharle hablar sobre las vicisitudes de la vida conmigo, aunque tal vez la lluvia y lo acogedor de la morada de Wyatt hiciesen de las suyas.

—Creo que te envidio.

—¿Disculpa?

—Eres una escritora, eh… —Su voz titubeó al hallar que algo indispensable sobre mi faltaba en su conocimiento.

—Que descortés, era seguro que no conocías mi nombre. Soy Viviana, pero puedes llamarme Vivi, para acortar.

—¿Viviana? Ya veo… Un nombre común en países hispanos. Vivi —pronunció mi nombre, como si saborearse el vocablo con toda la calma del mundo. Esperando al que el cielo se despeje, ¿cómo podía disgustarme la parsimonia? Además, debía admitir que mi nombre pronunciado por su voz generaba un cosquilleo agradable por mi cuerpo.

—Es correcto, mi madre es caribeña y llegamos a Estados Unidos escapando de una terrible crisis. No fue fácil empezar una nueva vida en ese país. Lamentablemente, mi madre enfermó un par de años antes de entrar a la universidad. Luego de su muerte, decidí probar suerte en Canadá.

El me miró con un pesar sincero, aunque no agregó nada al respecto. Y creo que era una sabia decisión; pensaría que no me conocía lo suficiente como saber cómo demostrar sus condolencias sin usar la etiqueta de siempre.

Lo cierto era que tenía habían muchos pasajes de mi pasado que no eran tan simples de abordar. Entonces el suspiró; recordé que había querido decir algo acerca de mi profesión.

—Cómo iba diciendo, eres una escritora, y algo me dice que eres talentosa y apasionada. —El bochorno por su halago sutil tintó mis mejillas. Vaya, ¿a qué se debían estas reacciones tan tontas?—. Tienes algo que dar al mundo; tienes una voz propia. Mientras tanto, yo he perdido mi lugar y rumbo en este mundo. ¿Pasiones? Las he perdido de vista siendo que no creo que pueda llevarlas adelante.

Mordí mis labios en frustración ante su monologo.

La Sra. Ciobanu me había confiado que su nieto había dejado de lado la medicina por un fracaso que derivó en la pérdida de las vidas de algunos pacientes terminales. No fue su culpa en su totalidad, pues se trató de un error por negligencia cometido por otros especialistas trabajando con él. A pesar de ello, se culpó absolutamente del fracaso por ser la mente detrás de los ensayos.

Dejó todo atrás y abandonó la Universidad donde trabajaba. De todas formas la Facultad consideró —injustamente— que no tenía sentido seguir invirtiendo en sus ensayos de tratamientos. Por lo que pude suponer, perdió el apoyo de sus antiguos compañeros así como la fe en sí mismo.

Quizás se debió a eso que la Sra. Ciobanu le reprochara su falta de voluntad durante sus visitas. Probablemente no podía soportar ver a su brillante nieto perder el rumbo de tal forma.

Remojé mis labios antes de contestar a su observación.

—Escribir es mi pasión y me hace feliz desenvolverme entre palabras, pero no me des tanto crédito. No considero que sea una autora talentosa. ¿Sabes? He ganado a penas uno que otro reconocimiento y recientemente me encuentro con un bloqueo insufrible siempre que vengo al café a escribir —dije entre risas a modo de aligerar el ambiente que se había tornado denso por el peso del pasado de Ioan.

—Creo que te subestimas.

—¿Por qué lo dices?

—Verás, mi abuela no suele inmiscuir a las personas en su faceta de escritora por ser algo presuntuosa. Ha sido merecedora de reconocimientos de calibre y ha publicado en numerosas ocasiones aquí en Canadá bajo un seudónimo.

¿Era eso cierto? No podía terminar de deglutir dicha revelación. ¿Por qué la Sra. Ciobanu no me lo había contado? Aunque pensándolo detenidamente, podría deberse a que simplemente no quería que cambiase el trato que mantenía con ella.

Reconociendo lo fácil que podía llegar a irritarse, y si bien era adepta a la excelencia, que se le exaltase de sobremanera podría agobiarla.

Sabía que había ganado su confianza —o al menos una parte importante de ella— debido a todo lo que me había relatado sobre su familia, en especial acerca de Ioan. Sin embargo, quizás se disgustara si llegara a tratarla como la gran autora y no como a la Sra. Ciobanu.

Quedamos en un silencio que no atrevimos a romper de ninguna forma. Tan solo el compás de las gotas caer era lo que se escuchaba a las afuera de este recinto de quietud y nostalgia. Hasta que quise romper el silencio al querer retornar una vez más al motivo de mi leal presencia en este café.

—Tal como dije, suelo venir aquí a dejar brotar ideas y bosquejos mentales para mis escritos. Pero últimamente no logro componer nada que me complazca. Creo que a la Sra. Ciobanu le parecía una burla mi diatriba. —Ioan me observaba con sus ojos melifluos, pero desprovistos de ese destello y lozanía. Hacía que mi corazón se estrujase—. No he tenido mucha inspiración.

Hasta ahora.

—No obstante, quizás al final encuentre una historia que contar. No lo sé, ¿quizás sobre un joven que en la lluvia encontró un propósito a pesar de haberlo perdido todo? —Le dediqué una sonrisa algo socarrona. Él quedó pasmado, pues quizás no pensaba que conociera tanto sobre él—. Me gusta prestar atención a los detalles y la Sra. Ciobanu a veces puede le gusta contar anécdotas familiares.

—En verdad confía en ti —aseveró él con los ojos aún abiertos ante la impresión.

—Y ¿tú? ¿Podrías llegar a confiar en mí?

No era precisamente la pregunta que quería formular en verdad.

En verdad era «¿puedes enseñarme a volver a escribir?».

—Creo que sí —contestó con algo de timidez.

**************************************************

El Sr. Wyatt veía a los jóvenes quienes parecían haber encontrado una conexión latente entre ellos; el clima continuaba algo apesadumbrado desde hacía unos días, sin embargo, sus miradas risueñas y sus palabras entusiastas alegraban la tarde en su adorado café. Le hacían evocar buenos momentos con su viejo amor en la Universidad, al cual nunca más volvió a ver.

Wyatt casi suspiraba de enternecimiento si no fuese por una nube oscura que azuzaba su mente.

La señorita Viviana había relatado tan solo una parte del misterio que rondaba su café. Pues, si Wyatt fuese una deidad, no solo sería llevaría a cabo el papel de Eros o Hera, sino también Tánatos.

Porque las tragedias y los finales fatídicos podían avecinarse en cualquier momento, sin ser Stuart el ejemplo más lamentable.

A veces se preguntaba si esas tragedias eran el precio a pagar por encontrar un amor profuso… O tal vez, cada día Eros y Tánatos competían por ver quien ganaba.

—Oh, ¿sabes Vivi? A veces me levanto por las mañanas pensando… ¿qué podría haber hecho para ayudar a afrontar la pandemia si hubiese estado ejerciendo todavía? Vaya, creo que eso puede llegar a ponerme melancólico. —Wyatt escuchó a Jimmy confesarle esa inquietud a Viviana. Ella le escuchaba atentamente.

—Está bien, el pasado es el pasado, y quizás no estabas preparado. Pero, puedes encausar esa impotencia y malestar en una motivación para hacer el cambio mañana.

Wyatt sabía que vendrían momentos muy difíciles para los jóvenes, sin embargo, mantenía una fe inexplicable.

«¿Quén puedo llegar a ser? El tiempo se desdibuja, pero al mirarte las adujas comenzaron a moverse nuevamente. Seamos pacientes, pues entre el comienzo y el fin hay un infinito que se repetirá incluso luego de la muerte. No le temo a Tánatos ni al tiempo; encontrémonos en nuestro devenir juntos.»

Y sabía que Viviana retomaría su pluma como nunca antes.

 

 

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